El 19 de diciembre de 2021 Gabriel Boric ganó las elecciones en Chile. Tiene 36 años (la edad mínima para presentarse a las presidenciales son 35), y se convierte así en uno de los presidentes más jóvenes del mundo, el que ha recibido más votos en la historia del país. Muchos lo ven como la nueva esperanza del progresismo latinoamericano.

Boric procede de la lucha estudiantil, igual que aquellos que ahora formarán parte de su gabinete: Camila Vallejo (33), que será la portavoz del gobierno, y Giorgio Jackson (34), que se encargará de las relaciones con el Congreso. Los tres han sido diputados y en solo diez años han pasado de las protestas en la calle a gobernar el país. Un movimiento estudiantil, el de 2011, que aunque no consiguió grandes cambios, sí incorporó nuevos protagonistas a la política institucional. Era una generación que no vivió en primera persona la dictadura de Pinochet, pero que reclamaba una renovación intelectual, política y programática en el centro izquierda chileno. De hecho, de los tres, solo Vallejo, del Partido Comunista, representa a organizaciones tradicionales.

Ni Boric ni Jackson ni tampoco Izkia Siches (35), que será ministra del Interior y, de facto, figura vicepresidencial, aunque en Chile no exista ese cargo, pertenecen a ningún partido de la antigua Concertación. Ahora estarán al frente de un país que, desde octubre de 2019, tras el llamado «estallido social», presenta una fractura social y política compleja.

Ya en su primer discurso como presidente electo, Boric dejó claro cuál sería su objetivo: gobernar «con pasos cortos, pero firmes». Avisaba así, no solo a los chilenos, sino también a la audiencia internacional, que del joven exlíder estudiantil se debe esperar una agenda de izquierdas, progresista y reformista, no un cambio radical. Gabriel Boric no es Salvador Allende, ni tampoco, como sus detractores han intentado hacer creer, llevará al país andino a convertirse en «Chilezuela».

El suyo es un liderazgo adaptado a los tiempos. Sin duda con una mirada histórica hacia la izquierda latinoamericana, pero conectada con la mirada hacia el futuro y con las preocupaciones del presente, como la lucha contra la desigualdad, el refuerzo del Estado del bienestar o la lucha contra el cambio climático Una nueva izquierda, ideológica y generacional que se desvincula, con condenas por violación de los derechos humanos, de gobiernos como los de Nicaragua, Venezuela o Cuba.

 

Ocupar la centralidad

Las señales que han ido emitiendo desde que salió vencedor van en la línea de ocupar la centralidad y recuerdan en muchos aspectos a proyectos de corte socialdemócrata. De hecho, su reforma tributaria tiene la mirada puesta en el modelo europeo. La primera señal fue la reforma de su programa tras la primera vuelta electoral. Consciente de que la victoria dependía de recuperar el centro, incluyó cambios en su programa con el ánimo de conquistar este espíritu reformista y moderado. En la segunda vuelta, sumó además el apoyo de grandes figuras del Partido Socialista, como los expresidentes Ricardo Lagos y Michelle Bachelet.

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Gabriel Boric no es Salvador Allende ni tampoco llevará al país andino a convertirse en «Chilezuela».

La conformación de su gabinete también apunta en este sentido. Si bien su núcleo duro continúa siendo el que le ha acompañado desde la época universitaria, son significativos dos nombramientos. El primero, el de Maya Fernández, del Partido Socialista y nieta de Allende, que, con una cierta justicia poética, ocupará el cargo de ministra de Defensa. Por otra parte, y como señal centrista, destaca su ministro de Hacienda, Mario Marcel, hasta ahora presidente del Banco Central y muy cercano al Partido Socialista, que tiene un perfil socialdemócrata y constituye un símbolo de responsabilidad fiscal.

En la segunda vuelta sumó el apoyo de grandes figuras como los expresidentes Ricardo Lagos y Michelle Bachelet.

Del sistema económico chileno heredado de la dictadura de Pinochet se ha dicho muchas veces que fue el experimento neoliberal en Latinoamérica de la Escuela de Chicago liderada por Milton Friedman. Si bien el país ha sabido conformar tras la dictadura algunas de las instituciones políticas más sólidas de América Latina, en el plano económico conserva un escuálido sistema de bienestar y arrastra grandes desigualdades sociales en materia de educación, salud, pensiones, etc. Esta es la base de que, más de 40 años después, en octubre de 2019, la subida del precio del transporte provocara una de las protestas sociales más grandes de la historia de Chile. Protestas que terminaron finalmente con la convocatoria de una Asamblea Constituyente encargada de redactar una nueva Carta Magna para desterrar la Constitución firmada por Augusto Pinochet.

 

Legislatura en dos tiempos

Es en este escenario, en el que paralelamente se estará llevando a cabo el proceso constituyente, donde habrá de gobernar Gabriel Boric. Tendrá menos de un año para aplicar su agenda política y legislativa, y una vez que se apruebe la nueva Constitución, deberá afrontar la tarea de adecuar el texto a la realidad política. Por ello, desde la conformación del nuevo gobierno ya se habla de una legislatura en dos tiempos.

También tendrá que hacerse cargo de un país que exige cambios, pero sabiendo que las rupturas bruscas pueden tensar todavía más la sociedad chilena. Por tanto, deberá optar o bien por una agenda moderada y de cambios graduales, recosiendo las complicidades con el centro izquierda, o bien definir un camino mucho más rupturista hacia el que seguramente presionará una parte de su sector. El diagnóstico de Boric y su equipo apunta a la primera opción: los chilenos quieren «cambios con estabilidad».

