El 27 de abril, Joan Manuel Serrat inició su gira de conciertos para despedirse de su público. Lo hizo en el Teatro Beacon de Nueva York. El resto de la gira le llevará a numerosas ciudades españolas y de América Latina. El cierre será los días 22 y 23 de diciembre en el Palau Sant Jordi de Barcelona. A esta serie final de conciertos le ha puesto este título: «El vicio de cantar 1965-2022».

Cuando anunció su retirada de los escenarios dijo que lo hacía porque se resistía al hecho de que una plaga (la pandemia de Covid) lo decidiera por él. «He decidido despedirme en persona. Por eso me planteé ir al lugar más natural para hacerlo, con el público enfrente, lleno de gratitud y alegría», le explicó al periodista Juan Cruz en diciembre del año pasado.

Serrat ha compuesto unas trescientas canciones. Ha publicado una treintena de lo que se llamaban discos de larga duración. En 1965, el año en el que puso el punto de partida de su «vicio de cantar», tenía 21 años. Los 22 no los cumpliría hasta el 27 de diciembre. Aquel año, Edigsa publicó su primer vinilo con cuatro canciones: Ella em deixa, El mocador, La mort de l’avi y Una guitarra. Esta última canción estaba dedicada a la guitarra que le había regalado su padre, el anarquista y lampista catalán Josep Serrat. Qué gran idea tuvo aquel hombre que, junto con su madre, la aragonesa y ama de casa Ángeles Teresa, lo criaron en la calle Poeta Cabanyes del Poble Sec, en Barcelona.

Entre el regalo de su padre y la oportunidad que Salvador Escamilla dio a aquel joven en el programa Radioscope, en Radio Barcelona, empezó una carrera musical que ha marcado la vida de muchos millones de personas.

Cada cual tiene sus propias canciones preferidas de Serrat. Evidentemente hay donde escoger. Mucha gente de su generación tiene grabadas en su memoria de juventud

Ara que tinc vint anys, El drapaire, Paraules d’amor, Cançó de matinada, Me’n vaig a peu o Per Sant Joan. Formaban parte de sus vinilos de dos o cuatro canciones de los años 1966, 1967 y 1968. No tendría sentido, sin embargo, señalar unas canciones y dejar otras de lado. Cada uno lleva en el corazón y en la cabeza su propia selección.

Como todo el mundo, Joan Manuel Serrat ha surfeado por el mundo driblando los problemas que conlleva la convivencia de dos lenguas como el catalán y el castellano. Con el franquismo tropezó por esta cuestión y también porque denunciaba sus crímenes. La muerte de Franco lo sorprendió exiliado en México, de donde volvió en 1977 sin estar muy seguro de si se ahorraría pasar por comisaría. Su amigo Quico Sabaté le ofreció su casa para pasar una temporada y no fue hasta que se aprobó la Ley de Amnistía cuando pudo respirar tranquilo. Sabaté es de las personas que han pasado por la vida de Serrat dejando más huella. Era un publicista de espíritu rebelde y de una creatividad mental que se hallan presentes en parte de la obra del cantante.

Serrat ha musicado poemas de una veintena de autores, desde Antonio Machado a Miguel Hernández, pasando por Joan Salvat Papasseit, Pere Quart, Josep Vicenç Foix o Mario Benedetti. No solo cantaba sus textos, sino que con frecuencia metía baza también, como en Cantares y La saeta, de Machado. Ha cantado canciones de otros y muchos otros han cantado canciones suyas. Y lo hemos escuchado haciéndolo en catalán y en castellano, pero también en gallego, vasco, portugués, francés, italiano, inglés y guaraní.

El listado de distinciones también es largo e incluye la Medalla de Oro de Barcelona, la Medalla de Oro española al Mérito al Trabajo, la de Caballero de la Legión de Honor francesa o la de Comendador de la Orden de Mayo argentina y un montón de doctorados honoris causa universitarios.

En la mencionada entrevista, Serrat dice que «he tenido un oficio que me ha permitido conocer el mundo y conocer a gente magnífica y que me ha hecho una persona querida por mucha gente. Dijéramos que hasta la fecha me he sentido un hombre bien querido y bien vivido». Que mucha gente lo quiere es indiscutible. También hay algunos que no, claro. Los franquistas le tenían mucha tirria. Y los fanáticos de diversas ideologías no le perdonan que no sea de los suyos.

De Serrat gusta lo que dice y cómo lo dice. Son importantes los textos y la música de sus canciones. No habla por hablar y cuando le hacen una entrevista no tiene manías en dejar pasar unos segundos mientras piensa con exactitud qué quiere decir y cómo lo quiere decir. Ha transitado del Mediterráneo que admiraba y todavía le atrae al Pare, que denuncia la destrucción ecológica de nuestro entorno. Asegura que tiene Algo personal con los militares que fanfarronean «a ver quién es el que la tiene más grande». Denuncia que Europa «ha envuelto las porras con banderas» a los Salams Rashids que vienen del Sur. Se queja de que el capital juegue al Palé en el antiguo cine Roxi, ahora convertido en una sucursal bancaria.

Serrat nos ha dicho y nos ha cantado muchas cosas. El día 23, cuando se vaya a casa después de su último concierto público en el Palau Sant Jordi, no habrá dicho la última palabra ni cantado la última canción. Ha prometido que continuará componiendo canciones y grabando discos. ¡No lo olvides, Juanito!