Conocí a José Antonio González Casanova en la horchatería Turia de la Rambla de Catalunya, en Barcelona, una plácida cafetería con toques valencianos donde se podía conversar con tranquilidad. Les estoy hablando del invierno del curso 1959-60, mientras yo estudiaba preuniversitario en los jesuitas de Sarriá. Mi compañero de curso Juan Carlos González Casanova nos hablaba a veces de su hermano mayor, un joven profesor de universidad que escribía en la revista católica El Ciervo. Un grupo de cinco o seis compañeros de curso, interesados en la literatura, la filosofía y la política, le preguntamos si algún día podríamos conocerlo.

Nos citó en el Turia y todos quedamos fascinados por sus conocimientos, capacidad expresiva y cercana cordialidad. De repente, todos queríamos ser como él cuando fuéramos mayores. Aunque tenía ocho años más que nosotros, ya nos parecía una persona muy formada e intelectualmente estaba a una distancia sideral de nosotros. A partir de aquí, esta tertulia continuó y, apadrinados por José Antonio, conocimos a otros personajes, entre los cuales recuerdo a Alfonso Comín y Lorenzo Gomis. Ciertos contactos personales, sobre todo en la adolescencia y la juventud, te marcan para toda la vida: este fue uno de ellos.

Al año siguiente, ya en primero de Derecho, me seguí encontrando con José Antonio, entonces un joven adjunto de la cátedra de Derecho Político, cuyo titular era el profesor Manuel Jiménez de Parga. El Turia y la Facultad de Derecho fueron el inicio de una amistad ininterrumpida que, lamentablemente, ha truncada su reciente muerte a una edad ya provecta. En los primeros años, nuestra relación era de maestro y aprendiz, luego la de dos amigos que conversaban con gran frecuencia sobre todo lo que nos interesaba. Siempre aprendí mucho de su amplia cultura.

En todo este larguísimo trayecto de casi sesenta años, el José Antonio que tanto conozco quizá varió en alguna cuestión de forma, pero no cambió nunca su actitud de fondo. ¿Cuál era este fondo? A mi modo de ver, una actitud inconformista frente a todo, empezando por los modos de organizar la sociedad y el Estado. Además, desconfiaba tanto de sus propias ideas como de las contrarias y, al mismo tiempo, mostraba un escepticismo general sobre la posibilidad de sus propios deseos, al menos con la profundidad que él ambicionaba. En medio de todas estas dudas pasó su vida, escribiendo mucho, para provocar así a los demás y resolver su propio desconcierto personal, y cultivando la amistad y la conversación.

 

Incomprendido y querido

González Casanova no era un tipo fácil de encajar en los esquemas usuales. Incómodo en cualquier grupo, también cualquier grupo era incómodo para él. No obstante, era querido por todo el mundo y viceversa. «Ay, este José Antonio sigue como siempre, nunca cambiará…», era una de las exclamaciones habituales entre sus compañeros inmediatamente después de salir de una amigable reunión. Era incomprendido y querido; su media sonrisa burlona y condescendiente delataba una actitud displicente ante su propia vida y la de los demás. En su libro Memorias de un socialista indignado (2014) se manifiesta todo esto con claridad.

En su vida personal tuvo mucha suerte por diversos motivos, aunque quiero señalar uno en especial: haber tenido una pareja, la también catedrática Rosa Maria Virós, con un temperamento y un carácter muy diferente, casi opuesto al suyo. Sensata, ordenada, constante en sus intereses, realista, prudente y, eso sí, tan bondadosa y bien educada como él. Se conocieron estudiando Derecho y estuvieron unidos hasta la muerte de Maria Rosa, hace pocos años. Para que la vida de José Antonio fuese estable hacía falta un contrapeso a su personalidad que la equilibrase desde el otro platillo de la balanza. Y lo encontró: fueron una pareja inseparable y unida, los dos orgullosos de como era el otro.

Suele destacarse de González Casanova su ocupación principal, la de profesor de Teoría del Estado desde 1967, cuando ganó unas reñidas oposiciones a la cátedra de Santiago de Compostela, de la que fue titular durante cinco fructíferos años. Fructíferos por dos motivos principales. Primero, porque dejó una profunda huella en la sociedad gallega, en las élites intelectuales, no solo por sus clases, sino también por sus valientes artículos en La Voz de Galicia cuando el franquismo ya declinaba. Segundo, porque allí formó un equipo de discípulos que después han constituido una pieza fundamental del Derecho Constitucional español.

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Al frente del grupo estaba Ignacio de Otto, de formación alemana e inteligencia privilegiada, que murió prematuramente, pero dejó una obra escrita muy considerable, recogida en un volumen editado por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, que es todavía hoy un libro de referencia. Después, otros tres discípulos insignes: Ramón Punset, Francisco Bastida y Joaquín Varela, que tras su paso fugaz por Barcelona con el maestro, se trasladaron a Oviedo, donde Otto ganó una cátedra.

 

Buen ojo a la hora de buscar discípulos

Este grupo, que ha crecido después con profesores más jóvenes, pero de categoría similar, ha sido denominado irónicamente «Escuela de Viena», en alusión al estar, sobre todo en sus inicios, muy influenciados por Kelsen. Tuvo buen ojo José Antonio a la hora de buscar discípulos.

González Casanova comenzó su carrera académica al lado de Jiménez de Parga explorando nuevos temas: su tesis, leída a principios de los años 60, trataba del sistema político yugoslavo como alternativa socialista a la URSS. Después, publicó un estudio sobre la comunicación política, entonces un tema desconocido en España. Pero su gran aportación académica fue la obra Federalisme i autonomia a Catalunya (1868-1938), publicada en 1974: un estudio detallado de los problemas que ha conllevado la organización territorial en España, enfocado desde la perspectiva de las diferentes versiones del catalanismo nacionalista.

