Sin Francia no habría sido posible la construcción europea, una metáfora de uso corriente para describir el proceso político que vivimos en Europa desde los años cincuenta del siglo XX consistente en poner una pieza tras otra para levantar «una unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa», de momento con el resultado de la actual Unión Europea.

La idea de la construcción europea con proyectos de entidad y envergadura diversos ha tenido avalistas intelectuales desde mucho antes y de toda Europa. La lista de candidatos a constructor es vieja y larga, incluyendo autócratas y dictadores, si bien nunca se había pasado del esbozo o del intento de una imposición francesa o alemana por la fuerza de las armas.

Hasta que Jean Monnet, comisario del primer plan quinquenal para el desarrollo y la modernización de la economía de Francia, combinó dos preocupaciones muy extendidas: cómo evitar que se repitiera el pasado trágico de Europa con tres guerras entre Francia y Alemania en poco más de tres generaciones, y cómo dar una salida a la acumulación nacional de los stocks del acero que no se consumían por la lentitud de la reconstrucción de la posguerra ni se exportaban por culpa de aranceles prohibitivos.

Monnet imaginó una respuesta que hoy parece lógica, inexorable sin serlo. El acero y el carbón imprescindible para producirlo tenían que circular libremente y de manera autónoma de los Estados en un mercado amplio, que incluiría a Alemania. Si no hubiera pasado de una propuesta, como tantas otras de aquel tiempo, la evolución de Europa habría sido muy diferente.

Era una concepción innovadora en los intercambios europeos, muy atrevida en el contexto y el momento, que solo un político francés, cartesiano y universal, podía proponer. Una propuesta a la vez generosa e interesada hacia Alemania, que, dividida, hundida material y moralmente, la aceptó –incluso agradecida–, a pesar de que suponía perder el control sobre su carbón y su acero, la base tanto de la industria civil como de la del armamento, a cambio de una forma de partenariado con Francia que le devolvía cierta presencia internacional.

Francia está en el origen de los principales hitos de la integración europea y, paradójicamente, también ha estado en el centro de las resistencias.

El resultado es suficientemente conocido. Robert Schuman, ministro de Asuntos Exteriores de Francia, hizo suya la propuesta de Monnet y la oficializó en nombre del gobierno francés en una memorable Declaración el 9 de mayo de 1950. Monnet y Schuman han sido merecidamente reconocidos como «padres fundadores» de las Comunidades Europeas.

Y también son los primeros exponentes de una concepción política específicamente francesa de Europa después de 1945. Ninguna otra clase política habrá aportado tanto a la construcción europea y a la vez con tantas dudas, tanta ambigüedad y tanto cálculo, subrepticio o no, teniendo siempre presente el interés nacional de Francia.

Francia está en el origen de los principales hitos de la integración europea, para empezar de la idea misma de integración, y seguidamente de las instituciones comunitarias, el sistema jurídico y administrativo, el mercado único, la moneda única, la política exterior y de defensa común o el impulso de la soberanía de Europa. Y, paradójicamente, también ha sido el centro de las resistencias a las propuestas propias y a algunos de los progresos de la integración, cuando esta se volvía demasiado independiente de Francia. La construcción europea está llena de estos paradójicos episodios.

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René Pleven, primer ministro (1951-1952), propuso la constitución de una Comunidad Europea de Defensa (CED) entre los seis Estados miembros de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). El tratado firmado el 27 de mayo de 1953 era extraordinariamente avanzado y unificador. De carácter supranacional, preveía poner en común instituciones, fuerzas armadas y presupuesto de funcionamiento.

Las fuerzas armadas de la CED se componían de los contingentes aportados por los Estados miembros, que no mantendrían fuerzas armadas nacionales, salvo en los pocos casos y circunstancias previstos en el tratado, más una cláusula de mutua defensa parecida a la del artículo 5 del Tratado de la OTAN – cláusula reproducida en parte en el artículo 42-7 del vigente Tratado de la Unión Europea, que parece olvidada, a pesar de que serviría de palanca del sistema de defensa europeo-.

