Jordi Raventós (Martorell 1970) es triplemente filólogo por la UB: clásica, francesa y catalana (y todavía media carrera de Historia). Corrector y traductor profesional, desde 2007 encabeza la editorial Adesiara con un catálogo que va desde los clásicos latinos y griegos hasta obras capitales de la literatura contemporánea —de todos los tiempos y géneros (incluido el juvenil)—, catalana e internacional.

 

De profesión, corrector

No viste mucho, pero es lo que soy. Desde mis inicios en el mundo editorial y hasta ahora. Cuando empiezo en Quaderns Crema, aparte de Jaume Vallcorba en su faceta de editor, mi referente es Andreu Rossinyol, a quien el primero definía como el mejor corrector de Europa. Y yo te lo corroboro; y todavía hoy es él quien nos hace en Adesiara la primera corrección de los títulos catalanes. Me viene muy bien que él abra camino para no caer en las hipercorrecciones de los 70 y 80, como cuando Santiago Rusiñol hablaba de las querides —como siempre se ha dicho— y se lo cambiaron por amistançades. Si el escritor resucitara, se haría el harakiri al ver esta aberración.

A través de Rossinyol fui a la Fundació Bernat Metge, donde estuve ocho años. Allí encontré a Montserrat Ros, una de aquellas personas —por suerte, tenemos muchas en el país— que hace un trabajo silencioso pero fundamental para la cultura catalana. Nadie se lo reconoció lo suficiente, pero con frecuencia fue ella quien sostuvo la casa, quien ayudaba a escoger los títulos, los traductores y los plazos, y quien revisaba todos los libros con una pulcritud impresionante: el eslabón imprescindible para salvar durante más de treinta años un proyecto al que la familia Guardans Cambó quiso poner fin en más de una ocasión.

Ella era la directora, sin mucho poder directivo, para decirlo todo, y yo era el corrector, y se estableció una relación de amistad (me repetía a menudo que yo era «su nieto adoptivo»). Cuando murió, me dejó en su testamento, sin que yo supiera que lo haría, todos sus libros y me nombró albacea de sus trabajos. Lo explico en el prólogo de la Ilíada traducida por ella, que publicamos en Adesiara.

 

El proyecto Adesiara

La corrección no la dejo nunca. De hecho, en los inicios, Esmena —mi pequeña empresa de corrección y traducción— es la que financia Adesiara. Ahora la editorial ya es sostenible y me puede mantener a mí. Los demás miembros de la editorial tienen otros trabajos y siguen participando en el proyecto en la medida de sus posibilidades. Lo cual no impide que yo siga haciendo correcciones para otros: bien porque me gusta mucho, bien porque no puedo decir que no a según qué propuestas.

El nombre mismo del sello ya indicaba que de vez en cuando publicaríamos un libro, siempre que salieran los números. Todo el proyecto surge de hacer trabajos en el mundo editorial y ver cosas que no me acababan de gustar y, al mismo tiempo, de la voluntad de cubrir vacíos editoriales detectados a lo largo de muchos años de lecturas, sobre todo en mis años universitarios. Programamos entre 18 y 20 títulos al año, pero a veces no llegamos a esa cifra y nos quedamos en torno a los 16. Los libros los corrijo yo mismo… Todo es muy artesanal en este sentido. Soy a la vez el cuello de botella y la garantía del acierto o del error.

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Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Cuando empezamos, todo el mundo me decía que nos la pegaríamos: porque los títulos ya están en castellano, porque esto no lo lee nadie, porque los clásicos están muertos, porque hacer bilingües los textos latinos y griegos es una locura… Pero nosotros creíamos en ello. Creíamos tanto que la idea no era probar y dejarlo correr si no funcionaba, sino probarlo y persistir, si hacía falta publicando menos títulos. En muchos aspectos, la Adesiara de hoy se parece mucho a la planificada inicialmente…, con la diferencia de que hemos hecho más libros de los previstos en la mejor de las expectativas.

