Posiblemente haya que ser periodista para colar a tus colegas el mismo titular en diferentes entrevistas. Mario Calabresi lo hizo así este verano cuando presentó la edición en castellano de su Salir de la noche. Todos titularon igual: «Se puede ser un exterrorista, pero no un exasesino». La rotundidad del aserto establece en la línea roja de la muerte el ser o no ser, frente a una práctica terrorista que, si se caracteriza por algo, es por su ambivalencia moral dependiendo del futuro final de sus practicantes: hoy criminales, mañana héroes si les acompaña la suerte.

Ese debate es el nuestro de hoy una vez finiquitada la trayectoria etarra. ¿Es lícito tener en cuenta a sus herederos políticos? Igual Calabresi ha dado en el clavo: se puede aceptar una segunda oportunidad política para quienes participaron a diferentes niveles de esa práctica, pero no para quienes quitaron una vida a alguien. Con todo, esa fórmula puede resultar injusta y desacertada porque la responsabilidad en mantener el terrorismo suele descansar más en el brazo político que en el criminal, incluso en organizaciones tan militarizadas como fue ETA. Esto es, los terroristas de salón son perdonables, pero no quienes se dejaron utilizar para sumar muertos y así afianzar la posición política de sus jefes. Un asunto no baladí que está dando más resultados prácticos hoy en el terreno de la Justicia que en el de la política: se ha condenado a jefes que mandaron matar, aunque el asesino ya no esté en prisión. En todo caso, añadiremos otra exigencia a la de Calabresi todavía más comprometida y difícil de aplicar: se puede aceptar el retorno a la sociedad política del exterrorista, pero esta no puede hacer suyo ninguno de sus argumentos fundamentales.

Volvamos a Calabresi y a su excelente libro. Lo primero en lo que hay que reparar es en la fecha. Se publica ahora en castellano, pero el original italiano es de mayo de 2007 (la edición española incluye algunas páginas finales más). Todavía entonces no había en España demasiada literatura posterrorista por una razón obvia: aunque en crisis terminal, la bestia seguía viva. Otra periodista, esta vasca, Elena López Aguirre, señalaba una obviedad: «Narrar el terrorismo es como relatar un naufragio mientras te estás ahogando». Es algo que solo se puede hacer desde la seguridad y la distancia del bote salvavidas o una vez alcanzada la orilla.

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