Novelista de oficio

Desde la publicación de su primera novela, No se sap mai (Nunca se sabe) (1996), Imma Monsó (Lleida, 1959), título tras título –desde Com unes vacances (Como unes vacaciones) (1998) hasta La dona veloç (La mujer veloz) (2012), desde Tot un caràcter (Todo un caràcter) (2001) hasta L’aniversari (El aniversario) (2016)–, ha acostumbrado a los lectores a una evidencia, que sus libros nunca fallan gracias a la habilidad y oficio de su composición, al ingenio creativo de sus tramas, a la asimilación de las lecciones de los grandes maestros que destila cada una de sus páginas, a la dinámica voluntad de conceder a las palabras el privilegio de iluminar de nuevo, como recién nacida, la normalidad real de las cosas, al fin y al cabo una de las funciones de la auténtica literatura. Lo decía Vicenç Pagès, a propósito de Un home de paraula (Un hombre de palabra) (2006): «cuando el arte y la vida establecen una alianza fértil, el resultado es perdurable». Ahora, la publicación de La mestra i la Bèstia (La maestra y la Bestia) (Anagrama, 2023), corrobora esta afirmación con grandiosa plenitud.

 

¿Empezamos por el final? La maestra i la Bestia, después de seguir minuciosamente la infancia y la adolescencia de la protagonista, Severina, al principio en algún lugar del Empordà y más tarde al comienzo de su vida adulta como maestra rural en una aldea de la Alta Ribagorza, y ya cuando el lector cree que todo ha terminado, de pronto le sorprende con un epílogo, a la manera de la gran novela del XIX, repleto de energía y de inventiva, que te permite condensar una coda de trama y de ficción alrededor de las vicisitudes de Severina hasta el momento presente.

El epílogo no estaba planificado, surgió como una necesidad intempestiva, cuando yo ya tenía muy claros los plazos de entrega de la novela, y soy estricta con los plazos porque me los impongo yo misma. Pero de pronto surgió la necesidad perentoria de mostrar el final de la vida de Severina, una necesidad que me planteaba dudas: por lo general, los epílogos suelen incomodarme. Pero aun incómodo, me pareció indispensable. Necesitaba mostrar al lector lo que yo sabía del resto de la vida de Severina y también necesitaba saber lo que yo misma aún no sabía. Tuve la sensación de transgredir mi preferencia por los finales abiertos y pensé también que al lector le resultaría tan incómodo como a mi, ya que introduce el presente bruscamente después de una larga y morosa atmósfera luminosa que envuelve a Severina hasta el final de la aventura en Dusa…

«Necesitamos más que nunca resistir con memorias subjetivas que sólo cierto tipo de narrativa puede aportar.»

Pero esto me animó aún más, porque esa posible molestia puede concebirse como metáfora de nuestra relación con la actualidad. De pronto, como lectores nos sumergimos durante unas cuantas páginas en ese ritmo distinto, vertiginoso, que despliega todas las taras de nuestra época: la aceleración sin sentido, la sustitución de lo importante por lo urgente, la superficialidad con que a menudo tratamos el pasado colectivo… Así es nuestro presente: ruidoso, trepidante, saturado, falsificador… En resumen: el epílogo dice que se acabó el cuento de hadas, que estamos en el siglo XXI… Y creo que quienes tenemos media vida en el siglo pasado y otra media en el siglo actual tenemos, en cierto modo, la responsabilidad de describir este paso y estamos idealmente situados para ello.

 

La Severina del epílogo se ha casado, «ha sido inusitadamente feliz cuando lo ha sido», es madre, es abuela, pero continúa siendo «la eterna espectadora de perfil» que atraviesa el libro y no parece excesivamente entusiasta con la idea de su hija de conectar con los avatares que relacionan a su familia con «la memoria histórica».

