Henry Kissinger (1923-2023) visitó Madrid en numerosas ocasiones entre los años 1970 y 1976 cuando era una pieza clave de las administraciones de los presidentes republicanos de los Estados Unidos, Richard Nixon (1969-1974) y Gerald Ford (1974-1977). En estos años apostó por una salida lenta de España del régimen franquista y por su integración en el grueso de democracias occidentales que constituían la OTAN. Su gran preocupación durante el periodo fue mantener el convenio sobre las bases militares americanas firmado entre España y los Estados Unidos en 1953.

La Administración norteamericana influyó en la política española de aquellos años, aunque a menudo menos de lo que se supone y con un impacto menor en la oposición del que tuvo, por ejemplo, Alemania. Kissinger focalizó su papel, sobre todo, en avalar al príncipe Juan Carlos y en mostrarle su apoyo para que pilotara la transición hacia la democracia.

El 1968 el gobierno español había roto las negociaciones para renovar los acuerdos sobre las bases, descontento con las concesiones americanas. El año siguiente, a Kissinger, consejero presidencial de Seguridad Nacional de Richard Nixon, le agradó el nombramiento de Gregorio López Bravo al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores en el marco de un gobierno de tecnócratas, así como el nombramiento del príncipe Juan Carlos como sucesor de Franco.

Nixon, que durante la Guerra Civil Española se había mostrado favorable al bando republicano, tenía más interés en España que muchos de sus predecesores. Y, en un cambio de orientación notable, tuvo pocos escrúpulos a la hora de tratar con Franco, a quien había conocido en una visita en Barcelona en 1963. Este factor facilitó las venidas de Kissinger en España y el mantenimiento de una política consistente con el régimen.

Durante la Guerra Civil Española Nixon se había mostrado favorable al bando republicano, y tenía más interés en España que muchos de sus predecesores.

En agosto de 1970 se renovó el acuerdo de las bases militares y dos meses después Nixon y Kissinger aterrizaron a Madrid. El consejero, según explicó en sus memorias, consideraba que el franquismo era un régimen menos represivo que el de cualquier país comunista e incluso que la política del dictador había puesto las bases para que se pudieran desarrollar después unas instituciones más liberales en el país. En aquella primera reunión en España, pero, Kissinger se adormiló, a causa del jetlag, en su reunión con López Bravo.

En el marco de un viaje oficial por los Estados Unidos, Juan Carlos se reunió, el enero de 1971, con Nixon en la Casa Blanca. Kissinger le hizo notar que si en algún momento le podía resultar útil, solo hacía falta que se lo dijera. Consciente de la pobre salud de Franco, que tenía entonces ochenta años, habría querido que el dictador diera al príncipe la jefatura del Estado. Con todo, vio con buenos ojos el nombramiento de Luis Carrero Blanco como presidente del gobierno en junio de 1973, por su afinidad con Juan Carlos, aunque el almirante fuera muy crítico con los gobiernos democráticos.

 

Controvertido premio Nobel de la Paz

Lo que sorprendió a los americanos fue el cambio de López Bravo por Laureano López Rodó. El nuevo ministro de Exteriores se descubrió como un negociador duro y poco alineado con los deseos de la Administración Nixon. Este, inmerso desde el verano en el caso Watergate, nombró a Kissinger como secretario de Estado el septiembre de 1973. De ser un desconocido catedrático de Harvard pasó a ser una figura muy conocida, sobre todo, a raíz de los Acuerdos de París, por el fin de las hostilidades en el Vietnam. Hecho que le valió un controvertido premio Nobel de la Paz.

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El octubre, a Kissinger le molestó que España se negara a dejar que los Estados Unidos utilizaran las bases durante la guerra del Yom Kippur. Durante el otoño, el nuevo secretario de Estado probó de conseguir una paz duradera en el Próximo Oriente. En el marco de estas negociaciones, la conferencia de Naciones Unidas que se tenía que celebrar en Ginebra a partir del día 18 de diciembre se pospuso hasta el día 21. Esto permitió que Kissinger aprovechara el paréntesis sobrevenido para visitar Portugal y España los días 18 y 19 de diciembre.

