You remain the hero of your own story
Even when you become the villain of someone else’s.

The Tsar of Love and Techno, Anthony Marra

 

Imaginaos que un día, mientras desayunáis, alguien corta el pan acabado de hornear y se encuentra algo que parece —y que es, en efecto— una nariz. Y que, en ese preciso instante, en otra parte de la ciudad, un funcionario se mira la cara en un espejo de mano y, con gran sorpresa, descubre por el reflejo y al palparse que donde debería estar su nariz hay un vacío liso y absurdo. Y si no os lo imagináis, no os preocupéis, porque, en el siglo XIX, ya lo hizo alguien y, además, le insufló vida a la nariz, que encontramos paseando y uniformada por la capital de un gran imperio «haciéndose pasar por consejero de Estado» —el cargo al que aspiraba su propietario desnarigado—, según leemos en un relato hilarante, picaresco e inolvidable.

El imperio mencionado era el ruso y, en el cuento, se entrevén algunos de sus confines. El funcionario, Kovaliov, alterado porque sin nariz deja de ser alguien, es un asesor colegiado del Cáucaso, la frontera asediada del sur (como los había también desde Kamchatka, en el Extremo Oriente, hasta Riga, ciudad del Báltico), a donde la nariz se dispone a viajar antes de que la intercepten; y ser devuelta a la cara de Kovaliov no será cosa de coser y cantar.

La mente fabuladora de Nikolai Gógol produjo un texto sobre dos tipos de ansiedades: la ansiedad social de ascender en el rígido y perfectamente estipulado escalafón introducido por el zar Pedro I —la famosa Tabla de rangos—, y la ansiedad post-colonialista, dado que una parte —la nariz como metonimia— se independiza de un cuerpo y pugna por adquirir vida propia. El autor de Las almas muertas, cuyo protagonista soñaba con retirarse a Khàrkiv con su botín, era originario de Poltava, también en la actual Ucrania, uno de los territorios donde, según cuenta la leyenda, el príncipe Potiomkin mandó erigir pueblos falsos, de quita y pon, como escenografías para impresionar a la emperatriz Catalina II y a los diplomáticos extranjeros que la acompañaban durante su viaje por el Dniéper hasta Crimea, recién anexionada.

 

Democracias Potiomkin

Consulto el ensayo El resentimiento en la moral (1912) del filósofo alemán Max Scheler, que dio pistas referentes al «síndrome de Weimar» sobre las humillaciones del pasado como motor de acción. Hay un párrafo en el que describe el vínculo entre la impotencia y el impulso de «venganza, odio, envidia y su expansión», que alcanzan un punto crítico cuando «adquieren la forma del resentimiento». Los parlamentos, añade, son el lugar donde la población diluye estas emociones y se deshace de ellas para que no desemboquen en una deriva fatal. Éste es uno de los peligros de las democracias Potiomkin, como por ejemplo la rusa, cuya escenografía incluye un parlamento donde se aplaude o se abuchea, pero casi siempre al unísono.

En el anterior pasaje, aparece a pie de página la nota siguiente: «Ninguna literatura está tan llena de resentimiento como la joven literatura rusa. Entre los héroes de Dostoievski, de Gógol o de Tolstoi abundan los resentidos. Es una consecuencia de la opresión secular del pueblo por parte de la autocracia y de la imposibilidad de derivar los afectos que genera la autoridad en un Parlamento y en una prensa libre.» No cabe duda de que, hasta la fecha de la obra de Scheler, encontramos un nutrido club de resentidos, desde el Akaki Akákievich de El abrigo de Gógol hasta el hombre del subsuelo de Dostoievski o el Smerdiakov de Los hermanos Karamázov, pasando por Ivan Voinistky, el tío Vania de Chéjov…

Antes que Scheler, Nietzsche teorizó sobre el resentimiento como una emoción propia de la moral del esclavo.

