«Il nous faut de l’audace,
encore de l’audace,
toujours de l’audace!»

 Georges Jacques Danton
Asamblea Legislativa,
París 2 de septiembre de 1792

 

Hay dos aspectos de los líderes políticos que siempre causan mucho interés; su personalidad y su persona (o personas) de confianza. Se ha escrito mucho y se escribirá mucho sobre la personalidad de Pedro Sánchez, pero me temo que es muy difícil desentrañar las claves del carácter de un hombre reservado y templado como pocos. Lo que no admite discusión es que, de entre los acompañantes de Pedro Sánchez, ninguno ha tenido ni tendrá la relevancia política que tuvo Iván Redondo. Ya les digo que no es fácil saber lo que piensa el presidente, pero sí es fácil saber, y hay suficiente material a disposición de los lectores, lo que Sánchez empezó a hacer desde que tuvo a Iván a su lado. Hay un antes y un después indiscutible en las decisiones tácticas y comunicativas de Pedro Sánchez desde que comenzó a trabajar con Iván Redondo.

Aún está por dilucidar cómo habrá de ser el destino de Pedro Sánchez desde que Iván no le acompaña y vuelve a cabalgar con sus viejos cowboys, algunos de los cuales le traicionaron en el pasado. Al final de esta semblanza les esbozaré una hipótesis, pero me reconocerán que el movimiento de Sánchez en julio era del todo imprevisible. A mí, al menos, me sorprendió. Nunca pensé que Sánchez dejaría marchar a Redondo ni tampoco que prescindiera de figuras tan cruciales para su ascenso a la secretaria general del PSOE y a la presidencia del gobierno como José Luis Ábalos o Carmen Calvo.

Pedro Sánchez es un líder al que le sienta bien el cargo de presidente. Su físico envidiable (ni en los Estados Unidos han tenido presidentes así) y, sobre todo, su temperamento calmado, le ayudan mucho a la hora de proyectar una imagen de líder seguro y convencional en tiempos nada convencionales como los que vive nuestro país. Ese temperamento es el que también le ha permitido ejecutar sus asesinatos políticos —como el del propio Redondo y el de sus principales colaboradores que señalábamos— con la frialdad propia de un francotirador soviético. Lo digo con admiración, no se crean. En política no está mal sufrir a la hora de tomar decisiones difíciles; es una señal de humanidad. Pero cuántos disgustos me habría ahorrado yo si hubiera aprendido más del presidente a la hora de cortar por lo sano y a tiempo.

 

Pedro Sánchez, figura histórica

Pedro Sánchez pasará a la historia (ha pasado ya de hecho a la historia) por haber llegado a ser presidente del gobierno a pesar de que fue defenestrado por el aparato de su partido y atacado sin piedad por el periódico El País y por el expresidente Felipe González. Esa característica tan inédita y tan inimaginable para un líder del PSOE es algo que siempre admiré de él y que le define también como figura histórica singular en su propio partido. Pero ojo. Que nadie se equivoque. Pedro Sánchez no es presidente gracias a su temperamento, ni gracias a su eficacia tiradora a lo Lyudmila Pavlichenko, ni tampoco gracias al apoyo de unas bases y un electorado del PSOE transformados por el ciclo que impulsó Podemos y que había transformado las bases culturales y las expectativas de la izquierda. Todos esos factores tuvieron su peso y su importancia, pero Pedro Sánchez es presidente gracias al sistema táctico que Iván Redondo le convenció de poner en práctica.

Pedro Sánchez es presidente gracias al sistema táctico que Iván Redondo le convenció de poner en práctica.

Si no fuera así, sería inimaginable e inconcebible que Sánchez hubiera dado a Iván, en su estructura de organización y mando en Moncloa, un poder que no tuvo en el pasado ni siquiera un cuadro socialista de la talla y la autoridad de José Enrique Serrano. Iván Redondo fue, mientras estuvo en el cargo de director de gabinete, la mano del rey, y esto se lo puedo asegurar yo. Desconozco hasta qué punto eso molestaba en el aparato socialista —eso seguro que lo saben mejor los periodistas que son siempre depositarios felices de los rencores de partido— pero, al fin y al cabo, Sánchez debía poco al aparato y el nuevo aparato se lo debía todo a él.

