Que las redes sociales se hayan convertido en un estercolero ya no es ninguna novedad. El problema es que a fuerza de repetirlo nos hemos acostumbrado a ello: casi lo hemos aceptado, aunque con resignación. Sin embargo, no puede ser considerado normal que el discurso del odio, el racismo, la xenofobia, los insultos machistas y un largo etcétera llenen Twitter o Facebook. El silencio cómplice de una gran parte de los usuarios –y de la sociedad, al fin y al cabo– conlleva la normalización de estos discursos y, por consiguiente, su paulatina legitimación.

Por más inri, cada vez más estos discursos salen de la jaula de las redes sociales y llegan a los medios de comunicación y a la política, contaminando toda la opinión pública. El caso estadounidense nos lo mostró claramente: desde 4 Chan, 8 Chan y Reddit el hate speech y todas sus declinaciones –inclusive el acoso y las amenazas de muerte– llegaron a las redes sociales mainstream y a medios alternativos ultraderechistas –Breitbart News– y finalmente a otros no tan alternativos –Fox News– y a la misma política institucional –Trump y sus acólitos–. Cuando esto pasa es muy difícil volver atrás.

Por estos lares muchos gritaron escandalizados cuando se explicaba lo que acontecía en Estados Unidos, pensando con una cierta dosis de naïveté o hipocresía que Cataluña sería inmune a estos fenómenos. Nada más lejos de la realidad. Lo que hemos visto en las últimas semanas es sólo la gota que colma el vaso y que muestra cómo el discurso del odio está bien presente, además de ser legitimado e inclusive explotado política y electoralmente por algunas fuerzas políticas.

Claro está que Vox hizo de esto uno de sus caballos de batalla con la lucha contra lo que definen el políticamente correcto siguiendo la estela del trumpismo y la Alt-Right norteamericana. Sin embargo, también el independentismo tiene sectores trumpistas, por más que le pese admitirlo. Y no me refiero tan solo a los grupúsculos posfascistas del Front Nacional de Catalunya o el Moviment Identitari Català.

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Bilis contra Jèssica Albiach

En esta campaña electoral hemos tenido ya tres casos sonados, todos vinculados a la formación liderada por Carles Puigdemont. In primis, los tuits de Josep Sort, presidente de Reagrupament y candidato por JxCAT en Barcelona, que llegó a escribir impunemente que «Haremos limpieza de españoles» o que «Colau no es más que una puta histérica española». En segundo lugar, Albert Donaire, portavoz sectorial de los Mossos d’Esquadra de la ANC y también candidato por JxCAT en Barcelona, que publicó un vídeo supremacista y xenófobo hacia los andaluces. En tercer lugar, Jordi Galves, conocido tertuliano cercano al partido de Puigdemont y columnista de El Nacional, que en un artículo en el periódico fundado por José Antich, ha vertido, una vez más, su bilis machista y etnonacionalista, esta vez contra la candidata de los Comuns, Jessica Albiach. ¿Son casos aislados? Lamentablemente no. Se trata tan solo de la punta del iceberg.

Josep Sort, candidato de JxCAT por Barcelona, llegó a escribir impunemente que «haríamos limpieza de españoles.»

El número 3 de JxCAT, el expresidente de la Cambra de Barcelona, Joan Canadell, no es nuevo a manifestaciones que lindan con todo esto. Además de apreciar a Trump o dar apoyo a los bulos del Institut de Nova Història, el pasado mes de abril Canadell llegó a escribir que «España es paro y muerte», mientras que Cataluña, según él, sería «vida y futuro». El mismo 14F ha relanzado un tuit donde una usuaria se vanagloriaba de haber insultado por la calle a Albiach, tachándola de «fascista». Así, Josefina Lladós, alcaldesa de Ribera d’Urgellet por JxCAT y a la sazón presidenta del Consejo Comarcal del Alt Urgell, lleva años vertiendo odio en Twitter, tildando, por ejemplo, a Miquel Iceta de «miserable» y «puta rata».

