Las letras españolas tienen a los hermanos Machado, los Goytisolo, los Panero. En Francia tuvieron a los Goncourt. O los Dumas y los Daudet, padres e hijos. La gloria literaria puede ser una cuestión familiar. Dos de los nombres más respetados de la cultura francesa actual son madre e hijo. Hablamos de Hélène Carrère d’Encausse y de Emmanuel Carrère. El hijo firma sin la segunda parte del apellido que, como es costumbre en este país, es el apellido del marido de Hélène y padre de Emmanuel: Louis Carrère d’Encausse es el hombre en la sombra en esta historia de amor maternofilial, de traumas infantiles y psicoanálisis y de desmesuradas ambiciones literarias y sociales.

Hélène Carrère d’Encausse es hija de una rusa y un georgiano exiliados en Francia. Su apellido de nacimiento era Zourabichvili. El padre —un políglota con una densa formación cultural, fascinado por las ideologías fascistas de los años 30 y con tendencia a la depresión— desapareció al final de la Segunda Guerra Mundial. Hélène era una niña y aquello la marcó para siempre. La niña, que hasta los cuatro años no habló ni una palabra de francés, acabaría convirtiéndose, primero, en una historiadora de referencia sobre Rusia y la Unión Soviética, y más tarde en la primera mujer que dirigió la Academia francesa, fundada por el cardenal Richelieu en 1635.

Como historiadora, adquirió renombre internacional cuando publicó, en 1978, L’Empire éclaté (El imperio estallado). El libro predecía el final de la Unión Soviética con 13 años de antelación. No acertó exactamente con los motivos. Ella creía que el imperio estallaría por la separación de las repúblicas musulmanas de Asia Central; en realidad, como recordaría el periodista Daniel Vernet en Le Monde, no estalló en la periferia, sino en el centro, a causa de los bloqueos económicos y sociales del comunismo. Carrère d’Encausse, en todo caso, supo ver que la URSS no era eterna, como lo parecía en el momento de la publicación. El libro se vendió masivamente y la consagró definitivamente como historiadora. Cuando Vladímir Putin llegó al poder, se reunió con ella en el Kremlin: Carrère d’Encausse era una de aquellas voces siempre comprensivas con el líder ruso.

La llaman la zarina. A los 93 años, aquella niña que no hablaba francés controla con mano de hierro esta institución todavía mayoritariamente masculina.

Mientras tanto, la historiadora había obtenido la consagración definitiva: en 2000 —al mismo tiempo que Putin accedía al poder— fue elegida secretaria perpetua de la Academia, que es el nombre que recibe la persona que encabeza la augusta institución. Si ahora nos leyera, nos corregiría, porque ella insiste en que el nombre del cargo es secretario perpetuo: considera que el género del nombre de los cargos, como embajador o ministro, deben ser invariables. Uno de sus caballos de batalla en la Academia es este: la lucha contra el lenguaje inclusivo. «Aquí no practicamos lo políticamente correcto», me dijo la primera vez que la entrevisté para El País. No quería oír hablar de cuotas ni de paridad. «Mire», me dijo, «yo soy historiadora, he sido parlamentaria europea, entré en la Academia francesa y nunca pensé que fuese por ser mujer.» La llaman la zarina. A los 93 años, aquella niña que no hablaba francés sigue controlando con mano de hierro esta institución todavía mayoritariamente masculina. Su vida podría ser una novela.

 

Una detonación literaria

Emmanuel Carrère, fue durante mucho tiempo «el hijo de Hélène Carrère d’Encausse». Ya podía escribir artículos, publicar novelitas kafkianas como El bigote y ganar premios: siempre se le asociaba a su madre, omnipotente en el mundo cultural francés. Todo cambió con la publicación, en enero de 2000, de El adversario. Aquel libro fue una detonación literaria: la crónica de un hombre que durante casi toda su vida adulta llevó una doble vida y engañó a todo el mundo, incluida su familia, a la que acabó asesinando. Todo era real en El adversario, como en A sangre fría, de Truman Capote.

A diferencia de Capote, Carrère era un personaje más en el libro: no solo explicaba la historia de Romand, sino también —en primera persona— el proceso de investigación y escritura del libro, y las dudas y neuras que le acompañaban durante este proceso. Para Carrère, la detonación fue íntima también: El adversario trastocó su vida y su trayectoria, del mismo modo que L’Empire éclaté había trastocado las de su madre.

Para el hijo, el éxito editorial supuso la consagración literaria y, al mismo tiempo, una terrible crisis personal.

Para la madre, sin embargo, el éxito editorial supuso la consagración académica y social. Para el hijo, la consagración literaria —desde entonces, docenas de imitadores no han dejado de escribir novelas de no ficción con crímenes truculentos narradas en primera persona— y, al mismo tiempo, una terrible crisis personal. La historia de Jean-Claude Romand y el esfuerzo que le supuso escribirla, lo trastornaron. El escritor narró la caída personal en los infiernos en su siguiente libro, Una novela rusa, apoteosis de lo que erróneamente se llama autoficción, porque la verdad es que tenía, como dice el autor, mucho de auto y poco (o nada) de ficción. Era una confesión autobiográfica sin red: la peor versión del Carrère hombre explicada por la mejor versión del Carrère escritor: una literatura de los abismos humanos con un estilo claro y directo: un Proust a ritmo de John Grisham.

