Prescriptor literario

Jordi Llovet i Pomar (Barcelona, 1947) es uno de los últimos y más fieles defensores de las humanidades. Se formó en España, Alemania y Francia. Ha ejercido como crítico literario, pensador, ensayista, traductor y catedrático (ahora jubilado) de Teoría de la Literatura y de Literatura Comparada en la Universidad de Barcelona. En su biografía figuran títulos como Por una estética egoísta. Esquizosemia (premio Anagrama de ensayo 1978), Adiós a la Universidad (2011) y Els Mestres (2020). Ha traducido, entre otros autores, a Kafka, cuya obra completa editó, Rilke, Mann, Hölderlin, Voltaire, Flaubert, Baudelaire o Valéry. Fue miembro fundador del Col·legi de Filosofía de Barcelona y ha dirigido diversas entidades culturales. Ha colaborado en diarios como La Vanguardia o El País.

 

Hace unos diez años le hice una entrevista, centrada en el tema de la amistad, que terminaba con una pregunta sobre cómo quería vivir durante los años que venían, en qué lugar y haciendo qué tipo de actividades. Ahora pasa largas temporadas en un pueblo del Empordà. ¿Se ha ido quedando allí por la pandemia o por ganas de retirarse de la ciudad?

Por la pandemia, no; vivo en este pueblo desde hace doce años, cuando me jubilé en la UB. Bajo (aquí dicen «subo») a Barcelona uno o dos días cada dos semanas. Pero eso no tiene nada de estrafalario. De hecho, cada día hay más gente que preferiría vivir en un pueblo que en una megalópolis como Barcelona.

«Mis maestros se han muerto todos. Y muchos de mis colegas universitarios se han vuelto crustáceos o pedantes.»

El mito de la «vida retirada» es tan antiguo como la cultura romana clásica, y no ha dejado de replantearse en la historia del continente: Petrarca hizo sobre él un opúsculo, Fray Luis escribió un poema glosando el «Beatus ille…» de Horacio («¡Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruido, / y sigue la escondida senda, / por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido!»), Don Quijote quiere volver al pueblo al final de sus aventuras para convertirse en pastor, y así hasta nuestros días. Y Quevedo: «Retirado en la paz de estos desiertos / con pocos, pero doctos libros juntos…» Cito de memoria. Y no tengo pocos libros en el pueblo; son cerca de 10.000.

 

Me cuentan también que dedica horas al huerto. ¿Es cierto? Y en caso afirmativo, ¿qué clase de satisfacciones le proporciona?

Es otro mito antiguo, el del hortus conclusus, que proviene más bien de Virgilio: de nuevo las cosas de la Roma clásica. El hecho de ir al huerto me permite caminar con la perra, Fidel, y trabajar con las manos y los brazos, como en el bricolaje, que también me gusta. Ya dijo Marx que no hay tarea más noble que la que transforma la naturaleza con la sola mediación de herramientas muy antiguas, como la azada. Entienda que esto va de la mano con mi rechazo a las nuevas tecnologías: tengo ordenador, pero no tengo teléfono móvil. Hace sesenta años, en mi casa no había ni teléfono fijo; y éramos felices. Mis abuelos paternos eran payeses; ahora yo soy hortelano. He vuelto a los orígenes.

 

Pasar largas temporadas en un pueblo como este conlleva quizá reducir el contacto con amigos, compañeros de trabajo, exalumnos, etcétera, que le facilita la ciudad. ¿No le parece un precio muy alto? ¿Cómo lo remedia?

Mis maestros, sobre los cuales he hecho un libro recientemente, se han muerto todos. Y muchos de mis colegas universitarios se han vuelto crustáceos o pedantes; ya no tenemos nada que decirnos. Mis mejores amigos, ahora, son jóvenes de entre veinte y treinta años, hijos o nietos de amigos míos, cargados de curiosidad y ganas de aprender cosas.

 

En aquella entrevista dijo también que, en general, prefería el saber de los hombres del campo al de los hombres de ciudad. Es algo sorprendente en una persona como usted, que ha pasado buena parte de su vida en la universidad o rodeado de libros en su casa, leyendo, estudiando a los clásicos, traduciéndolos, preparando clases. ¿Cómo definiría el saber de los hombres del campo en comparación con el de los hombres de ciudad? ¿Por qué lo prefiere?

