Una tarde del invierno de 2001, pocos meses después de que estallara la segunda Intifada, un asesor político que asistió a las negociaciones de Camp David de julio de 2000, reconoció que el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Yasser Arafat, no podía aceptar las condiciones de Israel, que tenían el apoyo de los Estados Unidos, para firmar un acuerdo definitivo que permitiera la creación del Estado palestino en Cisjordania y la Franja de Gaza. Poco antes, en diciembre de 2000, durante una estancia en Israel, un general del Tsahal nos garantizó a un grupo de periodistas que se ofreció a Arafat la instalación en Jerusalén Este de una oficina de representación de la presidencia de Palestina. El mencionado asesor negó que Israel hubiera hecho tal ofrecimiento y como en tantas otras cosas del sangriento y centenario conflicto árabe-israelí –con más precisión, palestino-israelí– no hay manera de aclarar cuál fue la oferta.

Pero es inevitable pensar que el general, un hombre decidido y enérgico, intentó edulcorar la realidad de entonces. Y si es relativamente fácil llegar a esta conclusión es porque hay demasiados precedentes, demasiadas frases que inducen a ello. Por ejemplo, esta atribuida a David Ben Gurion, del año 1937: «Tenemos que expulsar a los palestinos y ocupar su lugar». O esta otra, tan categórica, del político Shlomo Lavi: «La expulsión de los palestinos es lo más justo, moral y correcto». O la de Golda Meir, del año 1969, más que sorprendente: «¿Cómo nos pueden pedir que nos retiremos de los territorios ocupados si allá no vive nadie?» Esta música de fondo forma parte de la impronta fundacional de Israel, explica cuáles fueron los cimientos de la Nakba (catástrofe) –la expulsión de sus casas de más de 700.000 palestinos durante el periodo 1948-1949– y cómo hoy la guerra de Gaza tiene muchas de las características de una guerra de exterminio y quizás de una segunda Nakba.

En marzo de 2002, el profesor Edward W. Said, publicó en diferentes medios –en España en El País–, un artículo titulado «¿Cuál es el precio de Oslo?» «El pueblo palestino está pagando el insoportable y excesivo precio de Oslo, que después de diez años de negociaciones lo dejó con fragmentos de tierra sin cohesión ni continuidad, unas instituciones de seguridad concebidas para asegurar su sumisión a Israel, y una vida que lo empobrecía para que el Estado judío pudiera florecer y prosperar», escribió Said. Ahora se puede decir que aquel empobrecimiento, cuya primera consecuencia es la sensación arraigada en la comunidad palestina de que su futuro es no tener futuro, ha sido el resorte que ha hecho crecer a Hamás, que ha desacreditado a la Autoridad Palestina que preside Mahmud Abás, instalada en la ineficacia, y que ha desatado una matanza sin freno después del ataque terrorista de Hamás del 7 de octubre.

Cómo ha dicho en la ONU el ex primer ministro francés Dominique de Villepin, «por cada bomba a una ambulancia en Gaza nacen decenas de terroristas».

En esta degradación de lo que se esperaba de los acuerdos de Oslo la figura central ha sido el primer ministro Binyamin Netanyahu, un político sin escrúpulos que, desde que formó su primer Gobierno en 1996, no ha dejado de poner palos en las ruedas a la aplicación del tratado de 1993. Con la inestimable colaboración, justo es decirlo, de gobernantes como Ariel Sharon, que hicieron cuanto estuvo en sus manos para favorecer el crecimiento de Hamás y debilitar el liderazgo de Arafat. La operación dividió a la sociedad palestina, más alineada con la OLP en Cisjordania y más favorable a las facciones más radicales en Gaza; una división que consagraron las elecciones de 2006, cuando la victoria en la Franja fue para Hamás. Es quedarse corto decir que esta fractura contribuyó a erosionar «el espíritu de paz y reconciliación mutua [de israelíes y palestinos], piedra angular de la cooperación en seguridad», como ha explicado en diversas ocasiones el profesor Yezid Sayigh, exnegociador palestino.