Para Severina no tiene demasiado interés que le expliquen su propio pasado de una forma «no vivida». El tiempo para ella sigue siendo el mismo: por eso en el epílogo es capaz de esperar durante horas en un banco, como se hacía en el pasado… Por eso nunca hace lo que se supone que toca hacer. La escena final en IKEA forma parte de esta coherencia: tampoco allí hace lo que se espera, si se supone que lo que hay que hacer es llenar el carro de cosas que podrían durar siempre pero que serán consumidas en poco tiempo, empujar el carro y seguir las flechas…

Ella ya ha vivido la Historia, ha habitado su época, ha visto llorar a su madre por la madre de Manel Sabaté fusilado en el Campo de la Bota aunque ella no lo supiera entonces, ha visto a su padre partir a sus enigmáticos viajes y más tarde ha sabido, más o menos, qué significaban esos viajes… Por lo tanto, ha formado parte de la Historia de su tiempo… No necesita indagar más, le basta con eso. Siente aversión por la sacralización religiosa de la memoria histórica que emanan su hija y su yerno. La hija le reprocha no haber preguntado más, pero yo creo que Severina ha sabido lo que tenía que saber. Lo que ocurre es que, por edad y por talante, la hija va mientras que Severina está de vuelta.

Me fascina reencontrarme con Severina ya vieja y saber «qué se hizo de ella»… La hija toma la decisión de escarbar en el pasado de su madre con cierta impulsividad frívola… muy en sintonía con nuestro presente: voraz, un tiempo donde todos estamos pendientes del tiempo exterior, el de los relojes, y donde el pasado se contempla en función de ese tiempo donde sólo cuentan las acciones. Y precisamente pienso que bajo la presión de la «memoria histórica», fabricada cada vez más a base de memorias colectivas construidas por los medios de comunicación de masas, necesitamos más que nunca resistir con memorias subjetivas que sólo cierto tipo de narrativa puede aportar.

 

Los episodios de la guerra civil, los años de la posguerra y las peripecias de la resistencia están presentes en la novela, pero aparecen tratados como si fueran algo extraño, como si buscara recrear la sensación de las cosas tal como las percibe Severina y no como las sabe el lector de hoy. Tal vez es de ahí de donde proviene la sensación de vida que irradia la novela.

Esto tiene mucho que ver con la pregunta anterior. La única verdad que podemos conocer de la guerra es a través del «tiempo interno», subjetivo, descrito por alguien que cambia con los acontecimientos y no por alguien que se limita a describirlos desde su individualidad «imperturbable», como ocurre a menudo en las autobiografías y en cierto tipo de novelas donde hay mucha acción y el personaje actúa en función de los acontecimientos externos (que, lógicamente, existen), pero que no alteran para nada su identidad ni existen en función de una realidad subjetiva… El personaje actúa, pero no cambia: no sabemos nada de su vida interior en relación a los acontecimientos…

Lo que me lleva directamente a esa gran aportación de Bergson que fue el tiempo como duración: por un lado existe un tiempo «exterior», basado en el espacio, segmentado y mesurable, y por otro lado un tiempo que es sólo duración: el tiempo subjetivo de cada cual. Sólo en este tiempo interior, tiempo proustiano por excelencia, hallamos el Tiempo con mayúsculas en toda su plenitud. En ese tiempo interno influye todo nuestro pasado y por tanto todo lo que hacemos, decimos y sentimos es producto de nuestra experiencia. Tal vez de ahí proviene la «luminosidad» que emana de la novela o la «sensación de vida» que comenta…

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El pasado crece dentro de Severina hasta el último momento, crece como crece dentro de todos nosotros, sin tregua, a cada instante acumulamos más y más pasado: por lo tanto, el pasado «no fue». El pasado «es». Es presente y es vida y es luz. Finalmente, la experiencia subjetiva marca el tiempo verdadero: si los diecinueve primeros años de Severina le parecen infintamente más largos que los cincuenta siguientes es porque, desde un punto de vista bergsoniano, duraron mucho más.

