Se acercan las elecciones europeas, rodeadas de presagios y temores. Podría resultar un Parlamento tan dividido que dificultase la tarea legislativa. Las víctimas serían la gobernabilidad y la continuidad del camino de Europa. En España estas serán las sextas elecciones en doce meses. Para los catalanes habrán transcurrido solo cuatro semanas desde las autonómicas, por lo que podría existir la tentación de querer hacer de las europeas una segunda vuelta de aquellas. Peligro pues de fatiga y desorientación.

Desde 1979 las elecciones al Parlamento europeo se celebran en toda la Unión Europea (UE), cada cinco años, por sufragio universal. Ofrecen a los ciudadanos europeos la ocasión de participación democrática en la única institución europea que les representa directamente y donde pueden ejercer el derecho de petición. La UE votará, entre el 6 y el 9 de junio de 2024, su décima legislatura; España lo hará el domingo día 9, para elegir 61 de los 751 diputados. Si nos quejamos a menudo de que las instituciones europeas se encuentran demasiado alejadas de la ciudadanía y de que nuestra voz no cuenta lo suficiente, no deberíamos desaprovechar esta oportunidad. No obstante, la tendencia general ha sido la contraria. La participación ciudadana en las elecciones europeas ha disminuido de forma sostenida a lo largo de los años, dentro del conjunto de la Unión, pasando de más del 60% al principio a menos del 50% después del cambio de siglo. Solo en las últimas, de 2019, se observó un repunte significativo, pero solo superando escasamente el umbral del 50%. España, a pesar de una participación superior, no ha escapado de esta tendencia general y la subida hasta más del 60% en aquella ocasión, se atribuyó en buena parte a factores de política interna. Esto parece confirmar que la ciudadanía percibe las elecciones europeas como lejanas y, cuando acude, lo hace a menudo en clave nacional.

 

Afirmación democrática

La primera razón para votar en las próximas elecciones es, pues, de afirmación democrática: reforzar la legitimidad del Parlamento Europeo ante los Estados y ante los propios ciudadanos. Es lo que podemos calificar de voto democrático, a pesar de la redundancia.Pero hay otras razones para ejercer el voto.

Es cierto que el Parlamento Europeo no tiene todavía potestad directa de iniciativa legislativa, la cual corresponde a la Comisión Europea según los tratados. Pero tiene un papel decisivo en la adopción de la legislación de la UE, la cual tiene, a su vez, un impacto muy importante en la vida diaria de los ciudadanos europeos en multitud de ámbitos. Más aún desde la entrada en vigor del Tratado de Lisboa a finales de 2009, que estableció el sistema de codecisión entre Parlamento y Consejo como procedimiento legislativo ordinario y lo extendió a nuevos ámbitos de actuación. Hay que recordar también que el Parlamento tiene la clave para la aprobación de los presupuestos de la Unión, una facultad esencial. Además, debe aprobar el nombramiento de la Comisión y controla su normal funcionamiento, pudiendo retirarle la confianza. De aquí nace la segunda razón para ejercer un voto funcional en las elecciones europeas: si queremos una UE que legisle eficazmente, necesitamos un parlamento que pueda hacerlo con normalidad. Eso dependerá de los resultados electorales.

Pero hay que añadir que en la UE no estamos, desgraciadamente, en fase de normalidad, sino de retos y amenazas y ello desde hace al menos 15 años. Los problemas han sido y son múltiples y recurrentes: crisis financiera y de la deuda, inmigración y refugiados, Brexit, pandemia, transición digital, transición energética, contexto bélico… Todo ello se ha traducido en el crecimiento de las corrientes euroescépticas -principalmente pero no únicamente, por el lado de la extrema derecha- que cuestionan las conquistas de la construcción europea – tales como el mercado interior, la política comercial, las reglas de la competencia, el espacio Schengen, las conquistas del estado del bienestar, la lucha contra el cambio climático, la ampliación de la UE y otros. Los partidos más euroescépticos ya no rechazan el euro porque saben que los ciudadanos no quieren renunciar a él, pero defienden postulados incompatibles con la moneda única. Aunque no coincidan siempre en sus objetivos, presentan un denominador común: el nacionalismo, que los opone a las cesiones de competencias de los Estados Miembros hacia la Unión, que son condición necesaria para avanzar en la construcción europea. Esto les conduce a negar la prevalencia del derecho comunitario sobre el derecho de cada país, a querer recuperar las viejas fronteras nacionales, cerrar el paso a la inmigración, regresar al proteccionismo, reducir los estándares medioambientales y climáticos o impedir la competencia exterior. Solo hay que repasar los programas de estos partidos.

