Israel no es un Estado teocrático, pero los ultraortodoxos talmudistas participan en el gobierno de Benjamín Netanyahu y su ideología influye en las decisiones políticas y militares del gobierno. Además, son impulsores radicales de los asentamientos de colonos en Cisjordania con el fin de recuperar pedazo a pedazo la Tierra de Israel; según el Génesis, el primer libro del Pentateuco bíblico, la tierra sería la comprendida entre el Nilo y el Éufrates, si bien, en el Éxodo figura más acotada,  más cerca de un Gran Israel menos inverosímil.

La reacción de Israel a la incursión criminal de Hamás del pasado 7 de octubre, que dejó unas 1.200 víctimas, según fuentes israelíes, además de la captura como rehenes de más de doscientos civiles, es un castigo colectivo a los palestinos de la Franja de Gaza, sin olvidar el endurecimiento de las acciones del ejército y los colonos en Cisjordania con docenas de muertos.

Hamás buscó deliberadamente esta reacción filmando la exhibición de la crueldad de los asesinatos de civiles israelíes, se supone que con la intención de reactivar la causa palestina en el exterior y de cohesionar a los palestinos en torno a Hamás en el interior, aunque subestimaron la magnitud e intensidad de la reacción. Deben estar lamentando su error de cálculo, ya que como mínimo el ejército israelí destruirá buena parte de la infraestructura de túneles y depósitos tan laboriosamente montada, y la dureza del castigo colectivo pudiera volverse contra Hamás que lo desencadenó

El bombardeo sistemático de Gaza desde el 8 de octubre, solo con una pausa de cinco días para el intercambio de rehenes israelíes por prisioneros palestinos y la entrada de una parva ayuda humanitaria, ya ha destruido o dañado el 60% de los edificios residenciales y la mayor parte de las infraestructuras civiles imprescindibles para la supervivencia de la población.

Cuando escribo estas líneas, los muertos gazatíes rondan los 21.000, según fuentes controladas por Hamás, y las condiciones de vida en lo que queda de la Franja de Gaza son inhumanas al nivel más bajo: faltan las provisiones de boca, los medicamentos básicos, incluida la anestesia para las intervenciones quirúrgicas y los calmantes para los miles de heridos, así como agua potable, electricidad y combustible para los generadores, una carestía causante de mucho sufrimiento y numerosos fallecimientos.

La desproporción entre las víctimas y los daños civiles israelíes y los gazatíes sobrepasa las nociones ordinarias de represalia y venganza, Israel ni siquiera respeta la primitiva Ley del Talión, que figura recogida como legitimación de la violencia en tres libros del Pentateuco, el Éxodo, el Levítico y el Deuteronomio.

La descripción más aplicable por analogía al presente es la del Levítico: “El que cause daño a alguno de su pueblo, tendrá que sufrir el mismo daño que hizo: fractura por fractura, ojo por ojo, dienten por diente; tendrá que sufrir en carne propia el mismo daño que haya causado”.

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En el fondo, la ley del Talión significaba un progreso, una manera de establecer una proporcionalidad: hacer el mismo daño que el recibido, no más. Israel no aplica este precepto bíblico en el sentido de “daño por daño”, está multiplicando el daño recibido hasta un intento de genocidio de los palestinos de Gaza forzándolos con bombardeos despiadados al éxodo a Egipto.

Tampoco respeta ni de lejos el derecho internacional humanitario del Protocolo Adicional I de 1977 a los Convenios de Ginebra de 1949 de protección de las víctimas de los conflictos armados, que prohíbe las represalias, el castigo colectivo y el ataque deliberado a objetivos civiles.

¿Por qué tamaña reacción? Aprovechar la oportunidad de “vaciar” total o parcialmente Gaza y ampliar el territorio de Israel, como ha hecho en cada una de las guerras desde 1948 es una explicación racional, plausible. Pero los dirigentes israelitas, los de ahora y los anteriores, con contadas y matizadas excepciones, reaccionan movidos por el miedo a la repetición del genocidio propio, por el insuperable trauma existencial del Holocausto, la Shoah, que representó la culminación de todos los pogromos padecidos por los judíos los últimos 2.000 años.

Auschwitz, donde perecieron, gaseados o asesinados de otra forma, aproximadamente un millón de judíos, tiene en la memoria judía de Israel un peso abrumador paralizante o determinante de la praxis y la cultura de los israelíes, que son los herederos de los exterminados y de los supervivientes de los campos de exterminio nazis y de las masacres de judíos en toda Europa.

