No concebimos la vida sin imágenes y pantallas, mediadores de todas nuestras actividades. El agujero negro de las pantallas nos engulle mientras nos volvemos de espaldas a la realidad, que cada vez nos es más ajena. El deseo de pantalla e imagen nos define. Nuestra existencia casi se reduce a nuestra vida en las pantallas. Transformamos en imagen todo lo vivido. Este imperio de las imágenes nos ha virtualizado a nosotros y al mundo. Baudrillard anuncia que hoy nada tiene sentido sin el perpetuo vídeo en que hemos convertido el mundo. Vivir algo es representarlo en el móvil.

En la cultura clásica, la imagen transfiguraba la terrible realidad en algo agradable al representarla. Era consuelo y refugio. Ahora, quebrada la brecha tradicional entre realidad e imagen, la representación sustituye a lo real. En Life on the screen, Turkle expone que hoy las representaciones existen sin necesidad de la cosa real supuestamente representada. La imagen se ha liberado de su antigua atadura a la realidad que reproducía. Las imágenes ya no representan el mundo. Se han vuelto autónomas e independientes. Parafraseando a Derrida, hoy no hay nada fuera de las imágenes. La realidad se ha disuelto en imagen. La imagen de la realidad, el simulacro, es la nueva realidad.

La virtualización es el método actual de dominio. Una realidad convertida en imagen es un objeto fácilmente manipulable. La videosfera en que vivimos es un sistema de control, una videocracia. La red massmediática configura nuestros pensamientos, creencias y sueños. Modela lo que somos. Este dominio massmediático es un instrumento más del actual «capitalismo de la vigilancia» que explica Zuboff. Las huellas que deja nuestra vida digital son datos que permiten predecir mediante algoritmos lo que creemos hacer y pensar libremente. Las Big Tech saben más de nosotros que nosotros mismos, lo que nos convierte en objetos de dominio y manipulación. El mundo digitalizado nos amenaza con el peligro totalitario de una vigilancia universal.

 

Ciberdemocracia vigilante

Más que favorecer la libertad, el móvil es una herramienta al servicio de la voluntad de poder massmediática y digitalizada. Lo más exasperante es que el dominio no moleste. Esta es la clave de su poder. Nos gusta que la red se anticipe a nuestros deseos y guíe nuestra voluntad. El dominio está asegurado si el mismo sujeto —porque prefiere la seguridad a la libertad— se siente feliz de ser transparente. Lipovetsky subraya en La pantalla global que estamos en la «democracia de la seguridad» y que la «democracia de la liberación» es cosa del pasado. Esta ciber democracia vigilante niega la democracia. En La ilusión vital, Baudrillard invierte el sentido de aquellos versos en que Hölderlin poetitzaba que «donde está el peligro, allí crece lo que salva» para advertirnos que cuanto más crezca nuestra seguridad y aparente salvación, más grande será el peligro de deshumanización que nos avizora. Nuestra voluntad de dominio y seguridad obstaculiza lo que más nos define como humanos, confrontarnos conscientemente con incertidumbres y oscuridades.

Baudrillard nos advierte de que cuanto más crezca nuestra seguridad y aparente salvación, mayor será el peligro de deshumanización que nos acecha.

El mundo actual de imágenes es un mundo de distancias virtuales. Las distancias reales espaciotemporales disminuyen. Cada vez el mundo parece más pequeño, como si no hubiera distancias. Pero esta anulación de las distancias físicas no implica cercanía. La contracción de las distancias materiales coincide con el florecimiento de la distancia de la virtualidad. El mundo virtual digitalizado nos acerca las imágenes de las cosas, no las cosas. El coste que pagamos por el supuesto acercamiento de las cosas es su virtualización, su desrealización. Al virtualizar las cosas reales, establecemos una insalvable distancia con ellas. La eliminación de la distancia parece ofrecernos lo real inmediatamente, pero lo que nos da es la realidad desrealizada, su imagen. Parece que está todo cerca, pero está verdaderamente tan lejos que no está. Reducida a virtualidad, la realidad está sin estar. Hemos abolido las distancias al precio de perdernos las experiencias reales de las cosas. Creíamos que suprimiendo las distancias se nos aproximarían las cosas. Ni lejos ni cerca, las cosas se han vuelto espectros.

