Antes figuraba que lo teníamos claro: el discurso dominante era que las personas que llegaban de fuera podían conservar costumbres, religiones y tradiciones propias, pero se tenían que integrar en una sociedad que ya estaba en marcha. Y, sobre todo, no se podían cuestionar unos valores universales que, supuestamente, eran el cimiento de la cohesión política y social de la civilizada Europa.

Hoy una cuestión sobrevuela aquel planteamiento: ¿Qué significa integrarse en una sociedad quizás desintegrada? ¿Somos un país realmente cohesionado? ¿Somos un sol poble? ¿Lo son las naciones de nuestro entorno?

Porque el hecho es que los síntomas de desafección son evidentes. En toda Europa las sociedades están bastante fraccionadas. En Cataluña, los últimos años hemos vivido un retroceso en el sentimiento de pertenencia. También el uso de la lengua, que había sido un elemento aglutinador, está en regresión. Muchos de los principios y valores que parecían incuestionables (políticos, económicos, sociales, religiosos...) están en crisis y la idea que cada generación tenía que vivir mejor que la anterior ya no es imperante. Vemos cómo vuelven con fuerza los nacionalismos como valor refugio ante la incertidumbre y los miedos, cómo la guerra se hace presente nuevamente bien cerca de nosotros y cómo muchos de los que estaban convencidos de ascender en el escalafón social, de repente despiertan del sueño y se ven inmersos en la lucha por llegar a final de mes.

Sí, hay que cohesionar las sociedades, integrarlas, potenciar los vínculos emocionales que hacen sentir a las personas que son parte de un proyecto común, de un demos que sabe a dónde va y qué quiere. Y en este proyecto deberíamos estar todos, sin exclusiones por razones de origen o de estatus social.

Por eso, creo que el debate sobre qué hacemos con las personas que llegan a Cataluña por necesidades económicas (inmigrantes) no se puede tener totalmente al margen de lo que está pasando con los muchos profesionales, autónomos, pensionistas y rentistas extranjeros (expatriados) que se instalan aquí simplemente porque se encuentran bien o porque les rinden más sus ingresos. Ni tampoco al margen de cómo afrontamos la precariedad y el empobrecimiento consecuente de una parte considerable de los trabajadores del país. Este objetivo de mejorar el sentido de pertenencia nos tendría que afectar a todos por igual.

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