En el prólogo que escribió el profesor Josep Lluís Sureda para la traducción castellana de Economie financière de H. Brochier y P. Tabatoni advertía sobre las consecuencias de la ruptura producida —a partir del último tercio del siglo XIX— en lo que había sido la tradición de la Economía Política clásica, desde Adam Smith hasta Karl Marx pasando por David Ricardo y Thomas Malthus. Habituados como estaban a pensar en términos del movimiento histórico y del desarrollo, estos economistas priorizaron el estudio del crecimiento económico o de la distribución de la renta.

Desde su perspectiva, la competencia o el laissez faire no se definía formalmente por el número de unidades que concurrían al mercado o, negativamente, para limitar la intervención pública, sino que se concebía como un marco que liberaba el despliegue de las fuerzas productivas del obstáculo de las relaciones políticas, sociales y económicas entonces vigentes. Observaba Sureda que para los clásicos, la competencia era un concepto dinámico que definía una fuerza susceptible de activar una economía, no “un principio medular de una Economía Política apologética que sitúa la estación terminal de la historia en el orden competitivo que contempla”. El análisis de esta estación terminal de la historia había pretendido construir una ciencia pura y neutral donde el crecimiento, el nivel de ocupación y la distribución de la renta serían tratados como casos particulares de un orden general de funcionamiento de un mercado analizable en términos del equilibrio que, a través de los precios, proporcionaba unos indicadores perfectos de la asignación de los recursos y de las cantidades de intercambio de equilibrio.

El mismo Sureda destacaba que el análisis keynesiano comportaría una crítica del esquema teórico neoclásico por el hecho de que “puso evidencia la ilegitimidad de los supuestos que permitían dar por hecho que la configuración microscópica y la configuración macroscópica de los fenómenos económicos se determinarían simultáneamente” y abría el camino para que “sus seguidores explicaran la limitación de las oportunidades de inversión y la tendencia al estancamiento y a la inestabilidad, no en el terreno de las condiciones internas de la maquinaria económica, sino en factores situados más allá de las fronteras de la economía convencional”.

Habría que recordar que este prólogo se escribió el 1960, coincidiendo en el tiempo con la aparición de Production of Commodities by Means of Commodities de Piero Sraffa.

 

Los inicios como catedrático

El 1953, cumplidos los treinta años, Josep Lluis Sureda había sido nombrado catedrático de Economía Política y Hacienda Pública de la Facultad de Derecho de la Universitat de Barcelona. Esta cátedra era la única que en la Universitat de Barcelona impartía enseñanzas de Economía desde después de la guerra civil, aunque se habían ya establecido estudios de Economía durante el periodo de la autonomía que disfrutaba esta Universidad durante la República.

La convocatoria de la oposición fijaba la provisión de las cátedras de esta especialidad en las universidades de Barcelona y de Murcia. Se presentaron Joan Sardà, Lluc Bertran y Josep Lluís Sureda. La cátedra se atribuyó a Josep Lluís Sureda. Recuerdo que en una cena en el Hotel Suecia de Madrid —donde solía alojarse cuando estaba en Madrid por su trabajo en el Banco de España— Sardà nos invitó a Sureda y a mí por un asunto que me afectaba. Durante la cena los dos recordaron los incidentes y problemas de aquella circunstancia con el humor y con la cordialidad que habían mantenido.

El 1951 Joaquin Ruiz Gimenez fue nombrado ministro de Educación y esto supuso cierta corriente de aire fresco en el ambiente enrarecido de las universidades durante la Dictadura. Cesó en el invierno de 1956 como consecuencia de incidentes políticos que se contagiaron a la vida universitaria y esto, naturalmente, tenía que afectar el desarrollo de la Facultad. Uno de los frutos de su paso por el Ministerio fue el establecimiento en la Universitat de Barcelona de una Facultad de Ciencias Políticas y Económicas, sección de económicas y comerciales.

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Sureda se implicó muy activamente y con entusiasmo en la organización y estructura de la nueva Facultad, que empezaría sus actividades durante el curso 1954-1955. En sus primeros dos años, la Facultad no tenía decano formal y, según las normas del momento, las funciones de decano las ejerció el Dr. Sureda como secretario de una comisión organizadora de la nueva Facultad integrada por los decanos de las otras facultades presididos por el rector Buscarons. La impronta de Ruiz Giménez también se notaba en las personas que —según estaba establecido— había designado decanos como era el caso de los profesores Santiago Alcobé de Ciencias, Lluis Pericot de Letras, Agustí Pedro Pons de Medicina, Josep Maria Pi Sunyer de Derecho y Joan Marino Garcia Marquina de Farmacia.

Dentro del conjunto de materias conexas que correspondían al primer curso que entonces empezaba, destacaba la de Teoría Económica que nos permitió conocer el que sería el eje de toda la carrera. Sureda impartió el primer curso y recomendó un texto de Ferdinando Di Fenizio —que acababa de traducir Estapé— y un texto introductorio de John Hicks. Nos daba las clases a última hora de la tarde en un aula del patio conocido como patio de Letras, que durante la mañana estaba destinado a las facultades de Letras y de Derecho. Un pequeño número de estudiantes que habíamos iniciado Derecho el curso anterior —entre los cuales Joaquim Muns y Artur Saurí— nos matriculamos también en la nueva Facultad.

Por iniciativa suya se incorporaron Jaume Vicens Vives, Joan Sardà, Fabià Estapé y Enrique Linés. Este último —que solía convertir en obras de arte los desarrollos matemáticos que anotaba en la pizarra— ejerció una función que supongo que no había sido programada: licenciados en otras carreras y sobre todo en Derecho se sintieron atraídos por unos estudios que imaginaban que completarían satisfactoriamente su formación profesional. Muchos se apuntaron a los nuevos estudios; recuerdo personas que tenían o tendrían cierta notoriedad local. Sus deseos pronto toparon con las Matemáticas: cayeron como moscas! El consiguiente filtraje adelgazó el contingente de estudiantes que proseguríamos la carrera.

