Escritor hispanista portugués

Gabriel Magalhães ha publicado recientemente el libro El país que nunca existió. Pasado, presente y futuro de la península ibérica (Editorial Elba). Nacido en Luanda, Angola, es portugués de nacionalidad pero parte de su vida ha transcurrido en España. Su infancia la pasó en el País Vasco y también ha pasado varias etapas de su vida a Salamanca y Galicia. Ha visitado a menudo Asturias y Barcelona. Cursó Estudios Portugueses y Españoles en la Universidad de Lisboa. En Salamanca se doctoró con una tesis sobre el Romanticismo en España y Portugal. Es profesor de Literatura Española en la Universidad de Beira Interior. Portugal y España están presentes en varios libros suyos. Como sobreviver a Portugal y Los españoles son dos ejemplos. Desde 2009 escribe artículos de opinión en La Vanguardia.

 

El país que nunca existió ¿es un país que tendría que fusionar España y Portugal en un solo estado o es otro diferente?

Es otro país diferente. El libro puede representar una cierta desilusión para los que sueñan con una unión de España y Portugal, los llamados iberistas. Lo que el libro plantea es más bien un país que España ha buscado para sí, y un país que Portugal ha buscado también para sí mismo y que no acaban de encontrar. En el caso español, la cuadratura del círculo, el resolver de una vez el problema de la diversidad y la unidad de forma que todo el mundo se sienta a gusto, eso todavía no está solucionado. Y en el caso portugués, una cierta melancolía que se debe al arrinconamiento del país, que es un país con una dimensión universal pero el territorio europeo queda un poco lejos de todo y conlleva bastantes limitaciones. Eso también nosotros los portugueses no lo hemos acabado de solucionar. Cada país tiene que encontrar lo mejor de sí mismo, llegar a lo mejor de sí mismo, y solo después de eso quizá exista un entendimiento más profundo entre los dos países.

Es una ingenuidad, me parece a mí, pensar que una unión ibérica resolvería los problemas de España, y por parte de los portugueses lo mismo, que resolvería los problemas de Portugal. Probablemente eso no pasaría. Si algún día pasa, que sea con los problemas de cada país ya resueltos o, por lo menos, bien encaminados hacia una salida. La fusión de dos problemas, en vez de ser una solución, podría dar lugar a un problema mucho mayor.

 

El primer apartado del libro lo dedica al trauma ibérico. ¿En qué consiste ese trauma?

En este libro se trabajan mucho las permanencias. Nosotros vivimos en una época de instantes, de fogonazos, de momentos. La noticia de mañana borrará la realidad de hoy y la noticia de pasado mañana destruirá lo que vivimos en el día anterior. Eso crea una especie de ceguera. Por ejemplo, en el caso de la pandemia, un caso en el que reaccionamos muy tarde y con una gran ignorancia de la constancia de las pandemias a lo largo de la historia de la humanidad. Sólo a posteriori nos dimos cuenta: esto aparentemente pasa cada 100 años o tiene tendencia a pasar cada 100 años. El libro nos coloca dentro del tiempo, nos integra en el tiempo. Es como si compráramos un televisor que tuviera una pantalla mucho mayor cronológicamente, que estuviéramos viendo la película de la actualidad y al mismo tiempo la de hace 100 o de hace 1000 o 2000 años.

Y en ese horizonte muy amplio lo que yo he encontrado ha sido básicamente una historia de mucho dolor. No significa eso que no pase lo mismo en otras zonas del mundo. Por ejemplo, basta con que lleguemos a los Balcanes para entender que la realidad allí no es muy distinta, en lo que se refiere al dolor de la historia. Pero en la península esa realidad de sufrimiento también es muy fuerte. El trauma arranca con una experiencia brutal que fue la romanización, que nos es enseñada de una manera positiva, como se suele hacer con todos los pueblos derrotados. Y en el caso de la península nos pasó lo mismo que pasará después en América. Los pueblos que vivían aquí perdieron sus idiomas, perdieron sus tradiciones, perdieron incluso sus dioses. Yo diría que sus dioses fueron lo último que desapareció porque tenemos estelas donde todavía aparecen los nombres de divinidades; por ejemplo, Trebaruna, una diosa de Lusitania. Pero las estelas ya están escritas en latín. Eso fue una experiencia brutal y que, en muchos casos, la tenemos completamente guardada en el trastero de nuestra memoria histórica.