En el pueblo tengo conversaciones de mucha dignidad. Es cierto que, en general, la gente de pueblo solo habla de los nacimientos, los casamientos, las defunciones, los accidentes y el tiempo que hace, porque son payeses o tienen un huerto. Es una mitología cerrada y reducida, pero de una eficacia sorprendente. Un payés enseguida puede ser sabio de sus saberes; un universitario necesita toda una vida, y aun así no basta.

 

En su pueblo, como en otros pueblos del Empordà, el sentimiento independentista está muy presente. El Ayuntamiento tiene adornada la calle que lo atraviesa con una gran colección de estelades, como si estuvieran a punto de celebrar una justa medieval. ¿Qué efectos tiene esta mentalidad dominante de la sociedad en su vida cotidiana? ¿Le reprochan su nula afección a la causa?

Yo tengo muy buena relación con mis vecinos, que son casi todos independentistas. Pero se puede hablar del tema, que es lo más importante. El Empordà tenía una tradición política federalista muy potente, y completamente lógica si tenemos presente que es una tierra de paso, de comerciantes y mercaderes: eso todavía se nota en la forma de escucharse unos a otros.

Debe ser distinto en Osona o el Bages, supongo, donde hay una tradición carlista; pero aquí el ambiente es muy respirable. Además, yo los despisto: un día les digo que voto comunista, otro día que voto socialista, y otro que me he vuelto independentista radical… Y en definitiva, me aprecian por mi forma de ser, no por lo que pueda votar. Una persona es una máscara, y yo tengo varias. Cuando se gasta una, me pongo otra, como explicaba Rilke.

 

Han pasado ya diez años de la manifestación del Once de Septiembre del 2012, con la cual empezó todo este embrollo por la independencia. Han pasado cuatro años de los hechos del 2017, que han demostrado que hoy por hoy la llamada independencia es inviable. Pero el lío no parece tener fin. ¿Qué calificativo le merece este decenio? ¿Cómo lo describiría dentro de la evolución histórica del país?

Me parece que ha sido el error político más grave de toda la historia del catalanismo. Quinientos años de Estado español no podían desaparecer con un referéndum de pega. Y que conste que lamento mucho la actuación de la policía aquel día. Si en los últimos diez años hubiéramos movilizado al «pueblo» para pedir un cambio en la Constitución española, tal vez habríamos avanzado un poco. O no.

«La política no la hacen los “pueblos” ni la “calle”: la hacen los parlamentos, que representan a la ciudadanía, y los gobiernos.»

De hecho, no creo que la política la hagan ni los «pueblos» ni la «calle»: la hacen los parlamentos, que representan a la ciudadanía, y los gobiernos; y no es necesario hacer salir a la gente de casa para pasear por una autopista: aquello fue un acto de boy scouts, como muchos otros que se han producido en los últimos años. Es mejor que la gente vea por televisión debates políticos, pero no dogmáticos o sesgados como los que no para de emitir TV3. ¡Qué obsesión! ¡Y qué engaño!

 

¿Diría que hay alguna forma de enderezar la política catalana? ¿Ve alguna solución para esta situación de división y polarización sociales? ¿O piensa que cuando hay una corriente política, como el independentismo, que no tiene poco de religión, de dogma que divide la sociedad en buenos y malos, no hay nada que hacer?

Vivimos una especie de maniqueísmo como el que dominó la vida de los cátaros en el siglo XII: o todo o nada, o blanco o negro, el Bien (nosotros) y el Mal (Madrid, España). Los cátaros eran «perfectos» y «puros», y los independentistas también creen que lo son: no admiten ninguna ironía, ninguna sátira. Pero la vida, y la política en especial, funciona de otra manera. Todo es de color de perro que huye. Que huye de España, si usted quiere, pero con la ley en la mano y sin exponerse a acabar en la cárcel, cosa que no les deseo ni a los presos comunes. Educación, información y, sobre todo, conocimiento: eso es lo que echo en falta. Ahora nadie sabe dónde está la verdad de todo este asunto.

