No conocí a Juan Marsé, pese a que vivíamos en la misma ciudad. Tampoco conozco a fondo su vida, más allá de las anécdotas que circulan con más frecuencia (en ocasiones sin demasiada garantía de veracidad), el recuerdo de sonadas actuaciones públicas o las menciones en los libros de terceros. Pero ninguna de estas carencias parecen excesivas en el momento de recordar a un novelista cuya ambición, como no se cansa de repetir en sus diarios Notas para unas memorias que nunca escribiré sería desaparecer detrás de su obra.

Vayamos pues a esa docena larga de novelas que Marsé escribió durante sus cerca de sesenta años de carrera, y sobre las que vertió los esfuerzos intelectuales e imaginativos de una vida. Pero no abandonemos del todo la zona impersonal de mi propia biografía, la que puede compartirse con el resto de mi generación, pues para calibrar la talla de Marsé conviene primero recordar que es casi imposible que un joven novelista escriba desde Barcelona y sobre Barcelona sin que asocien su nombre con el de Juan Marsé. Un nombre tierno y todavía indeciso bajo la sombra del gigante consolidado. Muchas veces sin merecerlo o incluso, como fue mi caso, sin haber leído sus novelas.

Marsé operaba, dentro del sistema literario doble de la ciudad de Barcelona, como una suerte de presentación o de parapeto, bajo el que varias generaciones de escritores (y tantas de las que están por venir) nos presentábamos acogidos en sociedad; una suerte de legitimación, de expectativa de compartir un proyecto (solo que ni acordado ni explícito, inesperado) singularísimo en el mapa de las literaturas mundiales: la escritura de un idioma mayoritario en el estado y minoritario en la región, disidente de ambas estructuras de poder, capaz de desvelar las tensiones sociales ocultas por los discursos predominantes y ampliar los límites morales (una preocupación central de la llamada Escuela de Barcelona) y estéticos del idioma.

 

Influencia paralizadora

Por supuesto, Marsé no es el único novelista de Barcelona que escribe en castellano, ni todos los escritores de Barcelona están obligados a observar desde su privilegiada posición de agentes dobles los roces, colisiones y acuerdos de dos estructuras de poder que siendo tan parecida se pasan la vida (nuestras vidas) aparentando una irreconciliable diferencia. Pero algo tendrá Marsé de representativo y de «ejemplar» si tenemos en cuenta este peculiar cruce y relación de lenguas que sucede en Barcelona. Sobre todo si tenemos en cuenta que la poética de Marsé es de una originalidad extrema, de esas (como las de Kafka o Borges) cuya influencia puede ser venenosa y paralizadora: imposible de remedar sin caer en la parodia y el descrédito.

Lo primero que se impone al hablar de Marsé es arrancarlo del costumbrismo (riesgo que nunca hay que descartar cuando se trata de un escritor español). Abrir cualquiera de sus novelas supone exponerse a una ventolera de imaginación literaria. Marsé no reproduce a la manera de un documental la posguerra española, sino que la transmite valiéndose de una técnica insólita (las aventis) consistente en narrar aquellos años penosísimos mediante historias fantásticas que se superponen así a las versiones oficiales.

Una aventis no se queda fija, sino que se reescribe y se vuelve a reescribir, resistiéndose a adoptar una forma definitiva, recuperando en cada versión la tensión moral (y la audacia imaginativa) de partida. Marsé parece convencido de que la venganza de vivir dentro de una época miserable sea la posibilidad de contarlo (y denunciarlo) de cien maneras distintas. De manera que libros como Si te dicen que caí progresan como una espiral alucinada, que recupera el vigor y la fascinación a cada giro mientras estrecha el núcleo sórdido de la época.

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Abrir cualquiera de sus novelas supone exponerse a una ventolera de imaginación literaria.

Marsé es también un «fabricante de mitos», disfrutaba de una capacidad asombrosa para condensar una situación social en una tensión narrativa, una época en un juego de atmósferas, y una novela entera en una escena. Un ejemplo: el baile derrotado de Teresa y el Pijoaparte bajo una alucinada lluvia de confeti, al final de un verano que para el muchacho será el final de todo y para la chica un lance sin rasguño. Pero hay más: la pareja de amantes se constituye en el mito por el que hasta hoy van a explicarse las tensiones sociales, económicas y culturales de Barcelona, y por extensión de Cataluña.

Se dirá que Marsé no ofrece una fotografía exhaustiva de la sociedad catalana (no contempla al obrero catalanoparlante ni a las clases pudientes que se expresan en castellano) pero qué ingenuidad pedirle a la novela que cumpla con los deberes de lo exhaustivo, la lealtad de un novelista no está de lado de la sociología sino de relato, en cuyo beneficio tensa la sociedad (sin falsearla). Ninguna historia contempla todas las historias, todo relato contiene su moral y su injusticia; pero sabemos que Dickens ha predispuesto a varias generaciones a imaginar un Londres velado por el smog. Y si a día de hoy Últimas tardes sigue ofreciéndonos el eje representativo de la ciudad donde vivo se debe sencillamente a que nadie ni antes ni después lo ha hecho tan bien (con tanta energía y tanta sutileza) como Marsé.

