Keir Starmer se casó bien entrados los cuarenta, se metió en política cumplidos los cincuenta, y tuvo sus dos hijos cuando era lo que solía decirse un hombre hecho y derecho. Le gusta hacer las cosas sin prisa, a su ritmo. Que llega, aunque no necesariamente con puntualidad suiza. Todo apunta a que llegará también al número 10 de Downing Street el próximo 4 de julio. La cuestión es si será o no a tiempo para un Reino Unido agotado después de catorce años de austeridad y caos conservadores.

El próximo primer ministro británico (salvo que en los próximos meses se produzca un vuelco político difícil de contemplar) es un enigma. Sus políticas son de un centro izquierda moderado, en la línea de Tony Blair, pero no se sabe si son genuinas o una simple opción estratégica para conquistar el poder.

¿Cuál es el auténtico Keir Starmer? ¿El jovenzuelo que colaboraba para una publicación radical llamada Alternativas Socialistas y citaba de memoria a Bakunin, Lenin y Marx? ¿El abogado que combatió la pena de muerte en Uganda y otros países de la Commonwealth, representó a los mineros en huelga, pleiteó contra grandes multinacionales por violar las normativas medioambientales y asesoró a las prostitutas que trabajaban en el piso de abajo del que compartía con otros estudiantes? ¿El político que sirvió bajo el liderazgo de Jeremy Corbyn y asumió sin problemas su agenda de nacionalizaciones y subidas redistributivas de impuestos? ¿O el actual, que ha hecho limpieza y expulsado del Labour a su antiguo jefe, mientras abre los brazos a personajes ultraconservadores como la diputada tránsfuga por Dover, Natalie Elphicke, de quien los comentaristas dicen que sólo tiene a la derecha a Gengis Khan?.

A nivel personal ocurre otro tanto, y el propio Starmer no da crédito cuando es calificado como un tipo soso y aburrido, serio hasta la médula, que la verdad es la imagen que da. Él se ve a sí mismo como mucho más ameno e interesante, gregario, divertido, un seguidor acérrimo del Arsenal, que adora las sonatas para piano de Beethoven, admira a Daniel Barenboim (de joven fue a la misma clase que el famoso dj y productor musical Fatboy Slim, y tocó con él la flauta y el violín), y es perfectamente capaz de cantar y bailar en una fiesta.

 

Progre calculador

Los conservadores lo caricaturizan como el prototipo de las élites metropolitanas intelectuales de los barrios pijos de Londres, un progre calculador de champán y canapés de salmón ahumado. Sus amigos lo definen en cambio con adjetivos halagadores como modesto, auténtico, íntegro, decente y honrado. Sin embargo la número dos del Labour, Angela Rayner, dice que no figuraría a la cabeza de su lista de invitados para una fiesta de karaoke, y por algo debe ser…

Si algo define a Starmer es el pragmatismo, y el convencimiento de que nada es tan terrible como pinta y cualquier obstáculo se puede superar, que es lo que aprendió de su madre Josephine, aquejada de una enfermedad degenerativa que la tenía postrada en una silla de ruedas, que tuvo cuatro hijos (Keir es el segundo de ellos) cuando los médicos le dijeron que era imposible, que sacó adelante una familia pese a largas temporadas en el hospital, vivió mucho más de lo que se suponía y cuando le preguntaban cómo estaba, pese a los terribles dolores, siempre respondía: «Muy bien, gracias, ¿y usted?».

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Su madre hizo lo que tenía que hacer, y él hace lo mismo en la política, a la que llegó de rebote, después de acabar su ciclo como fiscal general del Reino y de ser nombrado Sir (un título que no le gusta y que nunca utiliza), porque su amigo y exlíder laborista Ed Miliband insistió en ello y le sirvió en bandeja el escaño en los Comunes por el barrio londinense de Holborn y Saint Pancras, que todavía ocupa.

Si hoy hay que pedir (como hizo de joven) la abolición de la monarquía y mañana jurar lealtad al rey, cosas más raras se han visto.