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Hamás no sale de la nada

Se puede decir que el crecimiento de Hamás ha sido para Israel un instrumento para minar la cohesión palestina y, al mismo tiempo, ha servido para tener enfrente a un adversario necesario para justificar las políticas de expansión en Cisjordania –más 600.000 colonos– y mantener sin grandes disidencias el espíritu militarista de la sociedad israelí, tan del gusto de Netanyahu y de la extrema derecha gobernante. Está claro que la contrapartida ha sido la capacidad de Hamás de captar voluntades sin demasiados esfuerzos a raíz de sucesivas operaciones militares israelíes a sangre y fuego en la Franja. Como ha dicho en la ONU el ex primer ministro francés Dominique de Villepin, «por cada bomba a una ambulancia en Gaza nacen decenas de terroristas»; y como ha resumido António Guterres, Hamás no sale de la nada.

Pese a lo expuesto, la responsabilidad árabe en el desbordamiento del conflicto no es menor. En aplicación de una realpolitik más indefendible que nunca, e inducidos a hacerlo por Arabia Saudí, los socios de la Liga Árabe han procurado que el agravio palestino afecte cada vez menos a sus relaciones con los Estados Unidos y con Israel, de forma que el conflicto fuese más –sea más– palestino-israelí que árabe-israelí. Favorecido este alejamiento de la crisis por la política ad hoc de Donald Trump, que consiguió que los Emiratos Árabes, Qatar, Marruecos y Sudán reconocieran a Israel. Favorecido todavía más por la operación, ahora interrumpida, para que Arabia Saudí e Israel intercambiaran embajadores. Más favorecido, por si quedaba alguna duda, con el establecimiento de relaciones entre la teocracia saudí e Irán por medio de la diplomacia china.

En 2002 la Liga Árabe se declaró dispuesta a la normalización de relaciones con Israel a cambio de la creación del Estado palestino.

De hecho, la última vez que el mundo árabe se comprometió en serio con la causa palestina fue en marzo de 2002 con la que se conoció como la iniciativa saudí: la Liga Árabe se declaró dispuesta a la normalización de relaciones con Israel a cambio de la creación del Estado palestino. Fue la mise à jour de la solución de los dos estados (Hubert Védrine). Ariel Sharon calificó la oferta de «conspiración árabe», la invasión de Irak y sus consecuencias desviaron la atención hacia otros frentes, y la renovación de la oferta en 2007 y en 2017 no fue mucho más que simbólica. Las primaveras árabes alarmaron a los establishments entre muchísimas otras razones porque los promotores del estallido popular incluyeron el agravio palestino en sus programas entre reformistas y revolucionarios; las primaveras languidecieron o desembocaron en represión (Egipto) y guerras civiles (Libia, Siria, Yemen) y, una vez más, el dosier palestino dejó de ser una prioridad.

 

Estrategia del olvido

La experiencia de los últimos años demuestra que esta estrategia del olvido –la expresión es de Edward W. Said– otorga una periódica capacidad de contaminación a otros conflictos en la región, cuando menos de movilización en momentos concretos. El contagio desatado por la guerra de Gaza es un ejemplo patente: la frontera norte de Israel vuelve a ser un foco de inestabilidad –Hizbulá tiene una estructura militar que en 2006 fue capaz de parar al Ejército de Israel–; los pogromos de los colonos, ayudados por el Tsahal, contra enclaves palestinos han agraviado la sensación de que la extrema derecha trabaja a toda máquina para anexionarse el territorio; Irán es un actor a distancia de importancia capital porque nutre de recursos a Hamás, Hizbulá y al Gobierno hutí del Yemen. Por no hablar del aprovechamiento en beneficio propio que Rusia y China pueden hacer de la crisis.

