Todas las guerras tienen en común muertos, heridos, amputados, destrucciones, sufrimiento y a menudo violación de mujeres, que con su cuerpo y alma pagan una bestialidad -digámosle de género- que la humanización todavía no ha conseguido erradicar del macho.

El resto de las características configura la singularidad de cada guerra y habría que añadir, si se dan, los hechos insólitos, hechos que son extraordinarios en comparación con los de otras guerras, que tienen lugar por primera vez o que son contradictorios. Pues bien, la guerra en Ucrania tiene unos cuántos de estos hechos, reseñaré algunos que me han parecido significativos.

En Kíiv y en Moscú, las capitales de los dos Estados en guerra, este verano las terrazas de muchos locales estaban atestadas de gente disfrutando de la bonanza de unas temperaturas que ya no son excepcionales en aquellas latitudes, en Kíiv atentos a las alarmas por drones o misiles rusos, sin, pero, inquietarse demasiado. A primeros de septiembre de 1939, Londres y Berlín aplicaban medidas de protección que afectaron radicalmente la vida social y pública ante la posibilidad de ataques aéreos del enemigo con medios primitivos comparados con los de ahora, medidas mucho más estrictas en Londres que en Berlín, puesto que los nazis todavía creían en su invulnerabilidad.

La Federación de Rusia y la República de Ucrania están en guerra en un contexto general de aparente normalidad, una guerra a menos de 1.000 kilómetros de Berlín con toda la parafernalia bélica: ejércitos de miles de efectivos en el frente y en la reserva, ingentes cantidades de material en parte de última generación y una potencia de fuego como no se había visto desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, una guerra que en Bajmut se ha acercado al Verdún de 1916.

Y, aun así, no ha habido una declaración formal de guerra, no como aquellas declaraciones que se intercambiaron el 1914 de textos solemnes redactados en francés y que el 1939 ya no se estilaron, pero todavía hubo pronunciamientos oficiales de inicio de las hostilidades como los que formularon Francia y el Reino Unido dirigidos Alemania, ahora ni siquiera esto.

Lo que es realmente insólito no es la inexistencia de una declaración de guerra, sino el calificativo de “operación militar especial” que da Rusia al ataque a Ucrania el 24 de febrero de 2022, calificativo que no se aguanta por ningún lado. El 27 de febrero Turquía justificaba el cierre del paso de los Estrechos del Bósforo y de los Dardanelos a los barcos de guerra rusos y ucranianos, en aplicación del artículo 19 de la Convención de Montreux de 1936, por haber constatado que la invasión “es una guerra en toda regla”. La Asamblea General de las Naciones Unidas el 2 de marzo aprobaba una resolución en la cual se califica de agresión la intervención armada de Rusia, de acuerdo con el artículo 2-4 de la Carta, y si la agresión es repelida se considera que hay guerra en la práctica internacional. Y Rusia no solo continúa manteniendo la ficción de la “operación militar especial” después de más de 500 días de guerra y de miles de bajas propias, sino que llamarla guerra en Rusia es un delito severamente penalizado.

En todas las guerras hay una vulneración de normas consuetudinarias y de normas de derecho interno y de derecho internacional. La Rusia de Vladímir Putin ha vulnerado no solo lo que se vulnera por una agresión armada, sino que no ha dejado casi nada intacto del sistema jurídico internacional, incluido el derecho internacional humanitario pisoteado cada vez que se bombardean objetivos civiles de las ciudades ucranianas, sistema jurídico que tan laboriosamente se iba construyendo en el marco de las Naciones Unidas desde 1946.

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En este sentido, Putin incurre en una responsabilidad estraordinaria. Comparado con Hitler, que se situó al margen de todo el orden jurídico de su tiempo, a Putin se le tiene que aplicar la agravante de una intencionalidad de vulneración contumaz, puesto que el sistema jurídico internacional de nuestro tiempo es mucho más evolucionado, más claro, más universal y coercitivo que el de los años treinta del siglo XX. Putin al vulnerarlo sistemáticamente resguardándose en el derecho de veto del Consejo de Seguridad y cubierto por el inmenso poder nuclear de Rusia, lo ha desacreditado gravemente -no puede alegar en absoluto la única justificación que lo exoneraría: el derecho inmanente a la legítima defensa que contempla el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas- y ha hecho retroceder décadas la confianza que se había depósito en la capacidad del derecho de regular el uso de la fuerza, por eso su responsabilidad es insólita.

