«Joan Clos es el alcalde de la recuperación urbanística del litoral, el alcalde del retorno del Tibidabo a la Ciudad; el de la aprobación de la Carta Municipal; el de la apertura de la Diagonal hasta el mar; el de la red de bibliotecas y de los equipamientos para todos los barrios; el del Parque de Investigación Biomédica; el alcalde que, como nadie, ha sabido entender la necesidad de Barcelona de ser innovadora, atrevida, abierta, cosmopolita, metropolitana y grande.» Esta descripción de Jordi Hereu, en el traspaso de funciones de septiembre de 2006, es quizá uno de los mejores resúmenes que se han hecho del mandato de Joan Clos como alcalde de la ciudad. Como afirmaba su sucesor, la Barcelona de 2006 era «muy diferente de la de hace diez años».

Si hay diez años que han cambiado radicalmente la morfología física y demográfica de nuestra ciudad son aquellos. En 1996 solo había 29.000 personas extranjeras viviendo en Barcelona (el 1,9% de la población); en 2006 eran más de 260.000 (el 15,9% del total). En 1996 se habían hecho las rondas y la Villa Olímpica, pero aún no había empezado la gran transformación del 22@ que llevaría la Diagonal hasta el mar y ganaría nuevos kilómetros de litoral. Una transformación de casi doscientas hectáreas que ha tenido un profundo impacto no sólo urbanístico, sino económico y social, en nuestra ciudad.

Esta gran transformación dejó una huella en la ciudad que perdura todavía hoy. La ciudad, como apuntábamos en un artículo del número 51 de política&prosa, ganó población y viviendas, playas y parques, plazas hoteleras y centros de convenciones, sedes de nuevas empresas y centros de investigación. La Barcelona de hoy sería diferente sin la gran transformación liderada por Joan Clos. Pero aquellas grandes actuaciones por las cuales puede ser recordado el alcalde Clos no formaban parte explícitamente de su programa cuando fue elegido alcalde en la Mercè de 1997, ni tan siquiera del mensaje principal de las elecciones municipales de 1999, en el que se presentaba como «el alcalde de las mejoras en todos los barrios», aunque sí encontrábamos en él una enorme ambición para seguir transformando Barcelona en una gran capital europea.

Clos, en su primer discurso, se proponía continuar «modestamente» la tarea iniciada por Narcís Serra y «coronada brillantemente» por Pasqual Maragall. Pero ya en su inicio, formuló su particular credo: «Creo en la fuerza y en la capacidad de Barcelona basada en el empuje, la ambición y el afán de conocimiento. Igualmente, creo en la función del Ayuntamiento, en su buena gestión, en la eficiencia y la diligencia, que, junto con la calidad, son el motor de la ciudad.» La ciudad y el Ayuntamiento, un binomio imparable llamado a seguir haciendo grandes cosas. Y añadía: «Tenemos el modelo de Barcelona, que es la complicidad positiva, es la complicidad creativa. Una complicidad que ha sabido casar lo público con lo privado, que ha sabido mover en el mismo sentido las instituciones públicas, las entidades y las asociaciones, que ha sabido crear una complicidad entre universidad, empresa y ciudad.»

El nuevo alcalde destacaba la capacidad de superación que había mostrado la Barcelona postolímpica y sacaba pecho del crecimiento económico alcanzado, en un contexto de creciente apertura y competitividad económica en el entorno europeo e internacional: «Hay muy pocas ciudades en Europa y en el mundo que hoy puedan mostrar esta cartilla de cumplimiento de sus deberes.» Pero, al mismo tiempo, fijaba claramente sus objetivos para dotar de consistencia esta nueva etapa de crecimiento. Había que superar dos carencias de la ciudad: el aeropuerto y la red ferroviaria, y hacerlo «de una forma decidida si queremos volver a saltar la siguiente valla que habrá en nuestro camino, porque ahora viene una y, dentro de unos años, vendrá otra, y más allá, otra».

Esta es, seguramente, una de las imágenes que mejor explica el personaje: como un corredor que salta vallas y que, después de superar una, ya encara la siguiente, sin parar y casi sin tiempo para pensar, como en una lucha contra reloj. El camino es el objetivo y el hito lo que da sentido al camino, aunque te aleje cada vez más del origen. También para Joan Clos, que dejaría la alcaldía para ser ministro, para hacerse elegir después embajador en Turquía como etapa necesaria para conseguir ser nombrado director ejecutivo del programa Habitat de Naciones Unidas durante ocho años, convertido así en uno de los españoles que ha tenido más altas responsabilidades internacionales.

