Cuando Gabriel Boric, tenía solo tres años, su abuela materna, Regina Aguilera Carrasco, que estudiaba quiromancia, le vaticinó que algún día sería presidente de Chile. La abuela del mandatario solía leer las manos y, aunque nadie dio importancia a la predicción en ese entonces, acertó. Su hija, María Soledad Font, recuerda el episodio pero reconoce que jamás ella ni el resto de la familia pensaron que podría serlo hasta el día que anunció su candidatura. Esto, a pesar que llevaba siete años como diputado y que durante casi una década había sido uno de los rostros del gran movimiento estudiantil de 2011 que precedió al estallido social.

Tampoco las personas que conocen a Gabriel Boric desde la época en que presidía la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (Fech) pensaban que sería justamente él, de todo el grupo de dirigentes estudiantiles, quien llegaría a convertirse algún día en presidente. Su candidatura fue, de hecho, producto, en parte, del azar. A principios de 2021, el Frente Amplio, una coalición de partidos con vínculos con Podemos, tenía que escoger entre sus miembros una persona que les representara en las presidenciales pero, entre los nombres que se barajaban, sólo Gabriel Boric había cumplido los 35 años que la ley chilena exige para postularse. Esta circunstancia inclinó la balanza a su favor. Pero también la capacidad de liderazgo que había demostrado en noviembre de 2019, cuando el país estaba inmerso en el estallido social y él fue capaz de desmarcarse de su partido, Convergencia Social, para firmar un acuerdo con el resto de fuerzas políticas para redactar una nueva Constitución.

En ese momento habían transcurrido 27 días desde el comienzo de la revuelta que había dejado veinte muertos y más de dos mil heridos graves, muchos de ellos con pérdidas oculares. La decisión de encauzar las demandas a través de una vía institucional- la redacción de una nueva Constitución que reemplazara la heredada de la dictadura- no fue bien recibida por muchos sectores de la izquierda que la veían como una maniobra para salvar al gobierno conservador de Sebastián Piñera y neutralizar las movilizaciones. Su partido lo suspendió de militancia y buena parte de sus seguidores le llamó traidor.

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