El bombardeo de objetivos civiles se ha convertido en una rutina en los conflictos armados posteriores a la Segunda Guerra Mundial a pesar del esfuerzo de protección de las víctimas civiles que representan los Convenios de Ginebra de 1949 i el Protocolo I de 1977, firmados y ratificados por la URSS -obligan pues a Rusia-, y hemos visto en las pantallas de las televisiones occidentales y nos lo explican los corresponsales de guerra como Rusia ataca sistemáticamente con mísiles y drones -una novedad de esta guerra- centros urbanos e infraestructuras civiles necesarias para la supervivencia  de la población ucraniana, no solo con total desprecio del derecho humanitario, sino también con el cinismo de creer que puede hacerlo y, encima, lo hace aplicando la “ley del embudo”.

Las pocas acciones de Ucrania en territorio de Rusia solo con drones, puesto que no dispone de otros medios, son calificadas por el gobierno ruso de “terrorismo” y provocan de inmediato represalias sobre las ciudades ucranianas. Y si los daños no son mayores es gracias a los eficientes sistemas de defensa proporcionados a Ucrania por Occidente, ayuda que es criticada porque “prolonga la guerra”. Resulta notablemente insólita la confusión entre el agresor y el agredido.

Y otro hecho insólito de carácter jurídico, Putin, jefe de Estado de la Federación de Rusia, la primera potencia nuclear por el número terrorífico de ojivas nucleares de qué dispone, ha sido imputado por el Tribunal Penal Internacional bajo la presunción del crimen de guerra  (imprescriptible) de la deportación a Rusia de centenares de niños ucranianos, y ha emitido una orden de detención el 17 de marzo de 2023, que los 123 Estados partes del Estatuto del TPI tendrían que ejecutar, si Putin se encontrara en su territorio. Un descrédito más del sistema jurídico internacional del cual es también responsable, porque ningún Estado no osará detenerlo, incluso Suráfrica, que convoca una cumbre presencial de los Brics (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica) del 22 al 24 agosto, ha pedido a Putin que no asista para no tener que incumplir la obligación de detenerlo.

El objetivo inmediato que Putin atribuía a la “operación militar especial” es la “desmilitarización y desnazificació” de Ucrania, un objetivo ficticio y de resultado inverso al pretendido: el gobierno de Volodímir Zelenski no era nazi -él mismo es judío-, pero la guerra  ha dado alas a organizaciones ultranacionalistas ucranianas como el batallón Azof, que participó durante semanas en la defensa de la ciudad de Mariúpol y después en la de Bajmut, y a formaciones de exiliados rusos neonazis: la legión “Libertad de Rusia”, el “Ejército Republicano Nacional” (NRA) y el “Cuerpo de Voluntarios Rusos” (RDK), que desde Ucrania y armadas por el Ministerio del Interior llevan a cabo incursiones y sabotajes en el territorio de Rusia, cada  vez  más frecuentes y mejor organizados.

Y el objetivo no declarado, pero que es el real, era la imposición de un gobierno títere en Kíiv para satelizar Ucrania como primer paso para la anexión del país entero y de rebote el alejamiento del OTAN de las fronteras de Rusia y el debilitamiento de la Unión Europea. A pocos políticos los habrá salido el tiro por la culata tan espectacularmente como a Putin. El objetivo era demasiado ambicioso y el cálculo sobre las potencialidades propias y sobre las reacciones del adversario era erróneo de arriba abajo.