Según la literatura científica, para que se instale el resentimiento hace falta el trabajo de la memoria, porque es algo que se alimenta de la renovación del sufrimiento original causado por el trauma, y esto liga al resentido a un pasado convertido en un presente perpetuo que eclipsa el futuro. Antes que Scheler, Nietzsche teorizó sobre el resentimiento como una emoción propia de la moral del esclavo. En ambos se percibe la desviación de su significado como pasión social vinculada a la justicia para convertirse en una expresión de «la mala conciencia de ciertos individuos y grupos que transformaron su sufrimiento interior en una estrategia de venganza» (Dolores Martín, «On Resentment: Past and Present of an Emotion», en On Resentment: Past and Present, 2013).

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‘Pólnaia volia’, la plena libertad

Si alguna cosa ha faltado en Rusia, a lo largo de su historia, ha sido la libertad, desde los siglos de servidumbre hasta la burocracia de la propiska, el sistema obligatorio de inscripción en el lugar de residencia que, con modificaciones, ha persistido hasta hoy. Quizá, sin embargo, no estamos hablando siempre de lo mismo cuando nos referimos a la «libertad» en la cultura rusa, que cuenta con dos términos para nombrarla (de ahí la dificultad a la hora de traducirlos), volia y sbovoda: la primera, impredecible, dionisíaca, ajena a toda norma, es la «voluntad» interior, que puede encarnarse tanto en las proezas más extraordinarias como en la crueldad más despiadada, mientras que la segunda alude a una estructura exterior y a una reciprocidad social y, por tanto, aspira a la reconciliación entre individuo y grupo. Si el hombre del subsuelo representa alguna cosa es el afán de pólnaia volia, la «plena libertad».

Desde el siglo XVIII, Rusia —sea desde San Petersburgo, sea desde Moscú— ha empleado todos los recursos que tenía a su alcance para pertenecer a otro club, el de las «grandes naciones europeas», como una aspiración ligada también al estatus y la autoestima. Y en el ámbito cultural, que es una de sus aportaciones más evidentes, este esfuerzo no ha sido menor que en el político o el militar. Si la lengua francesa tuvo tanta presencia en Guerra y Paz, de León Tolstói, fue para ilustrar que éste era el idioma de la aristocracia, un indicio del distanciamiento de esta clase social respecto a las populares.

Desde el siglo XVIII, Rusia ha empleado todos los recursos que tenía a su alcance para pertenecer al club de las «grandes naciones europeas», una aspiración ligada al estatus y la autoestima.

Pese a ello, el distanciamiento se rompe momentáneamente en un episodio (libro segundo, parte cuarta, VII) en el que Natasha Rostova y sus dos hermanos, después de una cacería, aceptan la invitación de un tío para hacer una parada en su dacha. Allí, los siervos ven a la joven condesa como una aparición de otro mundo, un producto refinado de la educación europea. La sorpresa llega un poco después, cuando al son de la balalaica Natasha baila a la perfección una danza popular, como si sus movimientos vinieran dictados por una especie de inconsciente colectivo ruso. Así pues, ¿qué significa ser ruso? La pregunta era del todo existencial, y fueron los mismos Pushkin, Gógol o Dostoievski quienes se mostraron convencidos de que a la cultura rusa le faltaba samobítnost (originalidad) y tenía mucho de adaptación.

Dada la censura que había de toda opinión sobre política exterior, la literatura se convirtió en un espacio privilegiado de debate público. La oposición entre eslavófilos y occidentalistas confrontaba dos posturas impregnadas del mismo resentimiento, como apunta Olga Malinova («Obsession with status and ressentiment: Historical backgrounds of the Russian discursive identity construction», Communistand Post-ComunistStudies, 2014). De aquí surgieron otros prototipos literarios como el lixnitxelovek (hombre superfluo) o el malitxelovek (hombre pequeño).