La interpretación que de todo esto hacen Estados Unidos y la Unión Europea lleva inexorablemente a una profundización de la línea de fractura entre Occidente y el llamado Sur Global. Los analistas del CIDOB Moussa Bourekba y Francis Ghillès hacen referencia al discurso que llega de este mundo emergente: «Israel se comporta como un Estado colonial en una época supuestamente pos-colonial y no actúa aisladamente, sino con el beneplácito de los antiguos imperios coloniales». En este Sur Global, un espacio donde China tiene poder de convocatoria, sorprende enormemente la determinación occidental para parar a Rusia en Ucrania y la invocación, en primera instancia y por encima de todo, del derecho de Israel a defenderse, infligiendo un castigo colectivo a la sociedad palestina. ¿Cómo es posible que se nos acuse de poca determinación a la hora de condenar en Rusia y ahora las potencias occidentales se comporten como se comportan en la guerra de Gaza?, se preguntan en el Sur Global. ¿Cómo es posible que la mayoría se limite a invocar el derecho internacional humanitario y no haga nada para conseguir un alto al fuego, amenazando si hace falta a Israel con algún tipo de sanciones?, se continúan preguntando.

 

‘Realpolitik’ sin reservas

Ninguna respuesta puede ser clara y convincente porque, como en el caso del comportamiento de los estados árabes, todo obedece a la aplicación sin reservas de la realpolitik, tan a menudo ajena a la moral y a los grandes principios del derecho internacional. No hay argumentos para justificar la carnicería sin sonrojarse, sin llegar a la conclusión de que el Gobierno israelí se ha deslegitimado ante la aldea global como nunca antes, ha ensuciado para mucho tiempo la imagen que proyecta Israel en el mundo. «Lo que quizás ha cambiado es la comprensión nítida de que probablemente nunca tendremos una paz decente, profunda y viable», opina el escritor judío David Grossman, desolado por la matanza, primero la de Hamás y después la del Ejército de su país. No quedan rendijas para restablecer el equilibrio; la sensación de limpieza étnica ha ocupado el escenario y este estado de ánimo justifica el temor de que el futuro pueda ser de un negro todavía más intenso.

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No hay argumentos para justificar la carnicería sin llegar a la conclusión de que el Gobierno israelí se ha deslegitimado ante la aldea global como nunca antes.

El historiador israelí Ilian Pappé, profesor en la Universidad de Exeter, resumió el porqué de todo en su libro de 2006 The ethnic cleansing of Palestine: «Mientras Israel no reconozca el papel central que ha tenido y continúa teniendo en el expolio del pueblo palestino, y acepte las consecuencias que implica este reconocimiento de la limpieza étnica, todos los intentos de resolver el conflicto están condenados al fracaso». Es irreal pensar que alguien hoy, dentro de la estructura de poder de Israel, esté en condiciones de dar este paso porque el proyecto, medio escrito-medio no escrito, de la gran mayoría de fuerzas representadas en la Knéset es, pura y simplemente, archivar la hipótesis de los dos estados, consumar la anexión de los territorios palestinos y consagrar la existencia de ciudadanos de primera y de segunda, una reedición del apartheid. De hecho, el muro que delimita Cisjordania desde hace años y el bloqueo de Gaza son un avance de lo que la derecha y el sionismo confesional tienen en mente. Un programa ideal para que Hamás, la Yihad Islámica y otras plataformas de un radicalismo extremo, partidarias de la acción directa, sigan captando la atención de una sociedad sin esperanza.

Hace años, un día, en un pueblecito cerca de Beit Jala (Cisjordania), un campesino palestino propietario de un rebaño de ovejas y de unos cuantos olivos, redujo su único anhelo de futuro a dejar a sus hijos y nietos aquel modesto patrimonio. Es difícil que lo pueda hacer si alguien no detiene la lógica de la guerra, la política de ocupación y de tierra quemada. He aquí lo que está pasando.