 

¿Qué esperanzas deposita en la mesa de diálogo entre la Generalitat y el Estado? ¿Hay alguna alternativa mejor?

Le responderé con un absurdo: no es una alternativa, pero no hay otra mejor.

 

En este contexto, ¿se atrevería a resumir en una frase el papel histórico de los presidentes Mas, Puigdemont y Torra?

Los tres me traen a la memoria aquellos vendedores ambulantes que había en la puerta del SEPU, en la Rambla, y que eran capaces de colocar a los transeúntes cualquier producto del todo inútil; hablaban bien, prometían grandes beneficios para la salud, para hacer crecer el pelo o pelar las patatas y todo lo que usted quiera; pero estafaban a la gente. Y pese a todo, los unos vendían el producto y los otros lo compraban. En Cataluña ha pasado lo mismo. Se ha hecho todo tergiversando la historia. ¿Qué votante ha estudiado a fondo los avatares de la Guerra de Sucesión? ¿Quién sabe que el mal empezó por la falta de heredero de Martín el Humano y la llegada a la Corona de Aragón de la dinastía de los Trastámara? No lo saben y les da igual, porque creen. Pero la fe es propia de la religión, no de la política.

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¿Es demasiado pronto para evaluar al presidente Aragonès?

Sí; es demasiado pronto. Ojalá recuerde unas cuantas lecciones de Prat de la Riba y de Francesc Cambó, aunque ellos eran del partido más enemistado que había con Esquerra Republicana.

 

¿Qué opinión le merece que un grupo antisistema y saboteador como la CUP condicione en buena medida la evolución de la política de un país menestral y burgués como Cataluña?

Algunas de sus actuaciones e ideas me parecen correctas, valientes, oportunas; pero no entiendo que defiendan al mismo tiempo el nacionalismo y el comunismo: la causa obrera siempre ha sido internacional, y el patriotismo, me parece a mí, o ha sido sentimental o ha sido burgués. También sabemos a qué extremos llegó el nacionalismo en Italia y Alemania en el siglo XX, y en estos momentos en determinados países de Europa. Y pese a todo, los nacionalismos, que son un invento romántico, están volviendo.

 

¿Cree que los intelectuales, como grupo con predicamento social, están de capa caída? ¿Por qué? ¿Por qué no abundan las figuras de cierto nivel que ejerzan un liderazgo ético crítico y sean escuchadas?

Es el lenguaje y el razonar, en sí mismos, lo que está de capa caída. El cogito, ergo sum de Descartes ha sido sustituido por lo contrario: «No pienso, y soy la mar de feliz.» Como la gente ya no tiene capacidad «metalingüística» —quiero decir, por ejemplo, que confunden el verbo «oír» con el verbo «escuchar», o preguntan: «¿Cuál es su nombre?» en vez de preguntar: «¿Cómo se llama usted?», y se quedan tan frescos—, son capaces de tragarse cualquier cosa que se diga; lo cual es peor todavía que el caso de los vendedores del SEPU, que no vendían ideas, sino objetos y pócimas.

«Mas, Puigdemont y Torra me traen a la memoria aquellos vendedores ambulantes que había en la puerta del SEPU, en la Rambla.»

Sin esta «sospecha» permanente frente a cualquier discurso o eslogan, la gente es capaz de entregarse a proyectos totalmente insensatos. A pequeña escala, en Cataluña ha pasado lo mismo que pasó en los inicios de los grandes movimientos totalitarios y populistas del siglo XX. Lo que tranquiliza es que no acabará de la misma manera, gracias a la Unión Europea… ¡la que tanto nos había de ayudar a ser independientes!

 

Ahora que sería el momento de enderezarnos como país, ¿no tiene la impresión de que los dirigentes políticos gestionan el tiempo sin prisa, como si hubiera tiempo de sobras? ¿Cree que esta parsimonia obedece a razones estratégicas, al miedo a quedar mal, a la desidia, a la incapacidad de los gobernantes?