Eso constituye un gran error, sobre todo porque esa experiencia se volvió a vivir a lo largo de la historia. Llega hasta nosotros porque después hubo avatares, réplicas de ese drama. Por ejemplo, la convivencia con el mundo islámico fue una segunda parte del drama vivido con la romanización, sólo que en este caso hubo una victoria de los pueblos que estaban aquí y por eso hacemos una lectura tan parcial y limitada de la convivencia con el Islán. Nos interesa mucho subrayar que no fuimos derrotados en esta segunda ocasión. La lectura que hacemos es muy condicionada por este orgullo de que no nos volvió a pasar lo que nos pasó con los romanos.

Con la llegada del Renacimiento y la cuestión de volver a recuperar la tradición grecolatina, esta herida milenaria se volvió incluso más viva que, por ejemplo, en algunos momentos de la Edad Media. Y sobre todo cuando aparece un país que decide llamarse a sí mismo España, que es el nombre que, como sabemos, los romanos daban a la península. Eso abrió de nuevo toda esa llaga. Y en el caso de Portugal lo que hicimos fue identificarnos con los lusitanos, que es una identificación históricamente falsa.

 

Solemos usar portugueses y lusitanos como sinónimos

Los portugueses somos tan descendientes de los lusitanos como la gente de Cáceres o de Toledo, que eran zonas que estaban dentro del ámbito, del territorio de los lusitanos, pero nos identificamos con los lusitanos para marcar nuestra resistencia ante ese país que decidió llamarse España. Conviene no olvidar que, cuando hablamos catalán, castellano, gallego, portugués, asturiano…, estamos usando una lengua de un pueblo que nos invadió. Es una cosa que está profundamente viva. Me ayudó mucho a detectar el trauma ibérico mi convivencia con Cataluña, a la que quiero mucho, y me di cuenta de que precisamente a causa de fenómenos muy recientes como la caída de Barcelona en el siglo XVIII, que para mí históricamente es un hecho reciente, y después la guerra civil, el franquismo, en Cataluña todavía se vive mucho esa sensación de peligro, de que en cualquier momento su identidad puede estar en riesgo, su idioma puede desaparecer.

«Hay que acercar todas las naciones de la península ibérica sin miedo, superando todos los recelos y la gran herida que viene de la romanización.»

Eso que en Cataluña está tan vivo también está vivo en las demás zonas de la península ibérica. En Cataluña está en carne viva, por decirlo de alguna manera, pero también está presente en Madrid, en Asturias o en Portugal. Resulta curioso comprobar que una de las soluciones para el trauma ibérico es lo que yo llamo en el libro el mecanismo de las derrotas gloriosas. O sea, si me vencen, pero yo no me doy por derrotado por dentro, no he sido vencido. Y esto es lo que significa la Diada, la fiesta nacional de Cataluña, pero, ¡vaya casualidad!, la comunidad de Madrid celebra su fiesta el día 2 de mayo, que es exactamente lo mismo, es otra derrota gloriosa. A Fernando Pessoa, nuestro poeta, le encantaba la batalla de Alcazarquivir, que fue otra derrota brutal de Portugal. Es un fenómeno que está por todas partes en la Península Ibérica. A partir de mi vivencia catalana, me di cuenta que ahí está muy presente un sentimiento hondo que también se encuentra en las demás zonas de la península ibérica.

