«Vengo de una familia en la que si no trabajabas no comías», solía remachar Glenda Jackson (1936-2023) cuando se le inquiría por el motor de una carrera que consagró a la actriz como una de las grandes de la escena y de un cine británico dispuestos a romper moldes en la era de la posguerra. La cita viene a ilustrar lo que para ella fue toda una declaración de principios. La que explicaría su ausencia de vanidad, rara avis en el gremio, o la total desafección por el glamur del estrellato a pesar de haber cosechado básicamente todos los grandes premios de interpretación, encabezados por dos Oscar. También por lo que contiene de reivindicación de sus orígenes de clase trabajadora, que la convirtieron en enemiga pública del thatcherismo y, a la postre, la convencieron de lanzarse a la arena del activismo como diputada, rompiendo abruptamente con su oficio de intérprete.

Retuvo su escaño laborista en el Parlamento durante casi un cuarto de siglo. Ya octogenaria, retirada y quizá algo desencantada de la batalla política, protagonizó un regreso a las tablas y a lo grande de la mano del Rey Lear, personaje shakespeariano, y escrito en masculino, que en el Reino Unido solo se atreven a tentar las vacas sagradas. Desde entonces, y sobreponiéndose a una ostensible fragilidad física, siguió encadenando trabajos hasta una última película, rodada pocos meses antes de su muerte, el pasado 15 de junio, a los 87 años.

Aquella chica que –según propia confesión– recaló en la interpretación para huir de una existencia gris en Blackheath (sureste de Londres) acabó convirtiéndose en una de las actrices británicas más imponentes de su generación. Tocó casi todas las teclas de la profesión. Las de la gran pantalla –tanto en sus propuestas más arriesgadas como en el cine comercial– y las del entonces emergente medio televisivo. Aunque su mayor compromiso fue siempre con el teatro, al que aportó la visión poco convencional de las grandes heroínas dramáticas. Exhibía ese self-deprecating (autocrítica) tan británico, y ni se molestó en acudir a recoger ninguna de las dos estatuillas doradas de Hollywood. «Agradezco los premios, pero no te hacen mejor en tu trabajo», era su escueto comentario sobre un extraordinario bagaje que también incluyó tres Emmy televisivos, el Tony teatral, el Globo de Oro y el Bafta británico.

Ni se molestó en acudir a recoger ninguna de las dos estatuillas de Hollywood. «Agradezco los premios, pero no te hacen mejor en tu trabajo».

La primera de las cuatro hijas de un albañil y una limpiadora, Jackson abandonó la escuela a los 16 años con el sueño de ser bailarina que pronto se reveló inalcanzable. La alternativa fue ponerse a trabajar en la cadena de farmacias Boots y, al tiempo, abrirse a otros mundos participando en un grupo de teatro local («¡Tenía que haber algo mejor para mí que la maldita farmacia!»). Acabó pidiendo el ingreso en la única escuela teatral de la que había oído hablar (Rada, Real Academia de Arte Dramático de Londres), donde su prueba convenció a unos profesores que, sin embargo, adujeron la falta de recursos para becarla. Pero algo estaba cambiando en aquella sociedad tan clasista de los 50 y fue su jefe en la tienda de Boots quien consiguió esos fondos apelando a la administración local.

 

Primer Oscar a los 34 años

El hombre debió sentirse bien orgulloso cuando el nombre de la Jackson empezó a brillar en sus giras de teatro de repertorio por todo el país, para acabar cimentándose con su participación en obras del calado de Hamlet, Antonio y Cleopatra o Fedra, ya enrolada en la Royal Shakespeare Company. Inmerso en sus proyectos experimentales, el director teatral Peter Brook vio en aquella actriz que no se imponía límites a la prisionera asesina Charlotte Corday de la obra Marat/Sade, un hito de la época (1964) que, a decir del dramaturgo David Edgar, «cambió el teatro británico para siempre» y le regaló, de la mano de Glenda Jackson, «una de las mejores actuaciones que he visto nunca».

Le bastaron un par de papeles en el cine para que el polémico realizador Ken Russell le diera su gran oportunidad con la película Mujeres enamoradas, (1969), versión de la novela de D.H. Lawrence con una estética muy particular que procuró a Jackson su primer Oscar a los 34 años. Un desenlace bastante irónico, teniendo en cuenta que su coprotagonista Oliver Reed había intentado boicotearla al considerar que no era lo suficientemente atractiva para el personaje al que él debía seducir. Se retractó después del rodaje, aduciendo que «Glenda es como una furgoneta con motor de ocho cilindradas, simple por fuera pero con una fuerza creativa brutal en su interior».

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Esa actitud no pasaría hoy por el cedazo del #MeeToo, pero en los años 70 del pasado siglo era la normalidad. Ella no se cebó en el asunto, porque llevaba puesta la coraza desde que en sus inicios como actriz se le dijo que su físico no seguía los cánones imperantes y le relegaría a papeles de carácter (léase de reparto). Queda claro que no fue así. Nunca se maquillaba, a no ser que se lo pidiera el director de turno, y exhibió su cuerpo sin tapujos, tanto en el teatro como en el desnudo integral de Mujeres Enamoradas, pequeño escándalo del momento.

Cuando acabó de filmarla estaba embarazada de seis meses de su hijo Dan, el único de sus 18 años de matrimonio con el actor Roy Hodges. A Ken Russell le entusiasmó que estuviera encinta, porque pensaba que realzaría sus senos en la pantalla. «El desnudo femenino en los años de la revolución sexual dio la falsa sensación de que las mujeres tomaban el mando, cuando en realidad todavía entonces teníamos que hacer lo que nos dictaban los hombres», juzgó Jackson años más tarde para poner las cosas en su sitio.

