Juan Sisinio Pérez Garzón (Gójar 1949) es un militante producto pluriautonómico: nacido en Granada, formado en Valencia, con familia en Cataluña (su hermano fue durante 20 años alcalde de Esplugues de Llobregat), profesor en el CSIC y la Complutense, político y catedrático en Castilla-La Mancha, ciudadano de Madrid y con vínculos y amistades en todos los rincones de España. Su investigación se ha centrado sobre todo en el siglo XIX español, con trabajos también relevantes sobre historiografía y los usos de la historia, el feminismo, el republicanismo y las izquierdas. Comprometido ideológicamente desde su juventud, ocupó diferentes cargos en los primeros gobiernos autonómicos manchegos socialistas. Ya emérito, ha multiplicado su presencia púbica en artículos de prensa y libros de investigación. A finales de enero de 2023 recibirá un homenaje público de la profesión en la sede de la UNED.

 

Su genealogía

En 1968 entré en la Facultad de Letras de Granada gracias a una beca-salario. Y en 1970, para cambiar de aires y porque había conocido a gente como Ximo Azagra, conseguí una plaza en el Colegio Mayor de Burjassot. En la Universidad valenciana, frente a la ortodoxia del Manual de historia de España de Pedro Aguado Bleye o el Manual de Historia Universal de Vicente Palacio Artad, triunfaba la alternativa que representaba la Introducción a la historia de España de Antonio Ubieto, Joan Reglà, José María Jover y Carlos Seco Serrano, o los libros de Jaume Vicens Vives. Podríamos decir que mis principales influencias formativas son de la escuela catalana a través de Reglà y del marxismo a través de mi maestro Enric Sebastià. Él fue quien, mientras me explicaba las revoluciones burguesas y los señoríos, acabo dirigiéndome la tesina y orientándome hacia el estudio del siglo XIX.

 

Formación marxista

La formación marxista va más allá de la caja de herramientas. Aparte de todo lo vinculado a la metodología, es sobre todo un compromiso y una preocupación sociales. Pasa como con el cristianismo: te puedes sentir ateo, pero te queda toda una cultura y una educación determinadas.

 

Estudiar el XIX

En mi época, todos mis compañeros se centraron en la Desamortización o en la Restauración. Nadie pasaba de 1930. Por tanto, un día cogí la guía telefónica para buscar parientes de Blasco Ibáñez y acabé encontrando a su nuera, Elena Morote. Tuve suerte y pude hacer la tesina sobre el republicanismo a partir de los papeles de su padre, el regeneracionista Luis Morote. Después, al obtener una beca predoctoral en el CSIC, me trasladé a Madrid y escogí un tema diferente para la tesis. En el Archivo de la Villa encontré un filón, a mí que me interesaba el Partido Progresista, sobre la milicia nacional durante el proceso revolucionario burgués entre 1808 y 1874. Así, en 1977 me convertía en doctor bajo la dirección de Manuel Espadas y, desde poco antes, en profesor en la Complutense.

 

Entrar en política

Me movía en círculos afines al PCE desde la época de Valencia y oficialicé la militancia al llegar a Madrid. Cuando en 1978 publico, en coautoría con José Luis Peset y Santiago Garma, Ciencias y enseñanza en la Revolución Burguesa (Siglo XXI), empiezo a participar en Zona Abierta, en las discusiones sobre el futuro de la socialdemocracia, en las cuestiones planteadas por Fernando Claudín… Poco después del 23-F, Ludolfo Paramio nos convocó en casa de Joaquín Leguina a Miguel Muñiz, Santos Juliá, Mercedes Cabrera, Jorge Martínez Reverte, Joaquín Arango y a mí para convencernos de que entráramos en el PSOE. Al final de aquella reunión solo nos pescaron a Mercedes y a mí; los demás lo postergaron.

A partir de este momento, se producen una serie de casualidades que me llevarán a ejercer cargos públicos. En el CSIC había coincidido con José María Barreda —también becario predoctoral— y cuando en 1983, siendo él concejal de Ciudad Real, el primer presidente de la Comunidad de Castilla-La Mancha, José Bono, lo nombró consejero de Educación y Cultura, a mí me llevó como director general de Educación, Juventud y Deportes.

PUBLICIDAD
CaixaForum + La plataforma gratuita de cultura y ciencia. Búscate una excusa.

 

La Universidad de Castilla-La Mancha

Nuestro objetivo prioritario en aquel primer gobierno autonómico era fundar la universidad. Pero el primer obstáculo era político. El ministro José María Maravall no la quería e incluso había quien aseguraba que saldría más barato becar a los estudiantes manchegos en Oxford que crear un centro nuevo. Barreda y yo negociábamos con el director general, Emilio Lamo de Espinosa, y con el muy escéptico Alfredo Pérez Rubalcaba, asesor de Carmina Virgili, secretaria de Estado de Universidades e Investigación. Después de seis meses, el director general me dijo que o bien hablaba Bono directamente con la Moncloa, o el asunto no pasaría de la mesa del ministro. Así se hizo, y fue Alfonso Guerra quien acabó decantando el bloqueo.

La segunda dificultad era de modelo. Con millón y medio de habitantes que tenía, entonces, una extensión similar a la de Andalucía y algunos colegios universitarios previos, tenía poco sentido plantearse un campus único o dos campus especializados. La alternativa más sensata era una universidad descentralizada y multicampus. Visto con perspectiva, acertamos. Como nos había advertido Julio Carabaña, en España no hay vocaciones, sino que la gente estudia lo que tiene cerca. Por eso había tantos peritos y muy pocos ingenieros. La tierra tira mucho en este país, y cuesta mucho que los alumnos aprovechen las becas Erasmus o Séneca.