Como señal centrista destaca su ministro de Hacienda, Mario Marcel, hasta ahora presidente del Banco Central y muy cercano al Partido Socialista.

Queda claro que una cosa es hacer campaña con un programa de máximos y otra, gobernar. Y en este contexto, el Congreso y el Senado presentan una correlación de fuerzas dividida. En la Cámara de Diputados, la izquierda y el centro izquierda tienen una ligera ventaja, mientras que el Senado está controlado al 50% por la derecha. Por tanto, para llevar a cabo las reformas que recoge su programa, el Gobierno necesitará negociar con parte de la antigua Concertación, en especial con el Partido Socialista, y sumar mayorías con votos independientes.

 

Creación de consensos

Pese a la complejidad del contexto, Boric ya ha demostrado una cierta audacia política que apunta a la creación de consensos, más que a la confrontación. Es paradigmática, en este sentido, su postura ante el proceso que llevó a la convocatoria del referéndum para redactar una nueva Constitución. Después de días de protestas cada vez más violentas, la mayoría de los partidos, de izquierda a derecha, deciden firmar el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución. Boric, contra la opinión del sector, de su propio partido, y con la posibilidad de arriesgar su capital político, se sienta con los partidos de todo el arco ideológico para firmar el acuerdo. Pese a ser muy criticado por los suyos por aquella fotografía, con el tiempo se ha demostrado que esa decisión fue un acierto político. Aquel acuerdo canalizó las protestas sociales hacia una salida institucional y democrática, y apuntaló la figura del nuevo presidente como una persona de consenso.

En Chile, la victoria de Boric representa un voto no solo contra el Gobierno de Sebastián Piñera, sino contra la élite gobernante y los partidos que desde 1990 han estado al frente de la vida política. De hecho, en la primera vuelta electoral, los derrotados, contra todos los pronósticos demoscópicos, fueron los candidatos vinculados a los partidos. Un voto crítico que también se ha observado en el referéndum para una nueva Constitución. Una consulta que contenía dos preguntas: aprobar o no la redacción de una nueva Constitución, y decidir si el órgano encargado sería una Convención mixta (formada por un 50 % de parlamentarios y un 50 % de personas escogidas mediante una votación) o una Convención Constituyente (100 % de personas escogidas por votación popular).

La opción de aprobar una nueva Constitución ganó por un 78 %, mientras que un 79 % votó que la redactara una Convención Constituyente, eliminando de la ecuación la posibilidad de que los parlamentarios formaran parte de ella. Meses más tarde, tras la elección de los constituyentes, el 64 % de sus 155 miembros son perfiles independientes, no militantes de partidos, y mayoritariamente de izquierdas. Un resultado electoral que ya ponía de manifiesto la falta de representatividad de las élites políticas y la escasa confianza que inspiraban.

Ya en el contexto de la elección presidencial, esta desconexión con los representantes políticos, hizo que se enfrentaran en segunda vuelta las dos opciones más polarizadas: Gabriel Boric, a la izquierda, y José Antonio Kast, el representante de la ultraderecha, un reconocido pinochetista cortado por el mismo patrón de la ultraderecha trumpista, de Bolsonaro y de Milei en Argentina. Las claves de la victoria de Boric, finalmente, fueron su giro al centro y el temor a que Kast y sus políticas ultraderechistas evocaran un pasado complejo de la historia de Chile. La victoria de Boric ha reabierto la perspectiva de un posible giro a la izquierda en América Latina, aunque más bien hay que coger con pinzas la homogeneización de la izquierda latinoamericana y su comparación automática.

 

Castigo al oficialismo

Pese a ello, tal como señalan Carlos Malamud y Rogelio Núñez, del Instituto Elcano, sí cabe señalar un cierto parecido entre los países del continente en la tendencia al voto de castigo al oficialismo, derivado del débil crecimiento económico, de la mala gestión de la pandemia, de la evidencia de la desigualdad social y de la crisis de representación que se repite en la mayoría de países.

Este año hay elecciones en Colombia (mayo) y Brasil (octubre) y, de momento, las expectativas favorecen a los candidatos de la izquierda: Gustavo Petro en Colombia y Lula da Silva en Brasil. Petro, exguerrillero del M-19, exalcalde de Bogotá y actual senador, se podría convertir en el primer presidente de izquierdas de la historia de Colombia. Aun así, tendrá que afrontar una campaña con más de una veintena de aspirantes. En Brasil, el expresidente Lula, después de que el Tribunal Supremo anulara sus condenas, podrá volver a presentarse a las presidenciales para las cuales tiene, de momento, buenas expectativas de victoria. El bajo rendimiento económico para las clases medias y bajas de Jaïr Bolsonaro ha hecho que, hoy en día, quien tiene más posibilidades de sucederlo sea el expresidente.

 

Sentido institucional de Kast

Con todo, los analistas auguran unas elecciones con grandes incógnitas y se teme que Bolsonaro no reconozca los resultados y empantane el traspaso presidencial. Hay que destacar aquí que, en Chile, José Antonio Kast demostró después de las elecciones un gran respeto institucional al recordar la fortaleza de las instituciones chilenas y reconocer rápidamente la victoria de su contrincante.

Ante este panorama, las izquierdas latinoamericanas sí tienen una cosa en común: si quieren llegar a gobernar y garantizar la estabilidad en sus países, deberán hacerlo con coaliciones amplias y navegar en la disyuntiva de realizar cambios profundos o buscar consensos con el centro político. En definitiva, gobernar «con pasos cortos, pero firmes».