 

Una suerte de trauma catalán

En Portugal también lo tenemos. En Portugal, el miedo constante a una destrucción del país está muy presente. Uno de los libros más brillantes que se ha escrito sobre esta cuestión es de un filósofo luso llamado José Gil, un libro cuyo título es “Portugal, el miedo a existir”. Este sentimiento de miedo es muy portugués también. Es catalán. En catalán yo lo sentí como una cosa que está ahora, aquí, en este momento, siendo vivida por las personas, pero también está vivo en las demás regiones, nacionalidades, naciones, como queramos llamarlas. En las varias partes de la península ibérica eso está vivo.

 

Históricamente en Portugal y España se han mirado con recelo, ¿no? ¿Este recelo se va superando con el paso del tiempo o está ahí para siempre?

Entre Portugal y España hay una relación ambigua. Por una parte, las personas viven desconectadas del otro país, históricamente. No en estos últimos años, en que ha habido una gran fluidez de contactos, pero históricamente las personas viven desconectadas. El español ignora a Portugal y el portugués no se centra mucho en España. Con base en esto se ha inventado una expresión muy conocida que es la de que las dos naciones viven de espaldas. Esto lo podemos encontrar en muchos discursos políticos. Cuando un político portugués visita España dice «no podemos vivir de espaldas» o, al contrario, cuando un político español va a Portugal dice lo mismo. Después, a la hora de la verdad, este vivir de espaldas no es cierto: nunca lo ha sido. Se trata de un fenómeno mental, pero no es un fenómeno real.

Las conexiones han sido muchísimas y le doy ejemplos catalanes. Personas de Cataluña tuvieron relaciones con Portugal a causa del corcho, debido a su importancia para el comercio del vino y del cava. Hay muchos catalanes que tienen relaciones con Portugal. En la zona de Covilhã donde vivo había una gran fábrica en el siglo XVIII, una fábrica de los tiempos de la ilustración, y vinieron a trabajar en ella catalanes, especialistas en determinadas técnicas muy específicas que no se conocían aquí. Tenemos testimonios de catalanes que estuvieron en Covilhã. Salazar, el apellido de nuestro dictador, es de origen español. Las relaciones son muchísimas.  Entonces, ¿qué pasa?  En la práctica las relaciones siempre existen con mucha vivacidad. En la parte transfronteriza siempre las hubo. Incluso hay pueblos que están asentados en los dos lados de la frontera.

Existe un caso muy curioso, que conocí gracias a Ángel García Prieto: un pueblo llamado Rio de Onor, que está en un país y en el otro. Alonso de la Torre ha escrito un libro La frontera que nunca existió que habla asimismo de pueblos en zonas de Extremadura que están también entre los dos países. La zona transfronteriza siempre existió. Y en otros ámbitos pasa exactamente lo mismo. En la industria, en el comercio, en el arte y la literatura, las relaciones estaban ahí. La desconexión era una desconexión mental. Nosotros podemos vivir mentalmente sólo en Portugal o sólo en España, pero siempre hay una considerable movida entre los dos países.

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Hay, por ejemplo, una intensidad enorme de estas relaciones en la política. Jamás el poder español se distrajo en relación con Portugal, jamás el poder portugués se distrajo en relación a España y, por consiguiente, mentalmente sí que hay una distancia histórica, pero después en los hechos esto no es verdad. Y esto también ocurre en Cataluña: hay un grupo considerable de catalanes que no viaja mucho por la península ibérica, pero al mismo tiempo existe una inmensidad de relaciones con el resto de España. Ese es un poco el modelo de lo que pasa entre Portugal y España.

«La Unión Europea ha sido una enorme bendición para España y Portugal.»

La desconexión mental entre los dos países es históricamente aún más fuerte que la que existe, por ejemplo, hoy en día entre Cataluña y el resto de España, pero las relaciones económicas, comerciales, culturales son muchísimas. Solo un último detalle, desde la integración en la Unión Europea, a partir de 1986, todo esto se diluyó mucho y ese diluyente que ha desdibujado la frontera entre Francia y Alemania, algo que fue el objetivo inicial de la Unión Europea, se ha aplicado a la relación entre Portugal y España y, como consecuencia de ello, hoy en día existe una cercanía enorme entre los dos países. Esa es la última fase que surge a partir de 1986 y que ojalá se mantenga.

