Escribía Antonio Gramsci el siglo pasado, tan prolífico en la producción de credos de masas, que el político nunca estará contento con el artista. Aclaraba que ello no significaba que el arte no fuese fruto de su tiempo ni careciese de eficacia histórica, sino más bien que la ejercía desde su campo específico y era militante solo de sí mismo, o bien no era arte, sino política a través de imágenes.

El cubismo proporciona un claro ejemplo de esta aristada distinción: la descomposición de una figura, y la yuxtaposición de sus varias perspectivas, cuestiona su unidad «natural», presentando el modelo como un enigma que nos empuja a pensar el modo en que debe recomponerse. Así nos hace conscientes del carácter construido de la realidad y, por extensión, de las certezas sobre las que fundamos nuestro conocer y nuestro hacer. Desde esta perspectiva, el cubismo dista mucho de ser un arte meramente abstracto y cerebral. La racional frialdad que lo gobierna es profundamente humana y humanista, surgida de la voluntad de enfrentarse a un mundo fragmentario y cambiante sin recurrir a dogmas ni emociones.

Concebido en las buhardillas bohemias, el fin de la I Guerra Mundial coincidió con la consagración del cubismo entre la crítica y el público. Por entonces, sin embargo, Le Corbusier y Ozenfant ya proclamaban que los tiempos exigían convertir los problemas del arte en soluciones. Era necesario intervenir en el mundo, superando el formidable ejercicio cubista de demolición de certezas, para restablecer el orden, la medida y la proporción entre aquellas formas descompuestas; y crear imágenes comunicables, que proporcionasen verdades colectivas sobre las que fundar la vida nacional.

Concebido en las buhardillas bohemias, el fin de la I Guerra Mundial coincidió con la consagración del cubismo entre la crítica y el público.

Aunque semejante restauración del clasicismo, vinculado al esfuerzo bélico y la reconstrucción de Francia, fuese vivida por Picasso con cierto distanciamiento como extranjero, sí permeó su programa de reelaboración de los lenguajes y mitos públicos, de la mediterraneidad del Minotauro a la hispanidad de la tauromaquia. Pero he aquí que en España estalla la Guerra Civil y la situación toma un cariz muy diferente. El racionalista e introspectivo Picasso es brutalmente sacudido por los acontecimientos. Se enerva, insulta y muerde con imágenes distorsionadas hasta la repugnancia, como en Sueño y mentiras de Franco o La marquesa de culo cristiano.

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