«Había oscurecido; solo se habían encendido las luces de algunas casas y la luna, pálida, empezaba a ascender por detrás del cuartel, al fondo de la calle. Láptev estaba sentado en el banco de la portalada esperando que se acabara la misa de vísperas en la iglesia de San Pedro y San Pablo. Contaba con que Yulia Serguéievna, cuando saliera de misa, pasaría por allí, y entonces le hablaría, y quizá pasarían juntos toda la velada»: entramos en el primer párrafo de la novela y sentimos de inmediato algo parecido a la minuciosidad de un inventario, como si en vez de escuchar a un hombre que habla, contempláramos un espejo que refleja, con frialdad metálica, el vacío de un mundo objetal.

Y sí, leemos Tres anys (1895), el relato de las peripecias nada espectaculares de un hombre bastante feo y una mujer bastante bella que se conocen, se casan y son infelices, y en todo momento tenemos la impresión de estar frente a un tejido vivo que se va impregnando de minucias insignificantes que al mismo tiempo son sagradas, como aquella estampa que figura en «La señora del perrito», uno de los cuentos mayúsculos de Anton Chéjov (1860-1904), en la que alguien —quizá un vigilante— se acerca a la pareja de amantes mientras están sentados en un banco cerca de la iglesia, los mira un momento y se va, y «este detalle también les pareció enigmático y bello».

Y sí, leemos Tres anys, que también se puede contemplar como la crónica de las vergüenzas, las perplejidades y las resignaciones de la familia Láptev, enriquecida gracias al comercio al por mayor de artículos de mercería, y topamos sin cesar con los misterios de la poética de despojamiento que practicaba Chéjov: hechos expuestos sin ningún juicio, con una objetividad absoluta, con concisión, con descripciones breves de un enorme esplendor plástico, y sin entrar nunca en el estado de ánimo de los personajes. Y entonces tenemos la tentación de explicárnosla recordando una secuencia mínima de «La casa con mansarda», otro de sus cuentos imprescindibles: un invitado gesticula y vuelca una salsera, dejando una mancha muy grande en el mantel, pero nadie aparenta advertirlo, y no es sino después de cenar cuando un personaje comenta que la buena educación no consiste en no derramar la salsa en el mantel, sino en no hacerlo notar si alguien la derrama.

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