 

Cultura bélica en las aulas

Los hechos iniciado con la anexión de Crimea en 2014 —la movilización patriótica recibió el nombre de krymnaixism (algo así como Crimeanostrismo)— y la invasión de Ucrania de este año vuelven a airear las consecuencias del resentimiento. A veces este rencor ha estado adormecido; otras veces, se ha agudizado. Pero es pertinente hablar de él, sobre todo cuando la cultura bélica —reintroducida en las aulas rusas en este siglo— se ha vuelto a imbricar en la sociedad del país eslavo y, de paso, también la retórica del sacrificio y la abnegación hacia la Rodina-mat, la «madre patria», la misma que empuña la espada en dos esculturas monumentales, iconos de los perfiles de las ciudades de Kiev y Volgogrado, que pertenecen al mismo artista ucraniano, Yevgueni Vuchétich, responsable también de la del temido Félix Dzerzhinski, el fundador de la policía secreta bolchevique, alzada hasta 1991 en la plaza Lubianka, en la que todavía se encuentra el edificio donde tuvo su despacho, la siniestra sede de los órganos de seguridad.

En los likhiedevyanostye (los salvajes años 90), a la historia del resentimiento ruso se añadió el hundimiento del proyecto soviético, que aspiraba a liderar el progreso social mundial. Putin, con su citadísima afirmación de que aquello fue la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX, con su currículum como agente del KGB en Dresde o, inmediatamente después, como taxista en su Petersburgo natal, donde reinaba la ley de «si hay pelea, procura ser tú quien da el primer golpe», parece un peligroso hombre del subsuelo de nuestra era.

Dada la censura que había de toda opinión sobre política exterior, la literatura se convirtió en un espacio privilegiado de debate público.

El pasado 5 de marzo, en una entrevista concedida a Radio Free Europe, Svetlana Aleksiévich habló del retorno de lo que se ha llamado el krasnitxelovek (el hombre rojo). «Hace veinticinco años nos despedimos del imperio rojo con maldiciones y lágrimas… Ya no hay imperio “rojo”, pero el hombre “rojo” todavía existe», dijo en su discurso de aceptación del Nobel. Obviamente, la realidad es muy compleja, porque Rusia lo es, empezando por su psicogeografía: no son iguales las percepciones y prioridades de un ruso de un óblast siberiano que las de un moscovita.

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Todo rima

Hoy las imágenes de jóvenes reclutas rusos en Ucrania, la desinformación sobre el número de bajas, la propaganda en las televisiones estatales con soldados amputados en formación para recibir una medalla al valor, la desorganización y corrupción de los mandos, el desdén respecto a las vidas humanas nos recuerda demasiado lo que Aleksiévich narró en Los muchachos de zinc, sobre la guerra de Afganistán. En La guerra no tiene rostro de mujer, en sus notas de 1978-1985, leemos:

En la biblioteca de la escuela, la mitad de los libros hablaban de la guerra. Como en la biblioteca del pueblo y en la de la capital del distrito, donde mi padre iba a menudo a buscar libros. Ahora ya puedo responder por qué. ¿Era casualidad? Nos pasábamos el rato haciendo la guerra o preparándonos para hacerla. Rememorábamos cómo habíamos guerreado. Nunca habíamos vivido de otro modo, quizá porque no somos capaces. No nos imaginamos una forma diferente de vivir, pero en algún momento habremos de dedicar una buena temporada a aprender a hacerlo. En la escuela nos enseñaban a amar la muerte. Escribíamos redacciones para decir que queríamos morir en nombre de… Soñábamos…

No te bañarás dos veces en el mismo río, dijo un filósofo antiguo. Con la experiencia soviética, Vassili Grossman lo reformuló de la manera siguiente: «todo fluye, todo muta, nadie entra dos veces en el mismo convoy». En la madrugada de este 24 de febrero, uno de los estrépitos que despertó a los ucranianos fue el de una bomba cayendo con un silbido propio del pasado. Todo era extraño y conocido a la vez. Cuando acabo de escribir estas líneas, leo que Nóvaia gazeta, el medio del periodista galardonado con el premio Nobel de la Paz, Dmitri Murátov, interrumpe su actividad tras recibir el segundo aviso del censor estatal. Todo fluye, pero desgraciadamente todo rima.