Jordi Marsal Muntalà (Manresa, 1951- 2022) estudió en el instituto Lluís de Peguera donde coincidió con diferentes personas que posteriormente han tenido una actividad política destacada, como es el caso de Joan Cornet, que fue alcalde de Manresa y secretario del Grupo Socialista en el Parlamento Europeo, o de Josep Huguet, ex-conseller del Govern de la Generalitat. Más tarde, estudió Filosofía en la Universidad de Barcelona, donde también fue profesor y donde empezó a desarrollar una clara vocación política, quizá porque, como decía Platón, «creía que los gobernantes habían de ser filósofos».

Su aproximación a la política se produjo por el camino de la cultura. Fue presidente del Cine Club Manresa en la época en que el cine representó una apertura y un mecanismo de debate de los grandes temas de discusión política y social de los años 60 y 70, con películas de Pasolini, Fellini, Kurosawa y otros. Después se integró en el Secretariado de Entidades Culturales de Manresa. Ya en los 70 había empezado a militar en la clandestinidad en la Unión Socialista del Bages y, posteriormente, en el PSAN. Finalmente, se incorporó a Convergència Socialista, uno de los grupos que formó parte de la constitución del PSC. Fue representante del PSC-Congrés en la Assemblea de Catalunya y en el Consell de Forces Polítiques.

Entendía la política democrática en el sentido anglosajón: son necesarios los ‘checks and balances’ que permitan su fortalecimiento.

Era un humanista, con unos conocimientos generales extraordinarios, sobre todo enamorado de Grecia y de los clásicos. Tenía en su casa una biblioteca con más de 15.000 volúmenes, era amante del cine, la música y la gastronomía, y tuvo una extensa carrera política que le llevó, desde los inicios de la Assemblea de Catalunya y la constitución del PSC, a pasar por el municipalismo y desarrollar una vida política extensa y reconocida en el Congreso de los Diputados como especialista en temas de Defensa y de Seguridad.

 

Constructor del municipalismo

Marsal fue primer teniente de alcalde del Ayuntamiento de Manresa de 1979 a 1987. Fue uno de los actores principales en la construcción del municipalismo y uno de los forjadores de los consensos básicos en el período de la Transición. En 1979, en las primeras elecciones municipales, los socialistas nombraron a Joan Cornet cabeza de lista y este propuso que el número dos fuese Jordi Marsal.

Los resultados permitieron un pacto de gobierno entre el PSC, CiU, PSUC y PSAN que se rompió al cabo de 18 meses por una discusión ideológica respecto al autobús urbano; el PSUC y el PSAN abandonaron el gobierno. El pacto se mantuvo con el PSC y CiU hasta el año 1983 cuando, en las nuevas elecciones, ganaron los socialistas por mayoría absoluta.

En 1987 los socialistas perdieron las elecciones en Manresa y comenzó una larga etapa de reconstrucción y renovación del PSC local, liderada por Jordi Marsal. Asumió la tarea de jefe de la oposición de 1987 a 1995, y fue jefe de lista del PSC en 1991. Marsal se comprometió con el Ayuntamiento de Manresa durante 15 años, de 1979 a 1995. Fue uno de los constructores de la moderna administración local, al servicio de los ciudadanos, a la vez que articuladora de una rigurosa base fiscal, jurídica y administrativa para hacer frente al nuevo papel de los ayuntamientos y dando respuesta al eslogan de los socialistas en los primeros ayuntamientos democráticos: «Entra con nosotros en el Ayuntamiento.»

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Admitía la duda como un elemento consustancial del debate: era el motor de su dialéctica y de su conocimiento.

De aquella época, Jordi Marsal resalta que «a quien entra ahora en un Ayuntamiento le resulta muy difícil entender lo que fueron los primeros ayuntamientos democráticos en todos los sentidos: político, de gestión y de relación humana. La mayoría teníamos una experiencia política de la clandestinidad, de debates ideológicos y sobre modelos. En aquellas circunstancias, tener los pies en el suelo y darse cuenta de que no basta con las ideas fue todo un aprendizaje. También aprendimos que, si no tienes los instrumentos para llevarlas a cabo, las buenas ideas pierden valor.»

 

Cultura de Defensa

Como diputado en el Congreso por el PSC de 1982 a 2008, Marsal fue una pieza fundamental en la democratización y modernización de las fuerzas armadas. Narcís Serra, entonces ministro de Defensa, le pidió si podía ayudarle, y eso fue lo que hizo, convirtiéndose en un experto reconocido internacionalmente en Seguridad y Defensa.

