A medida que el tiempo se constriñe, se acelera y se diluye en los entornos virtuales, constatamos que es cada vez más importante percatarse del significado que tiene leer obras literarias de una gran extensión para contrarrestar la pérdida de atención ante lo que nos rodea. Un libro que tenga una extensión de mil páginas no es mejor que otro que tenga cien. Sin embargo, podemos aseverar que una obra literaria de más de mil páginas implica que su autor, si es un buen escritor, se ha propuesto captar el interés del lector, no solo por un día o varias horas leyendo el relato que contiene su novela o ensayo, sino durante largas horas de lectura. La pregunta que nos podemos hacer es: ¿cuál es la razón por la que escritores como Proust, Julien Green, Tolstoi, Josep Pla o Thomas Mann han creado obras literarias de gran extensión que, de hecho, definen su obra?

La respuesta inmediata es sencilla. Así lo exigían las obras de estos autores, entre ellas, En busca del tiempo perdido de Proust, los cuadernos de Julien Green, Guerra y Paz de Tolstoi, los dietarios de Josep Pla o La Montaña Mágica de Thomas Mann, tanto desde el punto de vista temático como estético. Si lo miramos desde una perspectiva más amplia, vemos que todas ellas tienen la intención de atrapar la atención del lector, lograr detener el tiempo en el devenir de sus historias o apuntes de vida. Cuando un lector se propone leer la novela Guerra y Paz de Tolstoi, ya sabe antes de iniciar su lectura, que serán las primeras páginas las que le lleven a la tesitura de decidir si destina tiempo y atención a la obra o si renuncia a ella para concentrarse en otra cosa. Lo que el escritor plantea no es solo que el lector disfrute leyendo su obra, sino que, de algún modo, aspira a que el lector penetre en su obra/universo; hacerle partícipe de la vida de los personajes, de las acciones descritas y de la propia trama, sin límites de extensión.  El escritor anhela que su historia, su estilo y calidad literaria seduzcan al lector para que éste se centre en su relato.

Situados en las dinámicas que impone la economía de la atención, donde cientos de ofertas de ocio, entretenimiento, formación e información se disputan la atención de las personas, siguen existiendo ámbitos, como la literatura, en los que sigue prevaleciendo la ambición de que las personas concentren toda su atención en el proceso; en este caso, en la lectura de una historia. El filósofo Amador Fernández-Savater, en su ensayo El eclipse de la atención, concretamente en el capítulo «Ausentarse: la crisis de la atención en las sociedades modernas», observa: «atender es en primer lugar dejar de atender a lo que supuestamente debemos atender: detener radicalmente la atención codificada --programada, automatizada y guionizada-- por la búsqueda de logros, objetivos o rendimientos».

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