El largo proceso, desigual e inacabado, de la lucha feminista por conquistar y consolidar los derechos de las mujeres al reconocimiento y la igualdad ha ido cristalizando en un conjunto de normas adoptadas por las organizaciones internacionales, que se han convertido en derechos universales. Los derechos sexuales y reproductivos, a la educación sexo-afectiva, a la identidad de género, o la persecución penal de la violencia de género se han incorporado al corpus normativo internacional. En pleno siglo XXI la revolución feminista se puede considerar ya una revolución global.

Otra cosa muy distinta es la aplicación concreta y efectiva de estas libertades y derechos en los diferentes países del mundo. Desde una mirada occidental, en medio de polémicas en torno a una nueva generación de derechos, se olvida que en muchos —demasiados— casos nos encontramos ante las desigualdades más aterradoras, donde las mujeres siguen relegadas a un papel secundario en un marco fuertemente heteropatriarcal. Con situaciones extremas, como la de Afganistán, donde las mujeres ven negado un derecho básico como el de la educación por parte de un régimen fanático que las considera directamente sus enemigas, tal como explica Agus Morales en el artículo que abre el dossier de este mes.

Pero más allá de situaciones extremas como la afgana, actúa con notable vigor una especie de internacional contra los derechos de las mujeres y de los colectivos LGTBI. Una internacional impulsada, orientada y financiada por la ultraderecha, formando una coalición de sectores religiosos de todas las confesiones con viejos y nuevos movimientos de la extrema derecha nativista y xenófoba. Su agenda antifeminista es analizada por Berta Güell, que identifica su denominador común en el odio a las mujeres, a menudo expresado de modo sutil bajo una máscara de buenos propósitos.

Junto a este odio abierto o tácito, encontramos la persistencia casi inconsciente de un machismo subyacente incluso en las sociedades democráticas más avanzadas. A nivel político, este machismo naturalizado persiste pese a las cuotas paritarias, hasta el punto de que las mujeres que ocupan puestos de primera línea deben soportar un plus añadido de la agresividad que impregna cada vez más la esfera pública. Así, por ejemplo, es difícil negar que el juicio sobre la gestión de la alcaldesa de Barcelona Ada Colau tiene una sobrecarga de este machismo encubierto. Rosa Masagué pone el foco en los casos de Jacinda Ardern y Nicola Sturgeon, que han decidido abandonar precozmente la actividad política por un desgaste que va más allá del que soportan los políticos hombres.

Por otro lado, no se puede obviar que en nuestro contexto occidental se han sofisticado los análisis y las reivindicaciones feministas, emergiendo así una pluralidad de visiones, programas y estrategias que lógicamente provocan confrontaciones ideológicas y estratégicas, que hacen aflorar contradicciones y divisiones políticas. No es sorprendente, pues, que estos enfrentamientos causen perplejidad en la opinión pública y que acaben debilitando la fuerza del movimiento al resultar con frecuencia incomprensibles para una mayoría de la sociedad. Lo podemos ver en las tempestuosas vicisitudes que han acompañado el debate y la tramitación de las leyes más emblemáticas de la agenda feminista del Gobierno español, como se constata en el Destilados de este mes.

No deberían pasar inadvertidas las opiniones que recomiendan que cuestiones tan delicadas como las que tratan las leyes de libertad sexual, del aborto o de la libre determinación de género requerirían otro clima político y social para llegar a ser lo más inteligibles posible para la sociedad y claras en su aplicación jurídica y, por tanto, para llegar a contar con la máxima legitimidad. En este sentido, resulta del todo pertinente la posición expresada por el senador Koldo Martínez, cuando manifestó que echaba en falta en la tramitación de estas leyes un debate pausado, reflexión tranquila y ánimo de consenso. Dicho de otro modo, se ha echado en falta la «paciencia clarificadora» frente a la simplificación polarizadora construida desde un emotivismo primario que impide captar la complejidad moral intrínseca de muchas de estas cuestiones. Por ello, os invitamos al ejercicio de «paciencia clarificadora» sobre los conceptos de sexualidad y género que nos propone el filósofo Joan Manuel del Pozo y con el cual cerramos el dossier de este número.