La pieza de caza Julio Iglesias parece que, tras unas semanas a cielo abierto, se ha vuelto a esconder detrás de altos muros y exuberantes jardines tropicales, opacado por el siempre fiel, aunque no del todo leal, ejército de servicio y casposos periodistas que se pusieron a defender no tanto la presunción de inocencia del otrora cantante melódico, sino su propia sentencia absolutoria ante el silencio, reír sus gracias, dar por hecho que él es así y otras bagatelas.
Julio Iglesias, como se anunciaba después de un concierto de Elvis, left the building. Aunque no es seguro. Quizás fuera el momento de dejarlo estar, pero las fieras heridas suelen ser si acaso más peligrosas por cuanto no cabe negociación sobre el disimulo: morir o matar. Está claro que la opción de volver a esa cierta invisibilidad lejos de nuestras miradas inquisitivas, crueles, curiosas y, por qué no decirlo, vengativas. Porque no se tendrá piedad con su vejez, sus desaguisados, su pérdida de poder. Es la vieja historia de siempre, aquella por la que nadie —de poder hacerlo— se retira de la ciudadela: solo si no le quitas el ojo al bosque de Durham, éste no se acerca hacia ti.
En el fondo, más allá de si hay una reparación penal, una compra y venta de denuncias, la verdad demostrada sobre el supuesto comportamiento de abuso y vejaciones de Julio Iglesias contra parte de su personal doméstico, a ese inmaterial que es la opinión pública nos es indiferente. Los que tenemos ya una edad le vimos actuar y comportarse, le escuchamos en canciones y verborrea ininteligible. Nadie nos ha de explicar quién fue Julio Iglesias porque Julio Iglesias no hacía otra cosa que ostentación de lo significaba ser Julio Iglesias: manos largas y mocasines sin calcetines. Por eso nos da una pereza tremenda el tránsito de declaraciones, instrucción, abogados a la salida de juzgados, micros y platós.
En realidad, abonándonos a que las denuncias del personal doméstico fueran falsas —de momento, se han archivado por cuestiones procesales técnicas obvias como la falta de jurisdicción de los Juzgados ante los que se han presentado—, a que todo lo que sabemos de Julio Iglesias sea lo que vimos décadas y décadas por televisión y leído en revistas de papel cuché en salas de espera de peluquerías y dentistas, en la playa o en casa de la prima Luisa, toda esa información obtenida ya nos era y es suficiente.
Tontería y frivolidad
Para muchos, Julio Iglesias a finales de los setenta, toda la década de los ochenta —que es de lo que servidor puede dejar constancia— era lo peor de tu madre, lo peor de la radio del coche, lo peor en la tele, lo peor en dúo musical, lo peor haciendo declaraciones, lo peor en imitaciones que cualquiera se atrevía a hacer, lo peor de España, lo peor de USA, lo peor de Sudamérica. Por no hablar de lo que se activó, estalló e implosionó —y cuya onda expansiva sigue afectándonos: basta mirar El Hormiguero o los programas de Corazón— desde el big bang de su primer matrimonio, toda aquella familia: nuestros Kennedy sin Dallas ni Marilyn, nuestros Romanov sin Lenin, nuestra segunda o tercera realeza sin protocolo ni guillotina. Hojear una de esas revistas de papel satinado, activaba el ronroneo neuroléptico de parte de la población, embelesada por sus exhibiciones impúdicas de dinero, tontería y frivolidad, mientras que otros segmentos sociales se sentían poseídos por el fantasma de Robespierre.
Nos llenó de melaza su música de ascensor, de romance adúltero entre jefes de sección de Caballeros y Señoras de El Corte Inglés.
Julio Iglesias era un cantante y compositor de éxito, trabajador estajanovista, adicto de las galas, las grabaciones y promociones, de revistas, platós de televisión y escenarios. En su afán por el éxito no conocía ni a Dios y si tuvo —como Saturno— que devorar a sus hijos, se los devoró. Asesorado, amparado y negociado por lo más conservador del negocio, de los que arriesgan a lo grande en Las Vegas y nunca en las tragaperras del bar de tu barrio, fue un glorioso desclasado, un arribista para el que el éxito se paga con la soledad y el precio es asumible y no importa —si me pongo nostálgico, hablo de Dulcineas y de Galicia y ya está—, patriota de los que llevan la bandera pero no el pago de impuestos.
Y nos llenó de melaza su música de ascensor, de romance adúltero entre jefes de sección de Caballeros y Señoras de El Corte Inglés, de ronroneo ininteligible, de hipidos y palpación de la cicatriz de cuando le quitaron la vesícula (y quién sabe si el talento), esta música internacional rancia, que escuchada ahora no ha cambiado ni un ápice: sigue siendo imposible de digerir. Mucho más cuando se dedicó años más tarde a versionar canciones sudamericanas llenas de doble sentido de priapismo de señoro.