 

Vivió usted ocho años de joven en el País Vasco. ¿Cómo encaja el País Vasco en su idea de España o de Iberia?

En el capítulo sobre el País Vasco básicamente lo que yo planteo es que ellos se fingen indomables. Tienen un prestigio, un pedigrí casi: son los grandes resistentes. Su lengua ha sufrido muchas influencias, por supuesto, del latín y del castellano, pero no es originalmente una lengua románica. Entonces tienen ese pedigrí, pero después, a la hora de la verdad, esto no es lo propio del País Vasco. Lo propio del País Vasco es una capacidad extraordinaria para negociar su situación y si comparamos el País Vasco con Cataluña, la diferencia está en ese talante muy hábil del País Vasco que le permite tener, actualmente, una situación económica muy ventajosa. Ese es, en mi opinión, el rasgo vasco propio. No son los indomables, son los grandes constructores de pactos buenos para ellos. Tengo una relación sentimental con el País Vasco y hay cosas en las cuales yo soy vasco.

En el libro he intentado ver cuál sería el secreto último de la identidad vasca: su rasgo más vigoroso. A veces estos secretos son sencillamente tópicos, como cuando decimos que el alma portuguesa se basa en la saudade, pero siempre existe alguna verdad en estas indagaciones. En el caso vasco yo creo que lo que en Portugal es la saudade en Euskadi es la fidelidad. Ellos son extremadamente leales a sus raíces, a sus tradiciones y esta lealtad provocó que, en la época de la corona hispánica de los Austrias y más tarde de los Borbones, pero sobre todo de los Austrias, fueran considerados como los escribanos perfectos, porque eran leales, eran fiables. Ellos tienen esta característica de lealtad. Me interesó la cuestión.

Si hay una característica de los vascos que es fundamental, exactamente como en Portugal tenemos una palabra para ello, que es la saudade, ellos también tendrían una palabra. Entonces descubrí el vocablo zintzo, que se usa en el juramento del lehendakari (no en el que se hacía en la época de la segunda república sino con el lehendakari actual) y que significa ejercer ese puesto con lealtad. Zintzo es la idea del hombre bueno, leal, fiable. Podríamos traducirlo por buena persona, pero es algo más que eso. No estamos ante una convención social. Se trata de una persona realmente fiel, leal. Ellos tienen eso. Y después poseen la capacidad de adaptación que también se radica en otra palabra, Egokitzapen, un término que tienen para referirse al fenómeno de la adaptación.

 

Estuvo también un año en Galicia, antes de volver a Portugal, y dice que los portugueses mantienen una relación complicada con esa comunidad y que luchan para diferenciarse de ella. Tienen una lengua parecida. ¿Por qué esa desconfianza?

Creo que los portugueses tenemos que mejorar nuestra relación con Galicia. No es una relación fácil porque, según un especialista como Fernando Venâncio, ellos fueron los creadores del idioma que hablamos. Este lingüista luso dice que el portugués originalmente era gallego. ¿Y qué hace la lingüística portuguesa para disfrazar esto? Nuestra manera de ocultar que estamos hablando el idioma de otra zona es decir que esa versión antigua de nuestro idioma es el gallego-portugués. No gallego: gallego-portugués. En el fondo, éramos un poco los hablantes del gallego del sur, algo así como Cataluña y la comunidad valenciana, donde un grupo relevante dice que habla valenciano y no catalán. Se encontrará en los libros la expresión gallego-portugués, pero la realidad es que era gallego.

Después cuando la corte se establece en Lisboa hay un esfuerzo para cambiar el idioma y ese cambio se hace con la introducción masiva de castellanismos y surge una manera de hablar en el centro y en el sur del país que efectivamente ya es distinta del gallego y que quiere ser distinta. A partir de ahí, sociológicamente, al que habla el portugués parecido al gallego, el portugués más filiado en el gallego, se le considera un palurdo y el que habla la versión del sur, del centro sur, es el portugués elegante. Esto da una idea de la complicación de las relaciones con Galicia.

