Como un volcán medio dormido, el conflicto entre Israel y Palestina ha vuelto a estallar con más fuerza que nunca el 7 de octubre, fecha fatídica para el Estado sionista, que no pudo prever ni detener el ataque masivo con miles de misiles y, lo que es peor, la entrada por tierra de cientos de terroristas combatientes de Hamás, ni sobre todo el ataque a las poblaciones indefensas cercanas a la franja de Gaza, notablemente la ciudad de Sderot y un puñado de kibutzim donde sus habitantes fueron asesinados o capturados como rehenes por las bandas armadas. El gobierno de Israel, el más ultraderechista de la historia, tenía concentradas en Cisjordania todas sus fuerzas, también militares y de inteligencia, en apoyo de los colonos supremacistas y de los ultraortodoxos que reivindican el Gran Israel y la integridad de Jerusalén, incluida la explanada de las mezquitas y la Cúpula de la Roca, considerada por los musulmanes como el tercer monumento sagrado del islam.

El terremoto ha sido extraordinario. La táctica de segar la hierba de Hamás en campañas militares y bombardeos se ha declarado superada e inútil. Ahora se trata, lisa y llanamente, de acabar del todo con el Movimiento de la Resistencia Islámica, que eso es lo que quieren decir las siglas Hamás en árabe, con una invasión militar que todavía no se ha producido en la fecha de escribir estas reflexiones, quince días después de la invasión desde Gaza a territorio israelí. Muchos son los especialistas, incluidos los de Estados Unidos, que la consideran una tarea o imposible o de tan alto precio que nadie civilizado puede permitirse, y menos un país democrático.

Lo cierto es que Israel ha perdido su aura de invulnerabilidad, adquirida durante 75 años en todas las guerras ganadas, incluidas las que empezó perdiendo, como la del Yom Kippur de hace 50 años. La ha perdido hacia fuera, pero sobre todo de cara a sus ciudadanos y a la comunidad judía universal, que veía en Eretz Israel el puerto de salvación ante los peligros actuales o futuros de un mundo hostil y a menudo antisemita y lo que da sentido a su existencia después del Holocausto.

 

‘Apartheid’ más o menos camuflado

El revés es doble y de profundidad histórica, estratégica e ideológica. La estrategia de la derecha israelí desde el día siguiente a los acuerdos de Oslo se dirigía a impedir la construcción de un Estado palestino, a través de la violencia y la ocupación ilegal de territorios por los colonos, el fomento de la división entre los palestinos y por último el reconocimiento directo por los Estados árabes de Israel sin contrapartida en territorios ni en un Estado propio para los palestinos. La ideología que la guiaba era la del sionismo llamado revisionista, que quería conseguir un Gran Israel étnicamente homogéneo y separado de los árabes gracias al llamado Muro de Hierro, es decir, la brutalidad de la fuerza militar propia y el auxilio de Estados Unidos, y si era necesario con la expulsión de los palestinos. En el ínterin, lo que se ha ido perfilando es un Estado de apartheid más o menos camuflado, con la población palestina obligada a optar entre emigrar o aceptar su desposesión de derechos ciudadanos, después de haber sido despojados de propiedades y de territorio donde construir su nación.

También se ha resquebrajado el proyecto ultranacionalista del Gran Israel protegido por el Muro de Hierro de las armas y aislado del entorno.

La jornada fatídica del 7 de octubre ha demostrado ya el carácter quimérico de ambos objetivos. Netanyahu, aparente vencedor histórico hasta el 6 de octubre, al día siguiente perdió de repente la partida. El conflicto con Palestina no es prescindible ni minimizable. Hay que resolverlo como se resuelven estos conflictos y tal como lo intentaron la izquierda y el campo de la paz israelíes, con el diálogo, la diplomacia, la negociación y el pacto. Ahora todas las alternativas que se habían puesto sobre la mesa vuelven a aparecer de cara a la negociación que habrá que iniciar en uno u otro momento. La fórmula de los dos Estados de Oslo, ahora fracasada y en el congelador, naturalmente, pero también el Estado binacional palestino e israelí, pero en todo caso un Estado que reconozca la igualdad de derechos individuales a todos.

El momento no es para el optimismo. La debilidad de la izquierda israelí le ha situado desde hace 23 años fuera de juego. La opinión israelí está excitada e indignada con Netanyahu, pero firmemente decidida a defender su seguridad. Se ve venir que el momento podría llegar a ser trascendental para la propia existencia de Israel como Estado democrático. La incertidumbre sobre la duración y los resultados de la guerra es extraordinaria. Son muchos en Palestina y en los países vecinos, incluidos Jordania y Egipto, quienes temen un aprovechamiento expansionista de una victoria militar que desaloje de una parte o de la franja entera a la población palestina. La actual composición del gobierno de emergencia, donde permanecen los representantes de los partidos de extrema derecha abiertamente antiárabes y partidarios del Gran Israel, así lo permite entender.

Se han revelado inútiles los esfuerzos de Netanyahu por convertir el conflicto palestino en una cuestión local insignificante.

Mucho se ha escrito sobre este conflicto, pero ahora más que nunca se vuelven vigentes las lúcidas y sombrías premoniciones de Hannah Arendt, la filósofa judía, nacida en Alemania y convertida en célebre en Estados Unidos, sobre el futuro dudoso de un Israel que no naciera de un acuerdo entre árabes y judíos, en lugar de una guerra, y que debiera depender siempre de la protección de una gran potencia exterior. La lectura hoy de los Escritos judíos (The Jews Writings, Schoken, compilados en 2007, y traducidos al castellano en 2016 en Paidós) dibuja el trágico destino que le esperaba a una utopía fundamentada en la idea acrítica de una nación homogénea, como un cuerpo orgánico eterno, fruto natural del crecimiento de unas cualidades inherentes, que «no se explica en términos de la organización política sino de personalidades biológicamente sobrehumanas».

Arendt creía en la política y creía en el federalismo como fórmula para aunar y gobernar democráticamente la diversidad de pueblos, lenguas e identidades culturales y religiosas. Sionista ella misma y partidaria de la lucha armada cuando se trataba de combatir al nazismo, consideraba trágico el cambio de carácter sufrido por el pueblo judío desde Auschwitz, de forma que «después de dos mil años de colocar la justicia como piedra miliar de su existencia espiritual y comunitaria ahora se ha convertido en enfáticamente hostil».