 

Entre los juegos para entretener la soledad que inventa Severina, uno de los más destacables, como si escenificara Fahrenheit 451, es la obstinación por aprenderse de memoria una serie de libros. En La casa dividida Valentí Puig recuerda que Bernard Berenson sugirió a Ray Bradbury que añadiese la posibilidad de que alguien recordara de manera errónea el libro memorizado, y acaba afirmando que «es una descripción exacta de lo que estamos viviendo». ¿Severina estaría de acuerdo? ¿Y usted?

No sé si Severina estaría de acuerdo, pienso que su actitud y sus palabras sugieren que sí. En cuanto a mi, si con esta pregunta se refiere a la memoria colectiva y a su vínculo con las respuestas anteriores, creo que vivimos una época terrible de desafecto hacia nuestro pasado colectivo, a nuestra tradición occidental común y vivimos también un momento siniestro de revisionismo histórico, tanto en la ultraderecha como en sectores donde no lo esperábamos tanto, como en el fenómeno del procés. Eso precisamente lo explica muy bien Valentí Puig en La casa dividida.

 

Severina podría ocupar un lugar de honor en el censo de los personajes de su obra, siempre fuente de neurastenias, manías y trastornos, pero en La maestra y la Bestia tiene contrincantes de altura como es el caso de López, el vecino mecánico en la casa de la carretera del Empordà, la tía de Barcelona, las propietarias de la fonda de Dusa donde se hospeda cuando llega al pueblo. Es como si los secundarios se indisciplinaran y reclamaran también su protagonismo.

Soy cada vez más reticente a considerar a personas o a personajes en función de su «trastorno particular». Más aún si lo asociamos a una desviación clasificada y convertida en diagnóstico. Me explico: antes yo era muy aficionada a la terminología médica, soy una consumidora voraz de literatura clínica, tengo aversión a los manuales de divulgación y creo que he leído más literatura médica y más casos clínicos que cualquier otro tipo de texto… Pero ahora ya no me interesan tanto las clasificaciones. Habitamos un tiempo en que abusamos de ellas… Llamamos «fobia» a cualquier aversión, hablamos de «neuras» ante la menor angustia o inquietud… Y tanto afán por etiquetar resulta sospechoso en esta época en que el salvajismo del sistema necesita generar diagnósticos a diestro y siniestro, necesita complacer a quienes los piden y, por consiguiente, ofrecer soluciones para incrementar el mercado de las soluciones, me da igual si son libros de autoayuda, productos naturales o fármacos: el caso es saturar el mercado hasta que nos devore.

«Soy cada vez más reticente a considerar a personas o a personajes en función de su “trastorno particular”.»

De ahí que en los últimos libros trato de no «etiquetar» ni “«diagnosticar» a los personajes que disponen de recursos para salir adelante en la vida. Entre otros motivos, porque a veces me parece una falta de respeto hacia aquellos que sufren una patología concreta, que en psiquiatría podría definirse por la imposibilidad de llevar una vida mínimamente estable. Ciertamente, Severina (adulta) es más sensata que su tía, que López o que la Bestia… Tiene sus recursos y sale adelante a su manera.

Pero aunque ahora no les ponga nombre, nunca renunciaré a describir y acentuar las excentricidades de mis personajes, porque pienso que es en esa fisura, en esa pequeña o gran desviación de la normalidad, en esa frontera entre lo convencional y la deriva del rumbo previsible donde aparece el cruce más jugoso, más fértil, donde aparecen nuevos aspectos que en general no vemos o no queremos ver porque los pasamos por el filtro de las convenciones…

Entonces, cuando te detienes en ese nudo y los observas con detenimiento, los aprecias con mayor nitidez y descubres que a menudo esos trastornos son fruto de un malestar impuesto por las necesidades de un entorno hostil y demente, que nos obliga a apañárnoslas reducidos a nuestra burbuja particular, como si el problema fuera únicamente individual.

