Hace treinta años de la primera vez que oí hablar de Gustavo Petro. Fueron unos buenos amigos colombianos que trabajaban en varias organizaciones de solidaridad internacional y estaban entusiasmados con la (entonces) nueva Constitución colombiana de 1991. Una constitución que fue innovadora en América Latina en temas de derechos colectivos, pueblos indígenas y ecología.

Los inicios de los años 90, igual que pasó en 2016 con los Acuerdos de Paz, fueron un momento de entusiasmo para muchos sectores de la sociedad civil. Las estrellas del momento eran los miembros de la guerrilla urbana del M-19 que se acababa de desmovilizar y que se presentó a las elecciones a la Asamblea Constitucional y quedó como segunda fuerza. Entre las personalidades del momento había líderes como Antonio Navarro Wolff, Carlos Pizarro o Vera Grabe y también —aunque no en primera fila— Gustavo Petro.

Hay que señalar este episodio porque la vida política de Petro no se entiende sin su militancia en movimientos urbanos y, sobre todo, sin su vinculación con el M-19. Una vinculación que, más allá de los aspavientos que hace la derecha colombiana, es un patrón entre las élites de la izquierda latinoamericana. Dilma Rousseff, Pepe Mujica y Salvador Sánchez Cerén, entre otros, han llegado a la presidencia de sus respectivos países después de haber pasado por la lucha armada.

Esta experiencia clandestina es crucial, más allá de la niñez y la primera juventud militante en Zipaquirà, su educación en el Colegio Nacional San Juan Bautista de La Salle (la misma escuela donde estudió Gabriel García Márquez) o su experiencia en la cálida costa caribeña. Un pequeño paréntesis: Gabo es una de las personalidades más estimadas por Petro; en el momento de elegir su nombre de clandestinidad (Aureliano) se inspiró en uno de sus personajes. Cerramos el paréntesis. En este sentido, a pesar del énfasis romántico que Petro expone respecto de muchos periodos de su vida en su libro autobiográfico Una vida, muchas vidas, haber formado parte de una guerrilla y haber pasado por la prisión le dejó una impronta duradera.

Lo digo porque ser militante de una organización político-militar clandestina y haber sido torturado es una experiencia que acaba modelando el carácter y la psique. Las lógicas de autoridad, los miedos, los estímulos, la gestión del tiempo, las relaciones de amistad y la comprensión de la política son diferentes si se ha militado en una guerrilla. Para mostrar un detalle de este hecho, tengo que decir que muchos amigos personales latinoamericanos que han militado en guerrillas, todavía hoy (más de medio siglo después de haber iniciado la vida civil), miran atrás cada cinco minutos cuando andan por la calle para ver si los siguen, o miran bajo el coche o vigilan por la ventana mecánicamente como instinto de supervivencia.

También, el hecho que muchos compañeros y la mayoría de sus antecesores hayan muerto asesinados (en Colombia, ser líder de izquierdas es una actividad de riesgo extremo) es un elemento a tener en cuenta. Muchos de mis amigos colombianos me comentaban que la primera victoria del candidato Petro (antes de cada una de las elecciones a las que se ha presentado) era haber podido concurrir sin que lo asesinaran.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

 

Tenacidad política

En Colombia, la exposición política es un acto de valentía y resistencia, hay que creerse que se tiene algo trascendental que hacer y que decir. Precisamente esta última cuestión, la del discurso, ha sido uno de los grandes activos de Petro. Ya desde muy joven fue un gran lector y polemista. Tanto es así que en la escuela de secundaria se ganó una fama de personalidad enigmática y de incordio intelectual que atemorizaba a sus profesores. Es también por su atractivo retórico que sedujo a su segunda mujer, justo después de un mitin. A la vez, hay que destacar la fama que adquirió como senador de la oposición cuando Álvaro Uribe fue presidente. En aquel periodo, Petro se convirtió en el azote que señaló los nexos entre Uribe y los paramilitares, a la vez que destapó el escándalo macabro de los falsos positivos. Del «hacer» ya hablaremos más adelante.

Pero más allá de la retórica, hay que insistir en el hecho de que ser político requiere mucha energía, tenacidad, voluntad y resistencia. Si se observa la carrera política de Petro se puede ver que contiene estos cuatro elementos. Sin los cuatro, es imposible haber ocupado los cargos de personero (1981-1984) y regidor en el municipio de Zipaquirà (1984-86), dos mandatos de congresista en la Cámara Baja (uno por Cundinamarca, 1991-1994, y otro por Bogotá, 1998-2006), haber ejercido de alcalde de Bogotá (cargo del cual fue destituido y restituido en el bienio 2014-15), senador de la República durante dos mandatos (2006-2010 y 2018-2022) y, desde el 7 de agosto de 2022, presidente de la República. Y esto sin contar un periodo en el exilio, un cargo diplomático en la Administración Samper y la participación en dos campañas electorales (las de 2010 y 2018) en la carrera para llegar a la presidencia.

Se enfrentó a Iván Duque en una campaña muy polarizada donde se lo acusó de ser comunista y títere de Venezuela.

En este sentido, Petro ha emulado a otros líderes de la izquierda que han llegado a la presidencia de su país después de intentar una y otra vez ganar unas elecciones. Petro se presentó a las elecciones presidenciales del 2010 con el partido Polo Democrático Alternativo, obteniendo el 9,1% del sufragio, incapaz de pasar a la segunda vuelta que Juan Manuel Santos ganó cómodamente. Dos mandatos después, en 2018, volvió a presentarse con la coalición Pacto Histórico y llegó a la segunda vuelta. Se enfrentó a Iván Duque en una campaña muy polarizada donde se lo acusó de ser comunista y títere de Venezuela. En aquella ocasión perdió en el ballottage, con el 41,7% del sufragio. No fue hasta la tercera vez, cuatro años más tarde, cuando venció por los pelos con un 50,4% de los sufragios contra un candidato estrafalario, Rodolfo Hernández, que hablaba de antipolítica y que era (sin saberlo) premonitorio de personajes como por ejemplo Milei.