Después el portugués tiene su futuro en América y en África. Otro lingüista luso importante, Ivo de Castro, dice que el portugués es una lengua que nace en Galicia, pasa por Portugal y después se expande hacia Brasil y hacia los países africanos, las zonas del mundo donde está el mayor número de hablantes en nuestro presente y que serán el principal futuro del idioma. Y después hay muchos problemas de detalle, pero que no son tan pequeños. En Galicia no imagina usted las tensiones que existen entre los que consideran que el gallego es un idioma distinto y los que consideran que es portugués. Lo más peligroso que se puede hacer en una reunión galaica es sacar este tema porque la gente se pelea de una forma feroz alrededor de esta cuestión.

 

Mejor no sacar el tema

Es mejor no mentarlo. Hay que profundizar nuestra relación con Galicia sin que ello suponga un drama y mucha gente lo está haciendo hoy en día. Claro que si los gallegos deciden que hablan portugués será una cuestión interesante porque, en ese caso, se hablará portugués en España. Son problemas políticos, a veces un poco bizantinos. Lo que defiendo en el libro es el acercamiento entre todas las naciones de la península ibérica sin miedo.  O sea, superando todos estos recelos y superando sobre todo esa gran herida, jamás cerrada del todo, que viene de la romanización. Por ejemplo, no creo que Cataluña corra el riesgo de desaparecer. Estamos ante una cultura potentísima y lo que he visto en estos últimos años es un crecimiento enorme de las publicaciones en catalán.

La primera vez que fui a Cataluña, después de un viaje que hice cuando era muy niño, fue en el año 2011. Entonces había poca publicación de libros en catalán. Fui a las librerías a buscar libros en catalán. Estaban un poco exiliados en un rincón de las propias librerías de la ciudad de Barcelona. Más de diez años después el panorama resulta bastante distinto. Las novedades en catalán están destacadas en las librerías. Cataluña puede pasar por momentos no tan brillantes, pero es una cultura que está ahí para quedarse y eso es una fortuna para todos nosotros.

«Cataluña es una cultura potentísima y no creo que corra el riesgo de desaparecer.»

Una de las cosas que me gustaría es que el resto de España descubriera la grandeza de sus idiomas y que no los regionalizara diciendo, por poner un ejemplo, que el catalán es una cosa que se habla ahí, quitándole importancia… Se trata de un enorme idioma. He leído El llibre d’Evast e Blanquerna en el original y me parece una obra monumental. Para mí, está al nivel de la Divina Comedia y el conjunto de la obra de Ramon Llull está al nivel de la creación literaria de Dante. Y no solo Ramón Llull, otros escritores de los siglos XIX y XX… Es verdad que hay un momento en el XVII-XVIII en que las cosas se apagan un poco, pero es una cultura enorme.

 

Cataluña ocupa gran parte de las 344 páginas del libro. ¿Ha llegado a alguna conclusión sobre el futuro de la reivindicación independentista?

Lo que más me asusta es el sentido sacrificial del movimiento independentista catalán. A veces uno diría que sus líderes están más preocupados en suicidar-se grandiosamente, practicando un nacionalismo heroico, que en solucionar los problemas de la gente. Este heroísmo es un fenómeno hispánico, peninsular. Es la idea de que hay que ser irreductible, de que hay que llevar las cosas hasta el extremo. En el caso de Cataluña, esa irreductibilidad ha sido acompañada, en estos últimos años, por un sentido de urgencia, de prisa, de que estamos en riesgo, de que esto se puede terminar y que, por lo tanto, tenemos que hacerlo ahora. Creo que eso, en mi opinión y con todo el respeto, es de una falta de lucidez histórica bastante grande.