La Asamblea Nacional rechazó la ratificación del tratado el 30 de agosto de 1954 por la oposición de los diputados comunistas y de los gaullistas. Fernand Dehousse, político federalista belga, resumió la oportunidad perdida con un aserto brillante de improbable verificación: «a pesar de que hay Estados sin ejército, todavía no se ha visto un ejército sin Estado».

Giscard d’Estaing, (ex)presidente de la República (1974-1981), europeísta brillante, presidió la Convención sobre el Futuro de Europa (2001-2004) y dirigió el grupo de trabajo que elaboró el borrador de un proyecto de tratado que establecía una Constitución para Europa. Su impronta en el texto era evidente. Sin ser decididamente federalista, el texto tenía la fuerza simbólica de la Constitución en la tradición política europea. Si hubiera entrado en vigor, habría significado un salto adelante extraordinario, el que va de la integración económica a la unión política.

Pues bien, el proyecto de tratado fue rechazado en el referéndum del 29 de mayo de 2005. El principal argumento de los más conspicuos defensores del «no» —un 54,67% del voto emitido con una participación del 69,37%— era que la Constitución europea limitaba la soberanía nacional de Francia. Otra oportunidad propugnada por franceses y abortada por las reticencias francesas.

 

La concepción gaullista del orden europeo

Aun así, ningún político europeo contemporáneo, francés o de otra nacionalidad, ha tenido una influencia tan grande en la concepción de un orden europeo «frente» (no dentro) al orden mundial como Charles De Gaulle. La personalidad política del general y presidente es fascinante por su complejidad y variedad de registros, todavía hoy remueve pasiones a favor y en contra. Indudablemente, fue un patriota francés y también lo fue europeo desde una concepción francesa de Europa con ribetes napoleónicos, concepción que ha permanecido acuñada como gaullismo.

A De Gaulle Europa le parecía pequeña para «la grandeur» de Francia, pero también era consciente de las limitaciones de su país.

De Gaulle se oponía vigorosamente a la hegemonía de los Estados Unidos y de la URSS, quería romper la bipolaridad, pero aquello que sobre todo le importaba era el rango y el papel de Francia en el mundo. Europa le parecía pequeña para «la grandeur» de Francia, pero también era consciente de las limitaciones de Francia, que a pesar de disponer del arma nuclear y del veto en el Consejo de Seguridad de la ONU —uno y otro poder conseguidos gracias a su tenacidad política— no podía competir, sola, con ninguno de los dos polos.

Una constatación que lo llevó de la idea inicial de la Europa de las Patrias a la Europa europea o Europa potencia, que completaría la potencia de Francia, al mismo tiempo que Francia aportaba a Europa la ambición de una «grandeur» europea. Esta idea que entrelazaba los destinos políticos de Francia y Europa bajo la égida francesa ha conformado el pensamiento estratégico de todos los presidentes de la República que lo sucedieron, de Georges Pompidou a Emmanuel Macron, aunque no se identificaran explícitamente como gaullistas.

La búsqueda de la independencia estratégica de Francia respecto de Estados Unidos y por extensión de Europa explica la oposición de De Gaulle al ingreso del Reino Unido en las Comunidades Europeas. El desplante de De Gaulle a las aspiraciones británicas en una poco diplomática conferencia de prensa el 14 de febrero de 1963 fue duro y rotundo: «Si la Gran Bretaña ingresara en la Comunidad, esta perdería su cohesión» (…) «sería como una colosal comunidad atlántica bajo dependencia y dirección americana».

El presidente François Mitterrand (1981-1995) supo resolver el reto político más grande para Francia desde 1945 y al mismo tiempo para Europa: la reunificación de Alemania en sentido europeísta —sentimiento que compartía con el canciller Helmut Kohl, que prometió una Alemania europea en vez de la amenaza histórica de una Europa alemana—, a pesar de que la Alemania reunificada despertaba en muchos franceses recelos y miedos que habían estado contenidos durante los 45 años de la división. Con la reunificación, el «factor alemán» pesa todavía más en la determinación francesa de ser el principal promotor de la construcción europea.

