Europa ha despertado. Finalmente. Y no por una crisis como cualquier otra. Las pequeñas crisis habituales, a menudo compuestas de egoísmos, avaricia y prejuicios entre países y regiones europeas, siempre la han mantenido en su acostumbrada somnolencia, propia del conformismo y de la prosperidad de tantos años sin guerra. De crisis en crisis, Europa había ido avanzando a pequeños pasos, como lo deseaban los padres fundadores, todavía atemorizados por las grandes guerras de las que acababan de salir y a las cuales no querían volver.

De repente, el gran cataclismo de una guerra europea nos ha despertado a todos. En pocas semanas, nos hemos dado cuenta de que vivíamos en un mundo diferente, donde la razón de la fuerza trata de abrirse paso para imponerse sobre la ley de la razón y sobre el derecho internacional. Rusia no ha atacado tan solo a un país que se siente y quiere ser plenamente europeo como lo es Ucrania: el enemigo que Putin está combatiendo y quiere derrotar es Europa misma, es decir, la idea de una unión libre de naciones y pueblos, bajo el amparo del Estado de derecho y de la democracia liberal, y el método civilizado de la cooperación multilateral entre países y de la construcción de instituciones que sirvan para compartir las soberanías.

No es un despertar amable, sino difícil e incluso doloroso. Y no es por una pequeña crisis, sino por una catástrofe que implica un reto existencial. Para Europa, es decir, para la Unión Europea, la Alianza Atlántica y todos y cada uno de sus Estados miembros. Si la respuesta ante la envergadura del desafío putinista no es la adecuada o es insuficiente, los europeos pagaremos un precio muy alto. En bienestar, naturalmente, pero también en restricciones de la democracia, en pérdidas de libertad y en transformación del modelo de sociedad en una dirección inquietante. Si Putin acabara venciendo en esta guerra contra Ucrania, que es una guerra contra Europa, Rusia tendría al alcance de la mano el sueño de convertirse en la potencia hegemónica sobre el continente euroasiático entero.

Ahora es necesario que Europa no se duerma otra vez. Esta es la tercera oportunidad que tiene para despertarse del todo. La primera fue la crisis financiera del 2008, de la que salió reforzado el euro y la unión bancaria tras demasiadas dudas y padecimientos por las políticas de austeridad. De la segunda, la pandemia, han salido los Fondos Next Generation, el primer endeudamiento propiamente europeo. De la tercera ha de salir la Europa geopolítica, con autonomía estratégica en suministros de energía y con capacidad para defenderse por sí sola, como podría ser necesario si el trumpismo enemigo de la OTAN volviera al poder en 2024 y los Estados Unidos nos dejaran solos frente al expansionismo ruso.

Europa recibió una primera advertencia en 2014, cuando Putin cambió una frontera por la fuerza por primera vez después de la Segunda Guerra Mundial con la anexión de Crimea. La reacción fue ridícula vista desde el momento presente, tanto por la inconsistencia y la ineficacia de las sanciones como por el mantenimiento de la dependencia sonámbula en políticas de energía y seguridad. Se ha terminado la etapa en que las interdependencias reforzaban el multilateralismo: ahora sirven para hacer chantaje. También se han terminado las esperanzas puestas en el «dulce comercio», capaz de amansar a la fiera belicista.

La Europa que todo lo confiaba al poder blando, el soft power de la diplomacia y la cultura, necesita con urgencia el poder duro, el hard power de las severas sanciones económicas, del suministro de armas a quienes combaten al invasor en Ucrania y de unos ejércitos europeos bien coordinados y preparados, si hace falta, para intervenir en defensa de las libertades, de la democracia y del sistema de vida de nuestras sociedades abiertas. Este despertar no será fácil para unas opiniones públicas acostumbradas a dar por descontadas la paz y la seguridad, los dos bienes ahora atacados por Putin con su invasión de Ucrania.