Por otra parte, se trata de algo muy peninsular. No es un error sólo de los catalanes. Es un error que ha existido en muchas partes de la península ibérica y que ha enmarcado mucho todo el recorrido del independentismo. Hay una teoría de un filósofo canadiense, Charles Taylor, que escribió textos preciosos sobre el multiculturalismo, textos que leí cuando estaba preparando este libro, y que para mí fueron un auténtico faro para entender el tema catalán. Él, que conocía bien la cuestión de Quebec, dice que los independentistas se quejan de problemas económicos, de cuestiones lingüísticas, pero que en realidad lo que quieren es el reconocimiento. Eso es lo que buscan. Desean el reconocimiento, la dignidad del respeto por la propia cultura. La ausencia de ese reconocimiento es lo que verdaderamente les duele. Cuando leí estas páginas me dije: éste es el tema catalán.

Cataluña sería feliz si hubiera un reconocimiento franco, sincero, sin ambages, sin trucos, por parte de la nación española. En mi opinión, ésa es la salida para el movimiento independentista, lograr ese reconocimiento. Creo que tiene que ser un reconocimiento en la Constitución, porque la Constitución española explica cómo pueden nacer las comunidades autónomas, qué reglas hay, cuáles son los procedimientos correctos, y después se planta. Es como si por falta de revisión, de reformas, todavía tuviéramos ahí el cordón umbilical, restos de la placenta, y la Constitución española transporta todo eso que ya no es actual, porque las naciones y regiones, para usar las palabras de la Constitución, ya han aparecido, ya están ahí. Habría que pasar a una segunda fase en que se reconocieran claramente las prerrogativas de cada región, sin que esto supusiera que hubiera españoles con más derechos, porque eso en la Constitución está muy claro: no puede haber españoles con más derechos que otros españoles. Lo importante es que se reconociera que Cataluña es una entidad que tiene que estar ahí con toda su dignidad y que, mientras España exista, esa entidad tiene que existir también. Y que el destino de las dos es un destino indisoluble y que cada una respeta a la otra, que Cataluña respeta a España y España respeta a Cataluña.

«Cataluña sería feliz si hubiera un reconocimiento franco, sincero, sin tapujos, sin trucos, por parte de la nación española.»

Es fundamental que eso quede claro y que la Constitución no sea una especie de documento que nadie mueve, que nadie toca, porque la tendencia centralista siempre está viendo si disminuye las autonomías y, por otra parte, algunas de estas autonomías siempre están viendo si logran una separación. Creo que esto es muy poco saludable para Cataluña o para Euskadi y para el resto de España, y que lo deseable sería que la Constitución dijera que Cataluña, como todas las naciones y regiones españolas, existe y existirá y España existe y existirá. Si lográramos esto con el total reconocimiento de la dignidad catalana, creo que podríamos vivir en paz todos en España. Y también sería muy bueno para la península ibérica, porque en Portugal jamás avanzaremos mucho en el tema de un acercamiento más firme mientras estos problemas no estén solucionados.

 

¿Si hubiese que ponerle un nombre a la nueva España surgida de esa reforma de la Constitución sería el de una España federal?

Sí, la palabra puede ser esa. A veces las palabras asustan demasiado y lo mejor es ir haciendo las cosas sin ponerles nombre. Fue lo que se hizo después de la muerte de Franco. Se encontró allí una palabra inocua, que era lo ideal. Transición es una palabra que funciona, tenue, que no asusta a nadie. Habría que inventar quizás una palabra con ese tono, no propiamente la de federalismo, pero la realidad sería un poco avanzar hacia una dimensión federal. No usaría la palabra, de entrada. Las dos reformas pequeñitas que se han hecho a la Constitución española son casi un caso único en los países europeos.

En Portugal ya llevamos siete y estamos entrando en la octava. En Francia son muchísimas desde los años 50. En Italia, que tiene una Constitución parecida a la española, en el sentido de que no se puede mover mucho, ya han hecho también varias reformas interesantes y de calado. Italia también tiene el problema de zonas que quieren una afirmación y que a veces se vuelven separatistas. España sólo ha hecho dos reformas de detalle. Las personas que tienen responsabilidades políticas deben darse cuenta de que esto es un suicidio. El conflicto catalán funciona como un claro primer indicio, una prueba, una señal de que una Constitución inamovible tiene los días contados y que si dejamos que las cosas sigan como están, tarde o temprano habrá una ruptura muy grave, hacia atrás o hacia otra cosa.