Si hoy hay que decir digo y mañana diego, pues que así sea. Si hoy hay que apoyar a Corbyn (el anterior líder del Labour, de extrema izquierda) y mañana defenestrarlo, pues adelante. Si hoy hay que prometer las nacionalizaciones de los ferrocarriles, las empresas eléctricas, de gas y agua, subidas de impuestos a los ricos, la supresión de las matrículas universitarias y la inversión de 35.000 millones de euros en un plan de energía verde, y mañana hay que desdecirse de todo ello, pues qué se le va a hacer. Si hoy hay que pedir (como hizo de joven) la abolición de la monarquía y mañana jurar lealtad al rey, cosas más raras se han visto. Si hoy hay que condenar el Brexit y pedir un nuevo referéndum, y mañana negarse a considerar incluso el regreso al mercado único, así es la vida. Y si a alguien le molesta, que se fastidie.

 

Ideología demasiado incoherente

El actual líder laborista es considerado un heredero de Blair por ese pragmatismo, aunque carece del carisma de Tony. El «blairismo» existe, pero el «starmerismo» no. Sería una ideología demasiado incoherente, un batiburrillo de ideas y proyectos que se descartan con la misma facilidad con que nacen, con tal de evitar las críticas de la poderosa prensa de derechas y no ofrecer a los conservadores ningún flanco por el que puedan atacar.

Lo que sí es Starmer es un estratega, con un plan muy detallado para recuperar los votos de las clases obreras antiinmigración y euroescépticas del norte post industrial de Inglaterra (la llamada «muralla roja») que le robó Boris Johnson en el 2019, y necesita recuperar para ganar las elecciones. Por eso dice que respetará el resultado del referéndum y no tocará el Brexit, aunque a la hora de la verdad ya se verá lo que pasa (probablemente un progresivo alineamiento regulatorio con Bruselas para limar asperezas y facilitar el comercio). Tanto en ese asunto como en otros, casi nadie sabe cuáles son sus intenciones a medio plazo. Tal vez ni siquiera él mismo.

De cara a las elecciones generales, lo único que le importa es ganarlas, aunque sea con un programa obtuso, practicando el equivalente político de un ‘catenaccio’.

El probable futuro inquilino del 10 de Downing Street (aunque es posible que se quede a vivir en su actual casa del barrio de Kentisk Town) es un perfeccionista. Dejó la flauta, a pesar de que tenía considerables dotes, porque no tenía tiempo de ensayar para ser el mejor. Y como abogado defensor, cuando empezó su carrera, se pasaba en el despacho desde las siete de la mañana hasta las diez de la noche preparando los casos. No soporta que pierda el Arsenal, y menos aún él mismo. Cuando Boris Johnson le arrebató el escaño por Hartlepool, un tradicional bastión laborista, estuvo a punto de presentar la dimisión como líder. De cara a las elecciones generales, lo único que le importa es ganarlas, aunque sea con un programa obtuso, sin generar ningún tipo de entusiasmo, irritando a la izquierda, practicando el equivalente político de un catenaccio (la táctica ultradefensiva de los equipos italianos de fútbol en los años ochenta). Después ya se verá.

 

Metódico y persistente

Si se confirma su llegada al poder, Starmer será seguramente el primer ministro más apolítico de la historia de la nación. Tony Blair decía abrazar cualquier plan que resolviera los problemas, pero era un hombre muy ideológico, aunque su ideología fuera el centro. El actual líder laborista no lo es, como demuestran sus bandazos (a no ser que todo sea una máscara para llegar a Downing Street, como temen los conservadores, y una vez allí resurja el marxista de su juventud, subiendo impuestos a destajo, pero no parece probable). Es metódico, persistente, despiadado cuando se lo propone, como ha demostrado al aparcar a Corbyn y a Diane Abbot, otra figura icónica de la izquierda del Partido, capaz de separar en compartimentos estancos su vida pública de la familiar. Antes de casarse con Victoria en el 2007 (son padres de dos hijos) había tenido tres novias serias, todas ellas abogadas.

