Una banda militar toca las notas de Body and Soul y de To a Wild Rose, mientras unos soldados de la Guardia Republicana portan con lenta cadencia el féretro de Jacques Delors hacia la salida del gran patio de honor de los Inválidos. De este modo, con aires jazzísticos, concluyó la ceremonia de homenaje francés y europeo a quien fue durante diez años prodigiosos —entre 1985 y 1995— el presidente de la Comisión Europea.

Una ceremonia pensada para destacar los rasgos más definitorios de la persona homenajeada. La sobriedad propia de la liturgia republicana, casi minimalista en esta ocasión, subrayaba la sobriedad de Delors, que vivió su compromiso político como un deber cívico despojado de la pompa del poder. Una oración fúnebre declamada por el presidente de la República Francesa, con el hilo conductor de la voluntad de reconciliación que motivó la trayectoria vital y política de Delors, inseparable del ideal fundacional de la Unión Europea.

Una nutrida presencia de las más altas autoridades de la Unión y de algunos de los principales países miembros, con Alemania en primer plano, daba fe de este ideal y de la voluntad de preservarlo. Incomprensiblemente, la España que se integró en la Comunidad Europea durante el mandato de Delors no estuvo representada al más alto nivel.

Este homenaje constituía la culminación de la serie de declaraciones y obituarios que han glosado la persona y la obra de Jacques Delors, que podrían resumirse con el titular de portada del diario Le Monde del 29 de diciembre: la muerte de un grande de Europa. De manera que Delors ha pasado a formar parte del panteón europeísta al lado de los padres fundadores, los Jean Monnet, Robert Schuman, Paul-Henri Spaak, Altiero Spinelli …

Un reconocimiento del todo merecido y que no es nuevo. No obstante, más allá de estas manifestaciones casi obligadas y rituales, sorprenden algunas cosas, como por  ejemplo la escasa repercusión que ha tenido la desaparición de Delors en los medios españoles. Un tratamiento que contrasta con la repercusión que tuvo la muerte también reciente de Henry Kissinger. No deja de ser un síntoma de un cierto provincianismo y también de un europeísmo superficial.

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Incomprensiblemente, la España que se integró en la Comunidad Europea durante el mandato de Delors no estuvo representada al más alto nivel.

También llama la atención el tratamiento que ha recibido la noticia en Francia. Obviamente, ha sido más extenso y profundo, con grandes piezas como las publicadas por Françoise Fressoz en Le Monde (29-12-23) o Cécile Amar en L’Obs (27-12-23), pero con el foco más centrado en la trayectoria política interna de Delors que en su dimensión europea. Significativamente, L’Obs titulaba su obituario «Jacques Delors, el hombre que no quiso ser presidente», evidenciando una herida nunca del todo cicatrizada en el mundo de la izquierda francesa y que es indicativa de la disonancia europea del sistema político francés, carente de referentes propios genuinamente socialdemócratas y democristianos.

 

Doble sensibilidad

En esta carencia radica la clave para interpretar la renuncia de Delors a ser el candidato socialista a las presidenciales de 1995, al juzgar imposible la conversión plena del socialismo francés en un partido socialdemócrata abierto a alianzas de centro. Pero, paradójicamente, la doble sensibilidad socialdemócrata y democristiana de Delors explicaría su éxito político como presidente de la Comisión, tal como ha subrayado Denis  Pelletier en Le Monde (29-12-23).

Un éxito basado en primer lugar en la capacidad de plantear y acordar con los Estados miembros un programa para superar el estancamiento del proyecto europeo y revitalizar sus instituciones. Un programa aplicado con tenacidad y ductilidad hasta obtener unos logros y avances bien tangibles que Ignacio Molina resumía así en Agenda Pública (30-12-23):

«Los hitos que jalonaron su década como presidente son formidables. La Europa de 1985 se denominaba CEE, estaba formada por solo diez Estados miembros, gestionaba un Mercado Común muy fragmentado, tenía una unidad de cuenta sin uso, destinaba todo su presupuesto a la agricultura, no existía libertad de circulación, y no contaba con competencia alguna en política exterior. Sin embargo, cuando Delors dejó el cargo en 1995, la organización ya estaba reformulada como Unión Europea, se habían completado las dos ampliaciones más exitosas de las siete que han tenido lugar, una ingente labor de armonización regulatoria permitía hablar de auténtico Mercado Interior, estaba aprobada la creación del euro, se habían duplicado dos veces los recursos financieros para atender a los objetivos de cohesión, estaba en vigor Schengen o la ciudadanía europea, y se habían decidido las primeras misiones militares conjuntas».

