Una voz respetada del socialismo español

Joaquín Almunia (Bilbao, 1948) posee una de las trayectorias políticas más notables y completas del periodo democrático en España. Durante la transición, formó parte del joven núcleo dirigente que renovó el PSOE, bajo el liderazgo de Felipe González, y en compañía de gente como José María Maravall, Javier Solana, o el malogrado Alfredo Pérez Rubalcaba. Todos ellos coincidieron en los primeros gobiernos socialistas, en los que Almunia desempeñó la dirección del Ministerio de Trabajo (1982-1986) y de Administraciones Públicas (1986-1991). Fue portavoz del Grupo Socialista en el Congreso hasta 1997, cuando resultó elegido Secretario General del PSOE. Estableció las primarias internas para elegir al candidato a la presidencia y, tras la dimisión de Josep Borrell, se convirtió en el candidato en las elecciones generales de 2000. A raíz del mal resultado obtenido, dimitió como líder y permaneció en su escaño hasta 2004. Ese mismo año fue nombrado Comisario Europeo de Asuntos Económicos y Monetario hasta 2010, cuando pasó a la cartera europea de Competencia (2010-2014), tiempo en el que ejerció también como Vicepresidente de la Comisión. Entre otras publicaciones, destacan Ganar el futuro (2019), Los puntos negros del PP (2004) y sus indispensables Memorias políticas (2001), en las que ofrece un repaso razonado de su actividad política hasta ese momento.

 

Esta madrugada Rusia ha iniciado la invasión de Ucrania, lo que nos recuerda de nuevo que todos los órdenes son provisionales.

Putin no ha admitido lo que pasó después de la caída de la Unión Soviética. Cualquiera que haya hablado con Putin estos años, sabe lo que ha ido repitiendo una y otra vez: que el entorno de Rusia debía tener influencia rusa y que había que recomponer el desastre de la disolución de la Unión Soviética. Y por eso lleva tiempo planteando unas líneas rojas muy concretas: la salida de la OTAN de algunos países miembros de la Unión Europea, el reconocimiento formal de la imposibilidad de Ucrania y Georgia de pertenecer a la OTAN, etcétera. ¿Por qué la invasión ahora? Tembló cuando en Bielorrusia se le puso la cosa mal, con manifestaciones y con una oposición activa a Lukashenko. Y se dijo: «A mí Ucrania no se me escapa.» Desgraciadamente, las consecuencias todavía son difíciles de prever.

 

¿En qué medida esto altera el orden que hemos tenido desde 1989?

La OTAN ha recuperado su objetivo principal: defender a los países europeos de la amenaza, antes soviética y ahora rusa, y asegurar nuestra seguridad colectiva en esta parte de Europa, especialmente porque la Unión Europea no tiene todavía construido su diseño de una política exterior y de seguridad común. En relación con nuestros vecinos del Este, es evidente que no tenemos ni fuerza ni credibilidad ni instrumentos suficientes para asegurar de verdad nuestra autonomía estratégica. Y eso lleva su tiempo: no es algo que lo podemos trasladar del papel a la realidad de un día para otro. Ese será el paso siguiente de la integración europea, a la vista del conflicto actual y también de otros elementos, como por ejemplo la relación con China, que no la tenemos bien definida.

 

La relación de la UE con Rusia sigue basada en un cierto desprecio mutuo: tratamos a Rusia como una no-democracia, mientras que Rusia trata a la UE como un no-estado.

Y por ello no quiere tratarnos como Unión Europea, claro. Rusia prefiere utilizar bilateralmente sus instrumentos de disuasión, como el gas, las inversiones europeas en Rusia, o las relaciones comerciales. Prefiere dividir a la UE y ver por dónde encuentra resquicios para defender sus intereses. Pero esta vez se ha topado con una posición europea más fuerte: desde la invasión de Crimea [en 2014] las sanciones, decididas por unanimidad, se han mantenido, a pesar de que Putin ha intentado por todos los medios encontrar líneas de fractura. A las que se suman las nuevas sanciones aprobadas de nuevo por unanimidad, incluyendo a Hungría, así como las siguientes rondas de sanciones que van a venir a partir de lo que estamos conociendo. Estos avances, aunque son pequeños, no tienen marcha atrás.

 

Como decía Michel Rocard, la unificación europea buscaba garantizar la paz antes que nada. Paradójicamente, la seguridad común es el ámbito en el que menos hemos avanzado.

Así fue desde el fracaso de la Comunidad Europea de Defensa en 1954. Aunque probablemente fue un mal beneficioso, porque permitió avanzar en las primeras décadas en la integración económica mediante pequeños pasos. Ese fue el gran descubrimiento que hizo posible fraguar unos cimientos sólidos de la integración europea, el ir paso a paso, construyendo un entramado de relaciones, de intereses. Es la técnica de los pequeños pasos ante la idea de los grandes saltos. Y todavía lo sigo defendiendo, cuando me encuentro con algunos federalistas ingenuos.

 

¿No fue un gran salto el Tratado de Maastricht?.

Dio pasos importantes, pero no asentó sus pies en terrenos sólidos como, por ejemplo, en materia de política exterior y de seguridad. Fue tan acelerado que luego hubo que dotarlo de más contenido poco después en el Tratado de Ámsterdam. La Convención Europea tampoco avanzó en la unión económica y monetaria, donde dejaron sin mover una coma prácticamente en lo que habían acordado una década antes, de tal modo que cuando llegó la gran recesión, nos encontró sin estar preparados. Hay saltos que tienen que ir precedidos de una preparación, de una comprensión por parte de las opiniones públicas y de los parlamentos nacionales, etc., antes de que ese paso pueda ser apoyado e interiorizado por los países. La integración a grandes saltos no funciona.

 

Pero ¿eso no puede llevarnos a una Europa de diferentes velocidades?

De hecho, ya existe la Europa de dos velocidades. La zona del euro es un ejemplo. ¿Y a qué nos ha llevado eso? Pues a que se ha acabado por convocar a menudo en la reunión del Eurogrupo a los ministros de Finanzas de los países que no están en la zona del euro.

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Suelo poner la imagen del pelotón ciclista: los que van delante son los que marcan la velocidad del pelotón, los que hacen un esfuerzo mayor, los que ponen más energía, pero luego hay otros que van al rebufo y no salen expulsados hacia un lado u otro, sino que avanzan con menos esfuerzo, gracias a la tarea de los que van por delante y que no necesariamente quieren dejarles atrás. El eje franco alemán, por ejemplo, resulta clave. Si no funciona, la integración europea no avanza. Por eso, creo que el papel de liderazgo de países tiene que existir. Pero no debe proyectarse en un sentido institucional.

 

Esa es la idea con que se han diseñado los fondos Next Generation y sus condiciones políticas para Polonia o Hungría.

Es obligado el establecer una condicionalidad como second best, ya que no funciona el artículo 7 del Tratado. Hay que tener también presente que hay una parte de los votantes de Ley y Justicia y de Fidesz que son pro europeos porque no ven una alternativa a la presencia en Europa o en la OTAN. Cuidado con esa parte de la opinión pública, hay que cuidarla.

 

Una de las ideas que subraya en su libro Ganar el futuro es que el escaso potencial de crecimiento económico de la UE acab