Este año, coincidiendo con el centenario de la publicación de España invertebrada, se han dejado oír voces benévolamente críticas con este opúsculo de José Ortega y Gasset, con el argumento de que han envejecido mal, y han aparecido otros análisis con mucha más carga de profundidad contra una obra que a menudo se ha presentado como un referente de la España democrática. Una de las lecturas más valientes la ha hecho José Mario Ridao, un diplomático y ensayista que desde la publicación de su libro Contra la historia, hace ahora veintidós años, ha recuperado la memoria de los heterodoxos españoles, expulsados de nuestra historia canónica.

Ridao, desde esta óptica, constata que España invertebrada ha empezado a ser percibida como aquello que nunca había dejado de ser durante los cien años en que políticos, periodistas e intelectuales la habían citado quizá sin haberla leído: «No es que haya envejecido mal, sino que sus tenebrosos presupuestos ideológicos han sido frívolamente convalidados a fuerza de apuntalar la imagen de un Ortega liberal del que no existe ni rastro en este libro, como en tantos otros de los suyos» («Del mal envejecer», El Periódico de España, 19-5-2022).

No obstante, Ridao va todavía más allá en esta lectura crítica y sitúa la obra en las antípodas de su pretendido liberalismo y en sintonía con los peligrosos vericuetos de la «teoría de las élites» de aquella época. Ortega resume al final del libro la terapia que propone para vertebrar España: el «imperativo de selección» como instrumento de «purificación y mejora étnica» —«no basta con mejoras políticas»— que produzca el «afinamiento de la raza». La obra de Ortega, por tanto, nos acerca más a una idea iliberal de España que no a su carácter invertebrado.

Esta aproximación crítica lleva también a una conclusión política: «Hace cien años estas ideas no eran diferentes ni mejores de lo que lo son ahora, por lo cual no hay nada que justifique, aparte de la pereza o la ignorancia, haber consagrado esta obra como faro y guía de la transición de la dictadura a la democracia en España, a fuerza de repetir a ciegas citas sacadas de contexto» («Citas a ciegas», El País, 12-6-2022). Cabe recordar que la Transición fue posible por buscar precisamente su inspiración en las ideas contrarias a las que defendía Ortega en 1922.

 

Dos visiones de España

Partiendo de esta constatación política, en este artículo nos proponemos proyectar aquel diagnóstico de Ortega a los inicios de la Segunda República, diez años después, en los debates sobre el Estatut de Catalunya en las Cortes Constituyentes, es decir, en los dos discursos de referencia, el del propio Ortega y el de Manuel Azaña, entonces presidente del Gobierno, que reflejaban no solo dos ideas de España, sino también un debate de fondo sobre su vertebración que todavía sigue abierto.

Las ideas de Ortega en su España invertebrada se traducen, punto por punto, en su discurso parlamentario del 13 de mayo de 1932: «El problema catalán es un caso corriente de lo que se llama nacionalismo particularista […] ¿Qué es el nacionalismo particularista? Es un sentimiento de dintorno vago, de intensidad variable, pero de tendencia sumamente clara, que se apodera de un pueblo o colectividad y le hace desear ardientemente vivir aparte de los demás pueblos o colectividades.» Para profundizar en la definición de particularismo basta con que nos remitamos a la primera parte de la España invertebrada, titulada precisamente «Particularismos y acción directa».

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«La esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás», recapitula. Las pulsiones secesionistas, por tanto, tendrían un origen congénito: la incapacidad de catalanistas y «bizcaitarras» para comprender la historia de España: «Porque no se le dé vueltas: España es una cosa hecha por Castilla, y hay razones para ir sospechando que, en general, solo cabezas castellanas tienen órganos adecuados para percibir el gran problema de la España integral». A continuación, retóricamente, se pregunta qué habría pasado si hace mil años, en lugar de hombres de Castilla, hubieran sido catalanes y vascos los encargados de forjar España: «Yo sospecho que aplicando sus métodos y dando con sus testas en el yunque, lejos de arribar a la España una, habrían dejado la Península convertida en una pululación de mil cantones.»

 

Una cuestión irresoluble

Es a partir de este análisis como hay que interpretar la idea de conllevancia que se invoca a menudo, también desde Cataluña, para resolver el llamado «problema catalán». La conllevancia no es un instrumento para integrar la pluralidad catalana, sino el mal menor ante una cuestión irresoluble por la incapacidad congénita de los catalanes para captar la idea de la España integral. «¿Qué diríamos de quien nos obliga sin remisión a resolver de golpe el problema de la cuadratura del círculo?», se pregunta Ortega en su discurso en las Cortes.

Su respuesta: «Pues bien, señores; yo sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que solo se puede conllevar. […] Es un problema perpetuo, que ha sido siempre, antes de que existiese la unidad peninsular, y que seguirá siendo mientras España subsista.» El filósofo-político saca una conclusión: hay que olvidarse de curar el «problema catalán» —«cuando alguien es pura herida, curarle es matarle»— y optar por la conllevancia: «Llevamos muchos siglos juntos los unos con los otros, dolidamente, no lo discuto; pero eso, el conllevarnos dolidamente es nuestro común destino».

«Solo cabezas castellanas tienen órganos adecuados para percibir el gran problema de la España integral» (Ortega).