Del Labour se dice que es el brazo político de la clase obrera británica, pero lo que antes se llamaba clase obrera ya no existe, y los antiguos trabajadores de las fábricas textiles de Manchester y de los muelles de Liverpool son ahora maestros, enfermeras, telefonistas de call centers, limpiadoras de oficinas, conductores de Uber, repartidores de comida con derechos laborales precarios… El perfil del votante laborista de base ha cambiado, apoyándose en estudiantes, intelectuales y profesionales liberales, mientras que los nacionalistas socialmente conservadores de ley y orden apoyaron el Brexit y se pasaron a Boris Johnson por el rechazo a la inmigración. Recuperarlos es uno de los objetivos de Starmer y la clave de una potencial mayoría absoluta.

Quiere recuperar los votos de las clases obreras anti-inmigración y euroescépticas del norte post industrial que le robó Boris Johnson en el 2019.

En cualquier caso el favorito a ganar las próximas elecciones británicas presume de venir de una familia de clase obrera, aunque la suya más bien era clase media con problemas económicos y un tanto disfuncional. Creció en un suburbio de Surrey sin especial encanto, con una madre enferma y un padre que primero trabajaba en una fábrica de herramientas y luego estableció la suya propia. Pero al parecer no daba lo suficiente para pintar las paredes de la casa, cada vez más desconchadas, reparar las goteras o cambiar el cristal de una ventana que se rompió de un pelotazo, y se pasó meses sin ser reemplazado.

 

Maduro a la fuerza

El segundo de los cuatro hijos de Jo y Rodney fue bautizado Keir en honor a uno de los padres fundadores del Labour, y con eso está todo dicho sobre las ideas políticas de los Starmer, que detestaban a Margaret Thatcher. El patriarca era un tipo raro, barbudo, con un aspecto de prospector de oro en el Oeste americano en el siglo XIX, que prohibía ver la televisión en casa, en la radio sólo ponía emisoras de música clásica, y cenaba en solitario leyendo el periódico.

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En el colegio, para no tener que comentar unos programas televisivos que no veía, Keir se dedicó a jugar al fútbol, y todavía hoy lo hace en partidos de ocho contra ocho en los que es tan competitivo como en la política, y hace gala de un excelente pie izquierdo. Pero su principal misión era proteger a su hermano pequeño Nick –que tenía problemas de aprendizaje– de las burlas de los compañeros. Desde muy pequeño detestó los abusos y las injusticias, y tuvo que ser maduro a la fuerza.

Starmer lo tenía todo previsto para llevar a su madre en silla de ruedas al Palacio de Westminster para que presenciara su juramento como diputado en la Cámara de los Comunes, pero su salud se deterioró de repente y falleció justo antes del acontecimiento. Si de algo se arrepiente Starmer, es de haber prácticamente roto la relación con su padre, y no haberse despedido de él con un abrazo cuando se aproximaba su final. Más tarde, haciendo limpieza de la casa, encontró álbumes en los que su progenitor había guardado recortes de prensa sobre su gestión como fiscal general, sus logros y el avance de su carrera. Pero lo descubrió demasiado tarde, igual que se casó tarde, y entró tarde en la política.

Heredará un país con las infraestructuras y el Estado de bienestar hechos polvo, y el mayor porcentaje de población de toda Europa que ha decidido no trabajar después de la pandemia.

A Downing Street, si se confirma el cambio de ciclo en Gran Bretaña, llegará después de catorce años de mandato conservador, marcados por la austeridad, la corrupción, el Brexit, el caos de Boris Johnson, la ineptitud de Theresa May y el alucine libertario de Liz Truss. Heredará un país escaso de dinero, con las infraestructuras y el Estado de bienestar hechos polvo, problemas económicos estructurales y el mayor porcentaje de población de toda Europa que ha decidido no trabajar después de la pandemia. ¿Demasiado tarde para arreglar el entuerto, o tal vez justo a tiempo?