Jordi Hereu llegó a la alcaldía como representante de un proyecto colectivo. No se sentía llamado a ejercer la alcaldía, pero la ejerció por responsabilidad con el proyecto socialista. «Un conjunto de hombres y mujeres que, desde la llegada de la democracia a los ayuntamientos, hemos hecho del municipalismo una pasión. Una traducción, práctica, a pie de calle, de los valores de la libertad, la igualdad y la justicia social», en palabras suyas pronunciadas en el Saló de Cent en septiembre de 2006.

Se sentía portador de una tradición. «Formo parte de un proyecto liderado previamente por grandes alcaldes, a la altura de los cuales espero estar», como un alcalde que había conocido el Ayuntamiento desde la base, como gerente de las Corts, concejal de distrito, concejal de área y, finalmente, teniente de alcalde, que ahora asumía la más alta responsabilidad. Este hecho, que vivía como un reto, fue considerado una debilidad por sus adversarios. Sin embargo, él consiguió construir un relato sobre la ciudad. Partiendo de un buen diagnóstico —«afloran nuevas incertidumbres y también nuevas desigualdades; hay ciudadanos que, legítimamente, sienten que no participan lo bastante del progreso global»—, se proponía «hacer de Barcelona un ejemplo de cohesión social, de convivencia, de calidad de vida y de proximidad, sin dejar de crecer económicamente, sin dejar de ser una ciudad abierta y cosmopolita».

La prioridad de Jordi Hereu fue intentar una síntesis entre dos miradas: «La mirada sobre la ciudad global y la mirada sobre la ciudad que viven los vecinos y vecinas.» Para él, la gobernabilidad de las grandes ciudades solo se podía construir a partir de estas dos miradas complementarias. Este era el reto y el proyecto de Jordi Hereu. Él era consciente de los cambios que estaban produciéndose, empezando por el demográfico. Fue el primer y único alcalde que ha tenido Barcelona que hizo de la inmigración y de la gestión de la diversidad un eje vertebrador de su política. En 2006, un 16% de la población barcelonesa era de origen inmigrante. Hoy el 30% de los barceloneses ha nacido fuera de España, pero nadie habla del impacto social y cultural de este hecho. Tenemos una ciudad muy diversa que no está nada representada en el consistorio, y poco representada entre el electorado y los votantes: tenemos la misma población que en 1995, pero el censo electoral se ha reducido en 200.000 electores.

Hereu llegó a afirmar que los nuevos inmigrantes «dentro de no más de cinco o diez años, formarán parte inseparable de la ciudad. No nos podemos explicar a nosotros mismos sin vuestra aportación y, por ello, es necesario que trabajemos ahora conjuntamente para reducir los riesgos de la exclusión.» El modelo de ciudad de Hereu era uno muy distinto: «Tengo la profunda convicción de que la ciudad es, por encima de todo, convivencia, un milagro diario de convivencia, una convivencia que requiere ser cultivada, mimada, desde los gobiernos locales.»

Hereu consideraba que la segregación era «la amenaza más grande para la ciudad como espacio de convivencia». Quería evitar que ninguna parte de la ciudad se desvinculara de su conjunto, «sea por la especialización en la actividad que se desarrolla en ella, sea por la concentración de una determinada población, sea por la apropiación del espacio público por parte de alguien de forma exclusiva». Pero era muy consciente de que «la Barcelona homogénea de hace décadas ya no volverá», como afirmó en su discurso de investidura de 2007 y de que, por tanto, había que «huir de posibles nostalgias y enfrentar, cara a cara, las nuevas realidades».

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Hereu consiguió ganar las elecciones de 2007, pese a que no pudo reeditar el tripartito municipal por la negativa de ERC, y fijó cinco grandes prioridades para el nuevo mandato:

  • la cohesión social
  • el desarrollo económico basado en la creatividad y la calidad de la ocupación
  • la convivencia y la seguridad en la proximidad
  • la sostenibilidad y la lucha contra el cambio climático
  • y el ejercicio pleno de la capitalidad

Unas prioridades que daban continuidad a lo que había planteado en su primer discurso, añadiendo la lucha contra el cambio climático (en línea con las propuestas de Iniciativa per Catalunya-Verds) y el ejercicio de la capitalidad, tanto de cara al interior como de cara al exterior de Cataluña. Pero a este marco programático añadía una forma de trabajar: la proximidad: «La proximidad como filosofía y como método, como estrategia.» Se proponía ejercerla en tres dimensiones diferentes: en el conocimiento de la realidad y en saber qué pasa en cada barrio, en la provisión de bienes y servicios de calidad cercanos y en la capacidad de interlocución en el momento y el lugar donde suceden las cosas.