 

Algo que se agradece de la novela es que en la estancia de Severina en Dusa vuelve del revés uno de los estereotipos tan frecuentes en determinadas novelas actuales donde la reivindicación feminista marida con el redescubrimiento de formas de vida tradicionales por parte de mujeres desorientadas que se acaban follando a un aldeano. Severina se siente atraída por la Bestia, pero no acaba ocurriendo nada físico.

El momento físico ella ya lo ha disfrutado en el prado de Gelada, y no desea rebajar ese placer porque sospecha que no hay placer más intenso que el que se experimenta en soledad, donde puede concentrarse con la más alta intensidad, la más pura, sin que se disperse una gota… (por algo la concentración es un estado que básicamente se consigue en el aislamiento)… Severina no actúa, no hace nada para acercarse sexualmente a la Bestia porque vive en ese mundo autosuficiente que se creó a los siete años después de la Revelación para conjurar el vacío, y es precisamente tras el orgasmo de Gelada cuando se da cuenta de que su autosuficiencia puede ser demoledora, que debe tratar de ir hacia los demás, pero lo hace despacio, quizá enamorándose de la Bestia casi sin darse cuenta… Pero tal vez ese enamoramiento sea un primer pequeño paso para salir de su glorioso ensimismamiento.

«No hace falta ir tan lejos para buscar sabores, actitudes, y desde luego maneras de hablar y, sobre todo, de callar, desaparecidas desde hace años o en vías de extinción.»

Todavía han de pasar años hasta que conozca al hombre de la cópula tridimensional (que aun siendo tridimensional, no superará la de Gelada). Por otro lado, que el amor a la Bestia sea, digamos, unilateral y no correspondido en la misma forma, también me parece un rasgo de ese amor singular: el amor no es un mercadeo, yo te doy diez y tú me das por valor de diez para estar equilibrados, en cualquier caso no el amor-pasión, porque claro, amor lo hay de muchos tipos… Pero Severina es joven y no muy convencional, así que es obvio que no busca un amor, llamémosle matrimonial, ni siquiera un amante típico, nada con una pretensión de estabilidad, duración ni correspondencia. Severina es aventurera a su manera, y tengo la impresión de que prefiere mil veces experimentar la fascinación que ser objeto de amor. Por cierto que yo también.

 

Cuando la Bestia se emborracha suele silabear unas cuantas frases de una canción brasileña, y Severina piensa que «nunca antes había escuchado un aire musical tan sencillo y a la vez tan difícil de reproducir con exactitud». ¿Qué pensaría si alguien le dijera que es una descripción muy útil para describir la música de su prosa?

Pues me parecería coherente. Y muy agradable, claro está. Porque si cuando empecé me hubieran preguntado qué era lo que deseaba escribir, no creo que hubiera pensado en la idea de culminar una obra grandiosa, soñaba más bien en una pequeña obra aparentemente sencilla, alejada de toda solemnidad pero preocupada por introducir múltiples capas de sentido y múltiples grados de contraste… No obstante, es posible que precisamente cuando aspiras a esa multiplicidad, la sencillez sea lo más difícil de conseguir. Y en eso estoy.

 

Durante el año que Severina pasa en el pueblo, su perplejidad por la relación con la Realidad adquiere otra fisonomía, y no es menor el efecto que le provoca el contacto con el habla propia del lugar.

Sí. El habla es un poco como la música… y más aún. Nos transporta a las entrañas de lo que somos y fuimos. También emite señales interesantes sobre el talante de los hablantes… El ribagorzano me transporta al mundo sobrio de mi padre, a una gente muy peculiar que parece tallada por aquel paisaje tan duro y reconcentrada por el hecho de habitar entre montañas tan altas y en un lugar tan remoto. Si pasas por esa comarca, que por otro lado es un territorio de frontera en todos los sentidos, como también está muy próxima al Valle de Arán, mucho más conocido, puede parecerte que llegas a una más de las comarcas turísticas del Pirineo Occidental. Pero si te quedas un tiempo, si exploras los rincones y descubres la atmósfera ancestral, te das cuenta de que no hace falta ir tan lejos como vamos a veces para buscar sabores, actitudes, y desde luego maneras de hablar y, sobre todo, de callar, desaparecidas desde hace años o en vías de extinción.