En 1986 participó intensamente en la difícil campaña del referéndum a favor de la permanencia de España en la OTAN (cuestión que hoy no se discute). Lo recordamos debatiendo y dialogando con su característica voz ronca, su sonrisa pícara, que no disimulaba, y la contundencia con la que expresaba los argumentos frente a sus adversarios. Era brillante, trabajador, culto y extraordinariamente inteligente.

Fue también uno de los artífices de las leyes que han desarrollado la arquitectura democrática de seguridad e inteligencia en España, como la Ley Orgánica de Defensa Nacional, así como las que regulan el CNI y su control judicial. Ha sido, junto con Carme Chacón y Narcís Serra, una de las personas civiles con más peso dentro del Ministerio de Defensa, reforzando el papel del poder civil en la definición de objetivos y control democrático de las fuerzas armadas.

Son de gran interés sus innumerables artículos publicados en revistas especializadas de Defensa. Entre todos ellos, me ha llamado especialmente la atención el artículo «Evolución histórica de la cultura de la defensa en España», publicado por el Instituto Español de Estudios Estratégicos, que aborda el concepto de cultura de defensa en España y en las sociedades occidentales en general. Su lectura resulta muy esclarecedora en el marco de los trágicos acontecimientos en Ucrania.

La existencia o no de una cultura de defensa en España —cuál es el grado de conocimiento, de preocupación, por los temas de defensa— es una cuestión siempre presente y prioritaria, y aparece en todas las reflexiones de Jordi Marsal. El objetivo era cómo superar la contradicción que existe entre el alto grado de valoración de las fuerzas armadas por parte de los ciudadanos y su posición contraria al aumento de recursos dedicados a la Defensa en los presupuestos y el escaso interés y debate que provocan las cuestiones relacionadas con nuestra seguridad.

 

Percepción de los riegos

Marsal entendía que «la cultura es la forma de ver, interpretar y adaptarse al mundo que tiene un sujeto individual o una sociedad, por lo cual la cultura está formada por un conjunto de percepciones de la realidad, determinadas por la realidad misma, por las experiencias individuales y colectivas y por la visión general del mundo que se tenga». Por eso, afirmaba que «en este marco, la cultura de seguridad y defensa está formada por las percepciones individuales y colectivas sobre los riesgos y amenazas que pueden existir y por el modo de responder a ellas».

Podemos hablar, pues, de conciencia de seguridad y defensa, es decir, de cómo se asume y comprende la cultura de seguridad y defensa y del grado de compromiso que estamos dispuestos a asumir para conseguir y mantener una sociedad. A la conclusión que llega es que para desarrollar una cultura de defensa entre los ciudadanos hace falta que haya también una percepción de la existencia de riesgos y amenazas —tradicionales, nuevos o híbridos— en nuestra seguridad individual y colectiva.

Esto es probablemente lo que está pasando ahora en Europa por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La sociedad europea ve peligrar su modelo social y de bienestar, y de ahí los cambios estratégicos en política de defensa en países tradicionalmente neutrales como Finlandia y Suecia, la solicitud de integración en la Unión Europea de Moldavia, Ucrania y Georgia, y el cambio radical de la política presupuestaria y constitucional del Gobierno de Alemania en lo referente a su política de Defensa.

 

Sentido del deber

Jordi Marsal dejó un testimonio penetrante en la Fundació Campalans bajo el título «Socialismo y futuro». Nos advertía allí de que, en un mundo cambiante, los conceptos se han de adaptar a las nuevas necesidades si no queremos convertirnos en cadáveres, aunque sean excelentes, para el museo de la historia. Nos decía ya en 1998 que «la tecnología y la globalización económica abren nuevas perspectivas de progreso, pero también esconden peligros importantes, motivo por el cual hacen falta mecanismos de defensa y de fortalecimiento de la democracia para garantizar un futuro de libertad, porque sin libertad no puede haber justicia ni igualdad».

Marsal entendía la política democrática en el sentido anglosajón: es necesaria la existencia de los llamados checks and balances, equilibrios y mecanismos de control que permitan su fortalecimiento. Por eso, la política de seguridad es un instrumento de defensa de la democracia.

En resumen, Jordi Marsal formó parte de una generación de políticos que hizo la transición desde el municipalismo y desde el Congreso de los Diputados. Se convirtió en experto en asuntos geopolíticos y fue un defensor de los valores europeos a través de los sistemas de defensa. Valoraba la inteligencia de los adversarios, a los que veía como tales y no como enemigos. Utilizaba la dialéctica para convencer y para defender y argumentar sus posiciones. Lejos de afirmar que su razón era la única, admitía la duda como un elemento consustancial del debate político: era el motor de su dialéctica y de su profundo conocimiento.

Fue un intelectual comprometido con la política, coherente y con un gran sentido del deber.