 

Sin mecenas

En otra época quizá habría sido posible encontrar un burgués letraherido que financiara el proyecto. Ahora ya no. Ahora lo hacemos nosotros, pero jugándonos el cuello y los ahorros. Esta literatura, que alguien puede considerar de élite, para mí debería ser literatura general, o generalizada, si quieres. Intentamos mantener aquel romanticismo de publicar títulos que deberían estar disponibles en catalán, como por ejemplo los Amors de Cassandra, de Pierre de Ronsard, o la Berenice, de Jean Racine. Obras que son maravillosas y que a mí me entusiasman, aunque también soy muy consciente de que venderemos pocos ejemplares.

Hay una doble voluntad: no perder dinero y no traicionar los principios de la editorial. Ciertos títulos para mí, esenciales, no responden en absoluto a criterios comerciales. Pero luego la realidad te sorprende, a veces gratamente. Por ejemplo, del Tal qual de Paul Valéry hicimos tres ediciones en cuatro meses. Ningún máster te explica cómo funciona realmente el mercado, ni nadie posee una varita mágica para garantizar el éxito de un libro.

Tenemos el caso de las Odes de Horacio, que se nos quedaron retenidas en la imprenta por culpa del primer confinamiento. Cuando le dije al distribuidor que quería hacer una tirada de mil ejemplares, se llevaba las manos a la cabeza. Y a pesar de toda la pandemia, debemos llevar setecientos u ochocientos vendidos. La ventaja nuestra es que lo que no vendas como novedad, lo irás vendiendo como fondo. Las Memòries de la Casa Morta, de Fiódor Dostoievski, las publicamos hace diez años, pero justo ahora las hemos agotado, en parte gracias al doscientos aniversario de su nacimiento. De hecho, nosotros intentamos mantener siempre todo el catálogo vivo…

 

Como quien tapa agujeros…

Por ejemplo, hacía mucho tiempo que iba detrás de Aldous Huxley. Es una obsesión mía, sobre todo Els dimonis de Loudun, que es un libro maravilloso, y ahora con una traducción de Dolors Udina que mereció el Premi Ciutat de Barcelona. De hecho, el tema de las monjas de Loudun ya aparece citado en la Història del Diable de Daniel Defoe, uno de los primeros libros que editamos. Posteriormente, Huxley retoma el argumento y escribe un libro extraordinario. Más allá del archiconocido Un món feliç, hay estas rarezas por las cuales vale mucho la pena trabajar de editor. En Adesiara no hay tanto una voluntad de hacer política de autor como de llenar vacíos, tanto de títulos esenciales y conocidos que no se encuentran como de otros menos difundidos, pero no por ello menos valiosos.

Estos días estoy corrigiendo Enric el Verd, de Gottfried Keller, una novela de formación que se considera la mejor de la literatura suiza, pero supera las 885 páginas, y que, pese a las ayudas que podamos recibir, no creo que nadie publique si no lo hacemos nosotros. De hecho, como la mayoría de nuestros libros, no se había traducido nunca al catalán. Si solo me preocupara la cuestión económica, no haríamos ningún libro. Ocurre lo mismo con el ensayo. El público hay que crearlo, y nosotros editamos con esta voluntad.

 

Traducir: de Martí de Riquer a culturas lejanas

L’altre món, la novela satírica de Cyrano de Bergerac, está dividida en dos partes: El viatge a la lluna, mucho más conocido y que había traducido Martí de Riquer, y El viatge al sol, que traduje yo mismo, porque el manuscrito original con esta segunda parte no se encontró hasta 1976. De hecho, también descubrieron que la primera parte había sido censurada —yo diría mutilada— por la Iglesia. Por lo tanto, recuperamos los textos originales y, en el caso de la primera parte, añadiendo entre corchetes el texto que se desconocía cuando Riquer publicó su traducción: texto que él todavía estuvo a tiempo de revisar. Para mí, fue todo un honor…