El gobierno de Zelenski se ha consolidado; el país agredido, a pesar de las enormes pérdidas, los miles de muertos, los millones de desplazados y de refugiados, las infraestructuras esenciales dañadas o destruidas, las ciudades bombardeadas, la economía arruinada, se mantiene cohesionado frente a Rusia, según una encuesta reciente, el 87% de los ucranianos serían optimistas respecto a la salida de la guerra; la OTAN se ha ampliado con dos nuevos miembros estratégicos en el flanco norte, Finlandia y Suecia, se está rearmando y ahora tiene 1.335 kilómetros más de frontera directa con Rusia; la Unión Europea se ha fortalecido ante la amenaza y ha adoptado medidas impensables antes del 24 de febrero, como  prescindir del gas y el petróleo rusos y aprobar sanciones contra Rusia equiparables o superiores a las de los Estados Unidos.

E insólita es la situación económica y financiera surgida a partir de la agresión a Ucrania. Nunca se habían impuesto tantas sanciones y tan importantes a un país, en junio de 2023 más de 1.900 personas y entidades rusas eran objeto de duras restricciones en la movilidad y las actividades, 300.000 millones de euros de activos del Banco Central de Rusia han sido bloqueados en la UE y  los países del G-7, restricciones masivas  a la exportación han aislado a Rusia obligándola a buscar a toda prisa  nuevos mercados para el gas, el petróleo, los cereales, los fertilizantes y varios minerales, todo ello a precios reventados, y se le están dificultando los procesos industriales al no poder importar piezas de recambio ni productos de doble uso.

Hasta ahora, el gobierno ruso ha podido disfrazar y amortiguar en parte los efectos de las sancionas, pero ya está agotando su margen de maniobra. Tampoco la economía global, interdependiente por definición, no se libra de distorsiones indirectas provocadas por las sanciones, por la razón añadida de que todavía no se había recuperado de las trabas causadas por la pandemia del COVID-19.

Las sanciones no tienen la cobertura del Consejo de Seguridad por el veto que ejercerían Rusia y China, a pesar de que medidas tanto o más drásticas las prevé el artículo 41 de la Carta en caso de una agresión como la perpetrada por Rusia, no son pues legales en el sistema de las Naciones Unidas, pero serían legítimas como medidas civiles para forzar a Rusia a parar la agresión.

Nunca se habían movilizado tantos recursos a favor de un solo país, como se está haciendo para rearmar y sostener financiera y humanitariamente a Ucrania. Según el Kiel Institute for the World Economy, en junio de 2023 ya se habían comprometido más de 157.000 millones de euros a cargo principalmente de los Estados Unidos y de la UE, de los cuales más de 102.000 millones en armamento, sin contar las ayudas privadas, las de las organizaciones no gubernamentales, el Alto Comisariado de las Naciones Unidas para los Refugiados, la UNESCO y otros organismos especializados, además de la acogida de refugiados, heridos y enfermos ucranianos por las instituciones y los particulares de los Estados miembros de la Unión. En comparación, aquellos 13.000 millones de dólares del Plan Marshall de 1948-1951 repartidos entre 17 países parecen una bagatela.

Ha sido extraordinaria la solidaridad pública y privada de Polonia, que ha atendido desde los primeros días de la invasión más 10,4 millones de refugiados ucranianos, solidaridad tanto más insólita que de 1942 a 1945 entre 60.000 y 100.000 polacos fueron masacrados por los ultranacionalistas ucranianos y en represalia más de 12.000 civiles ucranianos fueron asesinados por los polacos que, además, forzaron la expulsión hacia el este de unos 50.000 ucranianos.

La guerra impuesta por Vladímir Putin ya tiene asegurado un lugar destacado en la historia contemporánea como guerra en sí misma, pero además se estudiarán los hechos insólitos que se están produciendo en el contexto derivado de la guerra. Quizás el más pesado de consecuencias en la esfera internacional sea la crisis del sistema de las Naciones Unidas provocada por Rusia sucesora de la URSS, que fue cofundadora de la Organización. La reconstrucción del sistema onusiano requerirá la participación de Rusia, que a estas alturas no parece factible sin cambios políticos en la cúspide del poder.

(He utilizado como fuentes de información general La Vanguardia, El País, Libération, Le Monde, Die Zeit y Der Spiegel, además de programas de las televisiones españolas, francesas, alemanas, Euronews y ARTE)