No, no lo veo así. Creo que la rapidez, en política, equivale a la guerra. La guerra es el «ir al grano» de la política; y quizá la manifestación más radical de la acción política, como quería Carl Schmitt. La parsimonia es mejor garantía para alcanzar algún resultado plausible. Y dicho esto, añadiré que pienso que, si los independentistas quieren ir al grano, lo mejor que podrían hacer es iniciar una «guerra de la independencia», como se hizo contra los franceses a principios del siglo XIX.

 

¿Podríamos decir que, en general, el nivel de los políticos en nuestro país no es el mejor para fomentar el progreso colectivo? ¿A qué lo atribuye? ¿Es una cuestión relacionada con la educación, el momento histórico, la dejadez, unas expectativas colectivas escasas?

En los últimos diez años, la clase política, bajo el signo del independentismo, solo se ha preocupado de hacer crecer un sentimiento de soberanía política entre la ciudadanía —más bien entre «el pueblo», que es otra cosa—, sin explicar en ningún momento qué políticas aplicaría una República catalana si eso llegara a ser una realidad: qué presupuesto tendrían la educación, la sanidad o la cultura, qué ley electoral tendríamos —porque la actual subestima la importancia numérica, y quizá incluso intelectual, de Barcelona—, etcétera. La consigna de todo el procés ha sido: «Endavant, endavant, sense idea i sense plan.» Una temeridad, yo diría. Ya lo dijo la amiga Ponsatí, y no se avergüenzan de ello.

 

Abriendo el foco, podríamos decir que estamos saliendo de una pandemia, mal que bien, estamos entrando en una crisis de suministro de materias primas (por tanto industrial, comercial y social), entramos también en una crisis energética y tenemos encima la crisis climática. No es un panorama muy lucido. ¿Qué opina al respecto?

La crisis climática, energética y de materias primas me preocupa, igual que las libertades de los colectivos LGTBI y otras cosas. En cambio, el reciclaje de las basuras lo encuentro de una hipocresía que da grima: con eso ganan mucho dinero las empresas que los recogen y que ya las encuentran separadas para reciclarlas. Es un negocio fenomenal asentado sobre la idea de «pureza» que empieza a dominar otros sectores de nuestra vida cotidiana: ahora parece que la montaña es más pura que el mar, pero a mí tendrían que pagarme un dineral para que me fuera un fin de semana a un establecimiento de turismo rural, con todas aquellas familias tan puras, tan retozonas y tan heidis. Mire, yo quiero mucho a mi perro, pero me empieza a preocupar que los animales tengan más derechos que los seres humanos.

Aunque no soy muy optimista: el capitalismo tiene una lógica muy bien estudiada y muy eficaz, pero no tiene ninguna moral. La moral la tenía la Internacional Comunista, y también las religiones. Preferirán ponerle parches a un mundo que acabará completamente hecho jirones: es su lógica, y son ellos los que mandan, no aquella niña sueca, que es un «alma bella» como la que describe Goethe.

 

En 2011, ahora hace diez años, publicó Adéu a la Universitat. L’eclipsi de les humanitats. Con el título y el subtítulo ya lo decía todo, pero quería preguntarle si el eclipse que describía en aquel libro se ha ido cronificando e incluso ampliando desde entonces. ¿Cuál es su análisis, puesto al día, sobre el estado de las humanidades en Catalunya?

Cuando en un país, como sucede ahora en Cataluña, se instala una opinión dominante y dogmática, una doxa, la gente que piensa las cosas un poco más a fondo, o de distinta manera, no tiene nada que hacer. Es el punto culminante de la crisis de las humanidades: el hecho de que nunca haya verdadero diálogo en casi nada; de que las opiniones maduradas no sirvan para nada, por fundamentadas que estén. Aquí, por ejemplo, no se puede establecer un diálogo de iguales entre los independentistas y los que no lo son. Todo no independentista es sospechoso de ser españolista, cuando, en realidad, quizá solo pretende entender a fondo cómo han ido las cosas y cómo puede enderezarse una situación que nos ha llevado a una cierta ruina económica, moral e intelectual, incluso de la esencia de la democracia.

