Agitador, gestor, divulgador, crítico. Teatro y cultura. Cultura y teatro. Joan Anton Benach (1936-2024) nos dejó, como en una paradoja del destino, en vísperas del tiempo de Carnaval, un tiempo teatral, de ficción, en nuestro calendario festivo y tradicional.

Benach nació el año en que cambió todo y se convirtió en víctima cuando la guerra ya había terminado: la explosión de una bomba abandonada en un bosque durante un inocente juego infantil le amputó una pierna y le condicionó para siempre, aunque nunca escondió su discapacidad y convirtió su prótesis en bandera de superación. Quizá por ello se convirtió en practicante de tenis y en motorista.

Haber nacido en Vilafranca del Penedés le confirió seguramente una manera propia de ver el mundo y una cierta distancia con las disputas estrictamente barcelonesas. Reivindicaba con orgullo sus orígenes, mezclando convencimiento y dialéctica de la provocación. Ironía y lucidez sin concesiones formaban parte de su personalidad, acentuada por un aspecto bohemio, de sabio distraído.

Con motivo de su muerte, la publicación 3d8 recordó que Benach había sido pregonero de la fiesta mayor de Vilafranca en 1976, la primera tras la muerte de Franco y que coincidió con la llegada de la “Marcha de la Libertad”. Los responsables de la fiesta le escogieron, escribe Eloi Miralles, “conocedores de su categoría intelectual y de su talante progresista; y lo cierto es que no decepcionó a la concurrencia, ni mucho menos; si acaso, solo a quienes no comulgaban con las corrientes democráticas…” Tan claramente reivindicativo fue aquel pregón que el último alcalde franquista no le dejó salir al balcón del Ayuntamiento para presenciar bailes y castellers, como era tradicional.

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Tropezó varias veces con el poder: alcaldes, directores o propietarios de periódicos y sobre todo con el poder del estado, el Ministerio de Información y Turismo. Conocí a Benach cuando empecé a hacer prácticas (becario mal pagado lo llamaríamos hoy) en El Correo Catalán, diario que había pasado del carlismo al catalanismo reformista de la mano de la burguesía textil bajo la autoridad de Manuel Ibáñez Escofet. A la redacción se incorporaron periodistas como Josep María Huertas, Josep Martí Gómez, Jaume Fabre, Xavier Batalla, Josep Francesc Valls, Amparo Moreno, Antoni Ribas, Albert Garrido, Marius Carol, Toni Rodríguez Pujol, Pere Pascual, jóvenes economistas como Ernest Lluch, Eugeni Giral y Joan Gaspar, curas conciliares como Casimir Martí y Josep Bigordà y voces lúcidas como Joan Fuster.

Benach se orientó definitivamente hacia el periodismo cultural tras ser también redactor jefe de la sección de Barcelona, en la que fue muy crítico con el alcalde Porcioles. Eso y ejercer a la vez de director de la revista Promos le convirtió en centro de presiones, vetos y multas por parte del Ministerio de Información y Turismo demostrando que en muchos aspectos la ley de prensa era más eficaz que la censura. Su militancia en FSF (Fuerza Socialista Federal) le había llevado a hacerse cargo de la dirección de Promos que de orientarse hacia dirigentes de empresa había pasado a ser crítica con los planteamientos económicos, sociales y políticos del capitalismo. La aventura terminó en 1966 con el cierre de la revista, una sanción de 25.000 pesetas y el silencio impuesto personalmente por Fraga. Pero él no se detuvo y el mismo año se convirtió en uno de los fundadores del Grupo Democrático de Periodistas, que acabaría reuniendo a un centenar de profesionales y fue germen del Colegio de Periodistas de Catalunya.