En aquella época Pasqual Maragall recordaba a menudo que Clos era el primer alcalde de la ciudad que no provenía de su burguesía. Clos había nacido en Parets del Vallès y él mismo mencionaba esta circunstancia de un modo muy particular en su primera intervención como alcalde: «Yo, como recordaba Pasqual, provengo del campo, y la ciudad es el lugar donde se puede gritar, donde se puede alzar la voz y reclamar mejores condiciones de vida para los ciudadanos. En el campo, el grito se pierde en la naturaleza.»

«Creo, sinceramente, que a nuestro aeropuerto le falta una estrategia territorial, le falta una visión arraigada en su función sobre el territorio» para hacer crecer el número de puestos de trabajo vinculados a la infraestructura. En aquella época, el aeropuerto tenía 13 millones de viajeros anuales. Nueve años después llegaría a los 30 millones. Para Clos, el aeropuerto debía generar 15.000 puestos de trabajo, más que la SEAT, que era la industria más importante de Cataluña.

En relación al tren, Clos sostenía que había que impulsar unas «rondas ferroviarias» porque «nuestra estructura de ferrocarril se ha vuelto pequeña», no sólo para la movilidad regional, sino «para dar salida a todas las necesidades vinculadas al ferrocarril». Es decir, defendía el ferrocarril como herramienta de transporte de mercancías. El aeropuerto y el tren serían sus grandes obsesiones. Consiguió la ampliación del Prat y la construcción de la tercera pista, vio cómo llegaba el AVE a Barcelona y encarriló la estación de la Sagrera, pero no llegó a ver las «rondas ferroviarias» que reclamaba en septiembre de 1997.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Tampoco las dos asignaturas pendientes que apuntó inicialmente pudieron resolverse: «la estructuración metropolitana» y el transporte público metropolitano.

«Cataluña no puede permitirse tener la quinta o sexta región metropolitana de Europa y tenerla sin el planteamiento adecuado.» Por tanto, había que «superar los conflictos políticos» y «encontrar una solución».

También en el transporte: «No puede ser que tengamos una población metropolitana de 3 millones de habitantes —según cómo lo contemos, 4 millones—, la misma que Madrid, y que contemos con un transporte público que es en todos los aspectos la mitad del de Madrid.»

El nuevo alcalde utilizaba un tono ambicioso y reivindicativo —que con frecuencia se volvería desacomplejado— y que poco tenía que envidiar al que había utilizado su predecesor, aunque siempre le hicieran salir perdiendo en las comparaciones.

Clos acababa su discurso con dos retos que explican muy bien su mandato: la necesidad «de estar en la revolución del conocimiento […] la revolución que ahora está en plena efervescencia, en pleno proceso de definición» y la voluntad «de alzar la bandera del Ayuntamiento». La Carta Municipal era «un paso excelente que espero que culmine estas aspiraciones. Pero hemos de darnos prisa: estamos lejos de lo que querríamos».

Las elecciones municipales del 13 de junio de 1999, por «Sant Antoni dels paletes» (Sant Antonio de los albañiles) como hacía notar la campaña electoral socialista, supusieron la coronación de Clos. Obtuvo 20 concejales, 4 más que Maragall cuatro años atrás, y rozando la mayoría absoluta. Una victoria que llenó de euforia a los socialistas y al establisment municipal, que pusieron la directa en los grandes proyectos de ciudad que habrían de culminar en el Fórum Universal de las Culturas de 2004. Una idea que había surgido de la necesidad, después de no haber conseguido la capitalidad europea de la cultura de 2001, y de no haber podido aspirar a una Exposición Universal, como había pretendido Maragall. No era el evento que deseaban, pero Barcelona se consideraba lo bastante importante como para diseñarse un evento a medida.