 

El programa de «salvación europea» de Macron

Después del paréntesis de las presidencias anodinas en cuanto a la aportación de Francia a la UE —sin menoscabo de las vicisitudes que tuvieron que afrontar, como por ejemplo el referéndum sobre el tratado para una Constitución europea (2005), la crisis financiera importada de Estados Unidos (2007-2008) o la ocupación y anexión por Rusia de la península de Crimea (2014)— de Jacques Chirac (1995-2007), Nicolas Sarkozy (2007-2012) y François Hollande (2012-2017), Francia tiene un presidente apasionadamente europeísta. Emmanuel Macron ha hecho de Europa el epicentro de su programa político tanto en el primer mandato (2017-2022) como en el segundo. Entonces y ahora, Macron se ha expresado sobre la cuestión europea con densos discursos en La Sorbona, la histórica universidad humanista de París, fundada en 1257. El lugar escogido ya es en sí mismo un pronunciamiento.

La intervención del 25 de abril de 2024, bajo el lema de una Europa «Más unida, Más soberana, Más democrática», es todo un programa de «salvación europea» de Europa a partir del anuncio dramático de que Europa «puede morir», erosionada desde dentro por los enemigos de la democracia liberal (las ultraderechas y la izquierda extrema) y amenazada desde fuera no solo por una Rusia agresora en suelo europeo, sino porque ha habido un cambio de paradigma. Ya no se observan las reglas, en particular por parte de Estados Unidos y China, sean las del comercio internacional, las medioambientales o las sociales, cosa que sitúa Europa, que sí que las observa, en inferioridad de condiciones.

Macron desarrolla tres ejes programáticos —la tríada Puissance, Prospérité, Humanisme— como respuesta al cambio de paradigma, cambio que ha comportado una inversión de los estados de Europa: el 2017 Europa protegía, en 2024 Europa tiene que ser protegida.

La Europa potencia, una Europa que se hace respetar y que asegura su seguridad. Macron ha insinuado que la capacidad nuclear de disuasión de Francia, la Force de frappe —menor comparada con la de norteamericanos, rusos y chinos, pero suficiente con unas 300 ojivas nucleares— lo es también de Europa. Sin renunciar a la relación transatlántica, sin negar la necesidad de la OTAN, Europa se tiene que dotar de una sólida autonomía estratégica, civil y militar, para no depender de Estados Unidos y para constituir un poder global de equilibrio. No es todavía una equidistancia en la pugna estadounidense-china por la hegemonía mundial, pero es un primer peldaño de resonancia gaullista.

La Europa prosperidad, un nuevo modelo de crecimiento basado en producir más, verde y descarbonizado, invirtiendo la notable capacidad de ahorro de Europa —casi 300.000 millones de euros anuales— no en la financiación de la deuda de Estados Unidos, sino en las necesidades europeas de modernización estructural y en la innovación para ser una potencia tecnológica como garantía de la soberanía europea.

La Europa humanista, una defensa de los valores y de la cultura europeos, amenazados por la indiferencia o la claudicación interior —«Europa no se ama»— y la uniformidad —la cultura mainstream de masas— que llega de fuera. Macron habla intencionadamente en La Sorbona y a lo largo del discurso —pura política y prosa— cita a Paul Valery, Albert Camus, Georges Steiner, Voltaire, Peter Sloterdijk, Hannah Arendt, Ernest Renan —ningún otro líder europeo o mundial invocaría análogos referentes— y concluye que, a pesar de todo, las ideas europeas han ganado «el combate gramsciano» de la hegemonía cultural. Hoy ninguno de los nacionalismos rampantes osa decir que saldrá del euro o de Europa.

Al ambicioso programa de enderezamiento de Europa de Macron hace falta añadir nada más y nada menos que cómo llevar a cabo unas propuestas —más criticadas que elogiadas en Francia, recibidas con frialdad o suspicacia fuera— que nadie ha sido capaz de refutar de manera solvente. De nuevo un político francés coge las riendas de la construcción europea. No lo tendrá fácil porque la Unión Europea al crecer se ha diversificado mucho, el eje se ha desplazado hacia el Este y han aflorado intereses y prioridades distintos a los habituales antes de la gran ampliación de 2004.

Ayudaría a Macron que la Comisión Europea contara con otro Jacques Delors en la presidencia. Ursula von der Leyen que querría repetir en el cargo no tendría asegurado el apoyo de Macron.