Pero, ¿por qué Iván fue tan importante? ¿Por qué Pedro Sánchez le dio tanto poder? ¿Por qué esa fascinación entre los periodistas por el personaje? Iván es un tipo infrecuente, sin una ideología definida, que no procede de ninguna escuela concreta de consultores ni está vinculado a ninguna tradición política. Venía, además, de trabajar para el PP en lugares alejados de la política estatal, la Junta de Extremadura y Badalona, donde prestó sus servicios nada menos que al xenófobo Xavier García Albiol. No hay spin doctors así en España y yo jamás recomendaría a nadie fiarse de alguien sin experiencia y militancia política propia y con una concepción profesionalista del trabajo del consultor que lo aleja de los compromisos ideológicos. En mi opinión, para saber de política hay que estudiar mucho, pero, sobre todo, hay que practicarla mucho. Y este no era el caso de Redondo.

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Un Rasputín en la sombra

Sin embargo, Iván, a pesar de su neutralidad ideológica y su falta de experiencia de partido, tiene algo muy especial y muy valioso: un gran talento táctico, un agudo olfato y un «algo» indescriptible muy suyo y muy especial. Ese algo no aparece cuando da entrevistas y desde luego no apareció en el programa que hizo con Jordi Évole. De hecho, esta y todas las entrevistas que ha concedido tras dejar la Moncloa no le hacen justicia y, en general, producen una cierta decepción en los espectadores que seguramente esperaban un personaje distinto, más parecido al que construyeron los medios como una suerte de Rasputín en la sombra. La clave para entender a Iván no es tanto escucharle mucho porque no siempre se le entiende. Por el contrario, hay que leerle, incluso entre líneas.

Iván Redondo fue, mientras estuvo en el cargo de director de gabinete, la mano del rey, y esto se lo puedo asegurar yo.

Lo determinante para entender sus habilidades como consejero político lo ha explicado él mismo hablando del ajedrez aleatorio de Bobby Fischer. Yo en el ajedrez solo sé mover las piezas y no me sentiría capaz de explicar esa forma de jugar del campeón americano. Pero sí sé jugar al ajedrez político aleatorio y supongo que, por eso, siempre me entendí con Redondo.

Lo que Iván llama «ajedrez aleatorio» consiste básicamente en, mediante un movimiento táctico imprevisible para los adversarios, modificar los elementos que definen «la partida política» creando una situación de desconcierto. En el desconcierto no tienen por qué ganar los más fuertes, sino que a veces pueden ganar los más audaces. Yo aprendí a jugar a eso por pura necesidad. Nosotros siempre teníamos una posición débil frente a los adversarios políticos y mediáticos y solo podíamos superarles con movimientos audaces. Cuando la estructura mediática de fuerzas te es hostil, a la larga estás condenado y por eso hay que romper la partida de vez en cuando y «lanzar triples». Enric Juliana llamó a esto alguna vez baloncesto yugoslavo y Pedro Vallín lo llamó pulsión de muerte. En realidad lo que nosotros hacíamos era aplicar un principio dantoniano de la revolución como remedio temporal a nuestra debilidad: toujours de l’audace!

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Destituyendo a Redondo, el presidente demostró que ya ha aprendido a jugar al ajedrez aleatorio sin necesidad de nadie que le proponga las jugadas.

Pero Redondo llevó la audacia a unas siglas y a un líder con muchos más apoyos del poder y es de justicia reconocer que aquello marcó la diferencia y, en buena medida, funcionó. Fue Redondo quien logró que Pedro Sánchez tuviera la audacia de presentar una moción de censura que a priori tenía perdida y que, de hecho, buena parte del PSOE no deseaba. Sin embargo, solo el hecho de presentarla generó un enorme desconcierto. Y gracias a ese desconcierto nos llegó a otros la hora de ser también audaces para jugar nuestras cartas. Si Rajoy no se hubiera precipitado tanto con las fechas y hubiera ralentizadlo la partida, no habríamos podido conseguirlo y la correlación que había hecho presidente a Rajoy y apuntaba al éxito futuro de Ciudadanos, habría prevalecido.

 

La hipótesis malvada

No me corresponde analizar aquí otros movimientos tácticos y comunicativos de Pedro Sánchez que salieron quizá de la cabeza de Iván Redondo, tanto antes como después de que Unidas Podemos entrara en el gobierno. Sin duda alguien deberá hacer este trabajo y comparar el funcionamiento de Moncloa con y sin Redondo. Pero permítanme que esboce la hipótesis malvada que les anunciaba arriba. Tal vez, destituyendo a Redondo, el presidente demostró que él mismo ya ha aprendido a jugar por sí solo al ajedrez aleatorio sin necesidad d