A veces la sensación que tengo es que los protagonistas políticos están apostando por eso: «No la vamos a mover, la dejamos como está». Alrededor de la Constitución hay, en ocasiones, un ambiente bastante perverso. Están los que piensan que se puede volver hacia atrás y coger el célebre artículo 155 y ampliarlo y hay otros grupos que piensan «nosotros con esta Constitución logramos romper o por lo menos avanzar hacia una ruptura». Esto no es nada saludable. Lo más correcto sería que la gente se sentara, que hablara, que se entendiera, y eso debería hacerse en el marco de una reforma constitucional. No obstante, políticamente estamos muy lejos del ambiente necesario para hacer esa reforma constitucional que, para mí, es indispensable.

 

¿La Unión Europea ha sido una bendición para Portugal y para España?

Sí, ha sido una bendición, sin duda. Es verdad que las cosas han cambiado, es verdad que la Europa actual es más pobre, es verdad que confundimos Europa con bienestar, con carreteras, autopistas, autovías, pabellones deportivos, fondos que llegaban y ahora todavía hay muchos fondos que están llegando, pero Europa ya no es tan potente económicamente como era antes. La Europa actual es un poco más modesta que la que conocimos en la década de los 80. No es pobre, estamos muy lejos de eso, pero es más limitada y esa modestia está provocando mucha incomodidad y voto de protesta, que se ha situado en la izquierda y ahora se ha desplazado hacia la derecha. Pero aun así Europa sigue siendo una bendición.

Desde 1945, hemos tenido dos guerras en nuestro continente, una la de Yugoslavia, que no fue en el espacio de la Unión Europea, y ahora la de Ucrania, que tampoco es en nuestro espacio político. Creo que eso demuestra la enorme bendición que ha sido la Unión Europea: la posibilidad de la paz, la posibilidad de la mutua comprensión es una cosa fabulosa, es uno de los proyectos más hermosos de la historia de Europa y yo espero que la gente no lo olvide. En el siglo XIX, en la década de los 40, Víctor Hugo, en un discurso célebre, dijo que teníamos que construir los Estados Unidos de Europa y, en aquel momento, las personas consideraron que era un sueño muy hermoso pero que no era posible, no se trataba de una realidad que se pudiese plantear de una forma concreta. Hoy en día estamos viviendo ese sueño y lo hemos vivido desde la posguerra de la Segunda Guerra Mundial y para mí ha sido una felicidad vivir en esta época histórica.

 

El ascenso de las derechas extremas es evidente en casi toda Europa. Vox se ha abierto camino en España. Portugal parece que se ha salvado un poco de esta oleada ultraderechista.

Nuestra derecha es menos peligrosa y más peligrosa. Menos porque se suele presentar con unos tonos más suaves. En el archivo de Salazar nos encontramos con cartas muy amables de Robert Schumann, en que éste lo trata casi como un sabio. Este perfil de Salazar como un gran hombre sólo desaparece con el comienzo de la Guerra Colonial, en 1961. Entonces los demás países dicen, «este señor está intentando que angoleños, mozambiqueños, la gente de Guinea sean portugueses y lo está imponiendo y esto es una dictadura». Pero antes, la mirada que había sobre la dictadura de Salazar era una mirada simpática y quizá el ejemplo mayor de eso es cuando aparece la OTAN.

Con España, debido a la Guerra Civil, había muchas reservas, pero con Portugal no. Portugal estuvo entre los países fundadores de la OTAN, en 1949. Tenemos una derecha más suave, pero al mismo tiempo es más peligrosa porque cuando agarra, agarra y dura bastante. El régimen de Salazar fue una pesadilla suave, pero fue una pesadilla. La matriz de nuestra democracia actual es de izquierdas. Fue una revolución en que dominó la izquierda. La matriz de la democracia española es de derechas. Fue el poder político que vino del franquismo que decidió democratizar.