La llegada al poder de la Dama de Hierro en 1979, encarnó para Jackson «la antítesis de todo en lo que creía».

Los éxitos que fue enlazando desde entonces, como la comedia romántica Un toque de distinción (1973) con la que atesoró su segundo Oscar y la Concha de Plata del festival de San Sebastián, nunca la apartaron de la dramaturgia, también explorada en la televisión. Fue una impresionante Isabel I en la serie de la BBC Elizabeth R, donde encarnó a la reina virgen desde la adolescencia hasta su muerte a los 69 años, convertida entonces en una grotesca figura teatral que cubría el rostro con una máscara blanca. Pero también disfrutó de lo lindo con sus intervenciones televisivas en la popular comedia del duo Morecambe and Wise, transmutada en una jocosa Cleopatra que sabía reírse de sí misma.

 

Una gloria del teatro

La noción de que el trabajo duro no entiende de géneros la llevaba a transitar desde los espectáculos navideños de la pequeña pantalla a una variedad de obras de Botho Strauss, Eugene O’Neill, Jean Racine o Bertolt Brecht que afianzaron a la intérprete como una gloria del teatro. En la apoteosis de su lorquiana Bernarda Alba, bajo la dirección de Nuria Espert (1986), ya barruntaba, no obstante, un tipo de batalla muy diferente. «¿Por qué entré en política? Por Margaret Thatcher». La llegada al poder de la Dama de Hierro en 1979, encarnó para Jackson «la antítesis de todo en lo que creía». Se lanzó al ruedo político a los 55 años, a pesar de los intentos de su amigo Neil Kinnock, a la sazón el líder del Partido Laborista, de disuadirla, bajo el argumento de que primero estaba la gran actriz y solo después la militante de largo recorrido.

 

Repartiendo panfletos

Obtuvo el escaño en 1992 por la circunscripción de Hampstead and Highgate (norte de Londres), con el regusto amargo de ver al laborismo inesperadamente derrotado por las huestes del conservador John Major. Y ganó a pulso otras cuatro lizas electorales en las que era habitual encontrarla frente al gran supermercado del barrio repartiendo panfletos. Las última fue agónica: se impuso con una ventaja de sólo 42 papeletas, en una metáfora del agotamiento que la propuesta del Laborismo ya denotaba.

A lo largo de su singladura política, llegó a ingresar en el gobierno de Tony Blair como subsecretaria del Ministerio de Medio Ambiente, Transporte y Regiones, pero la guerra de Irak acabó convirtiéndola en feroz oponente del primer ministro de su partido. La tónica de sus intervenciones en los Comunes fue más bien discreta, hasta que un tributo organizado en la cámara a raíz de la muerte de Thatcher (2013) volvió a erigir a a Glenda Jackson en protagonista absoluta. Ni los sonoros pataleos desde la bancada conservadora, cuando la diputada denunció el «atroz daño social, económico y espiritual» infligido al país por el thatcherismo, ni el alud de correos electrónicos y llamadas airadas recibidos aquel día en Westminster movieron un ápice su posición. Dijo lo que pensaba, y bien alto, «porque no puedo admitir que se reescriba la historia».

No se consideraba a sí misma una radical, sino una laborista de centro que no quiso alinearse con el liderazgo izquierdista de Jeremy Corbyn en el partido.

A pesar de todo ello, no se consideraba a sí misma una radical, sino una laborista de centro que no quiso alinearse con el liderazgo izquierdista de Jeremy Corbyn en el partido (sí le profesaba gran cariño personal), pero en cambio no dudó en elogiar a su sucesor, el moderado Keir Starmer, por su «capacidad para unir» al partido. «Glenda pensaba que el Labour no podía permitirse un sentimentalismo barato», ha resumido su correligionario y biógrafo Chis Bryant.

 

Vida espartana

Una vez finiquitada su etapa política, regresó al mercado laboral a pesar de haber rebasado con creces la edad de jubilación y cuando su cuerpo ya no respondía como antaño. Nunca tuvo teléfono móvil ni tocó un ordenador. Vivía de forma espartana en la planta baja de la casa de su hijo (Dan Hodges, columnista del Mail on Sunday) y cada noche subía a cenar con la familia. Antes de ponerse en la piel del rey Lear, el papel definitivo de Shakespeare, se preparó físicamente en la piscina del barrio, «aunque en realidad es la misma obra la que te da la energía». Cumplidos los 80 años, recibió una de las mayores ovaciones de su carrera teatral.

Cumplidos los 80 años, en la piel del rey Lear, recibió una de las mayores ovaciones de su carrera teatral.

Tuvo todavía tiempo para seguir cosechando premios en su regreso a Broadway y a la televisión, incluso de rodar una última película, The great escaper, que será estrenada después de su muerte «tras una breve enfermedad». En el set se había reencontrado con su colega británico Michael Caine 45 años después de haber trabajado juntos. Ambos octogenarios y armados con sendos bastones, pero aun así dándolo todo en la historia de un veterano de guerra que escapa del asilo para asistir al 70 aniversario del Día D, y de la esposa moribunda que quiere poner sus asuntos en orden antes de partir.

 

«Muchísimas gracias»

En su homenaje final, el director de la cinta, Oliver Parker, ha relatado cómo la Jackson se mostraba intensa y orgullosa, pero a la vez humilde e insegura: «Quizá esas contradicciones hicieron de ella una intérprete tan cautivadora y persuasiva». Después filmar su última escena en la película, el equipo de rodaje estalló en un aplauso. «¡No seáis condescendientes conmigo!», les espetó la actriz. Cuando el director le explicó que había sido una reacción espontánea y sentida, ella rectificó con un «¿De veras? Pues entonces, muchísimas gracias, queridos».