Si los escolares recibieran una educación seria, con una presentación imparcial de la historia de Cataluña y España, entonces el panorama estaría más oxigenado y el diálogo entre catalanes —quizá también entre los catalanes y el resto de españoles— sería mucho más fructífero. Pero los jóvenes están cada vez más cosificados o reificados; quiero decir que llevan en el bolsillo una máquina que los está convirtiendo, a ellos mismos, en aquellos hombres-máquina de los que hablaba La Mettrie… en el siglo XVIII.

«Todo lo políticamente correcto parece abocado a convertirse en intelectualmente incorrecto.»

Lo diré de otro modo: los medios de comunicación, la opinión pública fantasmagórica que se ha creado, aquí y en todo el mundo occidental, ha hecho que no importe nada la soberanía intelectual que debe poseer todo ciudadano en una nación o en un Estado democrático. Y sin esta soberanía individual, compartida por la vía del diálogo (dia-logos, un lenguaje, una voz, un discurso, que se pueden atravesar), las naciones pueden derivar hacia un constructo similar a las tiranías.

Es el gran problema de las democracias actuales, y diría que en todas partes: no están basadas en el acuerdo dialogante entre la ciudadanía que conforma un Parlamento, sino en una especie de logomaquia, una guerra de palabras, de frases hechas, difundidas por los partidos políticos, que han minado la posibilidad del disentimiento racional y sensato.

 

¿Y sobre el estado de la educación en general? ¿Hemos mejorado o empeorado? ¿Qué hechos o qué datos fundamentan su opinión?

La educación pública se encuentra en un estado catastrófico, y la nueva ley de educación no resolverá el problema más importante que hay, que es la desconfianza hacia los modelos clásicos de la educación liberal, en los cuales no solo se divulgaba información o conocimientos, sino que se pretendía convertir a los estudiantes en ciudadanos de categoría con vistas a su vida adulta. La Segunda República tuvo esto muy presente, y aún más la pedagogía catalana anterior a la Guerra Civil.

Pero mire lo que dice la nueva ley de educación sobre la asignatura (bienvenida) de Literatura Universal «El currículo invita al cuestionamiento crítico de un canon que ha dejado fuera gran parte de las obras escritas por mujeres o por autoras y autores no occidentales». Esto es invitar a la gente joven a reírse de Homero, Cervantes y Shakespeare, y a creer que Toni Morrison es mucho mejor que los tres juntos porque es mujer y es negra. ¡Y claro, también invita a leer el Kama-sutra! ¿Acaso no tenemos altísimas poetas como Safo o Louise Labé? ¿Acaso no tenemos El arte de amar de Ovidio? Todo lo políticamente correcto parece abocado a convertirse en intelectualmente incorrecto.

 

Hace ya un cuarto de siglo que convivimos con internet, y un poco menos desde que las redes están abarrotadas. ¿Qué balance hace del uso de estas herramientas?

Mi opinión es que han sido devastadoras en relación con lo que he planteado en mi respuesta a la pregunta anterior. La estupidez gana cada día más terreno; por eso, los intelectuales no podrán hacer nada más que quedarse en casa leyendo y estudiando (yo ya lo hago; no puedo hacer otra cosa; ahora no me pondré a hablar de Hölderlin, de Flaubert o de Kafka por todo el país, porque los jóvenes no saben quiénes son, y les da igual no saberlo, y ahí está el verdadero problema). Yo enseñé a leer a más de treinta promociones de estudiantes universitarios; me parece que ya hice lo que pude.

 

Una cosa es la educación humanística, intelectual; otra, la cívica. ¿Qué piensa de estos botellones que acaban en destrozos y enfrentamientos con la policía? ¿Cree que está en crisis el principio de autoridad y el respeto a la autoridad? Hay quien dice que todo esto tiene relación con la «cultura de la desobediencia» y de lasitud ante el desorden que se ha fomentado desde las instituciones catalanas. ¿Qué opina?