Benach contribuyó a fusionar la crítica teatral con la realidad en una época en que, en el mundo del periodismo, la cultura parecía una forma de escapismo: incentivó el interés por el teatro, escribió artículos y monografías y se convirtió en apóstol de nuevas experiencias y vanguardias: ADB, Teatre Lliure, Dagoll Dagom, Comediants, Joglars, Asamblea de Actores y Directores… En la época en que seguir las novedades que se presentaban en los festivales de Aviñón o de Edimburgo parecía un exotismo se desplazaba puntualmente no sin vencer muchas resistencias. Primero en El Correo Catalán y posteriormente en La Vanguardia durante 30 años, formó parte de una generación irrepetible de críticos y divulgadores teatrales como Gonzalo Pérez de Oleguer, Xavier Fàbregas o Joan de Segarra y quizá por eso Mario Gas en el obituario de La Vanguardia le calificó como uno de los últimos mohicanos de la crítica teatral y Enric Gallén en Núvol le caracterizaba como el último de la fila.

Pero no todo fueron teatro o diarios en la larga trayectoria de Joan Anton Benach: dirigió el programa Tot Art de TVE Catalunya entre 1976 y 1979, y una serie de divulgación de los museos catalanes y baleares, escribió la biografía del pintor Hernández Pijoan y aún tuvo tiempo de ganar el premio Joan Santamaria de narrativa.

Debo reconocer que tuve una intervención decisiva en el futuro profesional de Joan Anton Benach cuando en abril de 1979 fui elegido concejal del Ayuntamiento de Barcelona en las listas del PSUC y debía ponerme al frente del Área de Cultura gracias al Pacto de Govern con el PSC. Mi propuesta de que se convirtiese en delegado de Servicios de Cultura la acogió con escepticismo ilusionado. La reticencia inicial del alcalde Narcís Serra se disipó gracias a una conversación entre ambos: después de su experiencia en el FSF Joan Anton Benach fue muy celoso de su independencia política a la vez que fiel al catalanismo más progresista.

Compañero y amigo en horas altas y bajas, su activo papel fue clave en la etapa de reconstrucción del sistema cultural de Barcelona. A nuestra llegada al ayuntamiento nos encontramos con más de una veintena de museos (que la incipiente Generalitat quiso fagocitar, dicho sea de paso), orquesta sinfónica, banda municipal, cobla de sardanas, cientos de funcionarios y una ciudad que bullía ansiosa de nuevas actividades y de iniciativas profesionales y vecinales que llamaban a la puerta del ayuntamiento en busca de apoyo. Aquella situación no puede entenderse con los ojos de hoy: desde directores de museos que no querían exhibir piezas de su centro “porque nunca se había hecho” hasta la imposibilidad legal de cobrar entrada en un acto organizado por el ayuntamiento. A pesar de todas las dificultades pudimos celebrar exposiciones con los fondos de los museos -entre ellas el centenario de Picasso y los 90 años de Miró- poner parches en las instalaciones envejecidas, redactar el libro blanco de las bibliotecas, divulgar el patrimonio, promover la música, e iniciar un camino que fue imparable: el festival Grec, dando continuidad a la iniciativa de la Asamblea de Actores y Directores de 1976. Quizás una de las cosas más recordadas de la aportación de Benach en aquella etapa es haber iniciado la aventura del Mercat de les Flors como ámbito teatral de la mano de Peter Brook y su Carmen, pero, en cambio, no se recuerda tanto la reinvención de las Fiestas de la Mercè o el esfuerzo por dialogar con todos los sectores culturales.

El vínculo de Joan Anton Benach con el ayuntamiento siguió a lo largo de más de veinte años. Cabe destacar la exposición Catalunya fábrica de España en el Tinell en 1985, que le costó dos años de trabajo y nos explicó lo que fue, y ya no era, la burguesía catalana y sobre todo la puesta en marcha en 1986 de la publicación Barcelona Metròpolis Mediterrània que se convirtió en herramienta de memoria y de pensamiento y que dirigió hasta  2006. Aún no comprendo, sin embargo, porque en una nueva etapa se suprimió el adjetivo de Mediterránea.

El teatro y la cultura fueron su obligación y su devoción. También la manera de enfrentarse a los golpes que, a veces, con dureza, nos da la vida, a la desaparición de los seres queridos, a los mundos que se acaban. En los últimos años, retirado de la actividad profesional, su proverbial ironía quizá se convirtió en coraza.