Pero la memoria del Holocausto como deshumanización absoluta no pertenece exclusivamente a los judíos. Norbert Elias en su condición de judío y alemán lo sintetizó en “Humana conditio. Consideraciones en torno a la evolución de la humanidad en el cuadragésimo aniversario del fin de una guerra (8 de mayo de 1985)”: los actos inhumanos (del Holocausto) mancharon no solo la identidad alemana, sino que “no se podrán erradicar fácilmente de la memoria de la humanidad”.

Por tanto, los israelís tienen que introducir más consideraciones en el marco de la toma de decisiones frente a los palestinos que la memoria del Holocausto aun con su peso inconmensurable, si no los que fueron víctimas devienen verdugos por simple inversión.

Prisioneros de un ancestral miedo por la persecución padecida como judíos a lo largo de la historia, pese a su poder militar en el ámbito regional y la posesión de armas nucleares, el Estado de Israel se siente en peligro, asediado, amenazado de aniquilación. No lo han reconocido la mayoría de los Estados árabes, pues quieren tener las manos libres para, eventualmente, emprender una nueva guerra para borrarlo del mapa. Hamás, la Yihad islámica palestina, Hezbolá y otros grupos terroristas pretenden echar al mar -dicen- a los israelíes, judíos y sionistas con lo que abarcan todo el espectro político, religioso e ideológico de los “intrusos en Palestina”.

Que unos y otros no estén capacitados para llevar a cabo su propósito es lo de menos, la sola amenaza y la posibilidad de que traten de ejecutarla justifica emocionalmente a ojos de los judíos la reacción de Israel por muy desproporcionada que resulte.

Cómo superar el cúmulo de emociones que encadenan en una espiral infernal de miedo, odio y violencia a israelíes y palestinos es una cuestión irresuelta desde 1948, que incluso grava la política mundial. Alguna esperanza como los acuerdos de Oslo de 1993, pronto fue enterrada, en Israel por el asesinato en 1995 del primer ministro Isaac Rabin, que había negociado y firmado los acuerdos, por un ultranacionalista israelí, y en Cisjordania y Gaza por las intifadas palestinas, para iniciar un nuevo ciclo de miedo, odio y violencia mutuos.

También es un fracaso de la Comunidad internacional institucionalizada en la ONU y del Consejo de Seguridad en particular, bloqueado por los vetos cruzados a favor y en contra de Israel.  La Resolución de la Asamblea General de 12 de diciembre con 153 votos a favor, 10 contra y 23 abstenciones instando a un alto el fuego “inmediato” no es vinculante e Israel no ha hecho más caso que el de criticar a la Organización tildándola de tendenciosa, favorable a los palestinos, pero implícitamente contiene una condena a Israel y una prueba de la pérdida de apoyo a la legítima defensa que muchos Estados le habían reconocido.

Tal vez ciertas medidas podrían crear condiciones para una cuasi imposible nueva negociación palestino-israelita, como el reconocimiento del Estado de Israel por las monarquías árabes del petróleo, que han utilizado a los palestinos como carne de cañón en su enfrentamiento con Israel, ignorándolos en el terreno humano -tanto es así que el primer donante en ayuda a las necesitadas Gaza y Cisjordania es la Unión Europea, no las riquísimas petromonarquías-, reconocimiento descartado mientras arda Gaza.

Una negociación que previamente habría que determinar sobre qué. La constitución de dos Estados, uno judío y el otro árabe-palestino, de acuerdo con la resolución 181 de 29 de noviembre de 1947 de la Asamblea General de las Naciones Unidas de partición de Palestina, ya no es más que un mantra, Israel ha dejado sin viabilidad territorial un Estado palestino, salvo que esté dispuesto a retirar las colonias judías establecidas ilegalmente en Cisjordania, reconstruir la Franja de Gaza y permitir el establecimiento de un vital corredor de tránsito que comunique los dos territorios palestinos.

Otra medida eficaz sería la imposición a Israel de un alto el fuego por Estados Unidos, que está alimentando los bombardeos mediante el municionamiento del ejército israelí. El presidente Joe Biden y el esforzado secretario de Estado Antony Blinken deberían acompañar sus buenas palabras sobre el necesario respeto del derecho internacional humanitario cortando los suministros estratégicos a Israel, es el único lenguaje que Netanyahu entenderá.

No lo harán. En los Estados Unidos viven más judíos que en Israel y su voto es decisivo.