Yo viví este contraste con mucha intensidad, porque mi madre creció en los bosques del Ripollés, con padres de Berga y luego estudió en Girona, mientras que mi padre era ribagorzano. Cuando era pequeña y de vez en cuando íbamos al pueblo de él y yo la veía evolucionar en ese entorno, me parecía una figura extrañamente sofisticada, irradiaba una luz que a mi me parecía como fuera de contexto, era algo que me creaba cierta incomodidad. A ellos, en cambio, esa diferencia tan acusada les seducía. Parte de esta «luminosidad» y expresividad provenían de la variante melodiosa del catalán central que ella hablaba en contraposición con las variantes del habla occidental, mucho más reposadas, más graves.

«Si me hablan en catalán occidental no puedo evitar responder en la misma variante, que me transporta inmediatamente a ese mundo.»

Yo heredé las dos variantes y nunca me deshice de ellas, de modo que si me hablan en catalán occidental no puedo evitar responder en la misma variante, que me transporta inmediatamente a ese mundo, y lo mismo me ocurre si me hablan en catalán central. He observado que esto causa cierta extrañeza, e incluso a veces cierta irritación. Por lo visto a mucha gente le gusta que cada cual se identifique con una sola lengua y una sola variante, que cada cual sea uno y no sea muchos, y cuando eso no ocurre se sienten algo perturbados…

 

La atmósfera general de la novela es crepuscular, ensombrecida por la melancolía, como si todos vivieran inmersos en la tristeza, pero no hay una sola página que no esté atravesada por la luz del sentido del humor, como si la comicidad sirviera para humanizar las excentricidades patéticas de todo el mundo.

Hay mucho sufrimiento, mental y también físico, pero también mucha luz, posiblemente procedente de la juventud de la protagonista, y de los claroscuros que impone el humor. El sufrimiento fundamental se adivina en la primera página y surge de la Revelación de Severina. Que una niña tan pequeña experimente la revelación de la finitud y de la pérdida, en definitiva, de la nada que nos espera, es curioso, pero doy fe de que ocurre. Además de curioso, genera un contraste singular entre la melancolía que la acompaña y la alegría que desprende cualquier niña solo por el hecho de tener todo el futuro por delante.

En cuanto al sentido del humor, es una herramienta inestimable para afrontar el dolor poniéndolo en su lugar, para redimensionarlo, diría, a su verdadero tamaño: existe un grado de sufrimiento extremo que tal vez no admite ningún sentido del humor, pero en todo el resto de grados, siempre que sea posible, hay que aplicar lo que yo llamaría una «tierna ironía», que a veces puede ser de un sutil tono gris pastel, y otras de un negro profundo como una risa amarga… amarga pero no menos divertida, ojo, porque la risa siempre es liberadora y placentera en alguna medida.

 

Acabemos por el principio. El título recuerda a un cuento de hadas. ¿Ha querido escribir uno a su manera o sólo se trata de que Nabokov no se equivocaba cuando decía que todas las buenas novelas son como cuentos de hadas?

Vaya, Nabokov no es uno de los «míos»… aunque en cuestión de enamoramientos literarios todo puede cambiar de un día para otro y aún estoy a tiempo. Pero mira, en lo de que toda buena novela es o ha de ser como un cuento de hadas estoy de acuerdo, especialmente si ampliamos el concepto de cuento de hadas. En cada época la experimentación literaria aporta modificaciones interesantes, pero pasado el tiempo de un modo u otro siempre volvemos al cuento.