En Adesiara hemos ampliado en los últimos años la diversidad de lenguas y culturas porque nuestra ambición es ser una editorial universal, de obras clásicas universales. Ahora acabamos de publicar el Poema de Gilgamesh directamente del acadio, de la mano de Lluís Feliu y Adelina Millert, como también editaremos Casar-se, de August Strindberg, gracias al trabajo de Lluís Solanes, el primer traductor que tradujo directamente del sueco al catalán. Así mismo, publicamos el Pantxatantra, de Vishnu Sharma, porque disponemos de un sabio capaz de traducir directamente del sánscrito como Aleix Ruiz Falqués. Como curiosidad, nuestra traducción de las Quartetes de Omar Jayam, a cargo del traductor del persa Àlex Queraltó, abrió las páginas de cultura del Tehran Times, porque les sorprendió descubrir que una obra maestra de su literatura hubiera aparecido en catalán y, además, en versión bilingüe.

Siempre se dice que faltan traductores de estas lenguas más «exóticas», y no es del todo cierto. Solo hace falta que les des oportunidades y que les dejes trabajar con calma, que les des tiempo, porque, sobre todo cuando se trata de lenguas más alejadas, el traductor combina el trabajo de traducción con otras tareas, básicamente universitarias. Trabajamos con tiempo porque queremos trabajar bien. Hacerlo con prisas es hacerlo mal, y a veces es un insulto para el lector y un mal favor para nuestra cultura en general.

 

Publicar clásicos griegos y latinos

Los clásicos son más actuales que nunca. El Manual de campanya electoral, de Quinto Cicerón, Eduqueu els infants ben aviat en les lletres, de Erasmo de Rotterdam, o los Consells sobre política, de Plutarco, son más actuales de lo que podría parecer. Y, sobre todo, el público responde muy bien cuando publicas títulos como estos. Muchos lectores del Satíricon, de Petronio —aunque se trata de una obra fragmentaria—, me han dicho que lo han encontrado mucho más moderno que algunos libros escritos ahora mismo. Mucha gente piensa que las obras clásicas son tan aburridas como el De bello Gallico de Julio César, porque es el latín que te hacen estudiar en el instituto y quizá no han tenido ningún otro contacto con el mundo antiguo. En cambio, si lees los Poemes priapeus o los Epigrames de Marcial, te das cuenta de que los romanos también le daban mucha caña y podían ser escabrosos, irreverentes, divertidos, con una gracia increíble, difícil de conseguir en nuestros días…

Un clásico es aquella lectura que nunca pasa de moda y que, leída por cualquiera y en cualquier momento, siempre aporta cosas buenas. Además, puede ser un clásico muy moderno. Publicamos la Història universal de Paniceiros, del asturiano Xuan Bello, porque a mí me gustó mucho, y después hemos reincidido con dos títulos más del autor. Pero es una excepción fruto de su gran calidad en el relato breve, y quizá por el hecho de provenir de una literatura tan pequeña y desconocida para nosotros como la asturiana… También es cierto que cada cual tiende a aquello que conoce y que le gusta. Y en mi caso, no encuentro en la literatura contemporánea —aunque se han publicado, se publican y se publicarán libros de una calidad innegable— lo que me puede ofrecer un clásico como, pongamos por caso, la novela Fum, de Ivan Turguénev.

 

Publicar catalanes

La colección De cor a pensa, la de autores catalanes, nace en el otoño de 2011, cuando ya hacía cuatro años que existía Adesiara. Primero hablé con profesores que conocía de la universidad para tantear la situación, ya que, mirados uno por unos los títulos que hemos publicado, quizá nadie se la habría jugado: el miedo a perder dinero se imponía. Empezamos con un clásico moderno, ausente en las librerías, como las Hores angleses, de Ferran Soldevila. Como tampoco era posible adquirir casi nada de Cèlia Suñol y Josep Pous i Pagès, o El pont de la mar blava, de Lluís Nicolau d’Olwer, del cual ya hemos hecho tres ediciones y que, en un primer momento, su sobrino y heredero no nos quería dejar publicar… ¡porque estaba seguro de que nos arruinaríamos! Al final, cambió de opinión por mi tozudez, y el éxito de la recuperación ha hecho que incluso se haya traducido recientemente al castellano.