Una de las teorías de la Ciencia Política que más fortuna ha hecho para explicar los sistemas de partidos es la teoría de los cuatro clivajes formulada por Seymour Martin Lipset y Stein Rokkan en su obra clásica Party Systems and Voter Alignements publicada en 1967. Esta teoría sostiene que en la Edad Moderna el mundo occidental experimentó dos grandes revoluciones de forma sucesiva, que han marcado el devenir de todas las sociedades.

La primera fue la revolución nacional, que dio lugar al surgimiento del Estado nación, y la segunda, la revolución industrial. A consecuencia de estas dos revoluciones emergieron cuatro grandes fracturas de naturaleza estructural que en mayor o menor medida han dividido en bandos opuestos todas las sociedades.

De la revolución nacional surgieron, por un lado, la fractura religiosa, inicialmente derivada de la divisoria que provocaron la reforma protestante y la contrarreforma, y, más tarde, después de la Revolución Francesa, en su dimensión laica-confesional; y, por otro lado, la fractura centro-periferia, que es el resultado de la centralización y la acumulación de poder que llevó a cabo el Estado absoluto y de las resistencias que este proceso generó en aquellos sectores periféricos que fueron privados de poder.

De la revolución industrial surgen la fractura entre el mundo rural y el mundo urbano, a consecuencia de la concentración humana en las ciudades ocasionada por la demanda extensiva de mano de obra de la industria, de donde se deriva la despoblación del campo, y la fractura entre el capital y el trabajo, es decir, en términos marxistas, entre los propietarios de los medios de producción y los trabajadores.

En algún momento todas estas líneas de división de la historia han estado presentes en toda Europa, pero solo su persistencia a lo largo del tiempo revela la existencia de un conflicto estructural entre los dos bandos opuestos, que al llegar la democratización del estado liberal se expresaron por medio de partidos que representaban cada una de las partes del conflicto.

Así, de la fractura religiosa habrían surgido los partidos laicos, principalmente los partidos republicanos y radicales, y los partidos religiosos o confesionales, como los democristianos o socialcristianos. De la fractura centro-periferia saldrían los partidos nacionalistas y los partidos regionalistas. De la fractura capital-trabajo surgieron los partidos burgueses tradicionalmente asociados a los propietarios, como los partidos liberales o los conservadores, y los partidos de trabajadores, como los socialistas, socialdemócratas o comunistas. Y de la fractura urbano-rural nacerían los partidos de defensa de los intereses del campo, cuya principal expresión fueron los partidos agrarios.

No todos los sistemas de partidos tienen formaciones que expresen todas y cada una de las fracturas históricas. De hecho, los sistemas de partidos difieren entre sí porque la resolución de los conflictos ha sido diferente y porque no siempre, pese a la existencia y la persistencia de un conflicto, se produce un alineamiento electoral, es decir, la correspondencia entre un bando de la fractura y un partido que lo exprese. Al mismo tiempo, es habitual que haya alguna fractura predominante, como lo es la fractura capital-trabajo, que en gran medida ha acabado desembocando en la clásica división izquierda-derecha, identificable en todo el continente europeo, o bien que haya fracturas superpuestas o subsumidas que se refuercen mutuamente.

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La politización del campo

Esto, por ejemplo, es lo que ha sucedido en España con la fractura campo-ciudad. Pese a que la politización del campo y la existencia de unos intereses autónomos del mundo rural ya estaban presentes durante la Restauración, aunque fuese de forma muy fragmentada —había desde organizaciones de raíz católica hasta la anarquista—, la expresión partidista de la fractura fue efímera. Primero cristalizó en el Partido Nacional Agrario en 1930 y, más tarde, en 1934, en el Partido Agrario Español, de signo conservador y católico, aunque también republicano, un partido presente sobre todo en tierras castellanas y leonesas que llegó a formar parte de los gobiernos entre 1933 y 1935. La Guerra Civil, sin embargo, comportó su desaparición y también la de la expresión política de esta fractura de forma autónoma.

Los partidos agrarios nórdicos, inicialmente formados por agricultores, tienen en aquellos países una gran tradición política.

España, de todos modos, no es un caso aislado. Históricamente, la fractura campo-ciudad ha tenido poca presencia en la mayoría de los países de la Europa occidental, pero no así en los países nórdicos o en los países de la Europa oriental. Los partidos agrarios nórdicos, inicialmente formados por agricultores, tienen en aquellos países una gran tradición política. Después de la Segunda Guerra Mundial fueron ampliando su oferta programática y, más allá de los problemas rurales, hacían especial énfasis en el apoyo a la economía productiva, en la descentralización política y en la subsidiariedad, y también incorporaron un cierto euroescepticismo.

Progresivamente, se han ido transformando y han tendido a situarse en el centro del espectro y a ejercer un papel de bisagra. En esta área geográfica los partidos más relevantes en la actualidad son los rebautizados Partido de Centro en Suecia, el Venstre en Dinamarca, el Partido del Centro en Noruega y el Partido Progresista de Islandia.

En los países de la órbita soviética, eminentemente agrarios, los partidos de defensa del campo habían tenido un papel relevante antes de la Segunda Guerra Mundial, en muchos casos incluso formando parte de los gobiernos. Pero después de la guerra, su anticomunismo, y en muchos casos también unas elevadas dosis de rusofobia, hizo que desaparecieran de países como Checoslovaquia, Yugoslavia, Polonia, Hungría, Rumanía o Bulgaria.