Y para hacerlo posible puso en marcha el mayor proceso de descentralización y reforma territorial de la ciudad desde la creación de los Distritos en 1984: la definición de 73 barrios, que debían contar —todos— con unos servicios y equipamientos públicos determinados y con un órgano propio de participación: el consejo de barrio. Este era un programa para la Barcelona de 2007, pero nadie contaba con la llegada de un invitado inesperado: la peor recesión económica en tiempos de paz desde 1929.

A partir del verano de 2009, Hereu se vio arrastrado por la tormenta perfecta que estalló con la crisis económica y la posterior crisis gubernamental que llevó al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero a impulsar recortes presupuestarios para limitar el imparable crecimiento del déficit y la deuda pública. En Barcelona, esta crisis general cristalizó en la consulta sobre la reforma de la Diagonal, celebrada en mayo de 2010, pocos días después de que el presidente del gobierno central anunciase las nuevas medidas.

La consulta canalizó un amplio malestar ciudadano que supieron capitalizar Xavier Trias y Convergència i Unió. Pero aquella consulta, en la que participaron más de 100.000 barceloneses y barcelonesas —y que nunca más se ha repetido, pese a que el nuevo reglamento de participación ciudadana impulsado por Barcelona en Comú promueve este tipo de consultas— significó mucho más que esto. La consulta fue un punto de ruptura. No solo para el PSC, sino para un modo de actuar y de entender la ciudad.

Aquel día no solo perdió Jordi Hereu y el PSC de Barcelona. Aquel día perdió el Ayuntamiento, la administración municipal. Perdió un modelo de construir la ciudad para la gente y con la gente. De repente, lo que el Ayuntamiento pensaba que era bueno para la ciudad, no coincidía con lo que pensaban los barceloneses. O como mínimo, con lo que pensaban los barceloneses que habían considerado pertinente ir a votar. Se rompió un hilo. El hilo invisible que conectaba al Ayuntamiento con la ciudadanía desde aquel lejano 1979, cuando los socialistas invitaban a los ciudadanos a «entrar con ellos» en el Ayuntamiento.

La consulta de la Diagonal fue pensada para continuar la transformación de la ciudad que había llevado la Diagonal hasta el mar. El gobierno de la ciudad daba por descontado que la gente quería reformar toda la avenida y hacer pasar por allí el tranvía. Pero aquella Barcelona ya no era la misma, como se había visto unos años antes con la celebración del Fórum Universal de las Culturas. Pocos pensaban que aquella consulta se podía volver en contra del gobierno. Solo desde esta convicción profunda puede entenderse que Hereu aceptase la propuesta de Xavier Trias de incorporar una tercera opción a la consulta. Una opción obstruccionista, porque no proponía ninguna alternativa.

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Hereu, posiblemente, pensaba que esta opción recogería el 20 o el 25% de los votos, y que su existencia legitimaría la opción ganadora, fuese la rambla —siguiendo el modelo del tramo entre Glòries y el Fórum— o el boulevard, que era el preferido por la administración municipal, aunque no se dijera en voz alta. Nadie podía imaginar, ni siquiera el propio Xavier Trias, que los porcentajes se invertirían y que el 80% de los votantes escogería la tercera opción. Es decir, que la mayoría votaría contra el gobierno. Aquel fue el momento de ruptura. El momento en que perdimos el hilo. Desde entonces, nadie ha sabido construir una mayoría alternativa.

Hereu era consciente de que el cambio de alcalde del año 2011 implicaba el riesgo de deshacer el camino trazado durante más de treinta años y así lo verbalizó en su discurso de despedida: «La Barcelona que todos amamos y valoramos, no es el fruto de la casualidad. Veremos si en el futuro nuestra ciudad mejora o empeora; veremos si el modelo que nos ha servido hasta hoy se perfecciona o se desvirtúa; tiempo al tiempo…» El tiempo no ha emitido todavía un veredicto definitivo. Entre otras cosas, porque en estos doce años los dos modelos que se han sucedido —y que pretendían impugnar el modelo anterior— han acabado construyendo su proyecto a partir de elementos vertebradores de aquel injuriado «modelo Barcelona».

La prueba más fehaciente de esta realidad es que en el mandato que ahora termina casi todos los grupos municipales del consistorio han contado con concejales que habían sido destacados dirigentes municipales del PSC, desde Ernest Maragall a Ferran Mascarell, pasando por Celestino Corbacho y Jordi Martí. Roda el món i torna al Born.