En el discurso de 1999 encontramos a un Clos pletórico que marca el rumbo del futuro: «Barcelona mira adelante como siempre. Barcelona no se detiene. Barcelona encara el cambio de siglo; encara el 2000 y el siglo XXI con la voluntad de ser una gran ciudad europea, con una voluntad que, tal como la interpretamos nosotros, es doble: ser una ciudad que lidera en progreso, en prosperidad, en generación de puestos de trabajo y, a la vez, al mismo nivel de prioridad, una ciudad que quiere y que busca cohesión, convivencia y solidaridad. ¡Cuántas ciudades hay en Europa hoy en día que afrontan muy bien el primer aspecto y, en cambio, suspenden estrepitosamente en el segundo!» Clos define tres grandes pactos de ciudad: un pacto por la movilidad, un pacto por la sostenibilidad y un pacto por la seguridad, con un acento importante en la necesidad de garantizar la convivencia en el espacio público.

El discurso de 1999 acaba citando una docena de versos de las odas a Barcelona de Joan Maragall, Pere Quart y José Agustín Goytisolo. En las tres citas late una idea-fuerza: Barcelona no se puede dormir. «Esta ciudad aguantó/ más de lo que podía imaginarse»; «però bé et falta encara molt més del que tens»; «no et distraguessis/ amb les fulles que el vent requisa als arbres/ Ni amb el presagi de les ales noves/ Treballa. Calla/ Malfia’t de la història»; «Corre enllà, corre enllà, corre enllà, Barcelona, / que ja et cal ésser una altra per ésser la que deus.»

Barcelona en movimiento, saltando vallas, siempre más arriba, siempre más lejos, siempre más fuerte. Pero esta carrera de Joan Clos sufrió un tropiezo antes de lo que él preveía. El Ayuntamiento se creyó que Barcelona era «La mejor ciudad del mundo», como afirmaba la propaganda municipal, pero las elecciones de 2003 pusieron a Clos y a los socialistas ante el espejo: «el alcalde de la mejor ciudad del mundo» había perdido 5 concejales respecto al «alcalde de las mejoras en todos los barrios».

En 2003, con una ciudad en transformación y con el viento de cola del crecimiento económico y de la movilización contra el gobierno de José María Aznar, que se había embarcado en la guerra de Irak, con la complicidad de Jordi Pujol, Joan Clos tropezó con la última valla y llego a la meta con una marca muy inferior a la esperada: 60.000 votos por debajo del registro anterior, pese a que la participación se había incrementado en 8 puntos. Clos tuvo que echar el freno, contra su voluntad, para reeditar el pacto con ICV y ERC con una correlación de fuerzas muy diferente.

La intervención de junio de 2003 en el Saló de Cent trasluce cierta decepción y trata de comprender los motivos de la desafección: «Mucha gente está preocupada por sus pensiones, por el efecto de la globalización, incluso está inquieta o preocupada por lo que puede representar la inmigración, por el retraso en la emancipación de los jóvenes, por la precariedad de su puesto de trabajo. Todos estos son factores que se suman a las ocupaciones y preocupaciones de los ciudadanos. Son, quizá, nuevas incertidumbres y nuevas inquietudes de la época actual.»

El alcalde de «la mejor ciudad del mundo» vuelve a hablar de equidad, de la necesidad de las garantías del Estado del bienestar, y reivindica una mejor dotación presupuestaria para las corporaciones municipales para poder ofrecer los servicios públicos que la ciudadanía necesita. Plantea cuatro grandes compromisos: con el Estado del bienestar, con el ejercicio de «la capitalidad de Cataluña, y también la capitalidad del catalán», con la defensa de «calidad de nuestra convivencia», y con la ambición de ser una ciudad grande, próspera, que tiene peso específico en el mundo. Unos compromisos que buscaban el apoyo de ICV y ERC —que sumaban 10 concejales— al tiempo que intentaban reconectar con los barceloneses y barcelonesas. La ciudadanía parecía estar más preocupada por las desigualdades y el deterioro de la convivencia que por la voluntad de su alcalde de proyectarse internacionalmente.

En el mandato anterior, Barcelona había conseguido convertirse en la sede de la nueva Asociación Mundial de Ciudades y Autoridades Locales Unidas, y Joan Clos había hablado ante la Asamblea General de Naciones Unidas, en junio de 2001, en representación de las ciudades del mundo. Barcelona había vuelto al Olimpo, en esta ocasión en el mismísimo centro de Manhattan. La caída, por tanto, fue muy dolorosa. Pero Joan Clos no se daba por vencido y dedicó la parte final de su discurso a defender el Fórum Universal de las Culturas.