 

Teresa y el Pijoaparte

Con cualquiera de estos poderes un novelista tendría ya para justificar una carrera. Pero el caso es que Marsé escribía como si quiera discutir, forzar y ponerle impedimentos a su facilidad para los mitos. ¿Qué se agita bajo el mito de Teresa y el Pijoaparte? Es cierto que Marsé iluminó literariamente un área de la población barcelonesa que estaba envuelta en los tópicos de la mirada ajena, pero si bien la belleza de Teresa es deudora de los privilegios, no es menos cierto que su inocencia y su pasión quedan abortados por el filo de las exigencias derivadas de su «privilegio»; y de manera parecida la ambición, la crueldad y la inocencia (otra clase de inocencia, la de crecer en un mundo donde no se decide nada) del Pijoaparte le impiden conciliarse con ese Robin Hood que se cobra en hijas lo que los ricos han robado a los pobres.

Hay un anhelo de mejorar el reparto social en Teresa y un solipsismo depredador en el Pijoaparte.

Ambos personajes están sometidos a varias lealtades, hay un anhelo de mejorar el reparto social en Teresa, y un solipsismo depredador en el Pijoaparte, que remiten a la clase a la que no pertenecen, y si el desarrollo de la narración no termina por desmentir por completo el mito es porque ambos fracasan en sus esfuerzos por escapar de su influencia. Al fin y al cabo en buenas manos una novela es una forma de la imaginación, la sensibilidad y la inteligencia muy superior a la de los mitos. Marsé le saca varios cuerpos a los griegos.

Regresemos a la peculiaridad de la poética Marsé, a ese carácter «ejemplar» que lo convierte en un referente ineludible de los jóvenes escritores en lengua catalana, y en un escritor muy querido por numerosos novelistas y poetas de talento que escriben en catalán (cosa bien distinta son los mayordomos del poder que pululan por las instituciones y que a veces logran que les publiquen un libro, que suele ser muy aplaudido en la intimidad familiar). Para tratar de aclarar este punto me gustaría detenerme en una de sus últimas novelas: Memorias de una puta distinguida.

En la novela Marsé emprende un viaje detectivesco por la mente de un testimonio sin memoria, donde el olvido puede interpretarse como el tiempo sustraído o degradado por el fascismo, y el intento de recuperar la memoria opera como metáfora del esfuerzo por recuperar alguna sensación verdadera de lo que ocurrió, y que corre el riesgo de quedar sepultado por toneladas de burocráticas interpretaciones oficiales.

Fue un novelista «ejemplar» de su tiempo y de su espacio (Barcelona), como lo fue Saul Bellow entre los judíos norteamericanos.

 

Gracias a este intenso esfuerzo de recuperación, entre las masas de olvido organizado experimentamos (como en la poesía de Gil de Biedma o en las nunca lo bastante celebradas memorias de Carlos Barral) que faltan personas, que se han sustraído vivencias, que no disponemos de palabras y de expresiones mutiladas por el franquismo; ausencias que incluso cegadas, en su estado fantasmal, presionan a la conciencia como dicen que también ejercen sus fuerza las extremidades amputadas o los hijos no nacidos. O si se prefiere: cuando olvidamos una palabra que sabemos que existe precisamente porque el vacío emite señales que tendría que estar allí.

La novela ha sido recientemente traducida al catalán (Aquesta puta tan distingida, Club Editor), por Martí Sales, uno de los poetas más talentosos de su generación, y para gran sorpresa de quienes en el tramo más delirante del procés han tratado de transformar la guerra civil en un conflicto «étnico» entre catalanes y españoles, donde solo padeció la cultura y la lengua de los primeros (sin entrar en la consideración de que para tantos de nosotros, como para Juan Marsé, se trata de nuestras dos lenguas propias), la novela funciona perfectamente en catalán, evidenciando la doble pérdida (más grave e intensa en un caso que en el otro): secuela de cuarenta años de habla y de creación libre sustraídos por el viento estéril de la noche franquista.

 

Grandes rodeos

En los olvidos dirigidos (de las palabras conocidas y de las expresiones que se hubieran formado en libertad) palpitan los escritores y académicos en lengua castellana que fueron asesinados, exiliados y censurados durante cuatro décadas… y cuyos logros precedentes (los de Lorca y Cernuda, por decir algo) fueron anegados por oleadas de escritura empalagosa y cursi, de devoción marcial. Un grado cero de la inteligencia y de la sensibilidad que dejó encharcadas de vacuidad e inservibles secciones enteras del idioma. Un escritor como Marsé se veía obligado a dar grandes rodeos para decir lo que quería decir, a riesgo de que la presión de la censura fuera ablandando su expresión y su impulso crítico y vital.

Se nos escapa quién fue el Juan Marsé hombre (y cada vez se irán difuminando más los testimonios y las anécdotas de su vida), y sus novelas son relatos complejos que admiten muchos abordajes críticos, pero lo que en gran medida le convierte en un novelista «ejemplar» de su tiempo y de su espacio (Barcelona), como puede serlo Saul Bellow entre los judíos norteamericanos o Toni Morrison entre los afroamericanos, es que levantó testimonio (en una forma estética nunca vista) de dos derrotas culturales provocadas por la misma salvaje y lamentable victoria, y cuya vergüenza parece lejos de apagarse.