No hay nada que hacer con él. Si acaso reivindicarlo como parte del exceso fallero del PP valenciano. Vendió todo, mucho y más. El que más. Fue extremadamente competitivo. Lanzó una imagen que le compró lo más rancio del establishment USA del entretenimiento: el Latin lover con esmoquin, bronceado y siempre dispuesto a alargar las manos lo que fuera preciso. A ratos parecía el bomber de la música ñoña ya que sus dúos con Diana Ross o Willie Nelson casi acaban no solo con la carrera de éstos y su credibilidad, sino incluso con la del sonido Motown y los coyotes al atardecer desde un porche. Todo era por el número uno. Siempre. La obsesión por entrar en el mercado de los gringos. Lugar de operaciones, Miami.
De lo personal a lo esperpéntico
Su presencia en un escenario, su manera de cantar pasó de lo personal a lo esperpéntico, y tanto lo imitaron —cómicos, otros cantantes, padres y cuñados amigos del coñac— que él acabó siendo el más paródico de todas estas imitaciones. Había algo intrigante en él. No era solo que el tipo tímido de sus inicios había mutado en un seductor caníbal. Era que le había pasado algo a aquel hombre porque no solo cantaba y se movía raro sino que hablaba raro en un idioma a espasmos, con frases que caían al suelo como monedas, pero sin hacer ruido pues nunca decía nada. Excepto cuando tenía que argumentar la pasta que recibía de la Administración valenciana. Entonces, se le entendía todo y mejor que no.
Camilo Sesto siguió sonando en los autos de choque y karaokes y Julio ya solo en autocares del Imserso.
Algo le había pasado en Miami. El Julio Iglesias de los 80 y 90 andaba al mismo paso que Keith Richards en los 70 y lo más increíble es que mientras Richards estaba enganchado a la heroína, Julio Iglesias, solo al éxito. No necesitaba otra droga que esta. Y si ya andaba raro ¿qué decir de cómo hablaba? Parecía siempre ido, contestaba a preguntas sencillas con callejones sin salida, llenos de frases cursis. También le pasó a Camilo Sesto. ¿Qué estaba pasando en Miami? Igual era la soledad. O la fama vista desde la distancia. O la búsqueda del éxito a cualquier precio. Camilo Sesto también volvió hecho otro, un personaje de saldo, diciendo cosas extrañas, pero volvamos a Julio, porque Camilo siguió sonando en los autos de choque y karaokes y Julio ya solo en formato placer culpable y autocares del Imserso.
Julio tenía al padre, el Doctor Iglesias, Papuchi, que también decía cosas raras en un lenguaje más expresivo que el de su hijo pero lleno de lagunas. ¿La demencia es el final de los Iglesias? No lo parecía. Eran solo habitantes de un interregno donde los hombres se rodeaban de mujeres jóvenes, donde los ejemplares jóvenes daban besos en la frente a los ejemplares maduros, y con una construcción semántica llena de pleonasmos, parálisis, agujeros sintácticos, el cantante melódico se mostraba al mundo en frecuencia señor pasado de revoluciones, siempre a punto de verterse como un jarrón lleno de aceite de coche sobre hombros, bocas, cuerpos de presentadores de televisión y, es probable, que servicio doméstico, novias ocasionales, futuras estrellas ocasionales y otras entidades humanas del Planeta Iglesias.
Un Planeta donde ha cabido todo. No solo el Dúo Dinámico, la apoteosis de músico melódico con esmoquin —Hola, Luis Miguel— sino una mujer mantenida por hombres sin necesidad de trabajar, ella como mercancía de lujo. Un ministro socialista, un noble, un premio Nobel, un hijo cantante, otro que lo intentó, una hija con tenista, un hijo con tenista (distintos los tenistas), concursante televisivo, derecha antiaborto, pro-libertad y anti-chusma.
Denuncia de acoso
De todo eso, Julio Iglesias no tiene la culpa, pero algo de vergüenza torera podríamos reclamarle. Fue producto de una época nada reivindicable, a la que la nostalgia de aparecer viene con la parodia y el bochorno pegado al zapato como un chicle caliente. No representó sino a la España chusca de siempre. Que eso sí, consiguió triunfar donde nadie había triunfado, y vender entradas y discos hasta la locura y se pasó de poner la mano en el trasero de Diana Ross a, según las denuncias, pedir que le acariciaran el Gwendoline «all night long» para poder conciliar el sueño. Por una vez, la historia primero explicada como una comedia de Benny Hill y la segunda vez en forma de denuncia laboral y de acoso.




























