Según explicó a sus memorias, Kissinger consideraba que el franquismo era un régimen menos represor que el de cualquier país comunista.

En Madrid se reunió con López Rodó, Franco, Juan Carlos y Carrero Blanco. Cuando en la mañana del día 20 se enteró, encontrándose en París, del atentado de ETA contra el presidente del Gobierno de España, Kissinger quedó en estado de shock. Lo mismo que sus agentes de seguridad, que asumieron que el día anterior también el secretario podía haber muerto. Pasado el susto, este les pidió que se aseguraran de que cuando él volara por los aires «lo hiciera más de cinco pisos para no dejar el récord a los españoles».

Así lo dejó escrito el periodista de la NBC, Richard Valeriani, que formaba parte del pool de prensa que acompañaba a Kissinger, en los capítulos no publicados de un libro sobre sus viajes, Travels with Henry (1979). Este material inédito se guarda entre los documentos del secretario en la biblioteca de la Universidad de Yale. El texto deja claro su desconocimiento del atentado. Una muerte, la del almirante, que no beneficiaba en nada a Estados Unidos porque dificultaba la transición pausada que había previsto para España y solo podía generar inestabilidad. Kissinger, además, insistió en que el vicepresidente Gerald Ford asistiera al funeral de Carrero Blanco, frente a la ausencia destacada de los jefes de Estado y de Gobierno europeos.

El enero de 1974, Kissinger se encontró con el nuevo titular de Exteriores, Pedro Cortina Mauri, en el aeropuerto de Barajas aprovechando una escala en su viaje ea Egipto. Cuando en abril tuvo lugar la revolución de los claveles, el miedo de que Portugal transitara hacia un régimen comunista que sacara el país de la OTAN aumentó la cautela del secretario hacia España. La invasión turca de Chipre y el fin de la dictadura de los coroneles en Grecia en julio, contribuyeron, a ojos de Kissinger, a dar valor estratégico en España.

Kissinger insistió en que el vicepresidente Gerald Ford asistiera al funeral de Carrero Blanco, frente a la ausencia destacada de los jefes de Estado y Gobierno europeos.

Aquel mes fue otra vez a Madrid para firmar la Declaración de Principios Hispano-Norteamericana, que subrayaba la contribución española a la defensa de Occidente, en la misma línea de la OTAN. Por parte española firmó Juan Carlos porque Franco estaba hospitalizado. Cuando en agosto de 1974 Nixon dimitió, el embajador norteamericano en España, Horacio Rivero, hizo lo mismo. Kissinger lo aprovechó para proponer para el cargo el secretario de Estado adjunto para Asuntos Europeos, Wells Stabler, con quién había mantenido una relación tensa.

 

Apoyo a un Franco moribundo

En esta nueva circunstancia Kissinger convenció al nuevo presidente, Gerald Ford, para interceder ante el Consejo Atlántico en Bruselas para que el OTAN tomara conciencia de la importancia de España para la defensa de Occidente. Y de promover una visita de Ford a Madrid. El secretario era consciente de que esta sería interpretada como un gesto de apoyo a un Franco moribundo en un momento en que amplios sectores de la sociedad española, sobre todo los más jóvenes, estaban contra el régimen. Pero el interés por las bases se impuso.

El secretario, además, continuaba convencido —en un cálculo que se demostraría erróneo— de que los militares actuarían como elemento retardador del tránsito hacia la democracia. En la preparación de la visita, según el periodista Valeriani, Kissinger dijo «como (lo hubiera podido hacer) un guionista del Saturday Night Live de la NBC» que Franco estaría entonces «probablemente jugando a tenis». Política&prosa da a conocer en primicia las impresiones del periodista sobre esta visita de Ford y Kissinger a Madrid los días 1 y 2 de junio de 1975, recuperadas también de los capítulos sin publicar de su libro.

