Vladímir Putin lo dijo bien claro el primer día: solo admite la victoria. Sabe que la determinación del comandante en jefe de un ejército, y él lo es —como lo es Joe Biden—, es un elemento fundamental cuando se libra una guerra y se persigue la victoria. Los resultados de sus primeros cien días —la perspectiva desde la cual se escriben estas líneas— son profundamente decepcionantes para el Kremlin. Quizá había determinación, pero no había un ejército capaz de obtener la victoria fulgurante que se le pedía. Y enfrente encontró tanta o más determinación que la suya, además de un ejército ucraniano muy preparado y una alianza contra la agresión más fuerte también de la que había previsto.

Una vez que no se ha conseguido el resultado victorioso de un primer ataque para descabezar repentinamente al enemigo, solo una determinación inflexible como la de Putin le ha permitido continuar la escalada y entrar en la guerra de desgaste. Es el momento en que cada uno de los bandos incrementa los recursos sobre los campos de batalla, aumenta el nivel de riesgo y se intensifican los combates y, muy a menudo, la crueldad y el maltrato a los enemigos capturados e incluso a la población civil. Corresponde al ascenso a los extremos, la peligrosa subasta que lleva a la guerra total, como en las dos grandes guerras mundiales, y que podría desembocar en la utilización de armas de destrucción masiva.

El primer objetivo de Putin era derrocar rápidamente al gobierno de Kiev, antes de que las sanciones económicas llegaran a un punto irreversible, y volver acto seguido a la mesa de negociación, a ser posible directamente con los Estados Unidos. Nada de Zelenski y nada de Bruselas. Ni Comisión Europea, ni secretario general de la Alianza. Era lo que quería y deseaba la mitad del planeta, los que fingen mantenerse equidistantes: China, sobre todo, inquieta por el destrozo que la guerra está produciendo en las cadenas de valor de la parte de la globalización económica que más le favorece; y también por los antecedentes desfavorables de cara a su proyecto de ascenso imperial de recuperación de Taiwán.

Pero también otros países emergentes, como Brasil, India, Sudáfrica, habrían deseado un desenlace lo más rápido y limpio posible. No era únicamente el antiguo tercer mundo, o los no-alineados de la guerra fría, quienes lo esperaban. En el seno mismo de la OTAN y de la UE también tenían una actitud similar países como Hungría, Turquía o incluso Alemania, tan central en la institucionalidad europea y tan interdependiente con Rusia, en energía y en comercio. Y si nos adentramos en las opiniones públicas y las formaciones políticas de los países solidarios con Ucrania, como Francia, Italia, Portugal y España, también encontramos una extendida expectativa de una guerra breve, aunque sea a costa de Ucrania. Eso sin contar el caso notable del trumpismo prorruso que se ha apoderado del Partido Republicano.

Muchos países equidistantes se sienten decepcionados por la incapacidad del Kremlin para asegurar una guerra breve y el retorno de la normalidad.

Las posiciones equidistantes, ayudadas por la tradición ideológica antiimperialista y antiamericana, tan arraigada en las izquierdas de todo el mundo, compró de entrada la excusa putinista sobre la expansión de la OTAN como una amenaza a la seguridad de Rusia. La derrota rusa de los tres primeros meses y las atrocidades difíciles de ocultar de su ejército han dado la vuelta al argumento y todo el mundo entiende ahora que Suecia y Finlandia pidan la garantía de seguridad del artículo 5 del Tratado de Washington para no verse, como Ucrania, amenazados primero y después invadidos y destrozados por Rusia.

De repente, parece que Putin haya cambiado de argumento y de objetivos. Ya que no puede derrocar a Zelenski, se propone conquistar y anexionarse una parte de Ucrania, y, si se tercia, dejar a Kiev sin salida al mar y con un obstáculo insalvable para sus futuras exportaciones por vía marítima. La destrucción de la economía, las ciudades y las infraestructuras del resto del país, se convierte así en el sustituto estratégico de la anexión completa. Ya que no puede poseerla, que no la pueda poseer nadie. Todo, finalmente, para obtener como sea una victoria que nadie le pueda discutir.

 

Una plaga destructiva

No es fácil. Sabe que Zelenski no quiere ceder ni un palmo de tierra ucraniana, ni siquiera el Donbás y Crimea. Sabe que no podrá eludir la exigencia de indemnizaciones y de responsabilidades por los crímenes de guerra. Tampoco puede esperar que se le levanten las sanciones económicas y personales después de las atrocidades perpetradas bajo sus órdenes. Cuanto más difícil se dibuja la imagen de una victoria de Putin, más peligrosa es su posición. Sobre el terreno ucraniano, seguirá sacrificando recursos en nombre de la improbable victoria, pero su escalada ya desborda a estas alturas el terreno militar, como una plaga destructiva sobre la globalización entera.

Mientras no se produzca la victoria que Putin necesita, el mundo pasará hambre a partir de ahora, con el 12 % del comercio mundial de calorías (cereales, sobre todo) paralizado en los puertos y los silos rusos y ucranianos. Lo mismo sucederá con el gas y el petróleo, de los cuales Rusia es respectivamente el segundo y el tercer productor mundial. Es un formidable chantaje —para la economía mundial, para la seguridad energética y alimentaria e incluso para los esfuerzos contra el calentamiento global— con el cual Putin presiona también a los más equidistantes para que se mantengan lejos de las posiciones de Ucrania y los Estados Unidos. Encarando una guerra larga y de desgaste, el Kremlin quiere propiciar la división de los aliados y el cansancio de todo el mundo con el fin de ganar en la escena política y económica internacional lo que no ha podido ganar en los campos de batalla.

Cada vez se ve más difícil un final sin mantenimiento de sanciones económicas, indemnizaciones por la destrucción del país y exigencia de responsabilidades por las atrocidades cometidas.