Pienso aquello que le he oído decir muchas veces al añorado Oriol Bohigas: menos cultura y más educación. De todos modos, no creo que la educación humanística y la cívica sean dos cosas diferentes; más aún, creo que van de la mano: es la lección de los pedagogos humanistas de los siglos XV y XVI, y después de nuevo de los ilustrados del XVIII, como Diderot: cuanto mejor se educa a la ciudadanía, más armonía se encuentra en la polis. Eran tiempos en que la política y la buena educación iban juntas.

Ahora ya no debe ser así, porque veo en nuestro Parlament a muchos diputados con deportivas, como si se hubieran juntado para salir a buscar setas. Naturalmente, a esto se le debe llamar «democracia» y «libertad de expresión». Pero en el Parlamento inglés todo el mundo va con traje, corbata y zapatos lustrados. Quizá eso no signifique nada, o quizá sí. Son las ventajas de los países que conservan algunas costumbres del Ancien régime, unas costumbres que no hacen ningún daño, más bien lo contrario.

 

Justo al empezar la pandemia, usted publicó un homenaje a cinco de sus maestros. Aquel libro traslucía cierta nostalgia, no sé si porque miraba a un tiempo pasado o porque, en el mundo universitario y la sociedad actual, la figura del maestro ya no se aprecia tanto como antes. ¿Qué consecuencias está teniendo todo esto?

Simplificando, lo que se ha perdido es el concepto de autoridad. Del mismo modo que ahora está de moda insultar y burlarse de la policía, o practicar la «desobediencia civil», igualmente un maestro de secundaria es visto por los estudiantes como un calzonazos, un represor y una autoridad que hay que desobedecer y destruir; incluso matar. Las sociedades absolutamente secularizadas, como es el caso de muchas en Occidente, empezaron menospreciando la religión, después al presidente de lo que fuera, después la autoridad paterna y, por fin, la autoridad de un profesor. Las clases de los institutos están llenas de esta lógica: «¡Usted es un desgraciado, y a mí no tiene nada que enseñarme!»

 

Quería preguntarle también su opinión sobre el estado de la cultura en Cataluña. Si fuésemos médicos y la auscultáramos, ¿qué escucharíamos?

Escucharíamos una fibrilación ventricular, unas señales cardíacas desordenadas que hacen que las cámaras inferiores, los ventrículos, tiemblen y se contraigan inútilmente. Como resultado, el corazón no envía sangre al resto del cuerpo, y uno se muere. (Piense que yo estudié Medicina dos años, antes de pasar a la facultad de Letras. Y me ha ido muy bien.) No hay corazón, no hay alma ni mente, en la cultura catalana actual. Ni medios.

Pero recuerde que tanto la generación moderna como la novecentista elaboraron unos modelos o patrones de cultura —muy diferentes en uno y otro caso— que organizaban de un modo ejemplar la creación y la difusión de la cultura entre la sociedad catalana.

Y después está ese flagelo del folclore, muy útil para crear «sentimientos identitarios, o de pueblo», pero que tiene el defecto de no generar nunca nada nuevo: la novedad la inventan los artistas y los escritores, que en nuestro país suelen ir con una mano delante y otra atrás.

 

¿Esto vale igualmente para todas las expresiones culturales o cree que hay algunas (pensamiento, letras, cine, etc.) que van especialmente mal?

Del «pensamiento catalán» pronto se podrá decir aquello que se decía de un diario llamado El pensamiento navarro. O una cosa u otra; pero las dos palabras juntas… eso no existe ahora en Cataluña. La literatura irá cada vez peor, porque los lectores catalanes ya no leen literatura extranjera —quiero decir, Melville, George Eliot, Stendhal, Proust, Virginia Woolf o Thomas Mann— y, en consecuencia, está muy escasa de referencias. No basta con la Rodoreda, que, además, hizo unas cuantas novelas muy cursis, y otras demasiado iluminadas. El cine, los cortos y todo el mundo audiovisual irán mejor, porque sus modelos proceden de producciones extranjeras muy solventes, como las series, y porque se trata de un medio artístico muy apreciado por la gente joven, que considera la lectura una operación demasiado lenta.

 

¿En qué medida contribuye a esta situación el hecho de que para conseguir el cargo de conseller, incluido el de Cultura, se valore más la militancia política que no la capacidad intelectual?

