De la política italiana se suelen decir dos cosas. En primer lugar, se recuerda su complejidad: para muchos observadores lo que pasa en Italia resulta de difícil comprensión entre gobiernos débiles, mayorías heterogéneas, giros inesperados y transfuguismo parlamentario. A veces se mira hacia Roma con una mezcla de sorna y envidia, incapaces de entender cómo pueden pasar algunas cosas y cómo puede ser que, aunque pase todo lo que pase, el país transalpino parece seguir funcionando. En segundo lugar, se subraya cómo Italia ha sido siempre (o casi) un laboratorio político. No hace falta aquí recordar fenómenos como el fascismo y el berlusconismo o la fuerza y el arraigo del Partido Comunista Italiano, la vivacidad de los movimientos en el largo Sesenta y ocho o la experiencia del compromiso histórico entre democristianos y comunistas. Italia, en síntesis, entre las tinieblas de los palacios romanos y lo inescrutable de un sistema que está siempre a punto de tambalearse adelanta a menudo los tiempos. Para bien y para mal.

Recientemente la complejidad italiana parece haber aumentado todavía más, si cabe. En menos de tres años el país ha pasado de ser gobernado por el primer gobierno nacionalpopulista de Europa occidental –el ejecutivo formado por el Movimiento 5 Estrellas (M5E) y la Liga de Salvini– a tener un gobierno técnico-político de unidad nacional liderado por el expresidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi. De un antieuropeismo chillón que miraba al Brexit y le guiñaba el ojo a los perdedores de la globalización se ha transitado en la misma legislatura a un gobierno semi-tecnocrático y europeísta por excelencia, pasando –no se olvide– por un ejecutivo progresista que tuvo que gestionar el primer año de la pandemia.

Pero, si ampliamos la mirada, podemos apreciar como los sobresaltos han sido continuos en las últimas tres décadas. Antes con el fin de la llamada Primera República en medio del escándalo de corrupción de Tangentópolis, después con la entrada en política de Silvio Berlusconi y luego con la larga crisis de la Segunda República, entre gobiernos técnicos –el ejecutivo liderado por Mario Monti–, la eclosión populista –con la aparición del M5E fundado por el excómico Beppe Grillo– y la etapa del renzismo, naufragada tras menos de un trienio. Intentar comprender estos giros resulta útil no solo para entender los entresijos de la política italiana, sino para poder vislumbrar, posiblemente, los cambios globales que se avecinan en una época que más que líquida es, políticamente hablando, gaseosa.

No se olvide, además, que, por más que su economía lleve estancada casi dos décadas, Italia sigue siendo uno de los miembros del G7, la tercera potencia de la Unión Europea y uno de los países más poblados del continente. En un momento en que termina el liderazgo de Angela Merkel y Emmanuel Macron se juega la presidencia en las elecciones francesas del año que viene, la llegada de Supermario devuelve centralidad a Roma en una fase crucial para el proyecto comunitario marcada por el reto del Next Generation EU y la recuperación pospandémica. Por más inri, Italia es el país europeo que más fondos recibe del plan de recuperación: la friolera de 209.000 millones de euros, entre transferencias y préstamos. El futuro de Europa se juega también en Roma: un fracaso del plan presentado a finales de abril por el gobierno Draghi sería, a fin de cuentas, un frenazo, en el mejor de los casos, en el proceso de mayor integración europea.

El gobierno Draghi ha despertado muchas esperanzas tanto debajo de los Alpes como en Bruselas. Sin embargo, los retos que debe afrontar son muchos, empezando por la capacidad de mantener unida una mayoría parlamentaria –desde la Liga de Salvini a la izquierda del Partido Democrático– que brilla por sus divergencias. Se avecinan además meses de tensiones políticas por el voto en las principales ciudades del país –septiembre-octubre– y la elección del nuevo presidente de la República –febrero–. Por otro lado, los problemas del país siguen siendo los mismos cómo mínimo desde principios del nuevo milenio: ¿será suficiente un presidente con buena capacidad de liderazgo y una alta reputación internacional para resolverlos? Como explica Emanuele Felice, las divergencias regionales entre el Norte y el Sur de la península no han parado de aumentar desde el año 2000, aunque ha habido intentos para parar el declive y recortar la brecha.

Si la política se encuentra en un marasmo continuo e inclusive el populismo transalpino está viviendo una fase de profunda transformación, como apunta Paolo Mossetti, parece que la máquina del Estado funciona razonablemente bien, más allá de los sonados casos de corrupción y la losa de una anquilosada burocracia. Es a ese Estado profundo, como lo llaman algunos y que desentraña Giuseppe Salvaggiulo, que se debería mirar con más atención para entender la continuidad de fondo de las instituciones.

¿Y España? Se ha hablado a menudo de la poca sintonía entre Roma y Madrid y la falta de voluntad política para fortalecer un eje mediterráneo que pese en Europa, más allá de algunos momentos como el representado por la colaboración entre Pedro Sánchez y Giuseppe Conte. Pocas veces, en cambio, se ha intentado mirar a la influencia que la política transalpina ha tenido en las dinámicas españolas, desde la transición hasta la actualidad, como explica Enric Juliana. Italia, en pocas palabras, manda más de lo que pensamos. También por esto merece la pena intentar entender qué pasa debajo de los Alpes.