 

Sin extrañeza no hay experiencia

Nuestro universo digital nos invita a confinarnos en casa y a cancelar la relación material con el mundo y los otros, reemplazados por sus apariencias virtuales. Todo lo hacemos a distancia. No vivimos, televivimos. Iniciamos la época de la vida a distancia. El que persevera en la relación física es castigado. Nos cobran comisión por sacar dinero en la ventanilla del banco. La turistificación de lo real prueba el imperio actual de la virtualidad. El turista busca lo extraño, pero queda satisfecho con la apariencia de extrañeza que le proporciona el turismo. El sujeto turístico ama lo virtual, le place el vínculo con lo otro a distancia. El turismo es una forma de «espectacularización» o desrealización de la realidad. Al desrealizarla y distanciarla la convertimos en espectáculo.

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Ahora bien, sin extrañeza no hay experiencia. La realidad de lo real, su extrañeza, se evapora una vez virtualizada. Experimentar algo virtualmente, a distancia, verdaderamente no es experimentarlo. Cada vez vivimos más aquella «pobreza de experiencia» que caracterizaba nuestro tiempo según Benjamin. En el mundo virtual digitalizado, creemos tener muchas experiencias, pero solo son experiencias a distancia, sin carne, ficciones. La inquietante seducción que ejerce la virtualidad sobre nosotros se debe a que nos hace creer que experimentamos cosas que, en verdad, solo vivimos a distancia, virtualmente, sin los pesares –y los gozos– que nos ofrece la realidad. La virtualidad es tan persuasiva porque nos hace creer que nos da más de lo que pensamos. Pero lo siniestro es que amemos más lo virtual que lo real, porque cada vez nos importe menos el placer que obtenemos de la materia del mundo.

El que persevera en la relación física es castigado. Nos cobran comisión por sacar dinero en la ventanilla del banco.

Vivimos a distancia. Una existencia así supone aislamiento, soledad y conexión. La utopía digital es vivir confinados y aislados, pero conectados. Conectarse es la forma actual –virtual– de relacionarse. Ya no nos relacionamos; nos conectamos. Deseamos conectarnos igual que deseamos imágenes. La ontología de la virtualidad encierra una ontología de la conectividad. Esta nueva relación digital y virtual con los otros es una falsificación de relación. Hoy ser es conectarse. Estar conectado no es algo que hacemos, es algo que somos. No es que nos conectemos, es que solo somos nuestro estar conectados. Desconectados no somos.

Vivir hoy consiste en estar pegado a la pantalla y conectado a la red. Lo perturbador no es que no seamos lo que parecemos ser, nuestro yo conectado, sino que solo seamos eso porque carecemos de intimidad. «Actúa de manera que estés conectado», reza el imperativo de la ética digital de nuestra época según Baudrillard. Vivimos conectados virtualmente, pero desconectados del mundo real.

 

Exhibir; no pensar

No nos conectamos para transmitir nuestras experiencias y sensaciones; nos conectamos para tenerlas. Estar conectado supone vivir en relación con otros también conectados. «Estoy conectado con otros, entonces existo» ha sustituido a «pienso, luego existo». No tenemos suficiente con vivir, tenemos que compartir –exhibir– nuestra vida con otros virtuales. Compartir, exhibir –no pensar– es el nuevo criterio de existencia. El yo autorreflexivo e interiorizado ha dado paso al yo compartido, exteriorizado y descentrado, casi un yo desyoizado, precisa Sartori en Homo videns. No hemos dejado atrás el solipsismo cartesiano en pos del pluralismo dialógico, pues no hay verdadero diálogo donde los interlocutores se reducen a pura virtualidad, a su «estar conectado».

