La edad mínima para poder ser nombrado senador en el Congreso de los Estados Unidos son los 30 años. El 7 de noviembre de 1972, cuando Joan Biden ganaba contra todo pronóstico las elecciones al Senado, derrotando a Caleb Boggs, un republicano a quien todos consideraban imbatible, tenía 29. La investidura no tendría lugar hasta el 5 de enero, y el senador electo Biden, nacido el 20 de noviembre de 1942, tendría la edad requerida por la Constitución y podría tomar posesión del cargo. Lo que estaba claro, ya aquellos días, es que era un hombre con prisa.

Joe Biden nace en Scranton, Pensilvania, en una familia humilde. Su padre había hecho dinero antes de que naciese, pero cuando Joe era un crío ya lo había perdido. Los Biden se trasladaron a Delaware a principios de los 50 (ya en aquella época, las ciudades mineras del midwest empezaban a decaer) y tuvieron una vida mejor en el pequeño estado atlántico, el padre trabajando como vendedor de coches de segunda mano.

Joe Biden no fue un estudiante destacado, pero era un chaval popular, eternamente elegido delegado de clase en el instituto. En la universidad y en la Law School se distinguió por aprobar por la mínima pero también por tener más amigos que nadie. En la Facultad de Derecho sufrió su primer escándalo cuando lo pillaron plagiando 15 páginas de un artículo académico en un trabajo del curso. Tras librarse de ir a Vietnam porque tenía asma empezó a ejercer como abogado en Delaware.

No le gustó. Donde los abogados ganaban dinero, representando a empresas, se aburría, y como penalista (como defensor de oficio, primero, y en un bufete, después) no ganaba lo suficiente. Inquieto, empieza a hacer política y en 1969 sale elegido concejal del condado de New Castle, un cargo legislativo a tiempo parcial de segunda en una región con la misma población que la provincia de Albacete.

Las elecciones de 1972 fueron un desastre total para el partido demócrata. El presidente Nixon fue reelegido tras derrotar al senador George McGovern por 23 puntos de diferencia, la peor derrota electoral en todo el período de posguerra. La campaña que llevó a Biden al Senado era una anomalía, la combinación de un político joven, carismático, oportunista y brillante, una buena campaña y mucha, mucha suerte.

Empecemos por la suerte. El senador en el cargo por aquellos días, Caleb Boggs, no quería volver a presentarse. El partido temía que, si se retiraba, se verían forzados a unas primarias costosas y ruidosas entre los otros dos republicaos electos del estado (el alcalde de Willmington y un congresista), de modo que el presidente Nixon en persona lo convenció de que siguiera. Los demócratas, viendo que Boggs seguía, dieron la batalla por perdida, concentrando sus esfuerzos en derrotar al gobernador republicano, un progresista que había alienado a su propio partido. Joe Biden, por entonces un cero a la izquierda en la política del estado, era el único lo bastante loco como para probar suerte, y el partido lo nominó, creyendo que era una misión suicida.

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El senador Boggs no se tomó la campaña con demasiado entusiasmo. Joe Biden, joven, carismático, casado y con tres hijos y lleno de energía sí lo hizo. Los Biden no tenían dinero para anuncios ni tenían el apoyo del partido, pero el candidato era un político nato. Delaware es un estado pequeño y Biden se convirtió en una figura omnipresente visitando fábricas, escuelas, dinners, ferias, granjas, fiestas y cualquier acto que reuniera a más de una docena de personas.

Con la ayuda de su hermana, que ejercía de directora de campaña, organizó un pequeño ejército de voluntarios para hacer «puerta a puerta», repartir propaganda y montar actos por todo el estado. No fue una campaña ideológica, porque Biden no ha sido nunca un ideólogo, pero el mensaje de cambio generacional, nuevos tiempos en política y optimismo por un mundo mejor sirvió para abrir puertas.

 

El nombre de la hija del cocinero

El carisma del candidato hizo el resto. El Joe Biden de 1972 (y el actual) es un ejemplo clásico de lo que los americanos llaman retail polítician, o «político de tenducho». A Biden se lo ha descrito como un político que no te saluda sino que te envuelve; te sonríe, te pone la mano en el hombro efusivamente, te abraza, te mira a los ojos. Es un tipo de persona que entra a un restaurante a hacer campaña y habla con todo el mundo, se hace fotos con todos, y recuerda el nombre de la hija del cocinero de una visita de hace tres meses. Es conocido por sus largas listas de agradecimientos al iniciar cualquier intervención, porque recuerda a todo el mundo y quiere tener detalles con todos, y le gusta mostrar que los aprecia. Este entusiasmo, esta energía, le dieron la victoria.

Aunque se volvió a casar en 1977 con una maestra, todavía hoy Joe Biden no trabaja nunca el 18 de diciembre, en recuerdo de su primera mujer.