No se trata de demonizar las corrientes euroescépticas ni la extrema derecha ascendente, ya que, antes que un problema, constituyen un síntoma que debería servir de toque de atención de las preocupaciones de una ciudadanía que se siente a menudo amenazada y desprotegida. Lo que hay que hacer es explicar las trampas de las recetas populistas ante la complejidad de los problemas. Los euroescépticos aparecieron en el Parlamento Europeo en 1994 y han ido ganando importancia en el siglo actual con las sucesivas crisis que la UE ha conocido. Lo muestra su número creciente de escaños en la cámara. Según algunos recuentos: 56 en 2009, 112 en 2014, 168 en 2019, o cerca de un cuarto del hemiciclo. Algunas encuestas indican que podrían alcanzar un tercio de los eurodiputados en las próximas elecciones, lo cual haría más difícil reunir las mayorías suficientes en el Parlamento para legislar en cuestiones sensibles, ralentizando u obstruyendo así la integración europea.

Al mismo tiempo la UE debe hacer frente a amenazas exteriores; la principal, la invasión rusa de Ucrania con la devastadora guerra que ha resultado, que podría extenderse a algunos estados miembros. Hasta hoy la UE ha conseguido, no sin dificultades, mantener la unidad ante este conflicto, pero su prolongación y el resultado de las elecciones presidenciales americanas pueden hacerlo más difícil en el futuro. Podemos añadir la guerra en Gaza, que deja al descubierto algunas ambigüedades de la política exterior europea. La posición ante China, competidor y rival a la vez, que no comparte nuestros valores e interpreta selectivamente las reglas del comercio internacional, es otro reto. Este mundo difícil que nos rodea pide una política exterior más eficaz y una política de defensa digna de este nombre.

 

Voto por el futuro

El Parlamento Europeo no tiene soluciones automáticas para estas cuestiones, algunas de las cuales, como la política exterior de seguridad y defensa, escapan de sus competencias. Pero las soluciones a estos retos pasan por la construcción de una UE políticamente más integrada y más federal en su funcionamiento y no hay duda de que el Parlamento es la instancia europea más firmemente comprometida en esta dirección. Lo demostró en el impulso que dio a la Conferencia sobre el Futuro de Europa y en su compromiso con la aplicación de las recomendaciones que de ella salieron. Por esta razón el voto en las elecciones europeas es también un voto para el futuro, para completar la inacabada construcción europea.

Tres razones o aspectos de un mismo voto europeo: democrático, funcional y de futuro. Todo  voto por una de las listas en liza puede responder a la primera dimensión. Pero, para responder a las otras dos, habrá que afinar más. La construcción europea refleja un sistema de conquistas sociales, de prioridades, de consensos básicos, conseguidos históricamente gracias a la cooperación europeísta entre las grandes corrientes políticas mayoritarias en Europa después de la Segunda Guerra Mundial: la democracia cristiana, los liberales, la socialdemocracia y los verdes. Esto puede no parecer evidente en un mundo polarizado como el de nuestro país y ajeno a la práctica de la coalición y el compromiso, pero ha sido el camino de progreso en Europa. Es necesario pues ir a las elecciones europeas en clave europea y no nacional y eso no resultará fácil y menos aún para los catalanes. Para ello habrá que revisar, para cada una de las listas que nos interpelen, qué ha aportado a la construcción europea y qué propone para continuar en este camino.

Se ha dicho en anteriores ocasiones que las próximas elecciones europeas eran las más importantes, pero nunca había sido tan cierto como esta vez. El resultado depende de cada uno de nosotros.