Si las primeras cuatrocientas páginas de este grueso volumen contienen el mencionado estudio, la segunda parte, otras cuatrocientas, ofrece un apéndice muy bien seleccionado que constituye un complemento necesario para entender toda la obra. Todavía hoy, un trabajo de tanto alcance y ambición no ha sido igualado y sigue siendo una obra de referencia para entender esta complicada etapa histórica.

Con el tema de su tesis y este estudio diacrónico del catalanismo político se puede comprobar el interés de González Casanova por una cuestión que todavía hoy está en el centro del debate español: el federalismo como horizonte de nuestra organización territorial. Estos trabajos enlazan después con otras piezas de menor ambición, pero que en realidad no habrían tenido por sí solos la profundidad y los conocimientos con los que él los estudió.

 

Miembro del Consell Consultiu

La influencia que llegó a tener González Casanova en los trabajos previos a la Constitución y al Estatut catalán (y vasco) de 1979, proviene de los conocimientos adquiridos en estas obras de larga y paciente investigación. Es más, el importante papel que tuvo en sus largos años como miembro del Consell Consultiu de la Generalitat, un organismo con funciones exclusivamente jurídicas, no se puede comprender sin este aprendizaje en derecho comparado e historia jurídica y política. Sus opiniones no solo estaban fundamentadas en conocimientos, sino también en su autoridad.

Sus opiniones no solo estaban fundamentadas en conocimientos, sino también en su autoridad.

En el plano del Derecho Constitucional también hay que destacar su manual Teoría del Estado y Derecho Constitucional, de 1980, el primero de esta asignatura publicado en España después de la Constitución, que tuvo el mérito de adelantarse a cualquier otro y el inconveniente de envejecer pronto al no recoger la legislación de desarrollo y, sobre todo, la jurisprudencia del Tribunal Constitucional que tan decisiva influencia ha tenido en la interpretación de nuestra Constitución. Su publicación, además, coincidió con el inicio de su trabajo como miembro del Consell Consultiu, que lo alejó de las aulas y, en cierto modo, también del mundo universitario.

 

Inquietudes políticas

Pero el perfil intelectual de José Antonio debe explicarse también desde un entorno que desborda su actividad académica. En primer lugar, y en el inicio de todo, como en tantos otros de su gremio, encontramos sus inquietudes políticas. A finales de los años 50, destaca su participación en el movimiento estudiantil antifranquista. De un voluntarioso y muy breve falangismo de izquierdas pasó rápidamente a integrarse en el FOC (Front Obrer de Catalunya), la rama catalana del FLP (Frente de Liberación Popular), el famoso «Felipe», que había sido fundado en 1958 por el diplomático Julio Cerón Ayuso y que tuvo como principal ideólogo a Ignacio Fernández de Castro.

Muy esquemáticamente, el FLP fue un intento de partido revolucionario socialista y cristiano que pretendía arrebatar al PCE, desde la izquierda, la primacía en la lucha antifranquista. Tras diversos giros y avatares, el FLP, y también el FOC, ya muy debilitados, se disolvieron en 1969 con el impacto del mayo francés y la dispersión de los partidos revolucionarios de izquierdas en pequeños grupos políticos de signo diverso, aunque, después, algunos de sus miembros más significativos se integraron en el partido comunista de Carrillo o, más tarde, después de Suresnes, en el nuevo PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra.

Sus artículos durante la Transición fueron decisivos en la formación de una opinión pública democrática y socialista.

En el FOC, José Antonio se encontró con Narcís Serra, Pasqual Maragall e Isidre Molas, entre muchos otros, quienes, más tarde, en 1974, formaron Convergència Socialista, núcleo intelectual del PSC. No obstante, José Antonio, que estuvo siempre situado en el ámbito del partido socialista, no fue nunca un activista político; siempre se mantuvo en el campo de la reflexión y, desde esta perspectiva, se dedicó al articulismo periodístico para el cual tenía una facilidad literaria natural. Sus artículos en la época de la Transición fueron decisivos en la formación de una opinión pública democrática y socialista.

 

Algunas pasiones culturales

Además de esa tarea de educación política, José Antonio tuvo varias pasiones culturales, en especial la literatura y la música. Hombre de pluma fácil y amplia cultura, con una capacidad insólita para escribir con rapidez, una vez que se consolidó la democracia en España se dedicó a escribir sobre las cuestiones más variadas, en definitiva, al periodismo literario, que compiló en varios libros.

Entre sus temas estaba la música, la música clásica, de la que tenía amplios conocimientos. Asistía con frecuencia a los conciertos del Palau de Música. Un día me dijo que la música ya le cansaba porque se la sabía toda: una muestra de su voracidad cultural. Entre estos múltiples saberes, algunos consideraron una extravagancia que publicara varios libros sobre astrología, aunque al conversar con él daba explicaciones razonables, e incluso racionales, de esta extraña afición.

Un día me dijo que la música ya le cansaba porque se la sabía toda: una muestra de su voracidad cultural.

En definitiva, José Antonio González Casanova, a quien he conocido muy bien porque lo he tratado desde que yo era adolescente, después en la universidad y, sobre todo, porque he convivido con él casi diariamente durante la larga etapa en el Consell Consultiu de la Generalitat, ha sido un personaje poliédrico, con muchas facetas, que supo combinar profesión y aficiones, deberes y pasiones, siempre en el ámbito de la cultura y de la vida. Por todo ello lo he calificado en el título como un humanista inclasificable.