Una de las películas más vistas en plataformas durante las primeras semanas del confinamiento por la covid-19 fue La chaqueta de piel de ciervo (2019), fábula absurda en la que un tipo más bien normal acaba obsesionado, casi enamorado, de la prenda de vestir del título, hasta el punto de arruinar su vida en ese trance. En contra de lo que pudiera pensarse, sin embargo, el film no es una tragedia metafísica, o por lo menos no del todo. Protagonizado por Jean Dujardin, un actor bien provisto para la comedia, el derrumbe existencial del personaje adquiere progresivamente tintes grotescos, incluso surrealistas, que evitan con extremo cuidado cualquier atisbo de trascendencia. La chaqueta de piel de ciervo no estaba dirigida por ningún debutante. Su responsable máximo, que responde al nombre imposible de Quentin Dupieux, es un músico y productor discográfico reconvertido en director de cine, cuya ópera prima se remonta ya a los inicios de este siglo. No estamos hablando, pues, de ningún principiante. Estamos hablando de uno de los cineastas más imprevisibles de los últimos tiempos, un radical libre cuya carrera avanza imparable… hacia no se sabe muy bien dónde.

Cuando tuvo lugar ese pequeño acontecimiento, por otro lado tan propio de estos tiempos pandémicos, Dupieux ya llevaba a sus espaldas otros siete largos y unos cuantos cortos, además de algún videoclip. Y nada de todo ello permitía considerarlo un director convencional, todo lo contrario. ¿O es que algún otro cineasta se ha atrevido jamás a permitir que el neumático de un coche protagonice una película y hasta consiga que nos interesemos por sus peripecias mientras rueda por el desierto en soledad? El título de este prodigio es Rubber (2010) y se cuenta entre los trabajos más extremos de Dupieux, un intento de hacer cine experimental en el contexto de la producción independiente más convencional, como si los hermanos Coen hubieran abandonado su obsesión por fabricar la gran-película-americana (el equivalente de la gran-novela-americana que han soñado desde Thomas Wolfe a Bret Easton Ellis) y se limitaran a poner en escena los elementos que obligatoriamente deberían formar parte de ella: la errancia, el paisaje desnudo, el itinerario moral.

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