El día 23 de enero de este 2024 murió en su domicilio de Barcelona Juan Ramón Capella, catedrático emérito de Filosofía del Derecho en la Universitat de Barcelona. Había nacido el año del final de la guerra civil, el 15 de diciembre de 1939 en la misma ciudad.

Fue un discípulo de Manuel Sacristán (1925-1985) y de su maestro aprendió a combinar un espíritu analítico con otro profundamente crítico, de raíz marxista en ambos casos. Sacristán fue uno de los primeros cultivadores de la lógica formal en nuestro país. Publicó un magnífico manual de lógica formal ya en 1964, cuando la esta disciplina era prácticamente desconocida entre nosotros: Introducción a la lógica y al análisis formal (1964). Y Capella dedicó su tesis doctoral en 1965 al análisis lógico del lenguaje del derecho, publicada como El derecho como lenguaje. Un análisis lógico (1968). Se trata de la primera obra seria de filosofía jurídica analítica.

Además de conocer muy bien la teoría jurídica analítica de aquella tradición (Hans Kelsen, W.N. Hohfeld, Alf Ross, H.L.A. Hart) era capaz de aplicar los recientes desarrollos de la lógica deóntica, la lógica de las normas, de la mano de sus progenitores: Georg Henrik von Wright y Georges Kalinowski. En 1963 von Wright había publicado un libro capital y muy influyente en la teoría general del derecho analítica: Norm and Action: A Logical Enquiry. Capella muestra un conocimiento muy meticuloso de esta tan reciente contribución. Después, este libro sería una de las fuentes del capolavoro de esta tradición: Carlos E. Alchourrón, Eugenio Bulygin, Normative Systems (1971). Pero entonces Capella ya había abandonado esta manera de hacer teoría del derecho.

 

Estancia en París

Kalinowski fue su maestro de lógica deóntica, estudió con él en París cuando preparaba su tesis doctoral, y donde tuvo la posibilidad de vivir un ambiente abierto y cosmopolita que la Barcelona de los inicios de los años 60 no podía ofrecer. Una década después Capella fue el traductor de una de las importantes contribuciones de Kalinowski: Lógica del discurso normativo (1975). En París conoció también a importantes juristas como Henri Batiffol, Charles Eisenmann, Jean Carbonnier, Nicos Poulantzas o Michel Villey y a otros académicos como Lucien Goldmann, Henri Lefevbre, Maurice Duverger o Pierre Villar.

De hecho, en Barcelona su director de tesis fue el catedrático de la materia, Enrique Luño Peña, que fue durante unos años rector de la Universitat de Barcelona y mucho tiempo director general de La Caixa, pero que me parece que de lo que le interesaba entonces a Capella no entendía ni jota. Sea como fuere, aunque Luño estaba situado en las antípodas ideológicas de Capella, en sus memorias, a las que después me referiré, habla de Luño con respeto y cierta proximidad, lo que, me temo, no se puede decir de todos los que habitan sus memorias.

Desde muy joven estaba comprometido con actividades políticas varias de la lucha antifranquista y muy pronto ingresó en el PSUC.

Desde muy joven estaba comprometido con actividades políticas varias de la lucha antifranquista y muy pronto ingresó en el PSUC. Quizás por esta razón, su dedicación a la lógica de las normas y a la teoría general del derecho fue quedando aparcada a favor de la reflexión crítica y de la filosofía política. Sin embargo, hacia finales del siglo pasado publicó un libro, Elementos de análisis jurídico (1999), donde retomaba y completaba sus reflexiones de juventud, que habían servido para sus clases en la universidad, con un ejemplar ciclostilado que llevaba el nombre de El cuaderno azul. Un periodo que se inaugura con un librito de título provocador: La extinción del derecho y la supresión de los juristas (1970).

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Crítica de las dominaciones

El mismo año, significativamente, traduce un libro de C.B. MacPherson (publicado en inglés en 1965), La teoría política del individualismo posesivo: de Hobbes a Locke, que constituye una crítica poderosa de la teoría del liberalismo político, calificándolo cómo individualismo posesivo. Y, poco después, se incorpora a la recientemente creada Facultad de Derecho de la Universitat Autònoma de Barcelona. Allí comparte la experiencia siempre enriquecedora del pionero con profesores de más edad, como el administrativista Alejandro Nieto, que fue un gran amigo de Capella hasta su reciente muerte, o compañeros de su curso de la licenciatura en Derecho, como Isidre Molas o Josep M. Vallès. Y a comienzos de los años 80, ya con democracia, gana las oposiciones a profesor agregado, primero en la Universidad de Extremadura, para pasar muy pronto a ocuparse de la cátedra de la Universitat de Barcelona.

Allí reunió a un conjunto de estudiosos que hacían con él el viaje de la crítica de todas las dominaciones y subordinaciones que quedan a nuestra sociedad, siempre con el horizonte de la emancipación de los humanos. De hecho, Capella era un profesor y conferenciante extraordinario. No solo por la manera tan perspicua con la que comunicaba sus ideas, sino también por su capacidad de atraer a su audiencia con una voz preciosa y aterciopelada.

En la UAB comparte la experiencia siempre enriquecedora del pionero con profesores de más edad, como el administrativista Alejandro Nieto.

