Nadie diría que este año es el centenario de la muerte de Felip Pedrell (Tortosa, 1841 – Barcelona, 1922), el iniciador de la moderna musicología hispana, estudioso y editor de la magna obra del polifonista de Renacimiento Tomás Luis de Victoria y maestro de figuras como Isaac Albéniz, Enrique Granados, Manuel de Falla o Robert Gerhard. Tampoco habría dicho nadie que el año pasado se cumplían 150 años del nacimiento de Amadeu Vives (Collbató, 1871 – Madrid, 1932), autor de zarzuelas como Doña Francisquita o Bohemios, pero también de la canción L’emigrant sobre un poema de Jacint Verdaguer, y uno de los fundadores de l’Orfeó Català.

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Nadie lo diría porque el Departamento de Cultura no ha tenido a bien incluirlos en su calendario de conmemoraciones, un calendario de una pobreza musical escalofriante, que no hace más que reflejar el analfabetismo y la desidia oficial que pesa como una losa sobre el patrimonio musical catalán. El final de la casa tortosina donde nació Pedrell y el destino de sus restos constituyen una metáfora hiriente de cómo se trata a los músicos y a la música en un país que siempre presume de su cultura, la cual, sin embargo, raramente incluye la musical.

Vayamos, no obstante, a la historia de Pedrell, de este gigante de la música. Tuvo la suerte de viajar por Europa y entrar en contacto con lo que allí se estaba cociendo (fue uno de los introductores de la música de Richard Wagner en Catalunya), y también descubrió la historia musical del siglo XVI, lo que le llevaría a estudiar la obra de Victoria y la tradición renacentista que desembocó en el barroco. La edición que hizo de toda la obra de Victoria fue publicada en Alemania. También fue pionero en el estudio de la música tradicional y folclórica. Como compositor, estrenó con éxito diversas óperas en el Liceo, como Els Pirineus. En su catálogo también hay música de cámara. Y plasmó sus ideales estéticos en el volumen Por nuestra música, un llamamiento a modernizar los gustos musicales de la sociedad cerrada de su tiempo.

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