La conllevancia, leída en los términos en que fue formulada, se aleja de la idea que invocan los que la reclaman a menudo. Cabe recordar que Ortega, en su discurso, defiende los conceptos de «soberanía» y «ciudadanía» únicas, dos términos que la integración de España en la Unión Europea ha proyectado en un nuevo marco de soberanías y ciudadanías compartidas. «Es menester que amputemos del proyecto de Estatuto esa extraña ciudadanía catalana, que daría a algunos individuos de España dos ciudadanías, que les haría, en materia delicadísima, coleccionistas», ironiza. La Transición se inició en Cataluña, por lo que se refiere al autogobierno, con el retorno del presidente Tarradellas, que esgrimió la ciudadanía catalana como idea madre —«Ciutadans de Catalunya, ja soc aquí!» y culminó en toda España con la posterior integración europea. No dos, sino tres ciudadanías compartidas: ¡ciudadanos de Cataluña, de España y de Europa!

 

La réplica de Azaña

La Transición fue posible porque inspiró un universo simbólico muy alejado de las tesis de Ortega: «Por una vez en la larga historia de esperanzas liberales frustradas, la actitud ideológica que inspiró España invertebrada fue inequívocamente derrotada» (Ridao). La reconciliación de las dos Españas tiene su texto de referencia en el discurso de Manuel Azaña, el 18 de julio de 1938, en Barcelona: «Cuando la antorcha pase a otras manos, a otras generaciones, […] y otra vez el genio español vuelva a enfurecerse con la intolerancia y con el odio, que piensen en los muertos y escuchen su lección: ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían […] el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad y perdón.»

Si, en el plan general de la Transición, este discurso de Azaña representó su victoria póstuma después de la frustración política que sufrió por las derivas de la Guerra Civil en el bando republicano —también en Cataluña—, su discurso en los debates del Estatut representa la réplica a la conllevancia orteguiana. El 27 de mayo de 1932, dos semanas después del discurso de Ortega, Manuel Azaña hizo pedagogía sobre el autogobierno en las Cortes Constituyentes. Su relectura tiene resonancias de presente.

De entrada, Azaña constata que la protesta contra el Estatut se ha hecho a menudo en nombre del «patriotismo». He aquí la réplica: «Delante de un problema político, grave o no grave, pueden ofrecerse dos o más soluciones, y el patriotismo podrá impulsar, y acuciar, y poner en tensión nuestra capacidad para saber cuál es la solución más acertada; pero una lo será; las demás, no; y aun puede ocurrir que todas sean erróneas. Quiere esto decir, señores diputados, que nadie tiene el derecho de monopolizar el patriotismo, y que nadie tiene el derecho, en una polémica, de decir que su solución es la mejor porque es la más patriótica; se necesita que, además de patriótica, sea acertada».

 

Catalanismo y liberalismo

Azaña, desde esta lógica, marca distancias con la idea de conllevancia y defiende que el «problema catalán» se debe resolver en términos políticos: «Cataluña dice, los catalanes dicen: “Queremos vivir de otra manera dentro del Estado español”. La pretensión es legítima porque la autoriza la ley, nada menos que la ley constitucional. La ley fija los términos que debe seguir esta pretensión y cómo debe resolverse sobre ella. Los catalanes han cumplido estos trámites, y ahora nos encontramos ante un problema que se define de esta manera: conjugar la voluntad autonomista de Cataluña con los intereses o los fines generales de España dentro del Estado organizado por la República».

En este contexto, liga la defensa de la autonomía catalana con la defensa de las libertades de toda España recordando la experiencia compartida de los años de la dictadura de Primo de Rivera: «Maltrató el nacionalismo catalán, maltrató el liberalismo español. Bajo la misma losa han padecido las libertades públicas españolas y las apetencias nacionalistas catalanas. ¿Tiene algo de notable o de extraordinario que hayan renacido juntas? […] De esta mutua experiencia ha resultado, naturalmente, que los autonomistas catalanes han venido a volcarse en la República española, identificándose, por primera vez, una causa local o provincial con una gran causa española.»

«La Generalidad es una parte del Estado español, no es un organismo rival, ni defensivo ni agresivo, sino parte integrante de la República española» (Azaña).

Azaña evocó después los móviles psicológicos de los discursos contra el Estatut: «No se puede entender la autonomía si no nos liberamos de una preocupación: que las regiones autónomas —no digo Cataluña—, las regiones, después que tengan la autonomía, no son el extranjero; son España, tan España como lo son hoy, quizá más, porque estarán más contentas. […] No hay que tomar respecto de las regiones autónomas las precauciones, las reservas, las prevenciones que se tomarían con un país extranjero, con el cual acabásemos de ajustar la paz. […] Creados este y los de más allá gobiernos autónomos, el organismo de gobierno de la región —en el caso de Cataluña, la Generalidad— es una parte del Estado español, no es un organismo rival, ni defensivo ni agresivo, sino una parte integrante de la organización del Estado de la República española.»

La advertencia final del entonces presidente del Gobierno: «Y mientras esto no se comprenda así, señores diputados, no entenderá nadie lo que es la autonomía.» Ahora hace cien años de la publicación de España invertebrada y noventa de su caja de resonancia política en los debates del Estatut en las Cortes Constituyentes. Desgraciadamente, el perfil iliberal de la idea de España de Ortega ha contaminado de nuevo el discurso de las derechas españolas. También en Cataluña, con el paso del catalanismo al soberanismo, el procés se ha injertado de aquel espíritu iliberal a la catalana manera.