 

Un presidente de izquierdas

El 19 de junio de 2022 algo cambió en Colombia: la izquierda llegó a la presidencia por primera vez en la historia. Para conseguirlo Petro tuvo que construir una coalición bastante amplia para no despertar recelos dentro o fuera del país, prometiendo estabilidad económica para grandes empresas y garantías geopolíticas a los Estados Unidos.

Con todo, también hay que señalar que las urnas dejaron —además de un legislativo escorado a la derecha— un país dividido. Los territorios que votaron en contra de los Acuerdos de Paz en 2016 se dejaron seducir por el discurso reaccionario de Hernández, mientras que Petro se hizo fuerte en las grandes ciudades, con la excepción de Medellín.

En la toma de posesión, cuando recibió la banda y juró como presidente de su país, paró el acto y pidió que se mostrara la espada de Simón Bolívar.

Poco después, en la toma de posesión del 7 de agosto, cuando Petro recibió la banda y juró como presidente de su país, paró el acto y pidió que se mostrara la espada de Simón Bolívar, que tiene un gran valor simbólico, porque no solo representa la gesta de la independencia latinoamericana, sino que tiene asociado un mensaje de emancipación social vinculado al hecho de que el 17 de enero de 1974 un pelotón del M-19 la secuestró de la Casa Museo Simón Bolívar como acto de protesta contra el gobierno. Los guerrilleros dejaron, en el lugar de donde se sustrajo, el siguiente mensaje: «Bolívar no ha muerto. Su espada rompe las telarañas del museo y se lanza a los combates del presente. Pasa a nuestras manos y ahora apunta a los explotadores del pueblo.» Después de muchos años desaparecida, el M-19 devolvió la espada como gesto de paz en 1991, año en que abandonó las armas.

En el acto de toma de posesión de su cargo, Petro dijo —recibiendo la espada— lo siguiente: «Llegar aquí, junto a esta espada, para mí es toda una vida […] quiero que nunca más esté enterrada, retenida y que solo se envaine, como dijo Bolívar, cuando haya justicia en este país.» En este momento empezó la Administración Petro, y todos los invitados (con alguna destacada excepción) se levantaron y aplaudieron.

 

Gobernar no es (solo) predicar

Cuando se llega al gobierno, además de comunicar, se tiene que ejecutar una parte del programa. Para hacerlo, sobre todo si se quieren llevar a cabo cambios relevantes en las políticas públicas, es necesario tener aliados, presupuesto, buenos gestores y una administración pública que funcione y esté presente en el territorio, que, en el caso de Colombia, es muy extenso e históricamente dejado de la mano de Dios o, mejor dicho, está en manos de caciques, narcos, guerrillas y paramilitares.

Por eso no basta con hacer discursos el día Primero de mayo, como hizo Petro ante un millar de trabajadores, diciendo que tiene la idea de llevar a cabo un gran cambio social a través de la reforma del sistema de salud, el mercado laboral y las pensiones, y que esto supone una lucha permanente del pueblo movilizado…, sino que, sobre todo, hay que construir puentes en un Congreso dividido, con políticos y gobernadores con quienes no comulgas, y poder sentarse a la mesa con los grandes grupos económicos. También hay que pensar em cuál es la mejor estrategia para negociar con los grupos todavía armados, como son el ELN, las dos escisiones de las FARC (Segunda Marquetalia y EMC) y las narco guerrillas Autodefensas Gaitanistas de Colombia y Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada.

Un año y medio después de haber accedido a la presidencia, muchos analistas acusan a Petro de haber instalado el Gobierno en una montaña rusa de esperanzas y frustraciones. Después de haber abierto grandes expectativas, la aprobación de su gestión no llega al 30%. Su gran pasivo es, precisamente, la dificultad para gestionar. Obviamente, una parte de las culpas son las grandes expectativas, pero otra es la difícil tarea de construir un equipo de gestión eficaz que pueda pactar y establecer las alianzas (con actores que le son hostiles) para empezar a hacer políticas que son urgentes, pero también caras, difíciles y lentas de desplegar. Además, hay que añadir que en Colombia, como en casi toda la región, la voluntad política tropieza —casi siempre— con una reducida capacidad infraestructural del Estado. De todo ello, es fácil que resulte una imagen de impotencia y desorden.

Después de haber abierto grandes expectativas, la aprobación de su gestión no llega al 30%. Su gran pasivo es, precisamente, la dificultad para gestionar.

Queda claro que, a medio plazo, las cosas no le van bien a Petro. Las elecciones regionales de octubre de 2023 le fueron desfavorables y los medios de comunicación tradicionales proyectan de él una imagen errática y peyorativa. Ante esta coyuntura, Petro hace declaraciones para confrontarlos —«les da papaya», como se dice en Colombia—, para que los líderes de opinión de la derecha digan barbaridades, tal como lo hace la congresista conservadora María Fernanda Cabal, la cual expone sin rubor que «los indígenas se quieren apoderar del país y son los propietarios que más suelo tienen».

En medio de este ajetreo, Petro polemiza por las redes con Nayib Bukele y se escaquea, haciendo lo que decía Kapuscinski en su libro Ébano, cuando exponía la actitud de los líderes políticos africanos después de las independencias de sus estados: proyectarse más en el ámbito internacional que luchar en el pesado y desagradecido día a día doméstico.