La fuente es la derecha en España y la izquierda en Portugal y eso se nota en las dos democracias, las dos válidas y reconocidas internacionalmente. Para la derecha en España es como si hubiera un artículo no escrito de la Constitución, que no se puede encontrar en ninguna parte pero que, para ella, estaría implícito, según el cual los comunistas no pueden llegar al gobierno de España. Y es, en parte, a causa de este artículo no escrito de la Constitución que a algunos sectores de esa derecha española se les ocurrió decir que la coalición progresista era un gobierno ilegítimo. Ilegítimo porque la Constitución que tienen en la cabeza, no la real, pone que los comunistas jamás podrían llegar al poder. La matriz de izquierdas de Portugal protege un poco al país de la extrema derecha. Hay una sensibilidad que no da tanto campo a la extrema derecha. Pero en algún momento en Portugal podría haber fenómenos de derecha suave (que después al final no es tan suave), como está ocurriendo en otros  países de Europa.

 

Ese ascenso de la extrema derecha se ha consolidado, efectivamente, en muchos países europeos

Todos los europeos debemos tener muy claro si queremos ese regreso al neoconservadurismo, algo que está pasando en Italia, en Polonia, en Hungría, en Finlandia. Pero hay que decir que cada una de esas derechas es distinta. Ser de derecha en Hungría o en Polonia tiene un tinte de resistencia al comunismo, de que la verdadera dictadura fue el comunismo y, por lo tanto, «si aquí somos un poco de derecha tampoco pasa nada, porque lo que verdaderamente conocimos como aplastante, brutal, fue el pacto de Varsovia, el dominio soviético y eso sí que es dictadura». Son más tolerantes respecto a las soluciones de derecha. No las miran con nuestra mirada, las miran con otra distinta, las ven desde otro pasado histórico.

Y en el caso de los países escandinavos, donde también está muy presente la extrema derecha, es un poco el tema de la emigración y después la relación mal resuelta que algunas de esas naciones tienen con el nazismo. Cada país tiene una derecha distinta y en el caso portugués yo me temo que, con el paso del tiempo, pueda surgir un regreso de la pesadilla suave de Salazar. De momento, eso no está en el horizonte. La situación española es mucho más preocupante porque efectivamente está ahí la posibilidad de lo que José María Lassalle ha llamado el gobierno Nosferatu; o sea, un gobierno PP-Vox que con el pasado que España tiene, con la poca distancia que hay respecto a la guerra civil, sería bastante inquietante. Sería una señal inquietante, peligrosa para Portugal y para toda la Unión Europea.

 

Concluye que la península ibérica está en una encrucijada: o regresa al pasado o avanza hacia un futuro más luminoso. Añade que el camino que tome depende del lector. Nos traspasa mucha responsabilidad.

Sin duda. Lo pequeño es lo grande de la vida. Esa decisión que uno toma en su trabajo o en su vida cotidiana, de ir a votar o de tener una actitud política, eso es lo fundamental en la democracia de los países. Portugal es un país con un pasado autoritario enorme. La democracia portuguesa es frágil. Estamos llegando ahora a los 50 años de democracia y lo que hubo en el siglo XIX fue un borrador de democracia, estaba muy lejos de ser una democracia plena. Lo demás es monarquía absoluta en nuestra historia. Quitando ese borrador de democracia en el siglo XIX y la experiencia republicana de 1910, que fue un jaleo bastante considerable, tenemos estos 50 años. Tenemos que decidir ahora si queremos continuar esos 50 años o no. Y para mí son las personas las que hacen eso. Uno puede escribir libros y ésa es una parte de su aportación, pero la decisión será de cada uno. Y el conjunto de esas aparentemente pequeñas decisiones de cada persona da lugar a algo enorme. Yo creo que esa es la grandeza de la democracia. Por ahí pasa el futuro de los países.