«El Fórum de las Culturas es una gran oportunidad para hablar al mundo y también para escuchar, con modestia, al mundo, para vacunarnos contra el provincianismo, para saber cuáles son nuestras posibilidades y también para reconocer nuestras debilidades con el fin de afrontarlas y conseguir evitarlas. El Fórum ofrece una oportunidad para hablar desde Barcelona de los temas que más ocupan y preocupan al mundo en estos momentos.» Llegó el 2004 y se celebró el Fórum con una notable presencia de invitados internacionales, pero también se puso en marcha un movimiento ciudadano en contra del evento y del modelo de ciudad que se había construido en Diagonal Mar, frente a cierta indiferencia general.

El Fórum no había sido el gran evento con el que una mayoría de barceloneses se habían sentido identificados, como sucedió con los Juegos y, al día siguiente de su clausura, algunos empezaron a pensar en el necesario relevo del alcalde Clos. Un relevo que llegaría dos años más tarde, en septiembre de 2006, aprovechando una remodelación del Gobierno central provocada por la candidatura de José Montilla a la presidencia de la Generalitat. Montilla dejó el ministerio de Industria y Clos lo sustituyó, cediendo la vara a un nuevo alcalde nueve meses antes de las elecciones municipales.

En su discurso de despedida, probablemente el mejor de todos los aquí analizados, Clos se reivindicó: «Seguramente somos uno de los pocos ayuntamientos de Europa que se han atrevido a hacer un proyecto como el 22@ para desplegar la nueva industria intensa en conocimiento y que, al mismo tiempo, tienen un conjunto de parques científicos en el seno de la ciudad.» Quiso recordar de dónde veníamos: «Hace veinte años, la tendencia era centrífuga: los cerebros se iban, las industrias cerraban. Hemos dado la vuelta a esta realidad […] Hemos pasado de perder población en 1997 a ganar unas 200.000 personas en los últimos años. Hemos pasado de 740.000 puestos de trabajo a 1.100.000, con un aumento que podría calificarse de revolucionario.» Pero era consciente de las tensiones que habían generado estos profundos cambios: «sería pretencioso e inútil pedir que no se notara el crujir de huesos que han provocado.»

No obstante, el balance que hacía era claramente positivo: «Barcelona ha hecho bien el cambio de siglo, y de ciclo. Ahora hace falta que se reencuentre a sí misma en el otro lado de este proceso. Barcelona debe ir al compás de su tiempo. Hemos de mirar adelante y, si es posible, anticiparnos un poco para que las cosas no nos pillen por sorpresa.» Recordó también los déficits de 1997, como el aeropuerto y la región metropolitana, y se congratuló porque «nueve años después, el Prat es el aeropuerto que más crece de la Unión Europea», confiando al mismo tiempo en que «el año 2007 sea el año del Área Metropolitana». No lo fue, y hubo que esperar tres años más, hasta 2010, para ver aprobada la Ley del AMB.

Pero Joan Clos, con una vehemencia que no se ha vuelto a escuchar en el Saló de Cent en boca de un alcalde, defendió la realidad metropolitana: «la Fira está en l’Hospitalet; el Fórum, en Sant Adrià de Besòs; el Parc Universitari de la Politècnica, en Castelldefels, y hay muchísimas instituciones compartidas por todas partes. En cada uno de los municipios del Área Metropolitana se están realizando nuevos proyectos de todo tipo, desde equipamientos públicos hasta hoteles, actividades terciarias, en un nuevo resurgimiento del Área Metropolitana.»

Y concluyó con una oda de reconocimiento a todos aquellos que habían hecho posible el gran cambio urbano de la ciudad: «Visualizar la ciudad en conjunto, saber qué hacer en cada territorio, cuál es la necesidad de cada barrio, para que el conjunto no chirríe, para que todo salga adelante, para que todos los barrios tengan el mismo nivel de calidad, ha sido la tarea de una generación de arquitectos e ingenieros brillantes, algunos muy conocidos y otros más anónimos, la mayoría jóvenes cuando empezaron, pero todos útiles para generar esta tesis formal que Barcelona ha aportado al mundo entero. Barcelona es un modelo de transformación.»

El modelo Barcelona había triunfado, pero parecía que los barceloneses ya no lo valoraban como antes. ¿Lo valorarán en el futuro? Diecisiete años después la respuesta sigue siendo incierta.