En términos generales, ya no se pide a los hombres y mujeres que se dedican a la política que tengan ninguna preparación intelectual. Ni intelectual ni de ningún otro tipo. El caso de la presidenta del Parlament es paradigmático: una persona que no prosperó en el medio universitario y que un buen día pensó que quizá sí saldría adelante en el mundo de la política. Se hizo independentista, cosa que no había sido nunca, encandiló a unos cuantos miembros de la vieja guardia de Convergència, habla un lenguaje gramaticalmente correcto (solo eso), tiene una figura extraordinaria y un vestidor que va de Barcelona a Mataró; así ha ido ascendiendo en una carrera que no es un cursus honorum, sino más bien un cursus deshonorum, si puedo decirlo en falso latín.

Es un fenómeno no muy distinto del fenómeno Ayuso en Madrid. Solo hay que leer los libros sobre «los clásicos» que publicó nuestra presidenta para calibrar su categoría intelectual. Ahora bien, categoría política la tiene toda. Así van las cosas hoy en día. Para hacer política no se requiere ningún título ni ningún mérito; solo hay que tener la ambición de convertirse en un ente (o un asno) político.

 

¿Qué piensa, en vista de la experiencia vivida, cuando algún presidente del Govern dice que se dispone a formar «el gobierno de los mejores»?

El «gobierno de los mejores» se llamaba en griego «aristocracia». A mí siempre me ha parecido una buena manera de gobernar a un pueblo. El problema es determinar quién escoge a esos «mejores». Como los franceses de la época de Luis XVI hacían casi toda la política en París, y París llegó a tener una población enorme, los Estados Generales se reunieron en 1789 y se dieron cuenta de que ya no era posible escoger a «los mejores» de la plebs; por eso optaron por un sistema democrático representativo.

Por culpa de los reaccionarios, la cosa no fue demasiado bien hasta que apareció Robespierre, que era una gran persona, pero quería acabar del todo con los realistas y utilizó la guillotina día y noche; después, sin embargo, volvió a salir uno «de los mejores», Napoleón, y organizó una administración y una educación pública francesas que aún son admirables. Claro que, después, envió a Francia al desastre con unas campañas militares demasiado pretenciosas. O sea que prefiero una democracia; mejor con una República —res publica, la cosa de todos— que con una Monarquía, que es una forma de Estado de una enorme arbitrariedad; salvo que sea la monarquía inglesa, claro, que es la única monarquía que conserva el prestigio que en su momento tuvieron las monarquías medievales, que poseían un fundamento teocrático.

 

Por edad y por experiencia vital, no sé si usted tiene tendencia al pesimismo. En caso afirmativo, ¿cómo lo combate?

Yo nací bajo el signo de Saturno, como Walter Benjamin, y los que hemos nacido en esas fechas tenemos una cierta tendencia a la melancolía. Pero también es cierto que el 17 de septiembre, el día que nací, empezaban en Roma las fiestas Saturnales, que eran todo lo contrario del pesimismo y la nostalgia. De manera que a veces soy pesimista y a veces optimista; y sobre todo, cada día soy más escéptico. Admiro el libro de Francisco Sánchez, Quod nihil scitur. Para salir del pesimismo no conozco nada más eficaz que una sinfonía de Mozart, y mejor aún El barbero de Sevilla de Rossini, o una zarzuela, género que en Cataluña había gozado de mucho predicamento.

 

¿En qué trabaja ahora, cuando no está en el huerto? ¿Els Mestres será su último título o prepara algún otro?

La verdad es que nunca me ha gustado escribir. Siempre me ha gustado más conversar y enseñar. Traducir me gustaba, porque quería tener un modesto dominio de la lengua de mis padres. Ahora leo y estudio cosas raras, como el Polycraticus, de Juan de Salisbury, o la Metanasiana, de Thémiseul de Saint-Hyacinthe, que no lee nadie. Y no paro de leer artículos del Dictionnaire de Bayle, o de la undécima edición de la Britannica, la que tanto le gustaba a Borges. Siempre con Fidel a mi lado. Y soy moderadamente feliz, que es a lo más que se puede aspirar en esta vida.