 

Volver a la Academia

Al dejar las responsabilidades políticas en 1993, vuelvo al estudio del XIX, pero ahora lo hago a partir de cuestiones concretas y muy diversas. Algunas daban continuidad a preocupaciones anteriores como la historiografía —objeto de Historiografía y nacionalismo español (CSIC, 1985) firmado con Paloma Cirujano i Teresa Elorriaga—, ahora bajo la influencia de Les lieux de mémoire de Pierre Nora. De alguna manera, La gestión de la memoria (Crítica, 2000) surgía de la preocupación por los usos y abusos políticos de la historia. Uso y abuso que no ha hecho más que exacerbarse en los últimos tiempos en todo el mundo. Nuestra peculiaridad reside sobre todo en la omnipresencia de la Guerra Civil, en cómo se ha gestionado su memoria y en las carencias de la política a la hora de explicarla y de explicarse.

 

De la memoria histórica a la memoria democrática

Sobre esto publiqué en El País un artículo titulado «Datos necesarios para la memoria histórica» (31-10-2021), con la voluntad de rescatar la silenciosa legislación desarrollada en democracia para reparar económicamente a 608.000 republicanos y/o familiares. Las pensiones, sueldos, readmisiones y actualizaciones de los escalafones restituyeron en sus derechos a bibliotecarios, profesores, militares, etc. Nos hemos centrado tanto en el relato —importante, obviamente— que hemos olvidado o rehuido lo empírico: la democracia corrigió parte de estas injusticias, con unas políticas de reparación económica que suman 25.000 millones de euros. En los presupuestos de 2022 todavía encontramos una partida de 116 millones dedicada a las 6.000 viudas de aquellos republicanos. Y esto no se dice lo suficiente.

 

Feminismo

En la política aprendí mucho de mis colaboradoras. Me di cuenta de su ausencia en las aulas y de la necesidad de incorporar también esta sensibilidad en la docencia y la investigación. Es imprescindible tener en cuenta a la mujer como sujeto y objeto histórico, tanto cuando escribimos directamente sobre ellas, como en Historia del feminismo (Catarata, 2011), como cuando lo hacemos sobre otras cuestiones. Porque si estamos definiendo la historia como una progresiva conquista de libertades, el feminismo —venga del catolicismo representado por Benita Asas o del mundo liberal asumido por Clara Campoamor— juega un papel central.

 

Su último libro, una historia de las izquierdas

Compré en París Histoire des gauches en France. Me pareció una buena idea para adaptarla aquí, pero en lugar de hacerlo mediante un trabajo colectivo —que en según qué materias resulta imprescindible y enriquecedor—, quise hacerlo con una sola voz para garantizar su cohesión y coherencia. Cuando lo comenté con Antonio Rivera, enseguida aceptó asumir la contraparte dialéctica: las derechas en España. Compartíamos, en primer lugar, la ambición de ofrecer una síntesis razonada e inteligible de los procesos de cambio ideológico para facilitar la comprensión de la complejidad de nuestro pasado. Y, en segundo lugar, teníamos la voluntad de evitar apriorismos y juicios de valor, ya que, como escribió Montesquieu, «la verdad de un tiempo es error en otro».

Coincidiendo con mi jubilación y con la pandemia, hemos dispuesto del tiempo necesario para escribir, respectivamente, Historia de las izquierdas en España e Historia de las derechas en España (Catarata, 2022). Por lo que respecta a mi volumen, lo he concebido como un relato coral de grupos, partidos, sindicatos, mujeres, hombres, intelectuales… Ninguna fuerza puede atribuirse la representatividad de toda la izquierda. Ha sido un proceso plural en defensa de los intereses y las aspiraciones de los que han sufrido o sufren injusticias, desigualdades y explotaciones en cada momento histórico. Por eso, y aprovechando la amplia bibliografía previa existente, he vinculado en todo momento las ideas, las tácticas y las estrategias con las relaciones sociales y económicas y con las experiencias personales y colectivas.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

La democracia se abre camino lentamente y no se puede despreciar ninguna aportación. Por ejemplo, el liberalismo tiene el valor de abrir las compuertas. Incluso en el Manifiesto Comunista, Marx y Engels reconocen que el libre desarrollo de cada uno es indispensable para el libre desarrollo del conjunto. Al mismo tiempo, la tríada representada por libertad, igualdad y fraternidad mantiene su vigencia. En este sentido, más que perderse en guerras culturales, la izquierda necesita converger hacia la socialdemocracia. Hacer política, hacer política reformista.

 

Un libro que le marcó…

En primero de carrera, el profesor Marcelo Vigil nos hizo leer un libro entonces recién publicado: La transición del feudalismo al capitalismo (Ciencia Nueva, 1967), donde se debatían las tesis de Paul Sweezy y otros marxistas como Maurice Dobb, Christopher Hill, Kohachiro Takahashi o Georges Lefebvre. Al principio no entendí nada, hasta que un compañero me lo explicó con sencillez y vi que la historia era algo que más que un relato de reyes y batallas, y que los grandes debates de la humanidad están presentes en todas partes.

 

… y un libro para quien empieza

Cualquier libro de Eric J. Hobsbawm, desde aquel primero, Las revoluciones burguesas (Guadarrama, 1964), hasta todo el resto de su producción, en especial la trilogía dedicada al siglo XIX. O, si tuviera que escoger uno más breve, seguramente sería La invención de la tradición, con Terence Ranger (Crítica 2002). Este libro muestra cómo se mezcla la historia con los usos de la historia, justamente ahora que estamos en un momento sometido a tradiciones y a memorias.