 

Disfrutar de su maestría

Al principio del curso 1959, Joaquim Muns me presentó al Dr. Sureda para incorporarme a su cátedra como ayudante de clases prácticas. Entre los ayudantes estaban entonces Pedro Martínez Méndez y Jacint Ros. En este Departamento – entonces Cátedra – había de permanecer (con las incidencias que practicaba la dictadura u otras interrupciones administrativas o de alcance político) hasta el día de mi jubilación. Esta ocasión —para mí decisiva— me permitió iniciar el contacto con el Dr. Sureda y por lo tanto conocerlo, valorarlo y disfrutar de su maestría.

En primer lugar nos enseñaba a ordenar nuestro pensamiento no únicamente por lo que respecta al proceso de razonamiento, sino también sobre la manera de saber expresarlo de manera clara y correcta. Pienso que lo que he querido aprender —no sé si lo he conseguido— es la necesidad de reducir los problemas, los análisis o los resultados de una investigación a lo que es la esencia, sin perdernos en detalles.

Recuerdo que una vez en su casa, en el Puig en Mallorca, comentando el debate que se había desarrollado en las Cortes —no recuerdo si a raíz de la nacionalización de Rumasa o de la intervención de Banesto— un diputado muy conocido de la oposición anunció amenazadoramente que aportaría ocho razones en contra de la decisión que había tomado el gobierno. El Dr. Sureda sentenció que le sobraban siete y si no era capaz de determinar una razón —la decisiva— para explicar lo que había pasado, es que no había entendido nada. Esta capacidad suya de plantear lo que es esencial de los problemas, con una mezcla de intuición y de racionalidad, es un privilegio no muy frecuente.

Creo que el número de personas inteligentes es descriptible, desgraciadamente. Pero en el caso del Dr. Sureda, su inteligencia no se perdía en tonterías e inutilidades tentadoras. Esto lo hizo muy valioso para el asesoramiento, para encarrilar la toma de decisiones en la dirección correcta para obtener los mejores resultados con el mínimo de medios disponibles. Hace ya unos años un muy buen amigo me hizo notar que si bien es difícil encontrar personas inteligentes, encontrar que sean capaces de revestir de sentido práctico su inteligencia es casi inalcanzable. Sureda es una de las pocas personas que conocí que estaba dotada —y sobresalía— de inteligencia práctica.

Esto lo hizo valioso tanto en el ejercicio profesional como en los compromisos contraídos con la actividad pública. Como abogado, en el asunto de la Barcelona Traction hasta conseguir la sentencia favorable de la Corte Internacional de Justicia. En la actividad pública, durante la participación activa en el consejo del Banco de España entre 1985-1994, periodo en el que se encararon cuestiones delicadas.

Fue vicerrector de la Universitat de Barcelona cuando el Dr. Antoni Maria Badia, era el rector, durante una transición tensa, condicionada por la adaptación en diferentes intentos de regulación hasta llegar a la Ley de Reforma Universitaria. Por eso, se integró después en el Consejo de Universidades.

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Intérprete del presidente Tarradellas

Cabe recordar especialmente la relevancia que tuvo en el proceso de restablecimiento de la Generalitat de Cataluña y en la redacción del correspondiente decreto-ley que la restauraba, asesorando al presidente Tarradellas.

El julio de 1976 un conjunto de amigos viajamos a Saint Martin-le-Beau para saludar el presidente Tarradellas. Sureda y su mujer formaban parte del grupo. Aunque ya lo había conocido con ocasión de la lectura de la famosa tesis de Pierre Vilar sobre La Catalogne dans l’Espagne moderne, esta nueva ocasión permitió al presidente captar la valía de Sureda. Se inició entonces una relación que explica que el presidente lo convocara a Madrid en su primer viaje para hablar con Adolfo Suárez. Así nacía la colaboración de Sureda en la norma que permitió el retorno a Cataluña de las instituciones de la Generalitat. Ya restablecida, fue designado vicepresidente (que ostentaba la representación de la Generalitat) en la Comisión de Transferencias entre el Estado y la Generalitat.

Fiel intérprete del punto de vista de Tarradellas, Sureda se empeñó en que el decreto-ley de restablecimiento reconociera la especificidad de la Generalitat de Cataluña en el conjunto del territorio español, configurando una relación bilateral que el Estatuto consiguiente no supo apreciar. Este punto de vista se prolongaría en la Comisión de Transferencias. Esta valiosa institución permitía que los traspasos se basaran en consideraciones legales y técnicas, manteniéndose al margen de las inevitables disputas políticas. Aquí se remachaba el tratamiento específico de Cataluña, por el hecho de que esta comisión se adscribía por parte del Estado a la Presidencia del Gobierno, mientras que el tratamiento de los otros asuntos territoriales se adscribía a un nuevo ministerio de regiones.

He aprendido de Sureda que el secreto de la vida consiste en no sobrepasar las limitaciones cuando se nos hacen presentes. Y si nos proponemos saltar la barrera, tenemos que preguntarnos si tenemos suficientes herramientas para conseguirlo.

Sureda desplegaba un trato siempre elegante, siempre respetuoso y educado. Practicó un comportamiento honesto y también previsible, atento, y prudente. Cuando en septiembre de 1966 un ministro de Educación expedientó a un grupo importante de ayudantes suyos, previó lo que a la larga acabaría sucediendo y con su corrección habitual evitó problemas como los que se produjeron en otros lugares de la Universidad cuando se reintegraron los profesores expedientados.