No hace falta aquí recordar los tuits de la expresidenta del Parlamento de Cataluña, Núria de Gispert, llamando «cerdos» a dirigentes de Ciudadanos y del PP. Y en lo que se refiere a los medios de comunicación basta con volver a dar un vistazo en las hemerotecas a los artículos de hace ya unos años de Bernat Dedéu y Enric Vila en El Nacional o de Pau Vidal en Vilaweb. Dedéu, por cierto, sigue y suma: recientemente, ha insultado a la misma Albiach –uno de los blancos preferidos del trumpismo.cat por ser mujer, de izquierdas y no nacionalista, además de, ¡ay!, valenciana– destilando dosis de clasismo y esa xenofobia «soft» tan típica de la nueva extrema derecha. Podríamos seguir, pero creo que es suficiente.

 

El debate pausado, un espejismo

Sería muy deshonesto tachar estos tuits como errores debidos a un mal día o a una copa de más. Costaría más justificar esos artículos como salidas de tono de algún supuesto enfant prodige del periodismo local. Pero es lo que a menudo suele pasar, paralelamente a una más o menos sonada polémica que al cabo de pocos días nadie ya recuerda. Así pensamos limpiarnos la conciencia: en realidad, echamos la basura debajo de la alfombra, como si no existiese. Y al cabo de unas semanas o unos meses volvemos a las andadas cuando otro insulto se convierte en noticia.

Lo que pasa es que el problema existe y ha ido creciendo en los últimos años. Y su impacto va más allá de las declaraciones o los artículos mencionados: basta con mirar lo que se escribe en Twitter o Facebook. No se trata solo de bot, trolls, suckpuppet y redes organizadas –que también–, sino de muchos usuarios que ya no tienen ningún reparo en verter su odio online, desahogando posiblemente su rabia y frustración. El que piensa distinto se convierte en un enemigo a odiar. En vez de ser una riqueza, el debate pausado y la discusión entre quienes tienen opiniones lejanas se ha convertido en un espejismo. La solución, pues, no puede pasar simplemente por pedir disculpas, decir que no volverá a pasar o, en el mejor de los casos, expulsar del partido y quitar de las listas electorales a quien hizo afirmaciones inaceptables. ¿Somos una sociedad adulta o no? Pues, es necesario que cada uno asuma sus responsabilidades.

Aclarémonos de una vez por todas: esto no va de independentismo o españolismo. Y tampoco va de libertad de expresión, como suele repetir la ultraderecha. El discurso del odio –con todas sus derivadas– es un verdadero cáncer para la convivencia democrática. Venga de donde venga. O lo frenamos cuanto antes o el futuro será muy negro. Y aquí el esfuerzo tiene que ser colectivo, más allá de las filias o fobias políticas que cada uno tenga. Debe de haber unas líneas rojas que no se pueden superar. Y no se trata tan solo de que las empresas que gestionan las redes sociales tengan unos protocolos al respecto –que también–, sino de que como sociedad lleguemos a un consenso para evitar la normalización y la legitimación del discurso del odio. No debería ser difícil encontrar unos mínimos comunes denominadores: basta un poco de voluntad (también política).

 

Insultos machistas e hisponófobos

¿Es aceptable que un partido como Vox responsabilice a los extranjeros de la mayoría de los crímenes cometidos en España? ¿Es aceptable que haya usuarios ultraderechistas que amenacen con fusilar a «rojos y separatistas»? ¿Es aceptable que un candidato de JxCAT publique un vídeo donde acusa a los andaluces de no trabajar y vivir a costa de los catalanes? ¿Es aceptable que un sinfín de usuarios independentistas, inclusive candidatos, como Canadell, y supuestos influencers, como el colaborador de TV3 Toni Albà, tachen de «colonos» a los que sencillamente no son independentistas?

¿Es aceptable que otros políticos de JxCAT insulten a representantes de otras formaciones? ¿Es aceptable que un periódico que recibe financiación pública de la Generalitat, como El Nacional, publique artículos como los de Galves o Dedéu donde se escupen insultos machistas e hispanófobos? ¿Es aceptable que un catedrático universitario, además de exdiputado, como Germà Bel tilde de mafiosa a una persona que opina distinto solo por ser italiana? ¿Es aceptable que algunos de estos derramadores de discurso del odio sean invitados como tertulianos en medios públicos y privados? No, obviamente, no lo es. Y esto depende de todos nosotros. Pongámonos, pues ya manos a la obra porque ya vamos tarde.