Desde hace algunos años la política española se ha convertido en una sucesión de sobresaltos. Los partidos están demasiado ocupados y preocupados por lo inmediato y se dejan arrastrar por el tacticismo, posponiendo la urgencia de la definición de la estrategia, sobre todo cuando es sabido que los partidos persiguen objetivos que a veces difícilmente puedan satisfacerse de forma simultánea. Que los partidos quieren ganar las elecciones es seguro, no lo es tanto que siempre quieran gobernar; hay quien no se lo plantea nunca y renuncia a ello de entrada; como tampoco es seguro que todos quieran influir en la definición de las políticas públicas.

Lo que sí quieren, más allá de la importancia de los liderazgos y de la coyuntura, es exhibir propuestas lo bastante atractivas para movilizar a sus potenciales electores, pese a que cada vez es más común que la gente se movilice por identificación negativa, es decir, más por estar en contra de algo que por estar a favor. Pero teniendo en cuenta que los ciudadanos no suelen interesarse mucho en la política, y que, cuando lo hacen, no están dispuestos a esforzarse demasiado, existen los atajos cognitivos de las ideologías, que ahorran mucho trabajo a partidos y ciudadanos.

El común de los ciudadanos es capaz de identificar, aunque sea rudimentariamente, el contenido de las ideologías, y si bien en muchas ocasiones se ha proclamado (siempre erróneamente) el fin de las ideologías, e incluso hay quien sostiene que la ideología no es un hecho consustancial a los partidos políticos, lo cierto es que, como mínimo en Europa, solamente han triunfado los partidos que se identifican con una adscripción ideológica. Y la definición de esta adscripción suele ser fundamental en las fases iniciales de la vida de un partido.

En un momento en que, salvo accidentes, no hay más elecciones a la vista que las andaluzas, los partidos políticos de ámbito estatal tratan de rearmarse, bien de forma ideológica, bien de forma programática, de cara al próximo ciclo electoral. Los dos viejos y grandes partidos, PSOE y PP, optan por la moderación en el terreno de las políticas de carácter material, en busca de un retorno a la competencia centrípeta que tan buenos resultados les ha dado históricamente y que se ve muy favorecida por el contexto pandémico y las obligaciones europeas. Y se conjuran para no perder la hegemonía en sus ámbitos ideológicos frente a las políticas de identidad y la batalla cultural por la que parecen optar los nuevos partidos que son sus competidores, Podemos y Vox, cosa que no debe sorprender tratándose de dos partidos jóvenes que aún se hallan en fase de definición ideológica. Y todo ello dando por descontado que el centro político, mientras Ciudadanos va difuminándose, vuelve a estar casi vacío.