A finales del siglo pasado decidió impulsar las publicaciones de la editorial Trotta, y él mismo publicó una decena de libros relevantes, de crítica de las categorías jurídicas y políticas, entre las cuales quizás destaca Fruta prohibida (1997). También, una muy recomendable biografía de Manuel Sacristán, que sirve para entender el relevo de su figura en la Barcelona del franquismo y la tradición democrática, La práctica de Manuel Sacristán. Una biografía política (2005) y una formidable autobiografía, que solo llega hasta el año 1975, pero que es un retrato valiosísimo no solo de sus peripecias personales sino de la Barcelona durante el franquismo y de la resistencia clandestina a la dictadura, Sin Ítaca. Memorias 1940-1975 (2011).

 

Inagotable capacidad de crítica

Es posible que entre sus papeles haya dejado la continuación de estas memorias y sería muy bueno que sus discípulos más próximos acertaran a rescatarlas. Pondré solo un ejemplo de su inagotable capacidad de crítica social y política, siempre amparada en una concepción racional de la naturaleza de los humanos, que se extendía a nuestras instituciones democráticas. En 2003, cuando se cumplían veinticinco años de la entrada en vigor de la Constitución española, impulsó y coordinó como editor y autor un libro crítico con el sistema constitucional español. Un libro que vio la luz a la vez que muchos otros que eran panegíricos de nuestra democracia constitucional y que llevaba el elocuente título de Las sombras del sistema constitucional español (2003).

Ejerció la agitación intelectual y cultural tanto como pudo, por ejemplo, desde la revista ‘Mientras Tanto’.

Hasta donde puedo saber no nunca lo tentó la política profesional. A la manera de Sacristán, se veía como alguien que tenía que elaborar las ideas con las cuales construir una sociedad emancipada, pero no como un político profesional. Una incomodidad con la forma de hacer de los partidos que, explica en su libro de recuerdos, ya experimentaba en los años de la política clandestina. No obstante, ejerció la agitación intelectual y cultural tanto como pudo, por ejemplo, desde la revista Mientras Tanto, que empezó con Sacristán y que después seguiría él, muy a menudo de la mano de Francisco Fernández Buey.

Sacristán había tenido la lucidez de ser uno de los primeros en percibir la amenaza que para la humanidad representaba el uso inadecuado que hacíamos y hacemos de los recursos naturales de nuestro planeta, de ser consciente de los costes de nuestra impronta ecológica. Por eso, Mientras Tanto fue desde el comienzo una publicación ecologista. De forma que los colores de la revista son el tradicional rojo de la lucha de los trabajadores, el verde del ecologismo, el violeta de la igualdad de género y el blanco del pacifismo. Estos colores son también un síntoma para comprender los ejes alrededor de los que debe contemplarse la obra de Capella.

Fue sin duda uno de los renovadores de la filosofía jurídica y política en la universidad española de la transición. Un ámbito de reflexión que, después de la guerra civil, había quedado casi por completo en manos de un pensamiento escolástico de bajo vuelo, demasiado a menudo apologeta de la dictadura de Franco. Hace algunos años le pregunté, durante una comida, por qué nunca había mostrado interés por la corriente de pensamiento que se conoce como marxismo analítico, que eran filósofos de su generación, profesores en las mejores universidades anglosajonas (Gerald Cohen en Oxford, John Elster en Chicago o John Romer en Yale) y que intentaban renovar la tradición del marxismo.

Me respondió que, en general, no compartía sus preocupaciones intelectuales. Tal vez porque, al revés que estos autores, nunca mostró gran interés por la obra del mayor filósofo político de la segunda mitad del siglo XX, el profesor de Harvard John Rawls, que en 1971 cambió por mucho tiempo la filosofía política con la publicación de A Theory of Justice. En sus memorias escribe lo siguiente, y lo sitúa en 1972: «En mi campo de estudio y territorios afines apareció un meteoro: La teoría de la justicia de John Rawls. Leí el libro y quedé convencido de dos cosas: que tendría una gran influencia en los ámbitos académicos, y que no perdería el tiempo ocupándome de ella.»

 

Perder el tiempo

Dos cosas llaman la atención de esta afirmación. La primera es que (la memoria es selectiva) Capella leyera la obra en 1972, porque los libros y las ideas viajaban más lentamente entonces y porque las primeras noticias de Rawls en nuestro país son casi todas procedentes de los economistas (un artículo en la Revista española de economía de 1974, un dosier con varios artículos en Hacienda pública española de 1977); la segunda es cuál debía de ser la razón por la que pensaba que ocuparse de Rawls era perder el tiempo. Si este fuera el caso, ¡casi toda la filosofía política contemporánea estaría perdiendo el tiempo!

Aunque los que fueron, quizás, los dos últimos discípulos de Sacristán que estudiaron bien a Rawls e iniciaron un diálogo con los marxistas analíticos, son ambos filósofos de la política, me refiero a Antoni Domènech –que murió en 2017– y a Félix Ovejero, la formación analítica y el marxismo crítico, nunca dogmático, de Juan Ramón Capella lo convierten en el más digno de los acreedores, entre los filósofos del derecho, del título de marxista analítico.