A raíz de la caída del muro de Berlín y del retorno de la democracia, en algunos de estos países reaparecieron los partidos agrarios, y algunos obtuvieron incluso representación, como es el caso de Rumanía, y volvieron al gobierno de modo efímero, como es el caso de Hungría, pero su relevancia no volvería a ser nunca como en el período de entreguerras. La fractura no desapareció, pero perdió autonomía, como ya había sucedido en la Europa occidental.

En el seno de la UE, en las zonas urbanas se tiende a votar menos a los partidos euroescépticos o populistas que en las zonas rurales.

Porque, aunque mayoritariamente los partidos agrarios más clásicos, con la excepción de los países nórdicos, han desaparecido del panorama político, ello no significa que la fractura campo-ciudad haya desaparecido. Más bien al contrario: la fractura parece haberse reactivado y lo está haciendo, como mínimo, a través de dos fenómenos que pueden considerarse opuestos.

 

Fractura de tipo cultural

Por un lado, hay cada vez más evidencias de que, en el seno de la Unión Europea, en las ciudades y las zonas urbanas se tiende a votar menos a los partidos euroescépticos o populistas que en las zonas rurales, un fenómeno que también se ha observado en los Estados Unidos a raíz de la victoria de Donald Trump. La fractura, sin embargo, ya no sería de tipo estructural o sociológico, sino más bien de tipo cultural, y se expresaría en posiciones confrontadas en cuestiones socioculturales o en temas vinculados a la divisoria cosmopolitismo-nacionalismo, como pueden ser la inmigración o el multiculturalismo y, en el contexto europeo, en relación con el propio proceso de integración.

No en vano, en el referéndum del Brexit las zonas rurales fueron las que prestaron más apoyo a la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Así, el voto rural sería más nacionalista, más conservador, más defensor de los valores tradicionales, más proclive al proteccionismo, más crítico con la inmigración y más antieuropeo, mientras que el voto urbano sería más cosmopolita, más progresista, más liberal, tanto desde el punto de vista de los valores como desde el punto de vista económico, más partidario del multiculturalismo y más proclive a la integración europea. La divisoria sería tan profunda que algunos analistas apuntan que esta podría ser en el futuro la principal línea de conflicto en las sociedades occidentales.

La otra vertiente del resurgimiento de la fractura puede ser la que ejemplifica la España Vaciada, una plataforma estimulada por la exitosa experiencia de Teruel Existe, que reúne un conjunto de antiguos movimientos de reivindicación del territorio frente al poder centrifugador de las grandes ciudades, que dispone de un escaño en el Congreso de los Diputados y que en las recientes elecciones de Castilla y León presentó candidaturas en varias circunscripciones y obtuvo, a través de Soria Ya, tres diputados.

 

Barreras electorales

Esta plataforma reivindica una transversalidad ideológica que hace que no sea asimilable a los movimientos de signo populista, pero su viabilidad en España es complicada. Tanto los factores institucionales —las características de los sistemas electorales, con circunscripciones de pequeña magnitud, y las barreras electorales efectivas muy elevadas no lo ponen fácil— como la estructura misma de las fracturas políticas en España y el sistema de partidos resultante constituyen un obstáculo.

Esta plataforma pionera, además de competir con los partidos de ámbito estatal, debe competir también con partidos regionalistas y con Vox, que también ha incorporado a su programa la defensa y la promoción del mundo rural, así como con otras candidaturas provinciales como las que surgieron en las elecciones castellanoleonesas, como Palencia Existe, Centrados en Segovia o Zamora Decide, algunas de las cuales nacieron al amparo de la España Vaciada y con un propósito similar, poniendo de manifiesto el ahondamiento y la vigencia de la fractura.

Palencia Existe o Zamora Decide nacieron al amparo de la España Vaciada y con un propósito similar.

Ahora bien, como ya apuntaban Lipset y Rokkan, el hecho de que haya una fractura no implica necesariamente que se produzca un alineamiento electoral o, como mínimo, no un alineamiento que exprese el conflicto de modo exclusivo. Puede suceder que aunque la fractura esté más activa que nunca en los últimos cincuenta años, tenga diferentes manifestaciones. Una sería que acabara incorporándose a otras fracturas, reforzándolas. Este sería el primero de los escenarios descritos, donde la división cultural favorece el voto a determinadas formaciones y genera una gran polarización.

 

Divisoria que gana fuerza

La otra sería la adquisición de autonomía, que es lo que puede pasar si, pese a las dificultades, opciones como la que representa la España Vaciada acaban teniendo éxito, lo cual, dada su ambivalente posición ideológica, puede favorecer una competencia centrípeta, como en el caso de los países nórdicos.

Estas manifestaciones demuestran que nos encontramos ante la actualización de una vieja fractura que parece estar presente ya no solo en las sociedades europeas, que es donde surgió, sino en todas las democracias avanzadas. La división entre lo urbano y lo rural gana fuerza y se expresa de maneras diversas. No todas, sin embargo, tienen las mismas consecuencias para la estabilidad de los sistemas.