Conectarse es la versión virtual del charlar. En vez de hablar con otros, intercambiamos mensajes digitales. La comunicación electrónica reemplaza a la conversación real. Pero esta comunicación virtual y distante es una ficción del escuchar y hablar. Difícilmente podrán conocerse así los interlocutores. Lo más desconcertante es que tal vez nada haya ya que conocer, ya que en el universo digital nos hemos convertido en mera apariencia, en virtualidad.

Estar conectados, vivir volcados hacia fuera previo vaciamiento de nuestra interioridad, nos hace vulnerables al dominio. Las relaciones virtuales nos dan sensación de poder porque podemos controlarlas fácilmente. Las conexiones virtuales son livianas: desconectamos al otro cuando queremos. Esta ingravidez de la vida virtual, junto a la soledad que la caracteriza, propicia su dominio por el poder. La virtualidad, ligereza y aislamiento que definen nuestra existencia actual facilitan su control. Poner a distancia un objeto posibilita su dominio y su destrucción. No hay mayor distancia que la que establece la virtualización.

En la actualidad, la auténtica revolución por la libertad es desconectarnos y volvernos hacia nuestra intimidad. Estar conectado nos habitúa a disponer de todo inmediatamente, lo que nos enemista contra el tiempo y su esperar. El nuevo mundo digital simpatiza con la atemporalidad, margina todo lo que exige duración, concentración y desconexión, como escribir, pensar, leer, estudiar o rezar. Todo lo que exige tiempo, maduración y espera queda relegado en pos de la inmediatez.

No nos conectamos para transmitir nuestras experiencias y sensaciones; nos conectamos para tenerlas.

 

Aislamiento conectado

Nos da miedo estar solos. No queremos estar solos, pero tampoco deseamos verdadera compañía. Queremos estar con los otros y solos. En Esferas III, Sloterdijk descubre que, para lograrlo, el mundo digital virtual nos propone el aislamiento conectado. La realidad de los otros nos molesta. Los preferimos a distancia y virtualizados, convertidos en imágenes. Suplimos los vínculos reales por otros virtuales, desrealizados. La relación real sexual es sustituida por su versión virtual, el porno. Los otros nos gustan, pero no demasiado cerca. En el universo virtual, estamos solos sin distanciarnos de las otras soledades. La «soledad conectada» es la alternativa digital a la soledad real. Una soledad sin distancia. El existir digital busca las relaciones virtuales, distanciadas. Queremos estar en contacto, pero en soledad. Que el otro esté cerca, pero distante. En el mundo de las soledades conectadas disfrutamos de una compañía ilusoria que nos protege del miedo a la soledad. Nos proporciona apariencia de cercanía, una «cercanía distante», la cercanía mediada por la distancia propia del estar conectado.

En la actualidad, la auténtica revolución por la libertad es desconectarnos y volvernos hacia nuestra intimidad.

 

Una multitud solitaria

La cercanía virtual no da auténtica compañía. Nos deja solos. Los otros virtuales conectados están tan cerca como lejos. El universo de las conexiones virtuales crea, según Sartori, una «multitud solitaria». El pantallismo es la causa de que hoy estemos juntos y separados. Cada uno en su pantalla, conectado con los otros. Parece que estamos juntos, pero ni siquiera estamos. Turkle sugiere que vivimos alone together. El mundo virtual nos hace creer que no necesitamos estar juntos para estar cerca, que la distancia no impide la cercanía. Nos hace creer que podemos relacionarnos estando interconectados, no directamente, y que esto no significa que realmente estamos solos. Sin embargo, a más conexión virtual, más desconexión real.

Estamos conectados, pero no formamos una verdadera comunidad. El pantallismo ha convertido la distancia en el nuevo vínculo social. Nos juntamos distanciándonos. Lo que hoy une es la distancia. El mundo virtual está poblado de soledades conectadas. Una comunidad así solo es apariencia de comunidad. La formidable hiperconexión actual no evita que sigamos solos.