También recuerda Ignacio Molina que, más allá de los logros concretos, Delors fue capaz de trazar caminos de futuro, formulando nuevos proyectos con objetivos ambiciosos para seguir avanzando en el proceso de integración:

Recuerda Ignacio Molina que, más allá de los logros concretos, Delors fue capaz de trazar caminos de futuro, formulando nuevos proyectos con objetivos ambiciosos.

«Delors no solo empujó mil iniciativas concretas, sino significativas reformas de los tratados —nuevas competencias en muchos ámbitos, extensión de la mayoría cualificada en el Consejo, codecisión con el Parlamento, creación del tribunal de primera instancia, o adopción de los criterios de Copenhague— que han resultado clave a largo plazo».

 

Legado perdurable

De tal manera que ha dejado un legado perdurable, como explica Sylvain Kahn en The Conversation (4-1-24):

«El legado que Delors deja a los políticos de hoy es este: no os dejéis limitar por la ilusión del monopolio nacional de la política. La política reducida al ámbito nacional forma parte del problema. Para encontrar soluciones, haced política entre los europeos y tomad vuestras decisiones a escala europea. De hecho, con el tiempo, este legado está vivo y se mantiene. Incluso con dificultades, aunque a veces lleve su tiempo, las clases políticas europeas han seguido resolviendo problemas y retos con soluciones europeas».

Pero, para algunos, la evolución posterior de los acontecimientos ha devaluado la percepción de los éxitos de aquella década prodigiosa, hasta el punto de que ven en ella también el germen de decepciones posteriores. Así, Pierre Rosanvallon, en su historia autocrítica de la «deuxième gauche»  (Notre histoire intellectuel et politique, 1968-2018),  ha señalado que el europeísmo de aquel momento delorsiano generó una «burbuja especulativa de esperanza», unas expectativas que al no verse realizadas han abierto la puerta a la reacción soberanista del nacional-populismo.

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«Que la esperanza que él encarnó para tantos de nosotros prevalezca frente a la nostalgia», ha escrito Pascal Lamy.

En un antiguo texto puesto al día y reproducido en Le Grand Continent (4-1-24), Pascal Lamy ha identificado las principales fragilidades y flaquezas de la obra de Delors. En primer lugar, señala la ruptura del sutil equilibrio político entre demócrata-cristianos y socialdemócratas, que ha comportado la ruptura del equilibrio entre las cuestiones económicas, sociales y medioambientales y una deriva neoliberal. En segundo lugar, la debilidad de una Europa insuficientemente constituida para hacer frente a las fuerzas de la globalización. Y en tercer —aunque no en último— lugar, un déficit de pertenencia, de identidad europea, en definitiva, un déficit cultural que dificulta la constitución de un verdadero demos  europeo. No obstante, Lamy concluye que:

«La integración europea parece hoy más necesaria que en la época de Delors, pero más difícil. Es más necesaria si queremos ser más fuertes juntos frente a la fragmentación y el embrutecimiento del mundo, reflejados en el retorno de la guerra a Europa. Es más difícil porque el paso que debemos dar, el de la «autonomía estratégica», implica pasar de la unión de intereses económicos bien entendidos a la de la política, la unión de pasiones, valores, sueños y pesadillas ya mencionada. Esta fue la pasión que impulsaba a Jacques Delors, un hombre ‘who turned hope into history’, como leí ayer en una carta, una frase que creo que le habría encantado. Esperemos, en esta ocasión, que la esperanza que él encarnó para tantos de nosotros prevalezca sobre la nostalgia.».

Ignacio Molina recuerda una frase de Monnet que explica cómo se producen los saltos que transforman la esperanza en historia: «nada es posible sin las personas, nada es perdurable sin las instituciones». Delors fue, en su momento, la persona. Era un tipo de fiar. No podía ser de otro modo alguien que empezaba su jornada de trabajo leyendo L’Equipe y que era un amante apasionado del jazz… Resuenan las notas de To a Wild Rose:

There the flutes shall cry,

There the viols weep,

Laugh, my dreams, and sigh!

Sing, and vigil keep,

Awake, wild rose.