No le duró ni un asalto. Vitali Klichkó, actual alcalde de Kiev, jaleado estos días como héroe nacional de Ucrania, defendía en la ciudad alemana de Colonia, allá por el año 2011, su título mundial en la categoría de pesos pesados frente al cubano Odlaner Solís. Pero el que supuestamente iba a ser el combate del año acabó ofreciendo un espectáculo muy por debajo de las expectativas creadas, prolongándose tan solo tres minutos. Durante ese breve intervalo de tiempo, el aspirante caribeño, con una humanidad y estatura mucho más reducidas que las de su imponente contrincante, un hombretón de dos metros de altura y afiladas mandíbulas, se limitaba a proteger su rostro con los guantes mientras el kievita le arreaba derechazos e izquierdazos, consiguiendo incluso arrinconar a su rival en más de una ocasión en las esquinas y los laterales del ring.

Y cuando estaba a punto de sonar la campana para poner fin al primer asalto, entre los gritos ensordecedores de un público que coreaba al unísono el nombre de Vitali, sucedió la catástrofe: Solís retrocedía para zafarse del ataque de su adversario y se precipitó al suelo en una mala caída que le provocó una rotura de los ligamentos cruzados y el menisco exterior en la pierna derecha. No hubo apelación posible: KO técnico, imposibilitado para ponerse en pie de nuevo y continuar el combate, Y por mucho que el perdedor hablara de golpe de mala suerte, las crónicas y la retransmisión televisiva del momento reflejaron el azoramiento y los estragos causados por la corta pelea en el rostro de Solis, a quien el incumbente ucraniano mantuvo a distancia y a la defensiva en todo momento durante el brevísimo pugilato.

Ha transcurrido más de una década de todo aquello, y el combate que en este 2022 afronta Klichkó, ganador de 45 de las 47 peleas boxísticas libradas por él, –41 de ellas por KO– es de naturaleza muy diferente. No será una lucha sucinta como la que tuvo lugar en la ciudad renana, sino que tendrá una duración como mínimo de meses, aunque puede incluso que de años; en él, no está en juego el habitual y vistoso cinturón de cuero y metal que se entrega al ganador de un título de boxeo en una categoría determinada, sino la independencia y la libertad de su propio país.

Los jabs, esos golpes certeros de la boxística que el campeón ucraniano tan bien colocaba y con los que mantenía alejados a sus oponentes, infiriéndoles dolor y desgastándolos gradualmente hasta la estocada final, se han transformado en misiles antitanque Javelin suministrados por las potencias occidentales y que, en lo que llevamos de conflicto en el país eslavo, han diezmado con denuedo a las columnas blindadas del Ejército ruso, causándoles miles de bajas entre sus filas. Por último, como bien ha certificado en las entrevistas que ha concedido hasta ahora, el púgil devenido en líder político va a poner en juego no solo la integridad de su nariz, rostro o mandíbula como cuando peleaba en el ring, sino hasta la propia existencia. «Si mi país necesita mi vida, estoy dispuesto a darla; por mi país, por mis niños, por el futuro», ha dicho en una conversación con un reportero de Yahoo News.

 

Operación especial neutralizada

No son éstas palabras someras procedentes de un personaje que, al igual que el presidente Volodímir Zelenski, desborda carisma, capacidad de liderazgo y dominio de las técnicas de comunicación. Según las informaciones filtradas por la prensa anglosajona, Vitali y su hermano Wladimir, también boxeador, figuran en una supuesta lista de 25 personalidades ucranianas que mercenarios del denominado grupo Wagner –supuestamente una compañía privada aunque en realidad a sueldo del Estado ruso– deben asesinar para conseguir de una vez por todas descabezar el Gobierno de Kiev y permitir la formación de un Ejecutivo proKremlin, una operación especial que habría sido ordenada por el mismísimo presidente Vladímir Putin y que por razones desconocidas no acaba de rematarse: fuentes oficiales ucranianas han informado de forma sucinta que ésta no pudo materializarse en los momentos iniciales de la ofensiva relámpago rusa y que ha sido «neutralizada» en cada ocasión en que se ha emprendido.

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Klichkó figura en una supuesta lista de 25 personalidades ucranianas que mercenarios del denominado grupo Wagner deben asesinar.

Basta con un mero rastreo por la cuenta de Klichkó en twitter para calibrar la relevancia que ha adquirido su figura a la hora de galvanizar a la ciudadanía y al estamento militar local en estos tiempos de confrontación bélica, una importancia quizás equivalente a la que ha tenido el presidente Volodímir Zelenski en los momentos más críticos de la ofensiva, aunque eso sí, recurriendo a tácticas radicalmente diferentes. Porque en lugar de cultivar el humor y el sarcasmo, como hace habitualmente el jefe del Estado en sus intervenciones, lo del alcalde kievita es más bien presencia y asertividad para dar consuelo y confort a una sociedad aterrada por la guerra y los bombardeos. O lo que es lo mismo: pasos firmes sobre el terreno para hacer frente al Ejército del Kremlin y denunciar las atrocidades cometidas por él.