Según Valeriani, Stabler alertó a Ford de que Franco estaba tan débil «que podía solo responder sí o no a cualquier pregunta —y quizás ni esto». El embajador dudaba de la conveniencia de la visita. Cuando conoció al dictador, según el periodista, «el presidente tuvo que llevar toda la conversación». Y añadió que «casi tuvo que llevar a Franco mismo. El único signo de vida del moribundo Caudillo era la parálisis de su brazo derecho y el parpadeo de sus ojos. Una nota de prensa dijo después de que Franco había respondido al saludo de Ford, pero el pool de reporteros que estaban delante mismo no escuchó nada. Uno de los periodistas, Bruce van Voorst de Newsweek describió a Franco como la “cosa viviente más próxima a un cadáver” que había visto.»

Ford y Kissinger se alojaron en la Moncloa. Según Valeriani, el Palacio solo tenía un dormitorio grande, y no le correspondió a Kissinger. El secretario se quejó de que su habitación era tan pequeña que «cuando me giré, me rasqué las rodillas». Y dijo a los funcionarios de la embajada que había tenido «baños más grandes que esta habitación». Uno de sus ayudantes personales señaló, irónicamente, que «si lo hubieran puesto en aquella habitación en uno de sus viajes, habríamos roto relaciones».

Cómo si la medida de la habitación no fuera suficiente, su baño no funcionaba. Kissinger tuvo que hacer cola para usar otro. Cuando uno de los agentes de seguridad salió, el secretario exigió que quería el suyo arreglado aquella misma noche, y así fue. De nuevo afloraron las diferencias con Stabler. El embajador tuvo que explicarle que si su equipo avanzado le había escogido aquella cámara era por la proximidad con la del presidente y le aseguró que su gente «no estaba haciendo las cosas simplemente para hacerle la vida difícil».

 

De convenio a tratado

Pasado el trance, y a pesar de las desavenencias entre administraciones y de la fuerza creciente de la oposición, el secretario consiguió renovar el acuerdo sobre las bases el septiembre de aquel año. El 20 de noviembre de 1975 murió el dictador. Aquel mismo día, Kissinger llamó a Juan Carlos y trasladó a Stabler instrucciones para garantizar una evolución gradual y realista en España. El secretario, en este marco, accedió a la petición del rey y de José María de Areilza, nuevo ministro de Exteriores del gobierno de Carlos Arias Navarro —sustituto de Carrero Blanco— de elevar a rango de tratado el convenio de las bases para definir también así el inicio de una nueva etapa.

La lentitud democratizadora del ejecutivo de Arias no inquietó a Kissinger. Hasta el punto de que le hizo saber que si recibía presiones del Departamento de Estado, se lo hiciera saber y que si eran de alguien otro, simplemente las ignorara. El 25 de enero de 1976 el secretario volvió a Madrid para reunirse con Juan Carlos I, Areilza y el ministro de la Gobernación, Manuel Fraga. En esta visita fue, lógicamente, crítico con la participación del PCE en el tránsito a la democracia. Con todo, continuó mostrando su apoyo al rey. Y también vio con buenos ojos el nombramiento de Adolfo Suárez en julio.

La lentitud democratizadora del ejecutivo de Arias no inquietó a Kissinger.

Tal como dejó escrito en sus memorias, la Administración norteamericana optó por trabajar con el régimen para influir en el postfranquismo en vez de enfrentarse a un dictador viejo que tenía los días contados, y por no poner en riesgo las bases militares. Años después, Henry Kissinger, que había dejado de ser secretario de Estado a finales del mandato de Ford en 1977, volvió a España. El julio de 1982 se reunió con Jordi Pujol en el Palau de la Generalitat. Después presenció en el estadio Santiago Bernabéu la victoria italiana ante Alemania en la final del Mundial de fútbol. La suya no era una visita de placer, sino política para intentar conseguir el Mundial de 1986 para Estados Unidos, en lugar de México, como estaba previsto. No lo consiguió, pero tuvo la satisfacción de volver a la España que, desde mayo, ya pertenecía a la OTAN, tal como él había deseado.