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Empiezan los problemas

Después vendrían De vidas ajenas, Limonov, El Reino, Yoga (obras publicadas, en castellano y catalán, por Anagrama)… Y los premios: el Renaudot y el Princesa de Asturias, entre otros (pero nunca el Goncourt, el más importante de Francia, y esa espina la lleva clavada). Y la aclamación de la crítica y del público. En este principio del siglo XXI, el único autor que le hace sombra en su generación es Michel Houellebecq (en Yoga, Carrère, que ahora tiene 64 años, reconocía los celos que siente por el éxito y la calidad de Houellebecq: «Es un sentimiento que no hace daño a nadie, pero es ridículo reconocerlo porque es mezquino.») Emmanuel había dejado de ser «el hijo de»; en cambio, a Hélène se la identificaba a menudo como «la madre de». Que el hombre que había refundado el género de la novela de no-ficción introdujera en sus libros a su madre —esta mujer que, recordémoslo, tenía una vida de novela— era inevitable. Y aquí empiezan todos los problemas.

 

‘Una novela rusa’

En Yoga, su último libro publicado, Emmanuel hablaba del orgullo que Hélène sentía por tener un hijo escritor, y en Limonov glosaba con admiración la trayectoria de la madre como especialista en Rusia y la URSS. Pero fue antes, en Una novela rusa, donde explicó de verdad la historia de la madre y de la familia materna. Hasta el punto de que el libro causó un profundo disgusto a Hélène Carrère d’Encausse.

Que el hombre que había refundado el género de la novela de no-ficción introdujera en sus libros a su madre era inevitable.

Una buena parte de la novela consiste en una investigación sobre el padre de Hélène, Georges Zourabichbili. Su vida atormentada, un espejo de la vida atormentada del nieto. Los años de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación de Francia, durante los cuales Georges colaboró con los nazis. Y la detención de Georges por colaboracionista y su desaparición, posiblemente ejecutado, cuando termina la guerra: el gran secreto y la gran vergüenza de la familia; el origen, según la interpretación psicoanalítica que hace Emmanuel, de traumas que se transmiten de generación en generación.

Cuando Emmanuel le dice a Hélène que estudia ruso y que quiere escribir algo sobre las raíces rusas de la familia, ella se asusta. Los diálogos, en los siguientes capítulos, podrían ser una obra de teatro.

Helène: «Emmanuel, sé que tienes intención de escribir sobre Rusia, sobre tu familia rusa, pero te pido una cosa, que no toques a mi padre, no antes de mi muerte.»

Emmanuel: «Lo escucho, te he escuchado, pero es una petición terrible por tu parte, porque equivale a matarme como escritor.»

Hélène: «Estás completamente loco; si te interesan tus orígenes rusos, hay otras mil historias interesantes que explicar, no entiendo el empeño en querer desenterrar esta.»

Emmanuel: «Pero mamá, si yo me he convertido en escritor, es para poder explicar algún día esta historia, para acabar un día con ella. Si hay una cosa que está prohibido explicar, tú puedes entender que esa es la única que se pueda y se deba explicar.»

Hèlène: «No es tu historia. Es la mía. Por otro lado, no sabes nada de ella […].»

Emmanuel: «Te equivocas: quizá no sé nada, pero es mi historia también. Ha dominado tu vida, pero también la mía, y si seguimos así, dominará y destruirá a mis hijos, tus nietos; eso es lo que pasa con los secretos, que pueden envenenar a generaciones.»

Hélène: «Espera a mi muerte.»

 

El hijo no le hizo caso. No esperó a que se muriera la madre para explicarlo todo en Una novela rusa. Hizo daño a su madre —y, al explicar, en el mismo libro, episodios íntimos de su vida de pareja, a su novia de entonces—, pero con este material creó una obra fundamental de la literatura francesa de este siglo.

No es de extrañar que, durante otra entrevista con Hélène Carrère d’Encausse, unos años después, expresara el deseo de que su hijo no escribiera más novelas de autoficción, impúdicas y confesionales, y declarase: «Prefiero la ficción.»

En el último año, en la Academia, la zarina no ha perdido el tiempo. Ha hecho entrar en ella a un escritor en lengua española: Mario Vargas Llosa.

 

Michel Houellebecq, el candidato

«Estoy harto de la autoficción, me había dicho Emmanuel Carrère un poco antes. Su último libro, V13, que se acaba de publicar en Francia, es una crónica del juicio de los atentados islamistas de noviembre de 2015 en París. No es ficción, pero tampoco autoficción. Veremos si se mantiene alejado de su obsesivo (pero fascinante) yo.

Hélène Carrère, por su parte, ha abandonado a Putin. El pasado 24 de febrero, día de la invasión rusa de Ucrania, dejó de justificarlo. «Pienso que esto puede ser el principio del fin de Vladímir Putin», me dijo unos días después de la invasión. Quién sabe, quizá acierte, como acertó en su predicción del fin de la Unión Soviética.

En el último año, en la Academia, la zarina no ha perdido el tiempo. Ha hecho entrar en ella, con el apoyo de otros inmortales —el nombre que reciben los académicos— a un escritor en lengua española: Mario Vargas Llosa. Y ha dicho que le gustaría incorporar a otro escritor, quizá el más celebrado de las letras francesas contemporáneas. No hablaba de Emmanuel Carrère, no. Su candidato es Michel Houellebecq.