El día más importante de la vida de Joe Biden, no obstante, llegó poco después. El 18 de diciembre de 1972 Nealia Biden, mujer del senador electo, volvía a casa después de hacer compras de Navidad con sus tres hijos cuando un camión los embistió. Hunter y Beau, los dos hijos mayores, resultaron heridos de gravedad. Amy, de 18 meses, y Nealia, murieron en el acto. El político que llegaba a Washington para comerse el mundo con 30 años era viudo, estaba muerto de tristeza y tuvo que ser convencido por su propio partido para no dimitir. Juró el cargo en el hospital, en la habitación de sus hijos, rehusando separarse de ellos un solo minuto.Durante los primeros meses de Biden en el Senado, los empleados de su despacho hacían apuestas sobre cuánto duraría en el cargo. Tomó la costumbre (que mantendría durante toda su carrera en el Senado) de volver cada noche a Delaware en tren (90 minutos de viaje) para no dejar nunca solos a sus hijos. Aunque se volvió a casar en 1977 (con una maestra de escuela), todavía hoy Joe Biden no trabaja nunca el 18 de diciembre, en recuerdo de su primera mujer.

En el Senado, Biden se distinguió por ser un legislador moderado, siempre próximo a las ideas y programa del partido. Como el partido demócrata, se movió hacia la derecha en los 80, ligeramente hacia la izquierda en los 90, y se perdió bastante durante los años de Bush. No es un político de convicción sino de empatía, que cambia a medida que aprende. Como todo senador con aspiraciones presidenciales mal disimuladdas se esforzó mucho en destacar en temas de política exterior como el control de armamento (eran los últimos años de la guerra fría) o imponer sanciones a la Sudáfrica del Apartheid.

 

El plagio le salvó la vida

En 1987, tras 14 años en el Senado, anunció que se presentaría a las primarias presidenciales demócratas. Con 46 años, era un candidato joven pero con mucha experiencia, con fama de centrista, buen orador, telegénico; un favorito inmediato. A finales de año, cuando empezaba a ir bien en las encuestas, el escándalo: de forma inexplicable, el candidato Biden había plagiado un discurso de campaña de Neil Kinnock, líder de los laboristas británicos. La prensa no tardó en descubrir otros plagios en varias intervenciones y sus problemas en la universidad, décadas atrás. Avergonzado, se retiró de la campaña. Resultó ser un golpe de suerte. La primavera del siguiente año, mientras el partido demócrata elegía candidato presidencial Joe Biden sufrió dos aneurismas craneales y una embolia pulmonar. Siempre ha dicho que si hubiera seguido en campaña nunca habría ido al hospital; el plagio le salvó la vida. No volvió al Senado hasta siete meses después.

Como todo senador con ambiciones presidenciales mal disimuladas se esforzó en destacar en política exterior, como el control de armamento.

Biden continuó en el Senado bastante tiempo, una voz respetada capaz de formar consensos. Es la clase de persona de la que todo el mundo cree que es amigo suyo; un legislador tenaz, abierto a negociar, flexible, amable. Como político, siempre ha sido austero y dedicado; era conocido por ser el único senador que nunca ganó dinero en el cargo.

En 2007, convencido de que el desastre de Irak y sus credenciales como experto en política exterior hacían de él un candidato formidable, vuelve a intentar la presidencia. Mete la pata de inmediato con un par de comentarios vagamente racistas sobre uno de sus contrincantes, un tal Barack Obama, y por culpa de su fama de bocazas y porque tiene como rival al mejor orador que ha dado el país en décadas, su campaña no va a ninguna parte.

El ganador de las primarias, no obstante, acaba apreciando a Biden, su capacidad de empatía, la manera en que habla claro con todo el mundo. En busca de alguien con experiencia para equilibrar la candidatura, le ofrece a Biden la vicepresidencia. Durante ocho años será asesor, solucionador de problemas y hombre para todo de la Administración Obama. Su influencia es considerable; es él quien mueve al presidente a dar apoyo al matrimonio homosexual y quien dibuja gran parte de la política exterior.

Es una buena presidencia, estable, próspera, segura. El presidente es popular y respetado. Hacia finales del segundo mandato, cuando el vicepresidente debería plantearse si desea ser candidato, a Beau Biden, su hijo, le diagnostican un tumor cerebral y muere poco después. Profundamente triste, Joe Biden cree que no tendrá fuerzas para hacer campaña para ser presidente, y deja que Hillary Clinton sea la candidata. Todos sabemos como termina esta parte de la historia.

 

El único que les queda

Cuatro años más tarde, después de toda una vida en política, Joe Biden es hoy el candidato demócrata a la Presidencia. Continúa siendo un hombre afable, próximo, menos propenso a los abrazos que antes en estos días de MeToo. Sigue sin ser un candidato de ideas. Biden, como político, siempre ha preferido escuchar. Con 78 años, si sale elegido sería el hombre más viejo en llegar a la Casa Blanca.

En muchos aspectos, Joe Biden, ahora a las puertas del cargo con el que siempre ha soñado, es un político de otra época, de cuando el consenso, las buenas relaciones, la moderación y el apelar a lo mejor de la gente todavía tenía importancia. Con el paro cerca del 20%, una crisis sanitaria no vista en cien años, y un presidente que ataca a las instituciones y ha destruido el prestigio del país, el contraste entre la vieja república y el populismo reaccionario de este año marcará la campaña. No sabemos si es el hombre que el país necesita. Es el único que les queda.