Los ejemplos no faltan: el mismo 24 de febrero, horas después de iniciarse el ataque ruso, el alcalde difundió una grabación en la que declaraba la ley marcial en la ciudad y emitía una serie de disposiciones referidas a la militarización de la infraestructura capitalina en tono grave y asertivo, como quien proclama el inicio de una batalla para la cual no existe otra opción que la victoria, recordando con sus palabras y su lenguaje corporal la célebre proclama pronunciada a través de la radio por Viacheslav Molotov, ministro de Exteriores de la URSS, a mediodía del 22 de junio de 1941, horas después de que las tropas nazis hubieran irrumpido en territorio soviético.

 

Excelente ajedrecista

Hace pocos días, concretamente el 18 de marzo, se presentó en el barrio de Podil de Kiev, expuesto a un posible ataque de precisión organizado por los servicios secretos del Kremlin y ataviado únicamente con un diminuto chaleco antifragmentos, obviamente de una talla más pequeña que la que necesita su colosal figura deportiva, para denunciar los estragos causados por un bombardeo acaecido horas antes en una zona residencial, con guarderías y escuela y sin objetivos militares a la vista. Todo ello, además, en medio de una frenética actividad en los medios de comunicación internacionales, donde denuncia con voz grave los excesos de la ofensiva rusa y reclama el suministro de armas para que su país pueda defenderse, recordando de paso que en la guerra ucraniana no solo está en juego la soberanía de su país, sino el destino de Europa.

Al igual que su hermano Wladímir, cinco años menor que él, Vitali Klichkó no responde al estereotipo de boxeador que únicamente sabe en la vida dar golpes y muy poco más. Excelente ajedrecista, habla varios idiomas, entre ellos el alemán y el inglés, además del ucraniano y el ruso, las lenguas más empleadas en su Ucrania natal. Posee un título de doctorado en Ciencias del Deporte por la Universidad de Kiev de Ciencías Físicas y Deporte, y ha residido largo tiempo en Alemania, al que considera su país de adopción aunque eso sí, sin renunciar a su patria. «Para la gran mayoría, un boxeador es alguien que no tiene ni la preparación ni la inteligencia para ocupar el cargo, pero les demostraré que están equivocados», declaró al poco de iniciar su carrera política, a principios de la pasada década.

Al igual que en el boxeo, los éxitos también le acompañaron en su nueva andadura profesional iniciada entonces. En 2010, fundó la Alianza Ucraniana Democática para la Reforma, cuyas siglas en inglés equivalen a la palabra rusa y ucraniana UDAR y que en castellano significan golpe. Con un programa político próximo al de los conservadores alemanes, recibió apoyo logístico e ideológico del Gobierno de Berlín y la fundación Konrad Adenauer, que veían en esta fuerza política y en el boxeador a una figura de estatura capaz de hacer frente a la influencia de las fuerzas proKremlin en el país eslavo.

«Preferimos morir a arrodillarnos frente a los rusos o rendirnos ante los invasores; estamos determinados a combatir en cada edificio, en cada calle, en cada barrio de la ciudad.»

Después de deshojar la margarita durante largo tiempo, decidió presentarse en 2014 como candidato a presidir la alcaldía capitalina, renunciando a su aspiración de convertirse en jefe del Estado en las elecciones presidenciales celebradas ese año en favor de Petró Poroshenko, con cuyo partido acabaría fusionándose UDAR un año después. Lejos de experimentar el desgaste del poder, Klichkó no ha hecho más que alimentar su leyenda desde que asumió el liderazgo de la más importante municipalidad ucraniana, como lo prueba haber logrado la reelección en dos ocasiones, aunque en la última cita electoral su porcentaje de apoyos hubiera menguado considerablemente.

 

Soñar con la victoria

En estos primeros compases de la invasión rusa, no parece haber abandonado el duende que ha acompañado en todo momento al mayor de los hermanos Klichkó, primero como boxeador y luego como líder político. De hecho, el exboxeador es considerado como el principal artífice de que un mes después del inicio de la ofensiva militar, Kiev, preciado objeto de deseo del Kremlin y principal objetivo de la operación militar rusa en Ucrania, permanezca firmemente en manos ucranianas. Las tropas invasoras no solo no han logrado cerrar ninguna tenaza en torno a la ciudad, que sigue siendo accesible desde el sur, sino que sus habitantes continúan disfrutando de comodidades casi impensables en una situación de guerra, como electricidad, agua, calefacción y un potente servicio de internet.

Más aún. En algunas de las localidades periféricas, como Makáriv e Irpin, las fuerzas ucranianas han conseguido incluso hacer retroceder a sus oponentes, demostrando que en esta guerra, para el bando ucraniano no solo es posible la resistencia frente a un enemigo muy superior, sino que también incluso se puede soñar con la victoria en el teatro de operaciones. «Preferimos morir antes que arrodillarnos frente a los rusos o rendirnos ante los invasores; estamos determinados a combatir en cada edificio, en cada calle, en cada barrio de la ciudad», proclamó con voz grave al dar a conocer la noticia del primer repliegue de las tropas invasoras en la campaña militar.